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Entre su amor y su obsesión - Capítulo 19

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19: CAPÍTULO 19 19: CAPÍTULO 19 El amanecer se filtraba por la ventana del taller como una línea tenue, fría.

Valentino llevaba despierto horas.

No había intentado dormir: el sueño, cuando venía, venía sucio.

La servilleta con los dos nombres estaba extendida sobre la mesa metálica.

Derek la había dejado ahí antes de irse al baño a peinarse lo que él llamaba “su pelo de campeón”.

Val la observaba como quien mira una advertencia escrita a mano por el propio destino.

Uno de los nombres le sonaba vagamente familiar.

El otro, no.

Y esa ignorancia le pesaba.

Derek salió del baño secándose la cara con una toalla.

—Hiciste café —dijo, sorprendido.

—No podía dormir.

—Qué novedad.

Se sentó frente a él, cruzando los brazos.

Los nudillos marcados le daban una apariencia peligrosa incluso en calma.

Tomó la servilleta, la levantó ante la luz y la volvió a dejar caer.

—Pulpo dice que este —tocó el primer nombre— estuvo cerca de una chica hace dos meses.

—¿Cerca cómo?

—preguntó Val, tenso.

—Cerca como en “la invitó a una fiesta falsa, ella llegó, no había nadie y salió corriendo cuando algo la asustó”.

No la tocó.

No alcanzó.

Val apretó los dientes.

Sintió el impulso automático de levantarse y partir a buscarlo.

Derek le puso una mano firme en el pecho.

—No vamos a hacer estupideces antes de desayunar.

—¿Dónde está ahora?

—No lo sé.

Se movió.

Pulpo quedó de preguntar.

Si está reclutando chicas en universidades, puede que vuelva a intentarlo.

Por eso quiero que estés atento.

Val bajó la mirada al café.

—¿Crees que pueda acercarse a Sheryl?

Derek sopló por la nariz, como quien no quiere asustar, pero tampoco mentir.

—Creo —dijo, con esa crudeza que él dominaba— que, si alguien está merodeando universidades buscando chicas, cualquier mujer joven es un posible objetivo.

No solo Sheryl.

Ese “no solo” lo perforó más que si hubiera dicho su nombre.

—Tienes que ser cuidadoso —continuó Derek—.

No vigilante paranoico.

Cuidadoso.

Es distinto.

—No quiero que ella viva con miedo —murmuró Val.

—Entonces no le metas el tuyo encima —respondió Derek—.

Maneja el tuyo.

Y protege sin sofocar.

Es un equilibrio, ¿sí?

Te va a costar, porque eres intenso como la mierda.

Pero lo vas a hacer.

Val tragó saliva.

—¿Y el otro nombre?

Derek sonrió sin humor.

—Ese es peor.

Ese es de los que se esconden detrás de computadores.

Y sabes que esos son más difíciles de detectar.

Pueden estar mirando sin moverse un centímetro.

Val sintió un escalofrío.

De pronto, el café ya no tenía sabor.

Derek se levantó y tomó su chaqueta.

—Vamos a hacer algo.

Hoy te vas a vestir como persona normal, vas a ir a la universidad, vas a saludar a Sheryl sin cara de trauma, y vas a hacer tu vida.

Yo veré lo de los nombres.

Val lo miró sorprendido.

—¿Solo así?

—Sí.

Porque si te dejo suelto, vas a seguir dándole vueltas y te vas a hundir.

Y la idea no es hundirse.

Es tener ojos abiertos sin perder la cabeza.

Ya bastante perdida la tienes tú.

Val gruñó en protesta, pero se puso de pie.

Derek lo observó un segundo, como si evaluara su resistencia.

—Val —dijo, más serio.

—¿Qué?

—Si alguna vez sientes que algo se acerca a Sheryl…

no te quedes callado.

No repitas lo de Rebb.

No me obligues a adivinarlo.

Dímelo.

Ese nombre, susurrado así, era una herida vieja siendo revisada con manos frías.

Val asintió despacio.

—No voy a dejar que pase otra vez.

