Entre su amor y su obsesión - Capítulo 25
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Capítulo 25: CAPÍTULO 25
El gimnasio estaba vacío. La clase de las cuatro comenzaba dentro de poco. La música de fondo era baja, apenas un murmullo de batería y guitarras que Derek había dejado sonando para no volverse loco con el silencio.
Revisaba vendas. Ordenaba guantes. Hacía tiempo.
Angelo caminaba alrededor del ring como un general en inspección, con las manos a la espalda y los ojos afilados.
—¿Y la rubia? —preguntó, sin adornos—. La que pega bonito, pero se cansa como abuela.
—Tiene clase —respondió Derek—. Solo vino Kayce.
Angelo soltó un resoplido.
—La morena salvaje —asintió, como si eso fuera un informe militar—. Bueno. Enséñame qué tanto de “salvaje” y qué tanto de “entrenable” tiene.
La puerta metálica se abrió justo entonces.
Kayce entró con una mochila al hombro, el pelo recogido a medias, short, top deportivo y esa actitud suya de “nadie me manda, pero igual vine”.
Se detuvo al ver a Angelo al centro, a Derek apoyado en el ring… y sonrió como quien entra a un escenario.
—Vine —anunció, teatral—. Digan gracias.
Angelo la miró de arriba abajo, sin una pizca de pudor, pero tampoco de morbo. Era la mirada del entrenador que mide huesos, músculos y terquedad.
—Guantes —ordenó—. Quiero ver tu jab.
Kayce arqueó una ceja, miró de reojo a Derek, pero no discutió.
Se puso las vendas rápido, hábil, mientras Derek bajaba del ring y se colocaba las manoplas.
—Uno–dos —dijo Angelo, cruzándose de brazos.
Kayce golpeó.
El sonido fue limpio.
No perfecto, pero lejos de la improvisación de la primera vez.
—Otra vez —dijo Angelo.
Golpe.
Respiración.
Golpe.
Derek corregía con monosílabos.
—Más recto. No bajes la izquierda. Respira con el impacto.
Kayce bufaba, pero obedecía. Las piernas firmes, el sudor apareciendo rápido en la línea de su cuello.
Angelo observó un minuto más. Luego gruñó algo parecido a una aprobación.
—No está mal —dictaminó—. Tiene hambre. Y algo de disciplina. Lo demás es tu problema.
Derek asintió, serio.
—Quince minutos más con ella —añadió el entrenador, tomando su bolso—. Quiero que corrijas esa guardia y luego la dejes entrenar sola. Y dile a la rubia que la quiero mañana. Sin excusas.
Y se marchó, como si el edificio le perteneciera.
La puerta se cerró tras él con un golpe hueco.
Kayce se quedó mirando a Derek, sonriendo apenas.
—¿Oíste eso? “No está mal”. Estoy emocionadísima, casi lloro.
—Para Angelo, eso es poesía —replicó Derek—. Uno–dos. No te distraigas.
Los otros miembros del club empezaron a llegar de a poco.
Hombres con buzos, mochilas grandes, rodilleras, vendas colgando de las muñecas.
Algunos la miraron a ella, curiosos. Otros saludaron a Derek con respeto automático.
Kayce sintió algunas miradas, como siempre. No le molestaban. A veces hasta le divertían.
Derek, sin embargo, no despegaba los ojos de su guardia.
—Te dije que no abrieras tanto los pies —murmuró—. No estás en una pista de baile.
—Pero soy la estrella igual —se defendió ella, subiendo la barbilla.
Derek dio un paso hacia adelante.
Le tomó la muñeca envuelta en venda con una mano firme, la giró apenas para alinear el puño.
—Así —corrigió—. Si golpeas con la muñeca doblada te la vas a romper en la primera pelea decente. Y yo no voy a andar recogiendo tus huesos.
Su otra mano bajó a la cadera de Kayce para ajustar su postura. La empujó un poco hacia atrás, guiando el peso.
Fue un contacto breve.
Técnico.
Pero el calor de sus dedos se quedó pegado más tiempo del necesario.
