Entre su amor y su obsesión - Capítulo 24
- Inicio
- Todas las novelas
- Entre su amor y su obsesión
- Capítulo 24 - 24 CAPÍTULO 24
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
24: CAPÍTULO 24 24: CAPÍTULO 24 La cafetería estaba tranquila esa mañana.
Una luz suave entrando por los ventanales, olor a café tostado, murmullos dispersos.
Sheryl guardó su libreta, soltó un suspiro y envolvió sus manos en la taza caliente.
No tenía sueño.
Tenía esa calma rara que aparece cuando uno está acompañado por el mundo…
pero no por nadie.
Por primera vez, no había nadie esperándola.
Ni Kayce.
Ni Val.
Ni Derek y sus entrenamientos.
Solo ella.
Y fue entonces cuando él la vio.
Estaba sentado tres mesas atrás, como casi todas las mañanas.
Su libro de Derecho Penal abierto, subrayados perfectos, postura impecable, ese aire de hombre que pertenecía al lugar más que los muebles mismos.
Pero hoy no volvió a bajar la mirada al libro.
Hoy se levantó.
Sheryl no lo notó al principio.
Recién cuando una sombra elegante cayó sobre la mesa, levantó la vista.
Y lo vio.
Un hombre alto, con el porte de alguien acostumbrado a ganarlo todo sin levantar la voz.
Camiseta sencilla, chaqueta de entrenamiento del equipo de rugby, pelo húmedo aún por la ducha matinal.
Pero no era su físico lo que la dejó inmóvil.
Era cómo la miraba.
No era deseo bruto.
No era interés vulgar.
Era…
estudio.
Curiosidad fina.
Como si ella fuera algo que él llevaba semanas intentando descifrar.
—Disculpa que te interrumpa —dijo, con una voz baja, firme, suave en los bordes—.
Pero llevo tiempo queriendo presentarme.
Sheryl abrió la boca para responder, pero él continuó, sin prisa y sin soberbia: —Me llamo Cassian Valer.
Ella parpadeó, insegura sobre cómo reaccionar.
—Yo soy Sheryl —respondió, automática.
Cassian sonrió.
Lento.
Como si lo hubiera sabido desde antes, pero disfrutara escucharla decirlo.
—Lo sé —admitió—.
Te he visto aquí un par de veces.
Y en la cafetería de la Universidad.
No sonó a acecho.
Sonó a observación respetuosa.
A alguien que reconoce belleza del mismo modo que reconoce jurisprudencia: con atención, con precisión.
—Perdón, no quise…
no sé qué decir.
—No tienes por qué disculparte —interrumpió él, suave, casi como si la tocara con la voz—.
Eres…
inolvidable de ver.
Ese elogio no era tonto.
No era exagerado.
Era una afirmación limpia, entregada con una elegancia tan adulta que Sheryl sintió que su espalda se enderezaba sola.
Cassian señaló la silla frente a ella.
—¿Puedo?
Sheryl dudó un segundo.
Un segundo exacto, pequeño, que Cassian contempló con una fascinación tan discreta que parecía parte de su respiración.
Ella asintió.
Cassian se sentó.
No invadió su espacio.
Pero ocupó el suyo.
—Perdona si soy directo —continuó—, pero…
hay algo en ti que me llamó la atención desde la primera vez que te vi.
Sheryl tragó.
—¿Qué cosa…?
Cassian apoyó los antebrazos sobre la mesa.
Sus manos, grandes, firmes, descansaron cerca de la taza de ella, pero sin tocarla.
—Tu forma de moverte —dijo—.
Es imposible no notarla.
Caminas como si estuvieras escuchando una música que los demás no alcanzamos a oír.
Sheryl se quedó inmóvil.
Nunca nadie le había dicho algo así.
Cassian bajó la mirada un segundo, observando las manos de ella, y luego agregó: —Y tu manera de sostener la taza.
Precisa.
Suave.
Elegante sin esfuerzo.
Pensé…
—la miró—, que sería un desperdicio no conocerte.