Derek lo señaló con una ceja levantada.

—No prometas cosas imposibles.

Haz cosas posibles.

Y lo único posible ahora es…

esto.

Señaló la servilleta, la chaqueta de Val, la puerta del taller.

—Sal.

Vive.

Y no la pierdas.

La facultad de Literatura olía a humedad, café recalentado y libros viejos.

A veces se preguntaba si ese aroma perduraría en su memoria más que cualquier clase.

Sheryl llevaba diez minutos mirando la misma frase en su cuaderno sin procesarla.

Tenía el celular boca abajo.

Sabía que no había ningún mensaje nuevo, pero igual revisarlo la ponía nerviosa.

Kayce dejó caer su carpeta en la mesa a su lado.

—Estás más pálida que de costumbre —comentó—.

Y eso es decir bastante, considerando que pareces vampiro anémico.

—Gracias por el cumplido —respondió Sheryl, sin levantar la vista.

Kayce se sentó, la observó un segundo y luego suspiró.

—¿Estás pensando en Luca o en Val?

—Kayce…

—Porque si estás pensando en los dos, te entiendo —continuó, apoyando la barbilla en su mano—.

Uno está medio muerto y el otro medio obsesionado.

Ambas cosas requieren mantenimiento emocional.

Sheryl cerró el cuaderno.

—No sé en cuál estoy pensando —admitió.

—Te doy una pista —dijo Kayce, señalando su propio teléfono en silencio—: no paras de mirarlo.

Sheryl bajó la cabeza, avergonzada.

—Es que ayer se fue con Derek.

No sé qué están haciendo.

No sé si está bien.

—Derek está con él —dijo Kayce, encogiéndose de hombros—.

Solo por eso, el 50% de posibilidades de muerte baja al 8%.

Y la posibilidad de estupidez sube al 200%, pero bueno, son hombres.

Sheryl no pudo evitar una sonrisa.

Un grupo de alumnos pasó corriendo por el pasillo, hablando en voz alta.

Nada nuevo.

Nada extraño.

Y aun así, algo en ella se tensó.

Un presentimiento.

Una sensación estúpida, como si algo invisible la observara desde un punto que no alcanzaba a identificar.

No había nadie viéndola.

Nada fuera de lo común.

Y sin embargo…

Kayce la miró con el ceño fruncido.

—¿Qué pasa?

—Nada —mintió Sher, apretando los dedos contra el cuaderno—.

Solo…

siento que algo está raro.

—Tu vida entera es rara —respondió Kayce—.

No uses eso como señal.

Alguien les cerró la puerta del aula desde afuera.

Sher dio un pequeño salto.

Kayce levantó una ceja.

—Estás nerviosa.

—Solo…

no dormí bien —se excusó Sher.

Pero sabía que no era solo eso.

Había algo en el aire.

Una vibración sutil.

Como si el mundo estuviera sosteniendo la respiración.

Kayce cambió de tema, quizá sin saber lo útil que era.

—¿Le vas a contar a Val que viste a Luca?

Sheryl negó rápidamente.

—No.

Eso lo complicaría todo.

Derek dijo que no lo presionemos.

No quiero sumarle mis…

enredos.

—Sheryl —Kayce la miró con una mezcla de paciencia y cariño rudo—, ustedes viven enredados desde el día uno.

No existe “no complicarlo”.

Sheryl se quedó en silencio.

Kayce continuó: —Si vas a verte con Luca mañana…

entonces hoy tienes que descansar.

No puedes ir mezclando tragedias sin dormir.

—No es una tragedia —susurró Sher—.

Es solo…

cerrar un capítulo.

Kayce resopló.

—Sí, claro.

Sher le dio un suave codazo.

Kayce suspiró profundo.

—Mira —dijo—.

Si te digo la verdad…

Luca me asustó.

No por él.

Por ti.

Porque sé que te importa lo suficiente como para que esto vuelva a romperte.

Y no quiero volver a sostenerte mientras te deshaces.

No otra vez.

Sheryl tragó.

