Entre su amor y su obsesión - Capítulo 20
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20: CAPÍTULO 20 20: CAPÍTULO 20 El saco de boxeo colgaba del techo como un cuerpo esperando castigo.
Kayce lo miraba como si le hubiera hecho algo.
Las vendas apretaban sus nudillos morenos, sus brazos brillaban de sudor.
El polerón viejo de la universidad colgaba anudado a la cintura y la polera sin mangas dejaba a la vista los músculos definidos de sus hombros.
—Basta de saco, ven a mí —ordenó Derek, sosteniendo las manoplas—.
Uno, dos, tres.
No me mires, mira el objetivo.
Kayce rodó los ojos.
—Tal vez el objetivo eres tú —escupió, levantando la guardia.
—Promesas, promesas —sonrió él.
Ella golpeó.
Uno.
Dos.
Tres.
Los impactos resonaron en el taller, llenando el aire con un eco sordo.
Cada puñetazo era una palabra no dicha, un insulto que prefería descargar contra el cuero en vez de contra la cara de su madre, de su padre, de medio mundo.
Sheryl estaba sentada en una de las bancas al fondo, con las piernas recogidas, enredando las vendas que se había quitado ya.
Tenía el cabello rubio atado en un moño desprolijo, las mejillas sonrojadas del esfuerzo del entrenamiento anterior.
Sonreía, pero se le notaba el cansancio en los ojos.
—De nuevo —repitió Derek—.
Uno, dos, tres.
No bajes la mano izquierda, muñeca.
—No me digas muñeca —gruñó Kayce.
—Entonces deja de pegar como una —replicó él.
Ella lanzó el gancho con más fuerza de la necesaria.
Derek absorbió el golpe sin retroceder ni un centímetro.
Sus antebrazos tatuados se tensaron bajo las manoplas.
El cabello rojo brillaba húmedo bajo la luz del galpón.
Sheryl se rio apenas.
—¿Te vas a quejar o vas a mejorar, Kay?
—preguntó, divertida.
—Voy a matarlo —contestó Kayce, sin bajar la guardia.
—En la fila —replicó Derek—.
A más de uno le gustaría.
Kayce bufó, pero una media sonrisa se le escapó.
Golpeó una serie más.
Sus respiraciones llenaban el espacio entre cada impacto.
Cuando Derek dijo “descanso”, ella se dejó caer sobre sus talones, respirando hondo, el pecho subiendo y bajando.
—Bien —admitió él—.
Por hoy, decente.
—Uy, qué honor —se burló Kayce—.
El delincuente universitario me aprueba el cardio.
—Cállate y toma agua —ordenó Derek, girándose hacia Sheryl—.
¿Tú?
¿Cómo vas?
Sheryl se encogió de hombros.
—Viva —respondió—.
Dolida.
Pero viva.
—Mejor así que muerta —dijo él, usando su borde de siempre, aunque la mirada se le suavizó un segundo al verla.
Sheryl sostuvo esa mirada un instante.
Luego, como si recordara algo, bajó la vista.
—Creo que ya hice suficiente por hoy —añadió, desatándose el moño—.
Mañana tengo que estar…
descansada.
Kayce levantó una ceja.
—¿Descansada para qué?
—preguntó Derek.
Sheryl dudó una milésima de segundo.
La imagen de Luca en la banca cruzó su mente como una aguja.
—Voy a juntarme con alguien —respondió, eligiendo sus palabras—.
A hablar.
Largo.
No quiero llegar hecha polvo.
Derek frunció apenas el ceño.
—¿Con mi angelito?
—arriesgó, refiriéndose a Valentino.
—No —dijo Sheryl, demasiado rápido—.
Con…
un amigo.
Del pasado.
Eso no mejoró la expresión de Derek, pero tampoco insistió.
No era asunto suyo.
O eso se repetía a sí mismo.
—¿Te vas ya?
—preguntó Kayce, haciendo un puchero exagerado—.
Todavía podemos obligar al tomate a hacer abdominales con nosotras.
—Tengo que ducharme, comer y…
pensar un poco —admitió Sher—.
Si me quedo acá, voy a terminar muerta mañana.
Kayce hizo una mueca, pero asintió.
—Te acompaño después —dijo—.
No quiero que duermas sola los próximos días, por si acaso te da por llorar encima mío.
Me gusta sentirme importante.
—Eres importante —sonrió Sheryl, poniéndose de pie—.
Al menos para eso.
Se acercó a Derek, que la miraba con los brazos cruzados, apoyado en uno de los sacos.
—Gracias por hoy —le dijo.
—No me des las gracias todavía —respondió él—.
Aún pegas como si pidieras permiso.