Kayce tragó saliva, sin admitirlo.
Derek la soltó como si no hubiera pasado nada.
—Uno–dos —repitió.
Ella golpeó, con un poquito más de rabia, solo para no pensar demasiado en el lugar donde lo había sentido.
Entre salto de cuerda y combinaciones, el gimnasio empezó a llenarse del ruido habitual: golpes contra el saco, risas, metal, alguien que ponía más fuerte la música, zapatillas arrastradas sobre la lona.
Fue mientras Derek hablaba con otro chico del club que él se acercó.
Alto, pelo oscuro, sonrisa fácil.
Tenía el buzo del equipo, las manos vendadas a medias, algo de sudor reciente en la frente.
No era un Derek.
Pero era guapo.
Kayce estaba practicando frente a un saco cuando lo vio detenerse cerca.
—Estás girando bien la cadera —comentó él, sin invadir, pero lo suficientemente cerca para que lo escuchara—. Pero estás perdiendo potencia porque frenas el golpe al final.
Ella se giró, respiración agitada, mechones pegados a la frente.
—¿Ah, sí? —preguntó, a medio camino entre curiosa y desconfiada.
El chico sonrió.
—No quise sonar pesado —se justificó, levantando las manos en señal de paz—. Te vi el otro día con Derek. Entrenas duro. Solo pensé… ¿puedo mostrarte algo?
Kayce ladeó la cabeza, valorándolo un segundo. Tenía ojos claros, un aire amigable, cero agresividad.
Y, más allá del chico, vio a Derek al otro lado del gimnasio. Manoplas en la mano, hablando con uno de los rugbistas.
Pero su mirada… ya estaba en ella.
Kayce sonrió, lenta.
—Muéstrame, entonces —aceptó.
El chico se acercó un poco más, levantando sus propias manos.
—Mira —explicó—. Cuando lanzas el cruzado, no pienses solo en el brazo. Piensa que el golpe viene desde el suelo. Del pie, cadera, hombro. Déjame…
Pidió permiso con los ojos antes de tocarla.
Ella asintió.
Le puso una mano ligera en la cintura, otra en el hombro.
—Gira acá —dijo, guiando su movimiento—. Y no frenes tan pronto. Imagina que el golpe no termina en el saco, sino un poco más allá.
Kayce siguió la indicación.
Sintió la tensión distinta en el cuerpo.
—Eso es —sonrió él—. Mucho mejor.
Ella se rio un poco.
—Vaya, ¿y tú quién eres? ¿El asistente no oficial del entrenador?
—Mateo —se presentó—. Segundo año. Y no, solo soy alguien que aprecia un buen gancho.
Se rieron.
Kayce notó que no era pesado. No estaba tratando de tocarla “de más”. Su coqueteo era ligero, casi tímido en comparación con lo que ella estaba acostumbrada a manejar.
Pero no era Mateo lo que le aceleraba el pulso.
Era la sensación de los ojos de Derek clavados en su espalda.
Decidió probar algo.
Lanzó otro golpe, exagerando un poco la risa.
—¿Así? —preguntó, girando la cadera como él había indicado.
Mateo asintió, encantado.
—Perfecto. Tienes talento. Y buena coordinación. Si quieres, otro día podemos entrenar juntos. Para que no tengas que aguantarte siempre la cara de odio de Derek.
Kayce soltó una carcajada.
Estaba segura de que Derek escuchó su nombre desde el otro lado.
—La cara de odio tiene su encanto —respondió—. Pero se agradece la oferta.
Mientras hablaba, dejó que la mano de Mateo siguiera un segundo más en su cintura.
Un segundo calculado.
Suficiente para que pareciera coqueteo.
Suficiente para que, al levantar la vista, se encontrara con los ojos fríos de Derek viéndolos desde lejos.
Ahí estaba.
La chispa celosa.
Perfecto.
Derek dejó las manoplas sobre la mesa con un golpe más fuerte de lo necesario.
Ni siquiera se despidió del chico con el que estaba hablando.
Cruzó el gimnasio con pasos largos, el cuerpo entero en tensión.
