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Entre su amor y su obsesión - Capítulo 18

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18: CAPÍTULO 18 18: CAPÍTULO 18 El auto de Derek olía a menta, perfume y gasolina.

Valentino apoyaba la frente contra el vidrio, viendo cómo el campus se hacía pequeño en el retrovisor.

El motor ronroneaba bajo ellos, constante, casi hipnótico.

Afuera, la ciudad seguía con su rutina, ajena al hecho de que él tenía el corazón repartido entre una servilleta arrugada y una chica que no merecía estar cerca de ninguna de las dos cosas.

Derek manejaba con una mano, la otra jugueteando con su navaja.

—Respira —dijo al cabo de unos minutos—.

Pareces condenado a muerte camino a la horca.

Val se obligó a separarse del vidrio.

—Acabas de sacarme de su lado —replicó—.

¿Qué esperabas?

¿Alegría?

Derek sonrió apenas.

—Esperaba que no te pusieras melodramático antes de llegar a la calle siguiente, pero mis expectativas siempre fueron bajas contigo.

Val no respondió.

Se limitó a apretar más la servilleta que llevaba en la mano derecha.

El papel estaba arrugado, húmedo en una esquina por el sudor de sus dedos.

Dos nombres escritos con la letra apretada del Pulpo, tinta azul casi borroneada.

Dos nombres que podían ser todo o nada.

Que podían ser la diferencia entre repetir la historia de Rebb o detenerla a tiempo.

Derek lo miró de reojo al detenerse en un semáforo.

—No la vas a perder por irte unas horas —dijo, como si pudiera leerle la cabeza—.

Y si la pierdes por eso, no es la chica que crees.

Val frunció el ceño.

—Eso no es lo que me preocupa.

—¿Entonces?

Val apretó los labios.

Por la ventana, una señora cruzaba la calle con un niño tomado de la mano.

—Me preocupa que cuando vuelva ya esté destruida —admitió—.

Con ella es así.

Un día está mejor…

y al siguiente vuelve a caer.

—Como tú —comentó Derek.

Val le lanzó una mirada seca.

—Fuiste tú quien me arrastró al motel y me obligó a comer.

Quien me llevó a su casa a “ponerme bonito” para ella.

Y ahora que por fin pude verla, vienes y me mueves otra vez.

¿Qué mierda quieres que piense?

El semáforo cambió.

Derek arrancó con calma.

—Quiero que pienses —respondió—.

Eso es todo.

Que uses esa cosa que tienes dentro de la cabeza para algo más que imaginar catástrofes.

—Hablo en serio, Derek.

—Yo también —suspiró—.

Mira, angelito, te lo diré sin adornos: no estás bien.

Estás mejor.

Que es distinto.

Y ella tampoco está bien.

Está dejando de ahogarse recién.

Si te lanzas ahora, los hundes a los dos.

Esto es como esa película, la del Titanic.

Súbete a la tabla con ella y los dos están muertos.

Val cerró la mano alrededor de la servilleta.

—No la estoy hundiendo.

Solo quiero estar.

—”Solo quiero estar” —repitió Derek, imitando su tono—.

Qué frase más bonita para decir “quiero abrazarla hasta quebrarla”.

Tú no sabes estar a medias, Valentino.

Nunca supiste.

O te vas del mapa o lo das todo de una vez.

Y ahora mismo no puedes darte el lujo de irrumpir en su vida con la misma intensidad con la que casi destruyes la tuya.

Guardó silencio un momento.

Bajaron por una avenida más estrecha, edificios viejos a ambos lados.

—Te saqué rápido —añadió Derek— porque si te dejaba un rato más ibas a decir algo que después ibas a querer tragarte.

Y ella no necesita más promesas que no puedes cumplir todavía.

Val pensó en la cafetería.

En la forma en que Sheryl había dicho “hoy no duele tanto” como si fuera una confesión.

En sus manos alrededor del vaso, en sus ojos menos vacíos que la última vez.

La idea de ser él quien le devolviera esa mirada rota lo revolvió por dentro.

—No soy un niño —murmuró.

—No —admitió Derek—.

Eres un tipo de veintitantos al que casi matan más veces de las que me gustaría contar, que vive con culpa crónica y que se enamora como si no si hoy se fuera a acabar el mundo.