Sheryl sintió cómo el corazón le golpeaba en la garganta.
No de miedo.
De reconocimiento.
Cassian no parecía nervioso.
Ni ansioso.
Ni insistente.
Parecía absolutamente seguro de cada palabra, cada gesto.
Sher respiró hondo.
—No suelo estar sola —dijo, casi como una disculpa.
Cassian sonrió de lado.
Esa sonrisa que solo tienen los hombres que ya comprendieron el terreno antes de entrar.
—Lo sé —respondió—.
Por eso aproveché hoy.
No quería interrumpir…
lo que sea que tengas con tus amigos.
Sheryl se tensó un poco.
Él lo notó.
Y no empujó.
No preguntó.
No interpretó.
Solo añadió: —No busco incomodarte.
Solo…
conocerte.
Si te agrada, me gustaría poder acompañarte un momento.
Si no, me retiro.
Sher lo estudió un momento.
Ese porte.
Esa calma.
Esa atención medida, precisa, casi…
reverente.
Ella bajó la vista a su taza, sintiendo un calor nuevo, distinto, crecer en su pecho.
—Me agrada —dijo finalmente.
Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera procesarlas.
Cassian sostuvo su mirada.
Y esa fue la primera grieta.
O la primera puerta.
—Entonces —dijo él—, me quedaré.
Cassian no hablaba como los demás.
No llenaba los silencios.
Los dejaba existir, como si los considerara parte de la conversación.
Sheryl se dio cuenta de que estaba jugando con el borde de su taza.
Un gesto pequeño.
Nervioso.
Delatador.
Él lo notó sin que ella lo advirtiera.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—dijo Cassian, con esa voz tranquila que parecía escapar de un lugar más profundo que su pecho—.
Y si no quieres responderla, no lo haces.
Sheryl tragó saliva.
—Está bien.
Cassian apoyó una mano en la mesa, sin acercarse demasiado.
Un ancla de serenidad.
—Cuando entras a un lugar —dijo—, ¿siempre miras alrededor primero?
Sher parpadeó.
No era la pregunta que esperaba.
No era “tienes novio”, ni “estás con alguien”, ni “te puedo invitar”…
Era algo más íntimo.
Más observador.
Más cuidadoso.
—¿Por qué lo preguntas?
—susurró ella.
La mirada de Cassian bajó, lentamente, hacia sus manos.
Luego volvió a subir.
—Porque…
—dijo él—, las personas que observan antes de sentarse suelen tener tristes razones para hacerlo.
El aire se volvió más cálido de golpe.
Sheryl sintió que todo dentro de ella se detenía.
—Tal vez es costumbre —respondió ella, intentando sonar ligera.
Cassian sonrió apenas.
—No —Negó suavemente—.
Es instinto, o aprendizaje.
Y no es algo malo.
Significa que eres consciente.
Que lees la sala.
Que sabes cuándo sentirte segura.
Sus ojos se suavizaron.
—Y realmente espero —continuó él— que hoy te sientas segura.
Otra vez, nada invasivo.
Nada que pidiera más de lo que ella pudiera dar.
Pero la frase tenía un peso adulto.
Un peso cálido.
Uno que Sheryl no había sentido desde…
desde nunca.
Ella respiró hondo.
—Extrañamente, creo que si —admitió, sin pensarlo.
Cassian asentó, como si esa confesión fuera un regalo.
—Bien —dijo.
Se inclinó apenas, no como quien avanza, sino como quien acompaña.
—Me gustaría repetir esto —añadió—.
No quiero interrumpir tus rutinas con tus amigos.
Pero…
si te agrada la idea, podemos compartir un desayuno esta semana.
No una cita.
Nada formal.
Solo…
conversación.
Café.
Y tiempo.
Tiempo.
Qué palabra tan…
hermosa.
Sheryl bajó la mirada un instante para esconder la sonrisa.
—Creo…
—dijo ella, jugando otra vez con su taza— que podría gustarme eso.