—No todos podemos partir rompiendo narices a los doce —contestó ella.
Él sonrió, ladeado.
—Fue a los ocho.
Vas bien, princesa, sigue así.
Fue un intercambio corto, apenas unos segundos de algo distinto entre ellos.
Sheryl sintió un tirón en el pecho.
No era amor, no era deseo.
Era…
seguridad rara.
Algo parecido a confianza.
Se puso la mochila sobre un hombro.
—Nos vemos mañana —dijo—.
O pasado.
Depende.
Kayce le lanzó un beso en el aire.
—Si ese “amigo” te hace llorar, avísame.
Tengo dos manos libres.
—No prometas homicidios frente al entrenador —se quejó Sher, riendo.
—No creo que tenga problemas con eso —replicó Kayce.
La puerta metálica se cerró tras ella con un chirrido.
El silencio que dejó se sintió más grande de lo que era.
Kayce dio un largo trago a su botella de agua.
Derek tomó las manoplas y los dejó sobre la mesa, girando el cuello hasta hacerlo crujir.
Por primera vez, estaban solos.
—No me gusta —soltó Kayce, rompiendo el silencio.
—¿El qué?
—preguntó Derek, buscando una toalla.
—Eso de “un amigo del pasado” —arrugó la nariz—.
Cada vez que alguien dice esa frase, o termina follando, o termina llorando.
No hay un punto intermedio.
Derek soltó una carcajada.
—Eres tan romántica —comentó—.
Se nota que eres artista.
—Claro, porque ser mafioso y profesor va a la perfección —contraatacó.
Él le lanzó la toalla húmeda.
—Ven —dijo—.
Ya que la rubia desertó, vamos a hacer algo útil con tu agresividad.
—¿Por qué suena a invitación indecente?
—alzó una ceja.
—Porque tienes la mente sucia, muñeca —respondió—.
Manoplas.
Quiero ver si de verdad tienes la paciencia para seguir indicaciones sin putearme cada dos segundos.
—Sueña —sonrió ella.
Se puso los guantes de nuevo, ajustando las correas con los dientes.
Derek se acercó para apretar mejor el velcro.
Sus dedos tocaron la piel de Kayce justo donde terminaba el guante.
Ella notó el calor de sus manos, la seguridad de sus movimientos.
No titubeaba nunca al tocarla.
Eso le gustaba.
Nada de dedos temblorosos, nada de tibiezas.
—Aprieta aquí —le indicó él, sujetándole la muñeca.
Kayce lo miró desde abajo, una chispa insolente en los ojos.
—Si me rompo la mano, te denuncio —dijo.
—Si te rompes la mano, te pago la rehabilitación —replicó—.
Pero primero me dejas verte el vendaje.
—Qué romántico.
—Soy un tipo detallista.
Derek se alejó un paso y levantó las manos con las manoplas puestas.
—Listo.
Uno–dos.
Jab, cruz.
Respira con el golpe.
No pienses, siente.
—¿Ahora eres entrenador o maestro Jedi?
—Golpea, Kayce.
Ella golpeó.
El sonido bruto llenó el galpón otra vez.
Derek retrocedía lo justo para desafiarla, avanzaba cuando quería obligarla a atacar.
Sus pasos eran precisos, su cuerpo grande se movía con una gracia que no tenía nada que ver con su fama de bruto.
Era control.
Era cálculo.
Era peligroso.
—Más rápido —dijo—.
No te quedes solo con la fuerza.
Eres rápida, úsalo.
—Deja de elogiarme, me estás distrayendo —respondió ella, lanzando un jab.
—¿Te distraen los elogios?
—Me distrae que vengas con tu voz de “sé algo que tú no” —bufó.
Él sonrió.
Bajó un poco una de las manoplas, a propósito.
Kayce, al ver el hueco, entró con un gancho que habría dejado sin aire a cualquiera.
Derek absorbió el impacto sin gemir siquiera.
—Bien —admitió—.
Eso sí me gustó.
—A mí también me gustan muchas cosas y no voy por la vida diciéndolo.
—Por ejemplo…
—él inclinó apenas la cabeza, estudiándola—, ¿qué?
Kayce lo miró, desafiándolo.
Se inclinó un poco hacia él, respiración agitada, el sudor resbalándole por la sien.
—Los hombres que no se caen cuando los golpeo —dijo.
Hubo un segundo de electricidad evidente.
Una línea que se marcó en el aire entre los dos.
Derek sostuvo su mirada.
Podría haber hecho un chiste.
Podría haber desviado.
No lo hizo.
—Entonces estás jodida conmigo —respondió, suave—.
Porque aguanto mucho.
Ella sintió un escalofrío agradable bajarle por la espalda.
Siguieron entrenando.