—No me voy a deshacer.

—Me alegro —respondió Kayce, poniéndose de pie—.

Porque ningún hombre merece tanta atención de tu parte.

El vaso de agua frente a él temblaba cada vez que sus dedos lo rozaban.

Estaba sentado en la cocina de su casa, un lugar que había dejado de sentirse como hogar hace meses.

La luz del tubo parpadeaba, proyectando sombras largas en las paredes.

Del otro lado, ocasionalmente, se escuchaban los golpes del vecino.

Una puerta.

Un insulto.

Luca apretó los dientes.

Delgado no había llorado hoy.

Pequeña victoria.

El perro seguía durmiendo en el patio, en la cama que él le dejó.

El vecino había gritado menos que otras veces.

Pequeña victoria, también.

El mundo de Luca se había reducido a pequeñas victorias que no cambiaban nada.

Sher.

Ella había estado ahí ayer.

Con esa mirada que lo destruía más de lo que lo reconstruía.

“Una parte de mí te va a querer siempre.” —Imbécil —murmuró él para sí, aunque no sabía si lo decía por ella o por sí mismo.

Se levantó.

Caminó hasta el espejo de la entrada.

La imagen que vio lo sorprendió.

No se había visto realmente en días.

Se veía consumido.

Huesudo.

Ojeroso.

La barba desigual.

Los ojos…

Dios, los ojos eran dos pozos.

—Qué desastre —susurró.

A veces pensaba que, si su padre lo viera así, se reiría.

A veces pensaba que, si Sheryl lo viera así, se iría corriendo.

Pero ayer…

no se fue.

Se tocó el rostro.

El cansancio era físico, pero también era moral.

“No quiero enterarme de ti en pasado.” La frase lo atravesó de nuevo.

Maldita ella.

Maldito él.

Malditos todos.

El celular vibró en la mesa.

Luca caminó hacia él.

Un mensaje del grupo antiguo de la banda: Leo preguntaba si pensaba volver alguna vez a tocar algo.

Luca dejó el teléfono sin responder.

No podía tocar.

No podía cantar.

No podía hacer nada que lo conectara a una vida donde él había sido la versión más viva de sí mismo.

Pero pasado mañana…

Sher había aceptado hablar.

Un nudo se formó en su garganta.

No sabía si ese día sería un cierre…

o el inicio de otra caída.

El vecino volvió a gritar.

Delgado gimió con fuerza.

Luca apretó los puños.

—Hoy no —murmuró—.

No hoy.

Y se quedó quieto, escuchando su propia respiración mezclada con el sonido inquietante de un mundo al borde de fractura.

Val caminaba por el campus con la chaqueta que Derek le había obligado a usar.

Se veía como un estudiante normal, o al menos esa era la intención.

La servilleta estaba en su bolsillo, doblada cuidadosamente.

Pasó junto a la biblioteca.

Cruzar por ese pasillo siempre le hacía pensar en Sheryl.

En cómo se perdía entre libros.

En cómo fruncía la nariz cuando pensaba demasiado.

Entonces lo sintió.

No un sonido.

No una sombra.

Una sensación.

Como si algo, muy lejos o muy cerca, lo observara entre la multitud.

Se detuvo.

Miró alrededor.

Nada.

Nadie inusual.

El murmullo común de todos los días.

Pero algo, en el aire, no estaba bien.

Tocó la servilleta dentro del bolsillo.

Derek tenía razón: alguien se movía.

Había un hilo suelto.

Un patrón repitiéndose.

Y Sheryl…

Sheryl estaba en el centro de todos sus vértices.

Siguió caminando, pero más atento.

Más rígido.

Cuando la vio a lo lejos, saliendo de un aula, el cuerpo se le aflojó un poco.

Ella le sonrió con cansancio.

Él le devolvió la sonrisa con la suavidad temblorosa de quien ama demasiado.

Pero detrás de esa sonrisa…

La sensación persistía.

Un aviso silencioso.

Una corriente fría.

Como si algo, detrás del mundo, hubiera abierto un ojo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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