No necesito que seas un niño para saber que no estás listo para la versión completa de Sheryl.

Y ella tampoco lo está para la versión completa de ti.

Val cerró los ojos un momento.

—Entonces, ¿qué?

—preguntó—.

¿Juego a ser normal?

¿Sonrío, le compro café y me hago el sano?

Derek rio por la nariz.

—No podrías hacerte el sano ni aunque tu vida dependiera de ello —dijo—.

Pero puedes ir de a poco.

Eso sí puedes.

Un café, una conversación corta, un “nos vemos mañana” sin colgarle tu vida entera al cuello.

Por el bien de los dos.

Y no me mires así, que odio estar actuando de tu padre.

Val soltó un suspiro pesado.

El auto dobló hacia una calle industrial, edificios grises, grafitis viejos.

—Y mientras tanto investigamos esto —añadió Derek, señalando la servilleta—.

Porque por muy enamorado que estés, no se me olvida que alguien anda rondando universidades otra vez.

Y no pienso ver repetida la historia de Rebb con otra chica.

El nombre golpeó el aire como un ladrillo.

Valentino desvió la mirada, apretando la mandíbula.

—No la menciones así —pidió.

—Como tú quieras —Derek se encogió de hombros—.

Pero yo no me olvido.

Y tú tampoco.

Por eso estás temblando cada vez que Sheryl tarda cinco minutos en responderte un mensaje.

No estaba temblando.

No físicamente.

Pero la mano en la servilleta sí se le había vuelto más rígida.

—Si algo le pasa a Sheryl…

—empezó.

—No empieces —lo interrumpió Derek—.

Te vas a romper más que la última vez.

Y esta vez no sé si tenga fuerzas para recogerte del suelo.

Detuvo el auto frente a un galpón con una puerta metálica.

El taller donde se entrenaban a veces, donde Val había pasado noches enteras fingiendo que el ruido de las cadenas era suficiente compañía.

—Ven —dijo, cortando el motor—.

Antes de que cambies de idea.

El olor dentro del taller era una mezcla de polvo, metal, cuero viejo y algo a lo que Val se había acostumbrado sin nombrarlo: una especie de nostalgia rancia.

Las cadenas de los sacos colgaban inmóviles.

Una lámpara parpadeaba en una esquina.

La mesa donde a veces se sentaban a comer estaba llena de papeles, latas de bebida, un par de vendas usadas.

Derek se apoyó en el borde de la mesa y le hizo un gesto.

—Siéntate.

Vamos a jugar al detective un rato.

Val puso la servilleta sobre la mesa, alisándola con los dedos.

Los dos nombres los miraron de vuelta, azules, manchados.

—Pulpo no escribe nombres por deporte —dijo Derek—.

Si puso estos dos, es porque al menos uno sabe algo que no deberíamos saber nosotros.

Y el otro, o es un puente…

o es un problema.

—Marlon conocía a uno —recordó Val.

—Marlon conocía a muchos desgraciados —replicó Derek—.

Ya te dije: no quiero que te metas otra vez en esos círculos sin pensar.

La última vez terminaste tendido en el suelo de un baño, con el labio reventado y la camisa rota.

Y eso fue antes de que casi…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Val sintió un flash: azulejos fríos, olor a cloro barato, una mano que no recordaba claramente, voces distorsionadas, la sensación de estar paralizado mientras alguien reía.

La otra mano que sí recordaba: la de Derek, tirándolo hacia arriba, sacándolo de ahí casi a rastras.

Tragó saliva.

—No va a pasar otra vez —dijo, más para sí mismo que para él.

—No si puedo evitarlo —respondió Derek—.

Por eso te quiero conmigo en esto.

No parado en medio de la calle, solo, con tu cara de “por favor, que alguien me use de señuelo”.

Val se sentó al fin.

—Entonces, ¿Qué propones?

—preguntó—.

Además de sermones.

Derek tomó un lápiz y un cuaderno arrugado de la mesa.

Escribió los nombres y debajo, dos columnas.

—Primero, ver qué tanto sabe el Pulpo de cada uno —dijo—.

Lo voy a llamar después.

Segundo, ver si alguno de estos se ha acercado a la universidad últimamente.

