Entre su amor y su obsesión - Capítulo 23
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23: CAPÍTULO 23 23: CAPÍTULO 23 El departamento estaba oscuro, pero no era la oscuridad que asusta; era la que acompaña.
Esa que te recibe cuando vuelves con el cuerpo cansado pero la mente demasiado despierta.
Esa que no necesita presentarse porque ya se sabe dueña del lugar.
Val dejó las llaves sobre la mesa sin mirar.
No prendió la luz.
Ni siquiera se quitó los zapatos.
Caminó hasta la cama como quien camina hacia el agua en invierno: lento, con una resignación tranquila.
Se dejó caer encima, boca arriba, mirando un techo que no tenía nada que ofrecerle.
Pero el eco del café aún vibraba en él.
Las risas suaves de Sheryl.
Las carcajadas exageradas de Kayce.
El bufido resignado de Derek.
El modo en que todos hablaban al mismo tiempo, como si de pronto hubieran descubierto que era posible existir juntos sin romper nada.
Val cerró los ojos.
Había sido…
raro.
En el mejor sentido.
Pero justo debajo de ese calor había otra cosa: la sombra silenciosa de la razón repentina de aquella quedada.
Sheryl no lo dijo.
Kayce tampoco.
Pero él vio los ojos de ambas.
Y aunque no sabía quién había fallado, ni qué historia había ahí, entendía que a Sheryl algo le había dolido.
Un poco.
Un pedazo.
Y eso le bastaba.
No para reclamar nada —porque él no tenía derecho—, sino para sentir una grieta pequeña donde antes había un terreno firme.
O un poco más firme.
Tomó el celular.
Abrió el chat con Sheryl.
Leyó la última línea: “Nos vemos más tarde.” Y ahí estaba él, horas después, preguntándose cómo alguien podía hacer tan poco y aun así meterse tan hondo en sus rutinas.
Se llevó una mano al rostro.
No estaba celoso.
O tal vez sí, pero no de una persona, sino de un pasado que no tenía cómo borrar.
No quería competir con alguien más.
Quería competir contra sus propias sombras, las que siempre lo hacían huir.
—Ridículo —susurró.
Pero no lo era.
Era humano.
Era Valentino.
El hombre que sentía todo a cien por hora.
Kayce escribió en el chat grupal: KAYCE: Mañana café otra vez.
No acepto excusas.
Derek respondió con un sticker de un gato golpeando una puerta con su cabeza.
Val sonrió, pequeño, como si se le encendiera un fósforo en medio del pecho.
Escribió: VAL: Voy.
Apagó la pantalla.
La noche estaba tranquila afuera.
Dentro de él, no tanto.
Pero por primera vez en mucho tiempo, no quería apagar lo que sentía.
Quería aprender a quedarse.
Mañana, al menos, intentaría no salir corriendo.
Intentaría no esconderse cuando algo lo tocara demasiado hondo.
Intentaría…
algo.
Eso ya era un comienzo.
Sheryl abrió la puerta de su departamento y se soltó el cabello apenas entró.
Sentía la nuca tirante, como si llevara encima horas de tensión que no sabía dónde poner.
Dejó la mochila caer al sillón y se apoyó en la mesa con ambas manos.
La frase aún estaba en la pantalla del celular sobre la superficie: «No voy a ir.
Lo siento.
No puedo.» No lloró.
No se rompió.
No se abrió un agujero negro bajo sus pies como otras veces.
Solo sintió un cansancio profundo, como si el cuerpo finalmente hubiera entendido que hay heridas que ya no sirven para desangrarse, solo para recordar.
Suspiró, largo.
Abrió el chat de Kayce.
SHER: ¿A qué hora llegas?
La respuesta llegó como un misil: KAYCE: cinco minutos.
Llevo pizza 😛 Pensó en Val.
En la forma en que la miró cuando habló del miedo a sentirse observada.
En cómo sus ojos se suavizaron sin invadirla.
En cómo no preguntó, aunque se notaba que entendía.
Su pecho se calentó un poco.
Pero luego recordó la sensación extraña en el cuello, ese escalofrío que volvió en la cafetería cuando miró por la ventana y no había nadie.
