Entre su amor y su obsesión - Capítulo 22
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22: CAPÍTULO 22 22: CAPÍTULO 22 El despertador sonó a las diez.
Luca abrió los ojos, pero no despertó.
Era ese estado gris donde el cuerpo está consciente pero el alma no alcanza a incorporarse.
El tipo de mañana donde no existe nada: ni hambre, ni ganas, ni movimiento.
La luz entraba por la ventana, amable, casi cálida.
Él la odió.
Su primer pensamiento fue: No quiero ir.
El segundo: Tengo que ir.
El tercero —más honesto, más hondo, más doloroso—: No puedo ir.
Se quedó acostado mirando el techo, con la sensación hueca entre las costillas que tenía siempre que se forzaba a recordar que Sheryl existía.
No porque la odiara.
Sino porque su cuerpo todavía respondía como si hubiera sido golpeado.
Como si esa noche en el camarín estuviera ocurriendo otra vez, repitiéndose hasta desgastarlo.
Como si la foto que ella envió fuera un tatuaje viejo que ardía cuando hacía frío.
Luca giró hacia un lado.
No podía seguir acostado, pero tampoco podía levantarse.
Ese era su tipo de limbo.
Una hora.
Dos.
Tres.
Ni siquiera había pensado en ducharse.
A ratos, cerraba los ojos y se imaginaba caminando hacia la cafetería.
Mirándola.
Sentándose frente a ella.
Y ahí, inevitablemente, aparecían las imágenes: Sheryl borracha.
Sheryl llorando.
Sheryl huyendo.
Fiore durmiendo.
Su mano sobre la piel de ella.
Su cabello en la almohada de su hermano.
Luca apretó los ojos hasta sentir presión detrás de ellos.
El corazón empezó a latirle como si estuviera corriendo.
No lo estaba.
Estaba quieto.
Enteramente quieto.
Pero por dentro, era como si su cuerpo quisiera escapar de sí mismo.
—Ya pasó —susurró, sin creerlo—.
Ya pasó…
A veces hablar en voz alta ayudaba.
Hoy no.
Se incorporó a medias y miró la hora.
Faltaban cuatro horas para la cita.
Respiró hondo.
Se quedó mirando el reloj.
Un minuto.
Otro.
Y entonces vino la primera punzada: Un recuerdo de Sheryl riéndose.
Tan brillante que dolía.
Luca sintió cómo se le humedecían los ojos sin permiso.
—No hoy…
por favor no hoy…
—murmuró.
Pero la depresión nunca escucha.
Se levantó como si tuviera piedras atadas al cuerpo.
Caminó hasta la cocina sin dirección clara.
Abrió el refrigerador solo para cerrarlo de inmediato.
Ni hambre tenía.
Ni ganas.
Luca se apoyó en el mesón.
Las manos temblaban.
Un nudo le apretaba la garganta.
Abrió el mueble donde guardaba las botellas.
Sacó una sin pensarlo demasiado.
El sonido del vaso al llenarse fue casi un alivio.
Tomó el primer sorbo como quien cede.
El segundo como quien se rinde.
El tercero porque no sabía detenerse.
El ardor bajó por su pecho y borró un poco de ruido mental.
Solo un poco.
Suficiente para engañarse unos minutos.
Se sentó en el sillón y dejó que el alcohol hiciera su trabajo.
El problema es que el alcohol le devolvía las imágenes, solo que más lentas.
Más nítidas.
Más crueles.
Sheryl apoyando la cabeza en el pecho de Fiore.
Fiore enredando los dedos en su cabello.
La foto.
La frase bajo la foto.
“Traición por traición.” Luca tragó saliva.
Su respiración se quebró.
Y antes de darse cuenta estaba llorando.
Llorando de esa forma silenciosa que parece asfixia.
El vaso tembló en su mano.
Intentó levantarse.
No pudo.
El cuerpo le pesaba demasiado.
La hora.
Miró el reloj.
15 minutos tarde.
20.
27.
Un golpe seco de realidad le atravesó el estómago.
La cita.
Ella.
La mesa esperándolo.
Luca abrió el teléfono.
Las notificaciones borrosas.
Buscó el chat.
Escribió, torpe: No voy a ir.
Lo siento.
No puedo.
Iba a agregar algo más, pero no supo qué.
Nada explicaba ese tipo de vacío.
Nada hacía que la escena frente a sus ojos —él temblando con una botella a medio vaciar— fuera digna de mostrarse.
Apretó enviar.
Dejó el teléfono caer sobre la mesa.
Se llevó ambas manos al rostro.