No quiero que nadie esté pescando chicas ahí, ni por trabajo falso, ni por fiestas.

Nada.

—¿Crees que estén haciendo lo mismo que con…?

—Val no pudo terminar.

Derek negó con la cabeza.

—No lo sé —admitió—.

Pero si el Pulpo te dijo que vigilan universidades…

a mí me da igual si el objetivo es Sheryl o cualquier otra.

Si puedo meter la mano antes, la voy a meter.

Y tú también.

Se inclinó hacia él, serio.

—Pero escucha bien esto, Val —dijo—: cuando esto se ponga feo, no vas a hacer la de siempre.

No vas a desaparecer, no vas a dormir en el suelo de un taller, no vas a dejar de comer.

Vas a venir a mí, o incluso a la morena, si ya tienes el valor de decirle algo.

Creo que ella podría entenderlo.

Pero no harás esto solo.

Val soltó una risa seca.

—Suena mucho a terapia grupal para mi gusto.

Además, cuando te pregunto algo siempre me lo esquivas, tu necesitas más terapia que yo.

Predicas y no prácticas.

No me des sermones de confianza.

—Esto no se trata de mí —replicó Derek sin humor.

El silencio se instaló unos segundos.

Derek se estiró, haciéndose crujir el cuello.

—Bien —añadió—, sí.

Estoy en la universidad solo por mi mamá.

Val lo miró, algo desconcertado por el cambio.

—¿Lo sueltas así, tan de repente?

—Pero me lo estás preguntando desde hace años —sonrió Derek—.

“¿Qué hace este idiota en Pedagogía en Educación Física si vive como mafioso?” Lo leí en tu frente.

Val rodó los ojos.

—Es una carrera rara para alguien que vende drogas —admitió.

—Mira quién habla —alzando las cejas—.

El que se metió en bandas por una niña perdida.

Yo por lo menos cobro por mis malas decisiones.

Bajó la mirada al lápiz entre sus dedos.

—Mi mamá siempre quiso que mi hermano y yo fuéramos “gente de bien” —dijo, con voz más baja—.

Profesor, enfermero, cosas así.

Algo con título, con horario, con sueldo fijo.

Ella no sabe…

todo.

Sabe lo justo.

Que me metí en peleas, que tuve rollos con mujeres que me doblaban la edad, que hice plata de formas que no le gustan.

Pero no sabe detalles.

No los quiere.

Prefiere fingir que el auto me lo gané en un sorteo.

Val lo escuchó en silencio.

No era común que Derek hablara así.

—No acepta tu dinero —recordó.

—No acepta ni un peso —asintió Derek—.

Trabaja, cuida niños, hace aseo.

Dice que quiere poder mirarse al espejo sin pensar que vive gracias a lo que yo hago.

Y la entiendo.

Pero igual me rompe un poco.

Así que hice un trato con ella: termino la carrera, le doy el gusto.

Que pueda decir “mi hijo el profe”.

Mientras tanto…

hago lo que tengo que hacer para que a mi hermano no le falte nada.

Alzó la vista.

—No soy buen ejemplo de nada, Valentino.

Pero si algo sé es que este mundo se come vivos a los que entran blandos.

Por eso entrené boxeo.

Por eso MMA.

Para que la próxima vez que alguien intente usarme…

o usar a los que quiero…

no me encuentren llorando en un baño.

Se inclinó hacia adelante, clavándole la mirada.

—No me interesa ser un héroe —dijo—.

Me interesa que tú y Sheryl no terminen muertos, ni desaparecidos, ni en manos de gente como la que tú y yo hemos visto.

Y si para eso tengo que ser el malo un rato, el que te saca de su lado cuando por fin se te ve feliz, lo voy a ser.

Val tragó saliva.

La servilleta estaba ya casi hecha una pelota.

—No quiero que seas el malo —murmuró.

—Tarde —sonrió Derek, suave—.

Ya lo soy para muchas.

Para unas cuantas, igual fui el bueno…

mientras duró el pago.

Val resopló, incrédulo.

—Sigues presumiendo tus sugar mommys.

—Presumo haber sobrevivido —lo corrigió Derek—.

Y quiero que tú también lo hagas.

A varias cuadras de ahí, Kayce estaba haciendo malabares con dos cafés, su bolso, su carpeta de trabajos y la paciencia.