Cassian no celebró.
No se iluminó.
No intentó tocarla.
Solo sostuvo la declaración como un hombre que entiende el valor de lo que acaba de recibir.
—Entonces tú eliges el día —respondió él—.
Y yo me encargaré del resto.
Sin exageración.
Sin fanfarronería.
Solo un hecho.
Una promesa elegante.
En ese momento, el mozo pasó cerca y Cassian levantó la mano.
—Disculpa —dijo, con una cortesía que parecía heredada—.
¿Podrías agregar el café de la señorita a mi cuenta?
Sheryl lo miró sorprendida.
—Cassian, no tienes por qué…
Él la interrumpió con un gesto suave, apenas un movimiento de cabeza que no pedía permiso.
Era algo más adulto: consideración firme.
—No es un gesto que debes retribuir —dijo—.
Es simplemente…
cortesía.
Me alegra haber hablado contigo esta mañana.
Sheryl sintió una calidez profunda recorrerle el pecho.
No deseo.
No confusión.
Algo…
delicioso.
Algo que tenía que ver con sentirse tratada como una mujer, no como una niña protegida ni como un campo de batalla emocional.
Cassian le escribió su número de teléfono en una servilleta y se levantó con la misma elegancia con la que había llegado.
—Nos vemos pronto, Sheryl —dijo, pronunciando su nombre como si fuera una melodía—.
Estaré esperando tu llamada.
Y si te arrepientes, tranquila, no me debes explicaciones.
Lo dejo a tu elección.
Y se alejó.
Pero no se giró a mirarla.
No necesitaba hacerlo.
Sheryl lo siguió con la mirada.
Un hombre caminando con seguridad tranquila, hombros relajados, aire de alguien que conoce su propio poder sin usarlo como arma.
Inesperadamente…
se encontró sonriendo.
Una sonrisa nueva.
Un respiro agradable.
__________________________________________________________________ Sheryl aún tenía la servilleta en la mano cuando escuchó una respiración pesada detrás de ella.
No era Val.
No era Kayce.
Era Derek.
Apareció con el pelo mojado por la ducha después del entrenamiento, y ese olor a perfume caro que era reconocible en cualquier lugar.
Se detuvo al verla.
No dijo hola.
Derek nunca desperdicia palabras.
Solo la observó unos segundos.
El gesto fue tan tierno como incómodo.
Sheryl sintió que la estaba leyendo.
—Estás rara —dijo finalmente, apoyando una mano enorme en el respaldo de la silla—.
¿Te pasó algo?
Sher casi escondió la servilleta, pero él ya la había visto.
Derek la señaló con la mirada, sin juicio, solo con interés.
Pero al leer el nombre, se tensó.
—Cassian Valer…
Sheryl desistió de ocultarla.
—Un…
compañero.
Es decir, va en nuestra Universidad.
Es de Derecho.
Me habló un rato.
Derek se sentó sin pedir permiso, como si ese fuera su lugar natural.
Apoyó los antebrazos en la mesa y la miró como quien mira a una persona que todavía no sabe que está llorando por dentro.
—Ayer, después del entrenamiento, estuviste muy extraña.
Sigues muy extraña.
Val también lo notó —advirtió, suave—.
¿Pasó algo?
Sheryl sintió que el estómago se le cerraba.
—Conversamos un poco —susurró.
Derek asintió.
—Lo sé, ¿dijo algo que te molestó?
Ella bajó la mirada.
Ese temblor interno volvió.
—Dijo que…
somos amigos —admitió Sher—.
Y lo dijo como si…
no sé.
Como si todo lo que habíamos construido fuera menos de lo que yo pensé.
A veces me cuesta leerlo, es todo.
Derek respiró hondo.
Se acomodó en la silla, pensativo.
—Ah —murmuró—.
Eso.
Sheryl frunció el ceño.
—¿Qué?
Derek entrelazó las manos sobre la mesa.
Había algo casi paternal en él cuando hablaba así.
