Entre su amor y su obsesión - Capítulo 2
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2: Capítulo 2 2: Capítulo 2 Llegaron a la cafetería en silencio.
Estaba casi vacía, lo cual era una bendición: Sheryl apenas podía respirar.
Valentino la dejó sentada en una mesa alejada y desapareció sin decir palabra.
Volvió minutos después cargando una bandeja absurda: un café doble, uno triple, dos brownies, un trozo de pastel y dos jugos naturales de frutilla.
—¿Invitaste a alguien?
—preguntó Sheryl, arqueando una ceja.
—Claro, a ti —respondió Valentino, dejándole todo enfrente con un gesto casi…
tierno—.
Come tranquila, se ve que lo necesitas.
Lo que tú no quieras comer me lo comeré yo, no se desperdiciará.
Pero eso sí…—alzó un dedo—.
Tiene precio.
—Sabía que era muy bueno para ser verdad, ¿Cuánto te costó?
Y aquí estaba yo creyendo que la caballerosidad había revivido.
—Ja, Ja, muy chistosa.
No, princesa.
Lo que quiero es que me cuentes quién es ese tipo.
Valentino la miró con una seriedad que se le hizo extrañamente atractiva.
Sus ojos, por primera vez desde que lo conocía, no brillaban con burla o descaro, sino con algo más tranquilo.
Más atento.
—No te voy a juzgar —continuó—.
Sea lo que sea, créeme, yo he hecho cosas peores.
Soy el anticristo, corazón.
Confiésate con el acólito del diablo.
Tú sabes mucho de mi vida.
Devuélveme el favor.
Sheryl soltó una pequeña risa.
Val tenía un don: convertir cualquier cosa en un lugar seguro.
—Mi exnovio —dijo finalmente—.
La cagué.
Mucho.
No hay más que decir.
Valentino ladeó la cabeza.
—¿Y aún te gusta?
—Lo amo —aclaró ella, sin dudar, sin parpadear—.
Lo amo y quiero recuperarlo.
Tal vez no lo merezca…
pero puedo ser egoísta a veces.
Valentino tomó el café triple como si necesitara la ayuda divina de la cafeína para procesar eso.
Lo probó.
Estaba ardiendo.
Perfecto.
No iba a reaccionar como un idiota que se quema la lengua.
O eso intentó.
Porque una gota hirviendo cayó por la taza directo a su mano y él tosió.
Tosió con fuerza.
Sheryl se tapó la boca para ocultar una risa.
No logró mucho.
Pero a Valentino le encantó verla reír.
Se aclaró la garganta y retomó su compostura con una dignidad admirable.
—No creo en eso de “no lo merezco” —dijo, mirando al vacío—.
Todos merecemos lo que nos pasa.
Lo bueno y lo malo.
El universo cobra todo, tarde o temprano.
La voz le salió más baja, más sincera de lo que él pretendía.
—Me interesa tu historia, aunque no lo creas —continuó—.
Pero entiendo que recién estamos construyendo confianza, así que…
me conformaré con tu triste resumen.
Bastante pobre, por cierto.
Gran escritora serás.
Sher volvió a reír.
Un sonido cálido que casi había olvidado.
Llevaba meses sin reír así.
—Val…
—lo miró con curiosidad—.
¿Por qué te interesas por mí?
Apenas llego y ya me advirtieron de que eres mala influencia.
Parece que eres una especie de leyenda aquí.
El badboy que enamora a todas las chicas y causa desastres.
Dime que además de tu moto perteneces a una banda criminal que roba exámenes y calzones.
—¡Wow!
¿Así es como me ves?
—se llevó una mano al pecho, dramático—.
Ofendida mi alma.
—Si eres un vampiro debes decírmelo ahora Val, o tal vez un hombre lobo.
Necesito saber qué me espera.
Valentino fingió morderla, a lo que ella se echó hacia atrás entre risas.
Amaba su capacidad de seguirle el juego.
Es realmente cómodo estar con él.
—Quitando tus fantasías conmigo en una banda de vampiros roba-calzones…
—Valentino apoyó el codo en la mesa—.
Creo que eres una persona increíble.
Aunque te cueste verlo.
Alegras mis días, Sher.
Y no sabes cuánto necesitaba eso en mi vida.
Ella bajó la mirada.
Había sinceridad en él.
Honestidad.
Una inocencia que no combinaba con su extravagancia, pero que lo volvía inesperadamente vulnerable.
—Val, cuando te vi por primera vez…
—comenzó Sheryl con cautela— te juzgué sin darte la oportunidad.
Te lo digo con honestidad.
Perdón por eso.
