Entre su amor y su obsesión - Capítulo 21
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21: CAPÍTULO 21 21: CAPÍTULO 21 El gimnasio estaba en silencio.
No el silencio sano, de un lugar descansando.
Un silencio que parecía mirar a Derek con los brazos cruzados, como diciendo: “¿Y ahora qué hiciste, imbécil?” Derek se dejó caer en el banco largo, las manoplas a un lado, las vendas tiradas sobre la mesa.
Respiraba como si acabara de pelear diez rounds seguidos, pero no había peleado.
Había hecho algo peor.
Había estado cerca.
Demasiado.
Se pasó una mano por el rostro, empapado de sudor.
Kayce.
Kayce con su respiración caliente en la boca, sus ojos oscuros abriéndose como un desafío, la forma en que su cuerpo encajaba PERFECTO contra el suyo, como si el mundo hubiera sido diseñado para que él la sostuviera.
—Idiota —murmuró para sí, sin ganas de corregirse.
No sabía si se refería a ella o a él.
Probablemente a ambos.
El taller todavía olía a ella.
A su crema de manos de limón, al sudor limpio, a esa mezcla rara de perfume dulce y enojo.
A su necesidad de pelea.
A su necesidad de no necesitar a nadie.
Derek golpeó la mesa con el puño.
—No la toques, Derek —repitió en voz baja, imitando a Valentino.
Era la primera vez que seguía una orden de su amigo sin discutirla.
Y le estaba carcomiendo el cerebro.
Tuvo que cerrar los ojos.
Apretarlos.
Porque se había visto haciéndolo.
Se había visto rompiendo esa promesa.
Con Kayce tan cerca, tan jodidamente dispuesta, tan lista para morderle la boca, morderle el alma, morderle algo más si se lo permitía…
No.
No.
No.
Se levantó de golpe.
Necesitaba agua.
Necesitaba una ducha.
Necesitaba un golpe en la cara.
Abrió el casillero metálico y sacó una camiseta limpia.
El olor a humedad del gimnasio se mezcló con el perfume caro que usaba siempre, ese que Kayce dijo que olía a problema.
—Deja de hablarme como si fueras un acertijo —suspiró.
Pero la voz de ella volvía sola: “Si algún día decides no ser disciplinado…
no te voy a poner las cosas fáciles.” Derek apoyó una mano en el casillero.
El metal estaba frío.
Él, no.
—El problema —dijo, casi riéndose— es que no quiero que me las pongas fáciles.
Miró el techo.
La luz parpadeaba un poco.
Como si el gimnasio supiera que allí, hace solo minutos, casi había pasado algo que habría arruinado amistades, lealtades y límites.
Sabía tres cosas: No iba a tocarla.
No podía tocarla.
Y se estaba volviendo imposible no tocarla.
—Mierda —murmuró finalmente.
Agarró el bolso y apagó las luces.
Caminó hacia la salida.
El taller se quedó atrás.
Pero el olor de Kayce, su risa, la línea de su cuello, su respiración chocando con la de él…
Eso se quedó pegado bajo su piel.
Iba a tener una noche larga.
Demasiado larga.
Horas después, en el departamento de Sheryl Kayce salió del baño envuelta en vapor, con una toalla en la cabeza y otra alrededor del cuerpo.
Se miró al espejo de cuerpo entero.
Tenía la piel rojiza por el agua caliente, un par de moretones nuevos en los brazos, y ese brillo extraño en los ojos que reconocía demasiado bien.
Era irritación.
Era adrenalina.
Era deseo.
—Qué asco —se dijo, aunque no sonaba convencida.
Se dejó caer sobre la cama, dejando la toalla caer a un lado.
Todavía podía sentir las manos de Derek en su muñeca, su cadera, su costado, su maldito mechón de pelo.
Mordió la sábana.
¿Por qué demonios le temblaban las piernas?
Ella no temblaba por nadie.
Jamás.
Cerró los ojos.
Y ahí estaba él: La forma en que la miró.