—Val usa la palabra “amigos” cuando tiene miedo —explicó—.
Cuando siente que quiere algo que no sabe manejar.
No significa que seas menos importante.
Significa que cree que no te puede sostener sin romperse él también.
Ella tragó saliva.
—¿Y tú crees que tiene razón?
¿Que no puede conmigo?
Derek…
¿en verdad estoy tan rota?
Derek se quebró un poco.
La miró con una sonrisa triste.
Entendía a Sheryl, entendía ese dolor.
—Creo que eres demasiada emoción para alguien que aún no sabe cómo cuidar su propio corazón.
Esas palabras le atravesaron el pecho como un hilo caliente.
Derek continuó: —Val te quiere.
Claro que te quiere.
Pero no está listo.
Y tú…
—la estudió con un cariño casi fraternal— …tú estás necesitando algo más estable que un chico que corre cada vez que algo le importa demasiado.
Sheryl bajó la cabeza.
Sus ojos ardían.
Derek estiró la mano.
No para tocarla.
Para acercarle su café.
—No pienses que no perteneces a ningún lado, Sher —dijo, en voz baja—.
No por lo que Val dijo.
Él no sabe todavía lo que quiere, y no es tu culpa.
Mi amigo tiene una mochila muy pesada, princesa, y aunque el no lo entienda, aun no tiene la suficiente fuerza para cargar dos.
No digo que no puedas con la tuya, todo lo que digo, es que uno debe ser el pilar del otro, y Val todavía lo está construyendo.
Como si no quisiera que ella se sintiera sola, añadió: —¿Sabes lo que siento por ti?
Ella alzó la vista, sobresaltada.
Él sonrió leve, suave, tierno.
—Amistad —dijo—.
De verdad.
No de esas amistades que están esperando convertirse en otra cosa.
No.
De esas amistades que uno elige cuidar…
—buscó sus ojos—.
porque te veo, Sher.
Eres una buena chica.
Mereces cosas buenas.
Y…
yo también necesito una amistad así.
No creas que recoger los pedazos de mi amigo no agota.
El silencio cayó entre ellos.
Un silencio bueno.
Un silencio que abrazaba.
Sheryl apretó la servilleta entre los dedos.
No sabía por qué, pero estar ahí con Derek se sentía…
firme.
Cálido.
Sin presión.
Sin expectativas.
—Cassian —dijo él de pronto, volviendo a la servilleta—.
Ten cuidado con él.
Sher frunció el ceño.
—¿Lo conoces?
—Lo he visto en el club de rugby —respondió—.
Es muy correcto.
Muy brillante.
Muy…
compuesto.
Pero ese tipo de hombres no se acercan a cualquiera.
Si te miró…
es porque vio algo.
—¿Algo bueno?
—preguntó ella.
Derek sonrió apenas.
—Algo que quiere.
Y luego añadió, con un tono suave pero protector: —No estoy diciendo que sea malo.
Solo que…
te cuidaría de cualquiera que se te acerque ahora.
Aunque fuera el hombre perfecto.
No porque te esté guardando para mi mejor amigo, sino porque en verdad espero que no tengas que depender de alguien más.
No dejes que los hombres te lleguemos tanto a ese corazón.
No lo merecemos.
Ella respiró algo que parecía alivio.
Y por primera vez, pensó: Derek es mi hogar también.
Sheryl aún tenía la servilleta entre los dedos cuando la puerta de la cafetería volvió a abrirse con energía.
Kayce entró.
Ruidosa, divina, agotada, furiosa con el mundo como siempre.
—¡YA LLEGUÉ, MORTALES!
—anunció.
Derek, sentado frente a Sheryl, alzó una ceja.
—¿Quién te dio azúcar a esta hora?
Kayce abrió la boca para responder, pero lo que vio en la mesa la frenó.
Sheryl.
Derek.
Solos, juntos.
—Ohhhhhhh…
—canturreó divertida Kayce—.
¿Qué tenemos aquí?
¿Qué planean?
¿Mi funeral?