Y se hundió en el silencio pegajoso que le quedaba cuando todo lo demás lo abandonaba.
La tarde siguió avanzando sin él.
Sheryl miró el mensaje en la pantalla.
«No voy a ir.
Lo siento.
No puedo.» No sintió rabia.
Ni sorpresa.
Sintió…
lo que siente alguien que ya estuvo ahí.
Un peso triste.
Una comprensión amarga.
Un pequeño derrumbe en el pecho.
Tomó aire y abrió otro chat.
Kayce —Kay…
no va a venir.
La respuesta llegó al segundo: —NO TE MUEVAS.
—VOY.
—VOY CON ARMAS.
—CON LOS CHICOS.
—NO.
TE.
MUEVAS.
Sheryl sonrió, débil, pero sonrió.
Y esperó.
Porque con Luca no había podido evitar un derrumbe.
Pero con ellos…
con ellos sí tenía dónde sostenerse.
_____________________________________________________ La cafetería estaba cálida, llena del rumor habitual de tazas y conversaciones.
Sheryl apoyó las manos alrededor de su segundo capuccino, intentando que el vapor le suavizara el temblor que aún tenía bajo la piel.
Kayce llegó primera, con paso decidido y el bolso colgando del hombro como si fuera un arma contundente.
—Dime que al menos pediste pasteles —dijo al sentarse sin ceremonia—.
Si no ingiero azúcar en los próximos tres minutos voy a convertirme en tu peor pesadilla.
Sheryl sonrió apenas.
—Estaba esperando que llegaran.
Kayce la miró con esos ojos que siempre parecían leerle las grietas.
—Estás rara —dictaminó.
—Estoy bien —respondió Sheryl, demasiado rápido—.
Solo que no se qué tan buena idea fue invitar a los chicos justo ahora.
Quizás lo mejor es que no vea a Val hoy.
—Creo que precisamente por eso debes verlo.
El tintineo de la puerta anunció a Derek y Valentino.
Ambos se acercaron, saludaron con un gesto y ocuparon los asientos restantes.
Era la segunda vez desde que se conocían que los cuatro compartían una mesa, y aun así se sentía como si hubieran ensayado este encuentro durante semanas.
Luego de ordenar, Kayce se había apropiado del grupo como si siempre hubiera sido la líder espiritual de una secta muy caótica.
—Ok, dinámica grupal —anunció, cruzando las piernas—: cada uno diga algo que odia de la universidad.
—Tus dinámicas —dijo Derek, sin levantar la vista.
—A ti cuando desbordas energía —respondió Val, automático.
—Cuando me despiertas a las cinco de la mañana porque no puedes dormir —añadió Sheryl.
Kayce chasqueó la lengua.
—Son unos amargados.
No juego con ustedes.
—Fuiste tú la que comenzó —dijo Derek, apoyando su mentón en una mano.
—Sí, pero esperaba mejor material.
Valentino abrió un paquete de azúcar y lo vertió con la concentración de un cirujano.
Aunque nunca tomaba su café con azúcar, hoy sintió que la necesitaba.
—Yo odio…
—empezó.
—Solo puedes elegir una cosa —interrumpió Kayce.
—Tengo una lista —respondió él.
—Ahí vas otra vez con tus listas —bufó Derek.
Sheryl reía en silencio.
Extrañaba interactuar con él.
—A ver, Val —dijo Kayce—.
¿Qué odias?
Val sostuvo su taza con ambas manos.
—A la gente que corre en los pasillos como si estuviera escapando de un incendio.
Kayce lo miró, perpleja.
—Eres un anciano.
—Soy realista —respondió él, muy serio—.
Un día uno de ellos me botó una escultura porque decidió que diez segundos de su vida valían más que mi calificación.
Derek lo empujó con el pie por debajo de la mesa.
—Eso lo dices porque no te puedes mover rápido sin parecer que vas a desmayarte.
Val lo ignoró.
Kayce levantó una ceja.
—¿Y tú, Derek?
¿Qué odias?
Derek pensó apenas dos segundos.
—La gente que se sienta en el suelo en los pasillos como si fuera su living.
Kayce lo fulminó.
—Esa soy yo.
—Lo sé.
—Eres un animal.
—Y tú eres un obstáculo peatonal.
Kayce bebió su chocolate con dignidad herida.
—Ok, Derek.
¿Y qué te gusta de la universidad?
Derek ladeó la cabeza, como si estuviera decidiendo cuánto sarcasmo usar.
—El gimnasio.
—Eso no cuenta —replicó Kayce—.