—Te juro que si vuelvo a cargar esto sola, voy a demandar a la universidad por daños psicológicos —farfulló, intentando abrir la puerta del edificio con el codo.

Sheryl le sostuvo la puerta, conteniendo la risa.

—Te dije que compráramos uno primero y después el otro —dijo.

—Eso es lógica, y sabes que huyo de ella —replicó Kayce, entregándole uno de los vasos—.

Ten.

Con extra azúcar.

Hoy tu páncreas me pertenece.

Subieron las escaleras hacia la facultad de Artes.

Sher no tenía clases ahí, pero a veces acompañaba a Kayce “para mirar a los locos”, como decía ella.

Y la verdad, le gustaba ese edificio lleno de paredes pintadas, olor a materiales, estudiantes manchados de colores que no existían en ningún catálogo.

Hicieron una pausa en un pasillo amplio mientras Kayce revisaba su celular.

La notificación de llamada perdida estaba en la parte más alta de la pantalla.

“Mamá”.

Kayce apretó la mandíbula.

—¿Vas a devolverle la llamada?

—preguntó Sher, con cautela.

—Tengo que hacerlo —respondió Kayce, con ese tono entre resignado y defensivo—.

Si no lo hago, van a llamar al rector, a la embajada y a Jesús en la cruz.

Apartó el café a un lado y marcó el número.

Sher se quedó a su lado, tratando de parecer pequeña.

No quería invadir, pero menos aún dejarla sola.

La llamada no tardó en ser respondida.

—Allô?

—la voz de su madre sonó clara, elegante, demasiado firme.

—Oui, maman.

Soy yo —respondió Kayce en francés, automática.

Sheryl no entendía todas las palabras, pero sí el tono.

El de alguien que habla como si todo el mundo le debiera algo.

—No, no estoy ocupada.

Bueno, sí, pero puedo hablar…

—Kayce forzó una sonrisa que no le llegaba a los ojos—.

¿Cómo están allá?…

Sí.

Sí, ya vi las fotos de la casa nueva…

Sí, es muy grande…

No, no necesito que me manden muebles.

Estoy bien con lo que tengo.

Una pausa.

La voz al otro lado se alzó un poco.

Kayce apretó más el vaso.

—Mis notas están bien —dijo resaltando el español, como si necesitara distancia—.

Sí, mamá, de verdad.

No, no me voy a retrasar en la carrera…

Ya sé que fue cara.

Me lo recuerdas en cada llamada.

Sheryl desvió la mirada, incómoda.

Kayce se movió de un pie a otro.

—No, no he pensado en irme a Francia cuando termine —continuó—.

Te dije que todavía no sé qué quiero hacer…

No, no quiero trabajar en la empresa.

Ni en la tienda…

No, no voy a “desperdiciar el talento”.

Mamá…

—respiró hondo—, no es desperdiciarlo.

Solo porque dibuje vestidos no significa que quiera pasarme la vida vendiéndolos a tus amigas.

Hubo un silencio cargado.

La voz de su madre se volvió más aguda.

Sheryl pudo distinguir “Chili”, “peligroso”, “deportes de hombres”.

Kayce cerró los ojos.

—¿Puedes dejar eso?

No, no seré entrenadora —repitió, como si imitara a su madre—.

Tranquila.

Ya te hice caso una vez.

Dejé eso.

Estoy estudiando.

Artes.

Un título.

La niña buena.

¿Contenta?

La respuesta del otro lado fue más larga.

Más fría.

Kayce se mordió el labio.

—No, no me voy a teñir “esa cosa negra” del pelo —dijo en voz baja—.

Y no voy a dejar a mi amiga tirada para irme con ustedes.

Tengo vida acá, mamá.

Aunque no te parezca suficiente.

La conversación terminó con un “te llamo después” arrastrado.

Sin “te quiero”.

Sin nada.

Kayce cortó.

Bajó el teléfono, respirando por la nariz, larga y lentamente.

—Lo siento —dijo Sher, sin saber bien por qué—.

No quería escucharlo todo.

—Da igual —Kayce encogió los hombros, pero los ojos le brillaban más de lo normal—.

No es nada nuevo.

El greatest hits de siempre: “estudia algo útil, vuelve a Francia, deja de golpearte con hombres”.