Sheryl se hundió en el asiento.
Derek se levantó.
—Hora de irme —sentenció.
Kayce le bloqueó el paso poniendo una mano en su pecho, como quien detiene a un autobús con pura insolencia.
—No te vas hasta decirme por qué tu cara está en modo “sentimiento masculino reprimido”.
Él inclinó la cabeza hacia ella con una calma peligrosa.
—No todo es sarcasmo, Kayce.
Ella iba a lanzar una réplica, pero Derek dio un paso más cerca.
Demasiado cerca.
Y, sin que Sheryl alcanzara a preguntarse si debía mirar hacia otro lado, Derek bajó la voz…
y lo dijo justo en el oído de Kayce.
Un susurro cálido, directo, mordaz: —Te ves hermosa hoy.
Kayce se quedó paralizada.
Literalmente paralizada.
Como si su cerebro hubiera sufrido un cortocircuito erótico-existencial.
La respiración se le atascó en la garganta.
El corazón le dio un golpe contra las costillas.
Sus manos dejaron de moverse.
Derek sonrió.
No esperó reacción.
No repitió la frase.
Solo siguió su camino hacia la salida.
Pero a mitad de camino, sin girarse del todo, añadió: —No causes problemas.
Kayce parpadeó muy lento.
—¿Qué…
qué…?
¿QUÉ?
—logró articular cuando él ya estaba demasiado lejos para escucharla.
Sheryl empezó a reír, tapándose la boca.
Kayce se dejó caer en la silla como si le hubieran disparado.
—¿Me dijo…
hermosa?
—preguntó en voz baja, horrorizada.
Sher asentía mientras sonreía.
Kayce golpeó la mesa con la palma abierta.
—NO.
NO.
NO.
ESTO NO ME PUEDE ESTAR PASANDO, ¡Yo soy quien coquetea!
¡YO soy la que desarma!
¡NO ÉL!
Kayce se tomó la cabeza entre las manos.
—Estoy…
ofendida.
Estoy…
confundida.
Estoy…
¿feliz?
Se incorporó de golpe.
—Sher.
Sher, escúchame.
—¿Qué?
—soltó Sheryl entre risas.
Kayce se agarró el pecho como si necesitara sostenerse el alma.
—No puedo permitir que un hombre así me tenga a merced.
Necesito recuperar el control.
Necesito…
necesito…
Sher esperó.
Kayce susurró, derrotada: —Necesito que vuelva…
bueno, así es la vida —apoyó los codos en la mesa—.
Dime por qué tienes cara de “mi vida se fue al carajo, pero un hombre guapo me distrajo”.
Sheryl se cubrió la cara con ambas manos.
—Kay…
—Sí, sí, ya sé que soy increíble adivinando —dijo Kayce, robándole un sorbo a su café—.
La verdad es que leí tu servilleta.
Ahora habla.
Sheryl respiró hondo.
—Para empezar, Val…
ayer…
él…
Kayce levantó una ceja.
—¿Arruinó algo?
Sheryl dudó.
Las palabras se formaron despacio.
—No lo arruinó.
Solo…
dijo que somos amigos.
Kayce abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir.
—¿Amigos?
¿Así?
¿Con esa palabra tan fea, tan plana, tan “no quiero complicarme la vida porque soy un rubio traumado?
Sher rio débilmente.
—No lo dijo mal…
solo…
me tomó por sorpresa.
Kayce apoyó la barbilla en una mano.
—¿Y Derek qué dijo?
Sheryl bajó la mirada a la servilleta.
—Que Val dice “amigos” porque tiene miedo.
Que no sabe cómo manejar lo que siente.
Que no está listo.
Kayce quedó en silencio.
—Mira…
—empezó, suave—.
Yo amo a ese rubio.
Te juro que lo amo.
Es bueno, es dulce, te ve casi como yo te veo.
Pero…
Su voz se quebró un poco con la sinceridad.
—Derek tiene razón, Sher.
Val corre cuando algo importa demasiado.