Me refiero a cosas más humanas.
Derek la miró, entrecerró los ojos…
y dejó caer: —Las cosas que dibujas cuando crees que no te estoy mirando.
Kayce se atragantó con su bebida.
—¿¡QUÉ!?
¿ME ESTÁS ESPIANDO?
Derek levantó las cejas.
—Tienes un cuaderno gigante lleno de dibujos.
No soy ciego.
Además, el gimnasio no es tan grande, ¿Dónde más quieres que mire?
—¡Donde sea menos mi cuaderno!
—Lo tenías abierto en mi cara.
Val levantó la mano como si fuera un estudiante intentando poner orden.
—Yo también lo he visto.
—¡¿TÚ TAMBIÉN?!
—Kayce golpeó la mesa.
—Es bueno.
Dibujas bien —dijo Val, encogiéndose de hombros.
—Derek fue la figura humana que dibujó para su clase —añadió Sheryl con una sonrisa inocente.
Kayce la miró con traición pura.
—¡SHERYL, NO!
Derek se cruzó de brazos.
—¿Dibujaste mis abdominales?
—TRAIDORA —chilló Kayce.
Valentino comenzó a preocuparse.
—Tranquila —dijo Derek, muy serio—.
Si quieres referencias mejores, puedo enviarte fotos.
—ME VOY A MORIR —anunció Kayce, tirándose hacia atrás en la silla—.
Me voy a evaporar aquí mismo.
Sheryl le apretó la mano, conteniendo la risa.
—No exageres.
—Sher escribió un poema sobre Val.
Yo diría que eso equivale a una propuesta de matrimonio.
Sheryl miró a Kayce sin poder creerlo.
Derek arqueó una ceja divertido.
Valentino comenzó a sonreír.
Sentía cientos de mariposas en el estómago.
—¿Qué dice ese poema, Sher?
—Miente —dijo Sheryl, evitando su mirada—.
Kayce está mintiendo.
—Lo presentó para su clase de escritura creativa —Soltó Kayce disfrutando su venganza.
—Dibujaste a Derek semidesnudo —Terminó de decir Sheryl, con una sonrisa de satisfacción.
—TRAIDORA —Volvió a chillar.
Derek apoyó una mano en su mesa, inclinándose un poco.
—Kayce.
Ella levantó la vista, aún indignada.
—Dibuja lo que quieras —dijo él, sin sarcasmo—.
En serio.
Estoy acostumbrado a que me miren.
Aunque nunca me habían dibujado.
Posaré para ti cuando quieras.
Kayce parpadeó, desconcertada…
y luego se puso más roja.
Sheryl la pateó por debajo de la mesa, emocionada por dentro.
La tensión era palpable.
Val, por su parte, miró a Derek en señal de advertencia.
—Cuando terminen su momento de apareamiento— Kayce lanzó una servilleta hacia él.
—¡Nadie está apareándose!
—Por ahora —murmuró Derek.
—¡DEREK!
Valentino lo pateó bajo la mesa, y Derek entendió de inmediato que se había sobrepasado.
Estoy en problemas, pensó.
Sheryl apoyó la frente en la mesa, riéndose de forma silenciosa para no llamar la atención de todo el local.
La complicidad entre ellos se sentía…
nueva.
Bonita.
Como un tejido que recién comenzaba a formar nudos.
—Ok —dijo Kayce, respirando hondo para retomar el control—.
Vamos a hacer otra dinámica.
Ahora todos dicen una cosa que los asusta de la universidad.
—Tus puños —dijo Derek.
—Tus silencios —dijo Val, mirando a Sheryl.
Ella se quedó quieta un instante.
Le dolió lo certero que era.
Kayce los ignoró a todos.
—Lo mío son los pasillos largos.
Siempre pienso que alguien va a salir de un baño o de un aula y me va a dar un infarto.
Derek frunció el ceño.
—Eso es porque te paseas sin mirar hacia adelante.
—ME GUSTA MIRAR EL TECHO —respondió Kayce indignada—.
ES INSPIRADOR.
EN NUESTRA FACULTAD ESTA LLENO DE PINTURAS HERMOSAS.
—Es peligroso —remató Val.
Sheryl tomó aire.
Había una línea que nadie había cruzado todavía.
Y ella estaba a punto de tocarla.
—A mí…
—dijo despacio— me asusta sentir que alguien me mira.
El ambiente se tensó un poco.
No por juicio.
Sino por preocupación.
—¿Otra vez?
—preguntó Kayce.
—No sé —respondió Sheryl, alzando los hombros—.
No le doy muchas vueltas.