El tiempo se volvió una cosa difusa hecha de golpes, respiraciones, correcciones.
En un momento, Derek se acercó más de la cuenta para ajustar su postura.
—No abras tanto las piernas —indicó, poniéndole una mano en la cadera—.
Así pierdes equilibrio cuando retrocedes.
La otra mano la apoyó, apenas, en la zona de las costillas, justo bajo el top.
—Aquí —susurró—.
El centro de gravedad.
Si te empujo —hizo fuerza suave hacia un lado, probando—, te vas.
Kayce apretó los dientes.
No por el empujón.
Por la cercanía.
Podía sentir su respiración en la nuca, el calor de su cuerpo a centímetros del suyo.
El olor a jabón, sudor limpio y algo caro que siempre lo acompañaba.
Era una mezcla peligrosa.
—No me voy tan fácil —contestó, sin moverse.
Derek incrementó apenas la presión de sus manos.
—¿Ah, no?
Ella hizo fuerza con las piernas, firme.
—No.
Por un instante, quedaron así.
Ella clavada al suelo, él rodeándola sin llegar a abrazarla.
El contacto era mínimo.
La tentación no.
Derek aflojó primero.
—Bien —dijo—.
Terca de mierda.
—No le hables así al amor de tu vida —se burló ella, dándose la vuelta.
—Tú no estás siquiera en esa lista —replicó—.
Eres como la manzana prohibida.
No puedo fallarle a Dios.
El pensamiento cruzó entre ellos sin que ninguno lo dijera.
Kayce bajó la mirada un segundo.
No por culpa.
Por rabia.
—Val no es tu dueño, ni el mío —soltó.
Derek la midió.
—No.
Pero me pidió algo —admitió—.
Y yo cumplo lo que prometo.
Retrocedió, buscando poner distancia.
Tomó una botella, bebió un trago, apoyó la espalda contra la pared.
—¿Te pidió que no me entrenaras?
—preguntó ella, cruzándose de brazos.
—No.
Pero tampoco le gustó la idea —sonrió apenas—.
Muy buena idea, por cierto.
Kayce chasqueó la lengua.
—¿Entonces?
Él se pasó la lengua por los dientes, pensativo, antes de decirlo.
—Que no te toque —soltó, simple—.
Literalmente.
“No la toques, Derek.” Así.
Como si yo fuera un perro grande al que hay que atar.
Kayce se quedó callada.
Claro que Val habría dicho algo así.
Protector.
Celoso.
Tonto.
Miedoso.
Sintió una oleada de irritación absurda.
—No sabía que eras tan obediente —dijo, sarcasmo en cada sílaba.
Derek rio, bajo.
—Tampoco lo soy tanto —contestó—.
No estaría aquí si lo fuera.
Se acercó un paso.
Solo uno.
—Pero en eso…
—señaló el espacio entre ellos—, me contuve.
Porque si te tocara como de verdad quiero, pondría en riesgo demasiadas cosas.
La frase quedó flotando.
Pesada.
Cálida.
Peligrosa.
Kayce sintió cómo el corazón se le aceleraba de una forma que nada tenía que ver con el entrenamiento.
—Qué ego tienes —lo pinchó, buscando refugio en la burla—.
¿Quién te dijo que te quiero encima?
Él levantó una ceja.
—Tus ojos, muñeca.
Ella tragó.
Derek se acercó otro paso.
Ahora sí está definitivamente demasiado cerca.
No la tocó.
Pero el espacio entre sus cuerpos era un chiste.
Si alguien hubiera prendido un fósforo, habrían ardido.
—Te gustan los tipos fuertes —murmuró él—.
Los que no se acobardan cuando les ladras.
Los que pueden frenarte cuando te vas de largo.
Kayce lo miró, la mandíbula apretada.
—¿Y tú qué sabes de lo que me gusta?
—Te he visto, Kayce —respondió—.
Te vi con tus peleas.
Con tus decisiones.
Contigo misma.
No necesitas un hombre que te salve.
Pero te encanta cuando alguien es capaz de detenerte sin romperte.
El silencio fue otra forma de confesión.
Kayce sintió que las palabras le rozaban la piel como una caricia que él no se estaba permitiendo dar.
—Tú también —contraatacó—.
Te gustan las mujeres que no se asustan.
Las que no se derriten porque guiñes un ojo.
Las que pelean.
Si quisiera, podría ser una más del montón.
Derek sonrió, de medio lado.
—Podrías —admitió—.
Pero no lo eres.
Sus ojos bajaron un segundo, inconscientes, a la línea de la clavícula de Kayce.
A la gota de sudor que bajaba lenta.
Ella lo notó.
Y no apartó la vista.