—Imaginación —se dijo.
Y guardó el celular.
Se metió a la cama sin pensar más.
Pero antes de dormir, tuvo una idea clara: Luca no había ido, pero ella tampoco había vuelto atrás.
Eso tenía que significar algo.
El taller olía a metal caliente y sudor seco.
Derek golpeaba el saco con ritmo constante, preciso, como si cada impacto fuera una palabra mal pronunciada.
Val se sentó en la mesa, sosteniendo un café barato entre las manos.
Ojeroso.
Inquieto.
—¿Dormiste?
—preguntó Derek sin mirar.
—¿Tú me ves cara de haber dormido?
—respondió Val.
—Te veo cara de drama.
Val puso los ojos en blanco.
El teléfono de Derek vibró contra el metal.
Él lo miró, hizo una mueca y contestó.
—Pulpo.
Val se enderezó.
La voz del Pulpo salía por el altavoz, distorsionada por la mala señal.
—Tengo noticias —dijo—.
No sé si buenas o malas.
Derek lo miró a Val de reojo.
—Dime.
—Uno de los nombres que te di estuvo rondando otra universidad.
Facultad de Artes.
Mismo patrón de siempre: anuncios falsos, mensajes directos, invitaciones raras.
Derek apretó el puño con fuerza.
Artes.
Kayce.
Y Sheryl a veces andaba por ahí.
—¿Y el otro?
—preguntó Derek.
—Ese es peor.
Está moviéndose online.
Ofertas de trabajo truchas, castings, esas mierdas.
Está pescando chicas.
—Pulpo suspiró—.
No te asustes, pero…
tu universidad está dentro del rango de acción.
Derek quedó completamente quieto.
Val también.
—¿Alguna chica marcada?
—preguntó Derek.
—Deben haber, aún no he podido llegar tan al fondo.
Pero…
mira, si la chica que les importa anda diciendo que se siente observada, yo le creería.
Val apretó el café hasta casi derramarlo.
—¿Qué?
—preguntó.
—Nada —dijo Derek rápido—.
Gracias, Pulpo.
Te aviso si necesito algo más.
Colgó.
Hubo un silencio espeso.
—Derek…
—empezó Val.
—No digas nada —respondió él—.
Solo…
cuida a Sheryl.
No seas idiota.
Si siente algo raro, tú lo notas primero.
Tenemos dos chicas que cuidar, no puedo ser el perro guardián de las dos.
Deja de actuar como un angelito, reacciona.
No soy un puto guardaespaldas, no soy perfecto, necesito ayuda y tú estás solo siendo una carga.
Val lo fulminó con la mirada, pero no dijo que no.
Porque sí.
Él lo había notado.
Y ahora tenía miedo, un miedo que se sentía como un golpe seco en las costillas.
—No la sueltes —continuó Derek—.
Y no me mires así.
Si digo “no la sueltes” me refiero a no dejarla sola, imbécil.
No a encerrarla.
Val suspiró.
—No pienso encerrarla —murmuró—.
Pero…
sí pienso estar.
Derek asintió.
Era suficiente.
Además, ya tenía planes para él.
Kayce llevaba una bufanda enorme y actitud de persona que se despertó tres veces antes de lograr salir de la cama.
Eran las cuatro de la mañana, después de todo.
Conversaban con Sher afuera del edificio.
—Tienes cara de homicidio —dijo Sheryl.
—Tengo sueño —respondió Kayce—.
Y rabia.
Y ganas de pegarle algo.
¿Quieres que hablemos de sentimientos o prefieres fingir que nada pasó?
Sheryl sonrió.
—Kay…
estoy bien.
—Mientes fatal —bufó Kayce—.
Pero está bien.
A veces hay que mentir para sobrevivir la madrugada.
Caminaron un rato en silencio, el tipo de silencio cómodo que solo se da cuando una amistad ya probó su resistencia.
Entonces Sheryl, sin mirarla, soltó: —Ayer vi algo entre tú y Derek.
Kayce se detuvo en seco.
—¿Qué?
—Había…
química —repitió Sheryl, divertida—.
Y no me lo niegues.
Kayce abrió la boca, roja como un semáforo.
—NO había química.