Solo…
me pasa.
Val inclinó la cabeza.
—¿Te ha pasado muchas veces?
—Sí —admitió ella—.
Pero no es nada.
A veces creo que soy yo misma.
O mi sombra.
O…
no sé.
Imaginación.
Derek entrelazó los dedos sobre la mesa.
—Si realmente fuera alguien —dijo— yo ya lo habría visto.
Kayce pateó la pierna de Derek.
—¿Ves?
Eso es intimidante.
—Es un hecho —respondió él.
Sheryl suspiró con una sonrisa.
—Solo quería mencionarlo.
Ya se me pasará.
Val bajó la mirada a su taza.
—Si no se pasa —dijo, suave—.
Me avisas.
No tienes que lidiar con eso sola.
Un silencio pequeño, tierno.
Sheryl lo miró.
—Lo sé —susurró.
Kayce carraspeó como si quisiera romper un momento demasiado íntimo.
—No sé cocinar ni arroz —admitió.
Todos la miraron.
—Es literalmente agua y arroz —dijo Sheryl.
—Por eso mismo.
¡Demasiada responsabilidad!
Derek levantó una ceja.
—¿Qué pasa si un día estás sola?
¿Vas a morir de hambre?
Kayce se acomodó el cabello.
—No.
Voy a seducir a alguien que cocine.
Val levantó la vista lentamente.
—Eso explica mucho de tu comportamiento.
—¿Qué insinúas, rubio?
—Nada.
Solo digo que seduces por supervivencia, como un ave del Amazonas.
—Ya.
Comentario de confesión terminado.
Necesito risas para sobrevivir.
Derek negó con la cabeza.
Sheryl se recostó de nuevo en la silla.
—¿Derek, tú crees que pasas desapercibido?
—preguntó Kayce.
—Sí —respondió él con seriedad absoluta.
—CARIÑO —dijo ella, casi compasiva—.
¿Te has visto?
Eres altísimo, pelirrojo, tatuado y caminas como si fueras a matar a alguien.
Ni aunque quisieras pasarías desapercibido.
Val intervino: —Una vez le pedí que me acompañara a la biblioteca.
Todo el mundo se movió como si hubiera entrado un oso.
—Los amo, de verdad —ironizó Derek—.
Gracias por su apoyo constante.
Sheryl añadió: —Eres…
imponente.
Pero en un buen sentido.
Derek la miró un segundo, sorprendido.
Luego bajó la cabeza.
—Gracias, princesa.
Kayce puso una mano en el pecho.
—OH.
MI.
DIOS.
¿Tomatito tiene un lado tierno?
Derek la fulminó con la mirada.
—Ok, cambio de tema.
¿Qué superpoder tendrían?
—preguntó Kayce.
—Leer la mente —dijo Sheryl.
—Invocación de cuchillos —respondió Derek.
—Sanar heridas —dijo Val.
Los tres lo miraron.
Kayce murmuró: —Eres precioso y trágico.
Como un poema deprimido.
Val se hundió en la silla.
Derek negó con la cabeza.
—Yo quiero cuchillos.
—POR SUPUESTO QUE QUIERES CUCHILLOS —gritó Kayce.
Y así, entre tonterías, entre bromas, entre silencios cómodos, la tarde siguió avanzando.
No hablaban como amigos todavía.
No hablaban como familia.
Pero había algo—a medio camino entre ambas cosas—formándose en ese rincón de la cafetería.
Algo parecido a pertenecer.
Cuando ya estaban por irse, Kayce sentenció: —Deberíamos hacer esto más seguido.
No sé…
una vez a la semana.
Para comparar traumas.
O comer torta.
Derek: —No tengo traumas.
Los tres lo miran con cara de “JA”.
Sheryl sonríe.
—Sí tienes.
Solo que los llevas bien escondidos.
Derek se encoge de hombros, derrotado.
Val recogió su taza vacía.
—Podríamos…
—dice sin mirarlos directamente— volver mañana.
Sheryl siente algo cálido en el pecho.
Kayce lo aprobó de inmediato: —¡Sí!
Mañana café con pastel.
Y luego gimnasio.
Y luego acosar profesores.
Ya hice el itinerario.
Derek suspira.
—No puedo creer que estoy en esto.
Sheryl lo mira.
—Yo sí puedo.
Y por un instante, los cuatro parecen…
un grupo de verdad.
Uno real.
Uno que no necesita tragedias para existir.
Antes de irse, por la ventana Sheryl sintió otra vez esa punzada en la nuca…
pero cuando volteó, no había nadie.
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