Lo normal.

—Tú no te “golpeas con hombres” —protestó Sher, suave.

—No, porque no me dejaron —rio sin humor—.

Pero sí me entreno para hacerlo, lo que para ellos es casi lo mismo.

Se dio un sorbo largo a su café, como si ahí hubiera fuerza.

—Te juro —añadió— que si mi mamá supiera que hago boxeo con Derek y contigo, se toma un avión y nos deporta a los tres.

Sheryl sonrió apenas.

—Por eso no hay que decírselo.

—Exacto —Kayce le guiñó un ojo—.

Nuestro pequeño secreto latino.

Empezaron a caminar de nuevo.

El pasillo estaba casi vacío.

Solo algunos estudiantes cruzaban cargando portafolios o tubos gigantes de cartón.

Kayce se quedó callada un momento, una rareza en ella.

—Sher…

—dijo al fin.

—¿Hmm?

—Tengo que contarte algo.

Y no te va a gustar.

Sheryl sintió un escalofrío.

—¿Qué pasó?

Kayce dudó un segundo.

Luego decidió que era mejor arrancar el parche de una vez.

—Vi a Luca —soltó—.

En la mañana.

No te lo dije porque estabas hecha pedazos y no quería sumar más, pero…

no puedo seguir callándolo.

El nombre le atravesó el pecho.

Sher se detuvo en seco.

—¿Dónde?

—preguntó, la voz bajísima.

—En el patio de atrás, cerca de los estacionamientos —respondió Kayce—.

Estaba sentado en una banca.

Solo.

Tenía la mirada…

—buscó la palabra— vacía.

Como si le hubieran apagado la luz de adentro.

No hablo de “triste chico emo”.

Hablo de “no sé si este tipo durmió, comió, o si le importa siquiera”.

Parecía un vagabundo.

Las manos de Sheryl se aferraron al vaso.

—¿Te vio?

—Creo que sí —admitió Kayce—.

Pero no dijo nada.

Fue como ver a un…

—torció la boca—, a un muerto en vida.

Linda, el jamás será santo de mi devoción.

No vengo a defenderlo.

Pero algo le está pasando.

Y no tiene a nadie.

O al menos eso es lo que creo.

Sheryl sintió el estómago encogerse.

Pensó en la última vez que lo había visto, ese maldito baño.

—¿Crees que…?

—no terminó la frase.

Kayce negó rápido.

—No sé qué creo —dijo—.

Solo sé que no se ve bien.

Y que, te guste o no, todavía lo quieres de alguna forma rara y enferma.

Y si se muere…

hoy, mañana, en un mes…

no quiero ser la que te diga “lo vi y no te dije nada”.

El silencio pesó entre las dos.

Sheryl miró el contenido del vaso, como si ahí estuviera la respuesta.

—Quiero verlo —dijo, al fin.

—Lo imaginé —suspiró Kayce.

—No para volver con él —aclaró Sher de inmediato, levantando la vista—.

No puedo.

No…

no así.

Pero no quiero enterarme por un tercero si le pasa algo horrible.

No después de todo.

Kayce asintió despacio.

—Entonces ve —dijo—.

Pero no sola.

¿Quieres que te acompañe?

Sheryl pensó en eso.

En Luca viéndola llegar con Kayce, con esa barrera protectora.

Parte de ella lo quería.

Otra parte sabía que esa conversación, fuera como fuera, tenía que ser entre ellos.

—No hoy —decidió—.

Déjame…

probar sola.

No me va a hacer nada.

Kayce frunció el ceño, pero no insistió.

—Si algo sale mal, lo mato —refunfuñó—.

Y después le doy de comer a Val sus restos.

Sheryl sonrió, pese a todo.

—Trato —susurró.

Encontrarlo fue más fácil de lo que esperaba.

Era como si el cuerpo la guiara al recuerdo.

Sheryl bordeó el edificio principal de su facultad y salió hacia el sector de los estacionamientos de atrás.

La hora del almuerzo empezaba a terminar, así que la mayoría de los estudiantes ya se había ido.

El cielo seguía gris, una luz pálida inundando el patio.

Luca estaba en la misma banca que Kayce había descrito.

Chaqueta negra arrugada, jeans gastados, zapatillas sucias.