Se quedaron así.
Midiéndose.
Probándose.
Una especie de no–toque que decía más que cualquier caricia.
Derek levantó la mano.
Por un momento ella creyó que iba a tocarle la cara, el cuello, la cintura.
El corazón le dio un brinco estúpido.
Pero sus dedos solo rozaron, apenas, un mechón suelto del cabello oscuro pegado a la frente.
Lo retiró hacia atrás, sin llegar a tocar más piel de la necesaria.
Su mano olía a vendas y colonia.
—Estás despeinada —comentó, como si fuera un dato neutro.
—Estamos entrenando —respondió ella, la voz un poco más baja.
—Podrías estarlo por otras cosas.
La frase cayó como un golpe seco.
Kayce sintió que la respiración se le agarraba en la garganta.
El gimnasio parecía más pequeño de repente.
El aire, más denso.
La luz, más tenue.
Ella dio medio paso hacia delante, borrando lo poco que quedaba del espacio entre ambos.
Podía sentir el calor del pecho de Derek contra el suyo, el ancho de sus hombros imponiéndose delante.
—¿Y qué “otras cosas” tienes en mente, profesor?
—susurró.
Él bajó la mirada a su boca un segundo.
Solo uno.
Demasiado.
—Val me mata —dijo.
—¿Tanto miedo le tienes?
—respondió ella—.
Es una pena entonces.
Eso le sacó una risa real, ronca.
Se inclinaron un poco.
No mucho.
Lo justo.
Los labios no llegaron a tocarse, pero estuvieron dolorosamente cerca.
Al alcance de una decisión.
Derek cerró los ojos un segundo, como si estuviera peleando contra algo más fuerte que cualquier rival que hubiera tenido en un ring.
“No la toques, Derek.” La voz de Val le atravesó la cabeza como un puñetazo.
Abrió los ojos.
Respiró hondo.
Y retrocedió.
Solo un paso.
Pero fue un paso entero.
Kayce parpadeó, sorprendida.
—Cobarde —murmuró.
—Disciplinado —corrigió él—.
Que no es lo mismo, aunque duela igual.
Ella se cruzó de brazos, para disimular cómo le temblaban un poco las manos.
—Creí que no le debías nada a nadie.
—No le debo nada a nadie —dijo Derek—.
Pero elijo a quién traiciono.
Y no va a ser a él.
Kayce lo miró con rabia, con deseo, con algo que no tenía nombre.
—¿Y a quién vas a traicionar entonces?
Él sonrió sin humor.
—A mí —respondió—.
Como siempre.
Hubo un silencio extraño.
No incómodo.
Solo cargado.
Kayce desvió la mirada un segundo, respirando más hondo.
—Si algún día decides no ser disciplinado —dijo al fin, despacio—, no te voy a poner las cosas fáciles.
Derek soltó una pequeña carcajada.
—Jamás esperaría que me las pusieras fáciles.
—Vas a tener que esforzarte —añadió, la chispa volviendo a sus ojos—.
Me dan asco los hombres que creen que pueden tener a cualquiera con chasquear los dedos.
—Eso es lo más sexy que te he escuchado decir —admitió él.
—Cállate.
—No puedes pedirme que me esfuerce y luego mandarme a callar.
Se miraron de nuevo.
Esta vez no se acercaron más.
No hacía falta.
La línea estaba trazada.
Finalmente clara.
No hoy.
No ahora.
No con todo lo que colgaba de ese hilo.
Pero el día que se rompiera…
ninguno de los dos pensaba correr.
Derek recogió las manoplas del suelo.
—Ven —dijo—.
Una ronda más.
Después te dejo donde Sheryl, te bañas y finges que solo te cansas por entrenar.
Kayce sonrió, ladeado.
—¿Y tú?
—Yo voy a aprovechar que estoy solo para acordarme de que soy un adulto responsable —suspiró—.
Y a rezar para que al rubio no se le ocurra aparecer justo cuando menos autocontrol tengo.
—Esa es una imagen memorable —replicó ella con una sonrisa.
Él la miró como si quisiera memorizarla: el sudor, la respiración agitada, las manos vendadas, la boca desafiante.
—Eso es lo malo contigo, Kayce —dijo, poniéndose en posición—.
Que todo lo que dices me dan más ganas de arriesgarme.
—Entonces arriésgate bien —se colocó frente a él, levantando la guardia—.
Uno–dos, tomatito.
Derek sonrió, esa sonrisa que era puro aviso de peligro.
—Uno–dos, muñeca —repitió—.
A ver si sobrevivo.
Y el sonido de los golpes volvió a llenar el taller, cubriendo por un rato lo que ninguno de los dos estaba dispuesto a decir todavía.
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