Había…
calor.
Ambiental.
Fricción.
Oxígeno.
¡No sé!
Sheryl se rio.
—Kay.
—¿Qué?
—Te vi.
Él también te vio.
Kayce se pasó una mano por la cara.
—Ok, escuché eso mismo en mi cabeza toda la noche.
Sí, hubo algo.
Pero no fue un “algo normal”, fue un “algo que me dejó sin saber si quería matarlo o besarlo”.
Sher arqueó una ceja.
—¿Qué pasó?
Kayce suspiró como si cargara un saco de 200 kilos.
—Cuando te fuiste temprano del entrenamiento…
se acercó.
Me tocó la cadera.
Me corrigió la postura.
Me habló por detrás del cuello.
Fue…
demasiado.
Y yo…
no me moví.
Ni lo frené.
Ni nada.
Solo…
dejé que pasara.
Sheryl sonrió, genuina.
—Me gusta cómo te mira.
—Pues a mí no —replicó Kayce, roja—.
Me pone nerviosa.
Me gustan los hombres fuertes, pero no hombres que me destruyan la psiquis.
Derek huele a problemas.
—Kay.
—¿Qué?
—Te gusta.
Kayce la empujó.
—Te odio.
Sheryl solo siguió sonriendo.
Y cuando el rubor bajó, Kayce murmuró: —No sé si estoy lista para alguien como él.
Me gusta la paz de mi vida, ¿sabes?
Y creo que el es como una tormenta…
las tormentas conmigo no se calman, solo empeoran.
No tengo ese don tuyo de sanar, de cambiar a los demás para bien…
y tampoco quiero tenerlo.
No estoy lista para él.
Sheryl la tomó del brazo.
—Nadie está listo para nadie.
Solo pasa.
Kayce suspiró.
—Qué linda filosofía.
Repítela cuando estés llorando por San Valentino.
Sheryl se atragantó con aire.
—¡Kayce!
Y Kayce sonrió como si hubiera ganado algo.
El gimnasio estaba medio vacío, con ese olor a polvo tibio y metal que solo existe en lugares donde la gente deja partes de sí misma tiradas en el suelo.
Kayce ya había extendido las vendas.
Sheryl se estaba amarrando el cabello en un moño torcido que sabía que iba a desarmarse en diez minutos.
—No puedo creer que nos hizo venir temprano —refunfuñó Kayce—.
¿Quién entrena a esta hora?
Ni la gente fit.
Ni los psicópatas.
—Derek —respondió Sheryl, como si eso explicara todo.
Kayce suspiró dramáticamente.
—Claro, Tomatito no necesita dormir.
Vive a base de violencia y carbohidratos robados del casino.
Sheryl rio.
Entonces la puerta metálica se abrió.
Derek entró primero.
Y detrás de él…
Valentino.
Kayce abrió los ojos como si hubiera visto un milagro raro y feo.
—¿Qué haces TÚ aquí?
—preguntó, señalándolo como si fuera un intruso.
—Me arrastraron —respondió Val, serio—.
Literalmente.
—Lo jalé de la capucha —aclaró Derek, sin arrepentimiento—.
Se queja demasiado.
Es como entrenar a un gato.
Val lo fulminó.
—No me compares con un gato.
—Actualmente, tienes la misma fuerza que uno —dijo Derek, pasando junto a él.
Kayce soltó una carcajada despiadada.
—¿Así tratas a tus seres queridos?
Derek se dio la vuelta para verla.
—A ustedes las entreno.
A él lo castigo por dejarse estar.
Sheryl se rio con un gesto suave, escondiendo la sonrisa detrás de la venda.
—Entonces hoy venimos a sufrir todos —dijo.
—No tú —respondió Derek, acercándose para revisar la venda de su mano—.
A ti te sigo cuidando el hombro.
No quiero lesiones.
Quiero técnica.
Usó un tono tan naturalmente protector que Sheryl se sintió ridículamente acogida.
Últimamente había descubierto que se llevaba extrañamente bien con Derek.
Kayce sonrió feliz.
—Finalmente un entrenamiento tranquilo.
Derek la miró como si evaluara el peso de una dinamita.