Codos apoyados en las rodillas, manos entrelazadas colgando.

La cabeza gacha.

El cabello revuelto caía sobre su frente, ocultando parte de su perfil.

Sher sintió algo tirándole desde el pecho hasta los pies.

Por un instante, pensó en retroceder.

En girar y fingir que no lo vio.

Pero los días en que huía de todo no la habían hecho feliz.

Solo la habían mantenido rota en un rincón diferente.

Respiró hondo y se acercó.

Cada paso la llevaba más atrás en el tiempo: a su departamento, a los conciertos, a las peleas, a las noches en que juró que nadie la había amado así.

Y a las noches en que ese mismo amor casi la destruyó.

—Luca.

Su nombre salió más suave de lo que quería.

Él alzó la cabeza despacio, como si estuviera emergiendo desde un lugar muy hondo.

Sus ojos la encontraron y, por un segundo, hubo algo parecido a incredulidad.

—Sheryl.

Su voz sonó ronca, usada poco.

Tenía ojeras profundas, la barba crecida sin forma.

Pero no estaba borracho.

No esta vez.

Solo cansado.

Agotado hasta el hueso.

—Kayce me dijo que te vio —dijo ella, sin rodeos—.

Que te veías…

mal.

Luca soltó una sonrisa torcida.

—Deberías ver al perro —respondió—.

Él sigue siendo el más jodido de los dos.

Sheryl apretó los labios.

—¿Al perro?

—Delgado —se pasó una mano por la cara—.

El imbécil de mi vecino grita, lo golpea, tira cosas.

Lo deja afuera con frío.

Yo intento…

—se encogió de hombros—, ya ni sé qué hago.

Denunciar sirve poco y nada.

Si voy a encararlo, acabo con los nudillos rotos, en la cárcel, y él con pena de firma.

Y Delgado en el mismo patio…

ni siquiera sé porqué te lo cuento.

La impotencia se le notaba en cada gesto.

Era el mismo Luca de siempre, el que estaba dispuesto a quemarlo todo por un perro, por una persona, por una idea fija que se le cruzara.

—No vine a pelear —dijo Sheryl, adelantándose a cualquier malentendido—.

Solo…

no quería que la próxima vez que escuchara de ti fuera en pasado.

Luca la miró largo rato.

Sus ojos, a pesar del cansancio, seguían siendo los mismos: intensos, oscuros, llenos de cosas que nunca terminaba de decir.

—Da igual.

¿La rubia te dejó venir?

No dijo “Valentino”.

No hacía falta.

Sher se sentó en el borde de la banca, dejando espacio entre ellos.

No tanto como antes.

No tan cerca como antes.

—No voy a explicarte lo de Val —dijo—.

No hoy.

—No estoy pidiendo explicaciones —contestó él—.

No tengo cabeza para eso.

Se quedaron un rato en silencio.

El viento arrastró una hoja seca a sus pies.

Un par de voces pasaron lejos, sin reconocerlos.

—Estás mal —dijo Sher, por fin—.

Más que otras veces.

Luca se rio sin humor.

—¿Te refieres a antes de que Marco quisiera ser el padre del año, antes de que el perro apareciera, antes de que tú me jodieras?

—enumeró—.

Es difícil llevar la cuenta.

La indiferencia en sus palabras era falsa.

Ella lo sabía.

Pero no tenía fuerzas para descifrar todas las capas de Luca en una sola tarde.

—No quiero que te mueras —dijo, simple.

Él la miró, como si esa frase lo hubiera golpeado más que un insulto.

—No es un plan que tenga en agenda —respondió—.

Pero últimamente…

—se quedó a medias—.

Las cosas se sienten pesadas.

Eso es todo.

Sher tragó.

—¿Podemos…

hablar otro día?

—preguntó—.

En serio.

Sentarnos.

Sin prisa.

Sin gritos.

Tú me cuentas qué pasa con Delgado, con tu vecino, con todo…

y yo…

—bajó la voz—, yo te cuento lo que pueda contarte.

Luca la miró como si no entendiera la oferta.

—¿Por qué?

—soltó—.

¿Por culpa?

¿Por curiosidad morbosa?

Ella negó despacio.

—Porque fuiste importante, lo sigues siendo —dijo—.