No como un hombre mira a una mujer.
Sino como un predador reconoce a otro predador.
“Te gustan los tipos fuertes”, había dicho él.
Kayce apretó los dientes.
—Y tú te gustas demasiado —murmuró.
Pero no era verdad.
Él no se gustaba demasiado.
Él se contenía demasiado.
Eso era peor.
Y mejor.
Y peor.
Pasó una mano por su propio cuello, recordando la distancia mínima entre los dos.
Si él la hubiera tocado de verdad…
No, no.
Dios.
NO.
Se cubrió la cara con ambas manos.
Soltó un quejido mezcla de risa y frustración.
—Estoy enferma.
Enferma.
Pero no era enfermedad.
Era química.
Era EXACTAMENTE lo que le gustaba: un hombre fuerte, peligroso, inteligente, que sabía detenerla sin apagarla.
Y el hecho de que no pudiera tocarla…
Era un tipo de excitación completamente distinta.
Peor.
Mejor.
Kayce se mordió el labio.
Luego abrió los ojos.
Miró el techo.
La risa se le escapó sola.
—Rubia…
—susurró—.
Si supieras lo disciplinado que es tu mejor amigo…
De pronto, la risa se detuvo.
Porque le vino la imagen de mañana: Sheryl.
La cafetería.
Luca.
Kayce apretó la mandíbula.
Eso sí que no le hacía gracia.
Derek era un problema controlable.
Luca, no.
Y Sheryl era demasiado frágil para que ella estuviera distraída con pectorales y sonrisas peligrosas.
Kayce se sentó.
Se frotó el rostro.
Respiró hondo.
—Mañana no es para mí —se dijo, sombría.
Mañana era para Sheryl.
Y para cerrar heridas que ella no podía cerrar por su amiga.
Apagó la luz.
Un último pensamiento la atravesó antes de dormir: Si este hombre me besa algún día, se me irá todo el orgullo.
El departamento estaba silencioso.
Kayce estaba dibujando, y Sheryl estaba sentada en la cama, con las piernas cruzadas, mirando su propio reflejo en el espejo del tocador.
No sabía por qué estaba nerviosa.
O sí sabía.
Pero prefería no nombrarlo.
Luca.
Mañana.
A las cinco.
Sheryl suspiró, apoyando el mentón en la mano.
Sobre la cama había dos cuadernos: uno con escritos antiguos…
y otro con páginas que había comenzado después de conocer a Valentino.
—Ridículo —murmuró, cerrándolos.
Ridículo pensar en dos hombres al mismo tiempo.
Ridículo sentirse dividida.
Ridículo que mañana tuviera miedo no del pasado…
sino del presente.
¿Por qué?
Porque Luca no era un monstruo.
Ni un héroe.
Era un hombre quebrado.
Y porque Sheryl sabía que mañana no solo hablarían.
No solo cerrarían.
Mañana una parte de ella iba a volverse espejo de él.
Y otra parte iba a compararlo, inevitablemente, con Valentino.
Y ese pensamiento le daba vergüenza.
Y miedo.
Y una extraña nostalgia.
Kayce entró a la habitación.
—¿Lista para dormir?
—preguntó.
Sheryl asintió.
—¿Pensando mucho?
—insistió Kayce.
—Un poco.
Mañana…
—hizo una pausa—.
Mañana necesito estar bien.
Kayce se sentó a su lado.
—Vas a estar bien.
Y si ese hombre te mueve el piso…
yo te lo desarmo.
Sheryl rio.
Se recostó.
Kayce apagó la lámpara.
La habitación quedó a oscuras, salvo por la luz tenue que entraba desde la calle.
Sheryl cerró los ojos, respirando hondo.
Mañana iba a ver a Luca.
Mañana, quizá, iba a terminar algo.
O empezarlo otra vez.
No lo sabía.
Pero una cosa sí sabía: Valentino no podía enterarse todavía.
Y Kayce no podía perder el control mañana.
La noche cayó suave.
Pero el día siguiente…
no iba a serlo.
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