—A ti te voy a hacer llorar.
Kayce borró su sonrisa indignada.
—Qué romántico.
Derek los puso en fila.
—Cinco minutos de salto en cuerda —ordenó.
Kayce ya estaba saltando como una profesional.
Sheryl seguía un poco torpe, pero Derek se lo corregía con una paciencia que nadie esperaba de alguien con tantos tatuajes y tan poca simpatía.
—Punta, no talón —le decía, tocándole el codo para ajustar la postura.
Con Kayce era distinto.
—Más rápido.
Más alto.
Más fuerte.
Eso no es saltar, Kayce, eso es intentar volar sin alas.
—¡Perdón por no ser una maldita gacela!
—contestó ella, entre jadeos.
Val apenas llevaba veinte segundos y ya estaba apoyado contra la pared.
No por cansancio, sino por lo aburrido que le parecía todo.
—No puedo respirar —dijo con expresión fingida.
Derek pasó junto a él sin mirarlo.
—No me engañas.
Vuelve a saltar.
Voy a golpearte angelito.
Kayce disfrutaba ver el lado rudo de Derek- Sheryl, que tenía el cardio de un koala recién levantado, intentaba no toser.
____________________________________________________________________________ —Valentino —dijo Derek, lanzándole un par de guantes—.
Te toca.
—¿Hacer qué?
—preguntó él, alarmado.
—Sabes que.
Kayce se dejó caer en una banca, expectante, como si fuera el mejor espectáculo de comedia que podría ver gratis.
Sheryl también se acomodó, vendándose mejor.
Val se puso los guantes como si fueran esposas de lujo.
Jamás le gustó entrenar.
Disfrutaba las peleas callejeras, pero el boxeo y la disciplina eran algo de lo que siempre corría.
Derek levantó las manoplas.
—Uno–dos.
Valentino lanzó un jab sin ganas.
Derek abrió mucho los ojos.
—¿Qué fue eso?
—Un golpe.
—Eso no fue un golpe.
Fue una caricia triste.
Kayce explotó de risa.
—¡DALE, RUBIA!
¡PÉGALE!
¡ES TU MOMENTO!
Valentino intentó un golpe más fuerte.
Derek lo bloqueó sin mover un músculo.
—Uno–dos, no “uno–pide permiso”.
—¿No podemos hacer esto a mi manera?
Hoy Pulpo tiene torneo en el bar.
—Golpea como si me odiaras —indicó Derek.
Kayce aplaudió como si estuviera viendo una obra de teatro.
Sheryl miraba la escena con ternura.
Cuando Val finalmente lanzó un golpe decente, Derek lo esquivó, lo giró y lo obligó a retroceder tres pasos.
—¿Por qué haces eso?
—preguntó Val.
—Porque te amo —respondió Derek, sin emoción alguna—.
Y porque odio que te desperdicies así.
Vamos angelito.
Kayce se atragantó del ataque de risa.
Sheryl por su parte, solo disfrutaba poder tenerlo cerca.
Aunque lo estuvieran golpeando.
________________________________________________________________________________ Cuando cambiaron roles, Derek bajó las manoplas y se acercó a Sheryl.
—Tus muñecas —dijo, tomándolas con cuidado—.
Más rectas, princesa.
No quiero que te lastimes.
El contraste con Val era tan absurdo que Kayce quedó mirándolo con la boca abierta.
—Oye —dijo ella—.
Discriminación positiva.
También podrías ser así con Val, quizás lo necesita más que nosotras.
Derek la observó un segundo…
y luego sacó las manoplas con un chasquido.
—No hay un “nosotras”.
Tú recibes trato realista, no tanto como Val, pero realista —sentenció—.
Uno–dos.
Y si bajas la guardia, te la subo a golpes.
—¿Por qué ella sí y yo no?
—se indignó Kayce.
—Porque ella es tierna conmigo, y porque tú puedes aguantarlo —respondió él, mirándola fijo—.
Y porque si te consiento, me muerdes.
Kayce se quedó callada un segundo.
Luego sonrió.
—Es justo.
Sheryl sintió un calor extraño en las mejillas.
Derek con ella era firme, pero suave.
Con Kayce era fuego contra fuego.