Porque…

una parte de mí te va a querer siempre, aunque no podamos volver a ser lo que fuimos.

Porque no puedo borrar todo.

Pero sí puedo decidir cómo termina esta parte.

Él se recostó contra el respaldo, cerrando los ojos un segundo.

Cuando los abrió, había algo más claro en ellos.

No paz.

Pero sí una pequeña rendición.

—Mañana —propuso—.

En la cafetería de siempre.

A las cinco.

—No puedo mañana —respondió Sheryl, casi sin pensar—.

Tengo entrenamiento con Derek.

Luca frunció el ceño.

—¿Desde cuándo entrenas con ese pelirrojo?

—Desde que casi me caigo a pedazos —respondió—.

El boxeo ayuda…

espera, ¿lo conoces?

Parecía querer decir algo más, algún comentario sobre Derek, sobre ese tal Valentino, sobre lo que ella estaba haciendo con su vida.

Pero se lo tragó.

—Digamos que sí.

Pasado mañana, entonces —rectificó—.

A las cinco.

Sheryl asintió.

—Está bien.

Se levantó.

No lo abrazó.

No lo tocó.

No era ese tipo de momento.

—No puedes cuidar al perro —dijo, antes de darse la vuelta—.

Si no te cuidas a ti primero.

—Por el perro hago lo que sea —respondió él—.

Por mí…

ya veremos.

Ella se alejó, sintiendo su mirada en la espalda.

No supo si era un cierre o una nueva puerta entreabierta.

Pero, por primera vez desde que todo explotó, hablar con él no la dejó más destrozada de lo que estaba.

Solo…

cansada.

Cuando volvió al departamento, Kayce estaba tirada en el sillón, con una bolsa de papas fritas sobre el pecho y el celular en la mano.

—¿Y?

—preguntó, apenas la vio entrar—.

¿Está vivo?

Sher dejó la mochila en una silla.

—Está vivo —confirmó—.

Mal.

Pero vivo.

Quedamos en hablar bien pasado mañana.

Kayce infló las mejillas, pensativa.

—Está bien —dijo al fin—.

Me voy a abstener de hacerle nada hasta ese día.

Después, según lo que te diga, decido si merece otro puñetazo emocional.

—Gracias por tu delicadeza —sonrió Sher, cansada.

Se dejó caer a su lado.

Kayce le ofreció la bolsa de papas.

—¿Y tú?

—preguntó Sher—.

¿Estás bien…

después de tu mamá?

Kayce hizo una mueca.

—Estoy igual que siempre después de hablar con ella —respondió—.

Molesta.

Un poco triste.

Y con ganas de hacer algo irresponsable para compensar ser la hija perfecta en su cabeza.

—No eres perfecta en su cabeza.

—Tienes razón —rio, sin humor—.

En su cabeza soy un proyecto fallido que todavía se puede corregir si me lleva a Francia, me caso con un tipo de traje y tengo hijos perfectos que hablen bonito.

Acarició sin pensar la venda imaginaria de su mano, recordando la última vez que había golpeado el saco con tanta fuerza que casi se la había lastimado de verdad.

—Mi mamá no entiende por qué me gusta ver gente golpearse en una jaula —siguió—.

Y menos por qué quiero enseñar a otros a hacerlo.

“Deportes para hombres”, les llama.

Como si mis puños fueran menos puños por tener tetas.

Sheryl soltó una risa inesperada.

—Eres buena peleando —dijo—.

Y enseñando.

Cuando me corriges la guardia, suenas más profe que Derek.

—No digas eso muy fuerte —se llevó un dedo a los labios—.

Si me escucha, me contrata y termino haciendo clases en un gimnasio ilegal.

—Siempre quisiste ser entrenadora, ¿verdad?

—recordó Sher.

Kayce se encogió de hombros.

—Sí —admitió—.

Pero les dije que quería eso y casi les da un infarto.

Así que estudié algo “más elegante”.

Artes.

Dibujar.

Diseñar.

Que también me gusta, no te voy a mentir.

Soy buena con las manos.

Pero no es lo mismo.

Lo otro…

lo otro es lo que me hace sentir viva.

Se giró para mirarla.

—Tú por lo menos elegiste algo que amas —añadió—.

Literatura.

Escribir.