Lo acabas de ver.
Y tú…
tú no eres cualquier cosa.
Eres una tormenta emocional silenciosa, de esas que se sienten más de lo que se ven.
No cualquier hombre puede con eso.
Sheryl tragó saliva.
—¿Crees que soy demasiado?
—No.
Kayce tomó su mano.
—Creo que eres justa.
Que eres profunda.
Que eres una mujer que da todo…
pero que necesita que le den todo también.
Sus ojos se suavizaron.
—Y yo quiero verte con Val, Sher.
De verdad lo quiero.
Serían…
perfectos.
Pero no si él sigue así.
No si tú tienes que esperar indefinidamente a que él aprenda a sostener algo que ya siente, pero no entiende.
Tu no necesitas esperar, Sher.
Al contrario.
Creo que necesitas a alguien que te de la libertad de ser tú.
Con todas tus heridas, con todas tus inseguridades.
Sheryl sintió el pecho apretarse.
—No quiero que piense que me estoy alejando.
—No te estás alejando.
—Kayce negó con firmeza—.
Te estás cuidando.
Que no es lo mismo.
Sher apoyó la frente en la mano, respirando hondo.
Kayce observó la servilleta.
—Y ahora explícame —dijo con una sonrisa peligrosa—, quién demonios es “Cassian Valer”.
Sheryl se sonrojó tan rápido que Kayce abrió los ojos como si hubiera visto una señal divina.
—OH.
DIOS.
SANTO.
Apuntó con un dedo acusador.
—¡TÚ TIENES UN CHICO NUEVO EN EL RADAR!
¡NO ME LO NIEGUES!
—Kayce, no…
no es así…
—¿Es guapo?
Sheryl recordó la voz de Cassian.
El porte.
La forma en que se desenvolvía.
Su elegancia.
—Sí…
—admitió.
Kayce se agarró el pecho como si tuviera palpitaciones.
—¿Y te habló?
Sher asintió.
—Kayce…
fue tan…
adulto.
Su amiga se mordió el labio, fascinada.
—A ver.
Explícame eso de “adulto”.
Sheryl buscó las palabras.
—No insistió.
No me presionó.
Me observó…
no de esa forma depravada…
sino como si viera algo valioso.
Me dijo que caminaba como si hubiera música en mi cabeza.
Y…
no sé.
Me sentí…
vista.
Como una mujer.
Kayce quedó muda.
Duró dos segundos.
Después golpeó la mesa con la mano.
—NO.
NO.
NO PUEDE SER.
¡YO QUIERO UNO TAMBIÉN!
Sheryl rio tapándose la boca.
Kayce, sin embargo, se inclinó hacia ella con mirada seria.
—Sher…
escucha.
Que te guste cómo te habló un hombre NO significa que estás reemplazando a Val.
No significa que lo traicionas.
No significa que eres fácil.
Sheryl la miró en silencio.
Kayce añadió, con suavidad inesperada: —Significa que estás viva.
Hubo un silencio dulce entre ambas.
Sheryl bajó la mirada.
—¿Crees que Val va a enojarse…?
Kayce negó de inmediato.
—Val se asusta, no se enoja.
Son cosas diferentes.
Y si algún día ustedes dos van a ser algo…
será porque él dio un paso también.
No solo tú.
Además, no es como que te estés casando con este Cassian.
¿Qué hay de malo en conocer a alguien?
Sheryl respiró profundo.
Kayce sonrió.
—Sher, este tal Cassian suena como una bendición enviada directamente para despertarte el autoestima.
Nada más.
Nada menos.
—Kayce…
—¿Qué?
—No quiero complicar las cosas.
Kayce se encogió de hombros.
—La vida ya es complicada, hermana.
Disfruta que un hombre así te haya mirado.
Y si Val quiere algo contigo…
que lo demuestre.
Tal vez esto lo despierte de una vez por todas.
Sheryl rio otra vez.
Y por primera vez esa mañana, el peso en su pecho se sintió más liviano.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com