Con Val era guerra santa.
Y de algún modo, todo tenía sentido.
__________________________________________________________________ Cuando las chicas terminaron su rutina y se fueron a hidratar, Derek echó una mirada a Val.
Esa mirada no era casual.
Era un reto.
—Sparring —dijo Derek, simple, como quien toca un botón rojo.
Val levantó una ceja.
—¿Estás seguro, campeón?
No quiero que empieces a llorar frente a tu público.
Kayce, que estaba bebiendo agua, escupió un poco por la sorpresa.
—¿Tú sabes pelear?
—preguntó, incrédula.
Val no respondió.
Solo se puso los guantes, lento, confiado, como quien se pone el abrigo antes de salir a robarle el alma al mundo.
Sheryl sintió un escalofrío.
No miedo.
Curiosidad.
Derek golpeó sus guantes juntos, activando su modo competidor.
—Cinco asaltos.
Un minuto, treinta segundos de descanso —dictó.
Val sonrió como si esa regla no existiera en su universo.
—Claro.
Tú con tus reglas.
Yo con mi cerebro.
Kayce murmuró a Sheryl: —Esto será un show.
Y lo fue.
ROUND 1 Derek avanzó primero, fuerte, técnico, directo.
Un jab perfecto.
Otro.
Un amague para probar la guardia.
Val…
no respondió.
Lo esquivó.
Con una elegancia que no tenía sentido.
Se inclinó hacia atrás como si la gravedad fuera un conceptito discutible.
Kayce parpadeó.
—¿Qué…
qué fue eso?
Sheryl no respondió.
Estaba fascinada.
Ese no era el Val tímido, reservado y dulce de últimamente.
Era otro.
Derek lanzó un cruzado.
Val se agachó.
Un gancho.
Val giró.
Un uppercut al aire.
Val retrocedió dos pasos como si estuviera bailando un ritmo privado.
Luego sonrió, pícaro: —¿Eso es todo, rojito?
Pensé que me querías impresionar.
El público está aburrido.
Derek apretó los dientes.
—Estoy calentando.
—Yo ya estoy bailando —replicó Val, y le hizo un gesto obscenamente elegante con los dedos.
Kayce gritó: —¡¡VALENTINO, ERES MUY JOVEN PARA MORIR!!
Val no la escuchó.
Estaba entrando en su territorio.
El de las peleas callejeras.
Donde los golpes se piensan fuera de los libros.
Donde uno aprende a leer hombros, rodillas, respiraciones.
Donde no hay árbitro.
Y donde él había sobrevivido más veces de las que confesaba.
ROUND 2 El entrenador de Derek siempre había dicho: “Ojalá Derek pudiera tener los sparrings de antes…
extraño a ese rubio”.
Las chicas entendieron por qué.
Derek intentó avanzar con una combinación pesada.
Val lo recibió inclinándose lateralmente, casi rozando el suelo, girando sobre el pie como si fuera a desaparecer…
y apareciendo en el costado contrario.
—¿Qué mierda…?
—murmuró Derek.
Val golpeó suave su propio guante, provocándolo.
—Te estás oxidando, profesor.
Derek lanzó un gancho al hígado.
Val dejó caer su peso hacia atrás y lo esquivó por milímetros.
Kayce gritó: —¿¡Cómo hiciste eso!?
¿¡Es eso boxeo!?
Val respondió sin dejar de moverse: —Es arte.
Derek esta vez sí conectó un jab.
Val lo recibió con un gesto teatral de dolor fingido.
—Ay, mis sentimientos.
Derek perdió la paciencia y atacó más fuerte.
Val lo leyó desde antes que moviera el pie.
Lo esquivó.
LO ESQUIVÓ TODO.
Se movía como si supiera el final del libro antes que Derek lo abriera.
Y entonces —su primer golpe serio— le rozó la mandíbula con un cruzado perfecto.
No lo tumbó.
No lo lastimó.
Solo fue un recordatorio: “Sigo aquí.” Los ojos de Derek brillaron.
—Eso sí estuvo bueno —admitió, recuperando la sonrisa competitiva.
Val respondió: —Te estoy dando oportunidades, lúcete.