Te veo con los libros y pareces niña en juguetería.

Yo con los pinceles a veces siento que estoy jugando a ser alguien que mis padres puedan presumir.

Sheryl tragó.

—Tal vez puedas tener las dos cosas —dijo—.

Enseñar boxeo y pintar narices.

Kayce sonrió de medio lado.

—Esa es la idea —respondió—.

Pero no se lo digas a Francia.

Que se enteren por Instagram cuando ya sea famosa.

—Aunque no lo creas, no siempre quise ser escritora.

Conocí a Luca cuando me uní al taller de la banda del colegio.

Sé que no lo parece, pero solía tocar piano, Me gustaba ir a los ensayos de la banda de los chicos.

Solía escribirles algunas letras, incluso cantaba con ellos, pero nunca me atreví a hacerlo en los escenarios.

—Eso…

no me lo esperaba.

¿Me cantas algo?

Antes de que Sheryl pudiera contestar el celular vibró otra vez.

Kayce lo miró, vio el nombre del padre esta vez y lo dejó boca abajo.

—¿Vas a contestar?

—preguntó Sher.

—No —respondió ella, sin dudar—.

Ya tuve suficiente gente rica por hoy.

—Cuando le contestes te cantaré algo, así tendrás algo más de lo que quejarte.

Kayce le dio un golpecito en el hombro divertida.

—¿Y Val?

—añadió, como quien no quiere la cosa—.

¿Te escribió?

¿Te dijo a dónde se fue con el pelirrojo?

Sher sacó el teléfono.

Ningún mensaje nuevo.

—No —respondió.

—Típico —bufó Kayce—.

Hombres traumatizados reunidos, seguro están haciendo una convención de mala toma de decisiones.

Sheryl sonrió, pero una parte de ella se preguntaba exactamente eso: dónde estaba Valentino, qué hacía, si estaba comiendo, si recordaba que le había dicho “hoy no duele tanto”.

En el taller, Valentino se quedó solo después de que Derek saliera a hacer “un par de llamadas”.

La servilleta todavía estaba sobre la mesa.

El lápiz, abierto al lado.

El ruido de la calle llegaba amortiguado.

Se pasó una mano por el rostro.

Se sentía extrañamente dividido en tres: Una parte, pegada a esa mesa, al nombre de Rebb que ninguno de los dos se atrevía a escribir, a los nombres desconocidos del papel.

Otra parte, en el campus, sentado frente a Sheryl, escuchando su risa suave.

Y otra, muy pequeña, muy escondida, todavía en ese baño de hace años, con las manos de alguien donde no debían estar, con la voz de Derek gritando su nombre.

—No va a pasar otra vez —se repitió, en voz baja.

No con él.

No con Sheryl.

No con nadie que estuviera bajo su mirada.

El celular vibró.

Un mensaje de Derek: “Te traje comida.

No te atrevas a estar llorando cuando vuelva o te tragas un derechazo en el estómago.” Val sonrió, apenas.

Tomó la servilleta, la dobló con cuidado esta vez y se la guardó en el bolsillo interior del polerón.

Luego, apoyó los codos sobre la mesa y dejó caer la frente en las manos.

—Ve de a poco —murmuró, recordando las palabras de Derek—.

Por el bien de los dos.

Imaginó a Sheryl en su departamento, tal vez con Kayce, tal vez pensando en Luca.

El mundo entero le parecía un campo minado, y él caminaba con los ojos vendados.

Al menos no estoy solo.

Tenía a Derek, con sus trabajos sucios y su carrera limpia.

A Kayce, que lo ayudaba a entender a Sheryl.

Y a Sheryl.

Ese nombre que le justificaba hasta el miedo.

—No voy a dejar que les pase nada —dijo, al aire, como una promesa que no se atrevía a hacer en voz alta frente a nadie.

Afuera, un auto pasó rápido, un perro ladró a lo lejos.

Tal vez nadie en esa historia sabía cuidarse a sí mismo.

Tal vez por eso se habían encontrado Sher y él.

Cerró los ojos.

Cuando Derek volvió, lo encontró sentado, tranquilo, sin lágrimas.

Con la servilleta guardada y la mirada firme.

No estaba bien.

Pero, por primera vez, parecía dispuesto a ir de a poco.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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