La verdad es que…
eres amable.
Y extraño.
Pero amable.
Y te agradezco que estés en mi vida.
—Tomó una larga inhalación—.
Cuando esté lista, te contaré lo demás.
Valentino sonrió, pero sus pensamientos se revolvieron con intensidad.
¿Celos?
¿Es eso?
No, no seas idiota.
Es solo…
que lo miraste a él así.
Y a mí…
Antes de que pudiera completarlo, alguien lo interrumpió.
—¡Val, amor!
¡Por fin te encuentro!
Una morena altísima, cuerpo de modelo, maquillaje perfecto, perfume empalagoso.
Se dejó caer entre los dos como si le perteneciera la mesa, el aire y Valentino.
Sheryl abrió los ojos.
Valentino, en cambio, se quedó en blanco.
—¿Y tú quién mierda eres?
—preguntó él sin rodeos.
—¡Soy Sophie!
Nos conocimos en la fiesta de Derek —Le tomó el brazo y lo acarició con descaro—.
Me extrañaste, ¿verdad?
Val retrocedió instintivamente.
Su cuerpo completo se tensó, como si alguien hubiera encendido una alarma en su pecho.
Sher lo notó.
Por primera vez.
—Sophie…
—Val parpadeó, desconectado de la situación—.
Antes tenías el pelo rubio.
—¡Me lo pinté por ti!
—respondió ella, riendo estridente—.
Dijiste que no te gustan las rubias.
Tuve que cambiarlo.
Por nosotrooos.
—Miró a Sheryl con desprecio—.
Aunque parece que no te molestan tanto…
Val apretó los puños.
—He descubierto algo —dijo él finalmente, frío.
Cortante—.
No es que no me gusten las rubias.
Sophie sonrió triunfante.
—No me gustas tú.
La sonrisa murió de inmediato.
—Y si vuelves a llamarme “Val”, o a tocarme sin permiso…
—¿Y que hay de ella?
¡Ella te llama así!
—señaló a Sheryl, tragándose las lágrimas.
—Linda…
—intentó calmarla Sher—.
Mejor déjalo…
—¡¿Y tú quién mierda te crees?!
—gritó Sophie levantándose de golpe—.
Zorra entrometida, este imbécil le cae a cualquiera, no te sientas especial— No terminó la frase.
El puño de Sheryl la alcanzó directo en la nariz.
La cafetería quedó muda.
Sophie tocó su rostro, vio la sangre en su mano…
y chilló como si la estuvieran sacrificando.
Sheryl agitó la mano dolorida.
Val se levantó al instante y se acercó a ella, preocupado.
—¿¡Me rompe la nariz y vas con ella!?
—gritaba Sophie.
—Tranquila.
No te la rompió.
Mis puños sí podrían hacerlo.
Ella no.
—La señaló con el mentón—.
Y si denuncias esto y la castigan por tu tontería, te prometo que conocerás la diferencia.
La chica palideció.
Sher lo tomó del brazo.
—Val.
Ya.
Necesito envolverme la mano.
Sophie se marchó entre insultos y lágrimas falsas.
Valentino suspiró, quitándose la camisa para envolver la mano de Sher.
Su toque era suave.
Demasiado suave para alguien con tanta fama de salvaje.
Sheryl lo miró, hipnotizada.
Los dedos de Val eran largos, prolijos.
La mandíbula apretada.
La respiración contenida.
Y sus ojos…
Verdes.
Grises.
Ambos.
Él hablaba, pero ella no escuchaba nada.
Estaba atrapada entre el dolor del golpe y en su envolvente perfume.
Y en sus ojos, esos benditos ojos.
Cuando él levantó la vista, sus rostros estaban demasiado cerca.
—En realidad jamás he golpeado a una chica, pero esa es la fama que tengo aquí, y la verdad prefiero mantenerla…
Sher, ¿me escuchaste?
—Es extraño —susurró ella—.
Todo esto es muy extraño.
Antes de que Valentino respondiera, alguien apareció en la entrada de la cafetería.
Luca.
Su mirada bajó a la mano vendada.
Luego a Val, sin camisa.
Luego a Sheryl.
Dolor.
Cansancio.
Destrucción.
Y se fue.
—Mierda…
—susurró Sheryl, poniéndose de pie—.
No otra vez.
¡LUCA!
Corrió detrás de él.
Valentino no la siguió.
No era su lugar.
Se dejó caer en la silla y miró la mesa repleta de comida fría.
Luego la puerta por donde ella había desaparecido.
Suspiró.
—Perfecto —murmuró, hundiendo la cara entre las manos, irremediablemente celoso.
Maldito chico con suerte.
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