ROUND 3 Derek cambió su postura.
Entró al modo serio.
Modo peligro.
—Ahora sí —anunció.
Val levantó la guardia, pero su sonrisa seguía jugueteando.
La tensión era palpable.
Las chicas estaban completamente en silencio.
Derek lanzó un 1–2 directo y poderoso.
Val lo recibió con algo que no tenía explicación técnica: Un movimiento de hombros, un pequeño salto hacia atrás y un giro que lo dejó fuera de la línea del golpe.
Derek no perdió el ritmo.
Avanzó.
Atacó.
Val defendía sin defenderse.
Se movía.
Bailaba.
Fluía.
Era como ver un poema improvisado escrito en golpes.
Sheryl entendió por qué Derek lo respetaba tanto.
Este era el Val que nadie más veía.
El que brillaba.
El que no buscaba aprobación.
El que era libre.
Derek lo intentó acorralar.
Finta.
Golpe.
Golpe.
Paso adelante.
Val se deslizó por debajo del brazo de Derek y quedó a su espalda.
Golpeó su trasero para molestarlo.
—Te estoy ganando desde 2017 —susurró con maldad deliciosa.
Derek casi se ríe.
Casi.
Pero en cambio cargó hacia adelante, intentando derribarlo con fuerza pura.
Val lo esquivó.
Y saltó hacia un costado con una pirueta improvisada.
Kayce gritó: —¡ES UN ACROBATAAA!
Sheryl añadió: —Es increíble.
ROUND 4 Derek ya estaba sudando.
Mucho.
Val…
estaba brillando.
Este era su oxígeno.
La adrenalina.
El riesgo.
La creatividad.
Derek lanzó una combinación peligrosa esta vez: jab, jab, cruzado, amague, gancho al hígado.
Val no pudo esquivar el gancho.
El golpe le entró.
Pero no retrocedió.
Solo sonrió con los dientes apretados.
—Te extrañaba, cabrón.
Derek también sonrió.
—No lo digas tan fuerte o tu novia se pondrá celosa.
Y por primera vez en años, volvieron a parecer lo que eran: Hermanos no de sangre, sino de golpes.
De sobrevivencia.
De respeto real.
Derek intentó conectarlo en la mandíbula.
Val bajó la cabeza.
Se metió dentro de su guardia.
Le tocó el pecho con un dedo y murmuró: —Muerto.
Y salió disparado hacia atrás antes de que Derek pudiera atraparlo.
Kayce estaba llorando de risa.
Sheryl no sabía si asustarse o aplaudir.
ROUND FINAL Al minuto final, Derek ya mostraba cansancio.
Val no.
Val estaba encendido.
Renacido.
El tipo que había pasado semanas callado, triste, hundido…
no estaba ahí.
El que estaba ahí era el Val que, sin querer, iluminaba la habitación.
Val esquivó un derechazo y contraatacó con un jab rápido, preciso.
—Uno a cero —provocó.
Derek lanzó un gancho alto.
Val se tiró al suelo y rodó hacia atrás.
—Dos a cero.
Derek se abalanzó sobre él.
Val volvió a esquivarlo y le tocó la frente.
—Tres.
—¡ESO YA NO ES BOXEO!
—gritó Kayce divertida.
—¡TODO VALE!
—respondió Val, feliz.
Derek jadeaba.
Val brillaba.
Sheryl sintió un nudo en la garganta.
Porque él parecía vivo.
Vivo de verdad.
Cuando el tiempo terminó, Derek se dejó caer en el banco, exhausto.
Val se sacó los guantes y respiró hondo.
Kayce lo señaló con un pánico teatral: —Nunca vuelvas a hacerme creer que eres frágil.
NUNCA.
Val sonrió cansado.
—No soy frágil.
Solo estoy triste.
Derek levantó la mirada hacia él.
Y su voz salió suave de una forma que nadie esperaba.
—Cuando peleas…
no pareces triste.
Val lo miró.
—Porque a nadie le importa tu tristeza en una pelea.
Silencio.
Profundo.
Real.
Sheryl tragó.
Kayce apretó los labios.
Derek se levantó, lo tomó por la nuca y apoyó su frente contra la de él —un gesto casi ritual, íntimo como un abrazo entre guerreros.
—Vuelve a entrenar conmigo —pidió—.
Lo necesito.
Ángelo lleva pidiendo por ti demasiado tiempo.
Val cerró los ojos.
—Lo pensaré.
______________________________________________________________________ Luego de una hora más de entrenamiento, los chicos estaban exhaustos.
Val se dejó caer en la alfombra.
Kayce estaba tirada boca arriba, riéndose del cansancio.
—Sher…
si muero, heredas mi cuaderno de dibujos.
—Gracias, pero creo que Derek quiere quedarse con él.
—Yo quiero las páginas donde salgo bien —dijo Derek, estirándose la espalda.
Sheryl se secó la frente, observándolos a los tres.
Los músculos temblando.
La respiración pesada.
El cansancio compartido.
No parecían amigos.
No parecían enemigos.
Parecían algo mejor: Gente que empieza a elegir quedarse.
Y eso era más valioso que cualquier golpe dado o recibido.
Cuando Derek comenzó a corregirle las malas costumbres a Kayce, Val y Sheryl se alejaron a las bancas.
—No te voy a preguntar qué pasó ayer —dijo él, suave.
Sheryl bajó la mirada.
—Gracias.
—Pero sí quiero saber algo —añadió Val—.
¿Te hizo daño?
Quiero decir…
¿emocionalmente?
Ella dudó un segundo.
Es imposible ocultarle algo, todo lo descubre.
Luego fue honesta: —No tanto como pensé.
Dolió, sí…
pero de otra forma.
Como cuando una herida ya no sangra, pero todavía duele al tocarla.
Val tragó.
—Me asusta —admitió—.
Quiero verte bien, de verdad.
No son celos, solo es…
preocupación.
Ella lo miró sorprendida.
—Val…
—No quiero reemplazar a nadie —continuó—.
Sé que tu y yo somos amigos, y no estoy pidiendo que seamos nada más.
Solo quiero que estés bien, Sher…
y no sé si verlo a él te ayudará con eso.
Sheryl respiró hondo.
El corazón le tembló un poquito.
Sé que somos amigos…
pero duele cuando lo dices, Val.
Yo pensé que…
que tal vez estábamos construyendo algo más.
Pensó decepcionada.
—Tú no estás ocupando el espacio de nadie —dijo, sincera—.
Lo construiste conmigo.
Y si un día se rompe, lo arreglamos…
Val, tu eres demasiado importante para mí.
Val cerró los ojos un instante, aliviado de una forma que no esperaba.
—¿Y si lo arruino?
—susurró.
—Entonces yo estaré ahí —respondió ella—.
Y no voy a dejar que huyas.
Él rio, pequeño.
—Eres demasiado buena para mí.
Sheryl negó con la cabeza.
—Soy buena contigo.
No confundas eso.
En la tarde, Sheryl se paseó por la facultad para imprimir un trabajo.
El edificio estaba semivacío.
Las luces del pasillo parpadeaban.
Guardó sus cosas en la mochila.
El silencio era demasiado grande.
Y entonces ocurrió.
Ese tirón en la nuca.
Esa electricidad.
Esa sensación antigua que ya había tratado de ignorar.
Se giró.
Nada.
Nadie.
Solo un sonido mínimo: un clic suave, como de una tecla o una foto tomada desde muy lejos.
Sheryl tragó saliva.
Se quedó quieta.
La luz volvió a parpadear.
Un escalofrío le bajó por la columna vertebral.
Tomó su mochila con más fuerza.
Salió rápido, sin correr, pero con la sensación de que había alguien dos pasillos detrás.
Respirando.
Mirando.
Esperando.
En el otro extremo de la ciudad, al mismo tiempo, Derek miró la pantalla de su celular.
Un mensaje nuevo del Pulpo: PULPO: Confirmado.
Uno de los nombres estuvo en tu campus ayer.
Ojo con las chicas.
Algo se está moviendo.
Derek apretó la mandíbula.
—Mierda…
Sheryl mira la puerta de salida una última vez antes de empujarla.
Siente claramente una mirada en su espalda.
Pero cuando gira, la sombra ya no está.
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