Mateo le estaba mostrando otra combinación a Kayce cuando la sombra de Derek cayó encima de los dos.
—¿Necesitas algo? Le estoy dando unos tips —preguntó Mateo, intentando sonar casual.
Derek no lo miró a él primero. Miró a Kayce. Y ella amó lo que vio.
Los ojos oscuros, el gesto controlado… pero la mandíbula apretada.
Luego, recién, Derek giró la cabeza hacia el otro chico.
—Gracias —dijo, con esa cortesía que sonaba a amenaza—. Pero para eso tiene entrenador. Que soy yo.
Mateo parpadeó.
—Solo la estaba ayudando con el giro —se defendió—. No hay drama, hermano.
Derek dio un paso más cerca, invadiendo espacio.
—Y ya la ayudaste suficiente —replicó, sin subir la voz—. Vuelve a tu saco.
No insultó.
No empujó.
Pero había algo en su tono que decía claramente: retrocede.
Mateo levantó las manos de nuevo, pero esta vez retrocedió.
—Como quieras —dijo con una sonrisa—. Nos vemos, Kayce.
Ella le devolvió una sonrisa dulce.
—Gracias, Mateo.
Sentía la furia silenciosa de Derek a un centímetro de la piel.
Y, por dentro, una parte de ella estaba celebrando.
Cuando Mateo se alejó, Derek se volvió completamente hacia ella.
—¿Qué fue eso? —preguntó.
Kayce alzó una ceja.
—Se llama socializar, Tomatito. La gente normal habla con otra gente normal. A veces incluso se ayudan con la técnica. Innovador, ¿no?
Derek la miró un segundo largo. Luego tomó las manoplas.
—En guardia —ordenó, sin más explicación.
—¿Vas a pegarme por haber hablado con otro hombre? Qué medieval —se burló, levantando las manos.
Él se acercó.
Demasiado.
Le acomodó los codos.
Subió su guardia él mismo, atrapando sus muñecas entre sus manos.
—Estabas girando mal la cadera —dijo, seco—. Te habría corregido si no te hubieras entretenido con tu nuevo fan club.
Sus dedos se demoraron un segundo extra rodeando la curva de la cadera de ella.
La acercó hacia sí, alineando sus pies.
Kayce sintió el calor de su cuerpo, la respiración rozándole la frente.
—¿Celoso? —preguntó, suave, casi inocente.
Derek bajó un poco la mirada, clavando los ojos en los de ella.
—Estoy concentrado —corrigió.
Pero su mano seguía en su cintura.
Y la otra subió desde el antebrazo de Kayce hasta su hombro, apretando apenas el músculo.
—No relajes esta línea —indicó, deslizando los dedos por el contorno de su brazo—. Aquí. Firme. Si te lo vuelvo a ver caído, te hago repetir la serie entera.
Cada palabra iba acompañada de un toque mínimo.
Técnico.
Justificable.
Pero el cuerpo de Kayce ardía igual que si la estuviera acariciando.
—Relájate tú —murmuró ella—. Pareces volcán en erupción.
Derek sonrió de lado.
Una sonrisa peligrosa.
—No quieres ver a este volcán explotar. Uno–dos —dijo—. Antes de que se me olvide que eres alumna y no problema.
—Demasiado tarde para eso —contestó ella, y golpeó la manopla con toda la fuerza que tenía.
Él apenas se movió.
Pero por dentro, el equilibrio se le inclinó un poco más hacia el desastre.
La clase estaba terminando.
Los golpes iban apagándose, uno a uno, hasta que el gimnasio quedó con ese eco vacío que solo deja el sudor fresco y las pulsaciones aceleradas.
Los chicos se despedían entre bromas.
Derek estaba guardando vendas y revisando material con cara de “soy profesional, nada me afecta”.
Y Kayce… Kayce ya sabía que algo iba a pasar.
Mateo era el último en recoger sus cosas.
Y era imposible que eso fuera casual.
—¿Te quedas entrenando? —preguntó él, volviendo hacia ella con esa sonrisa que parecía ensayada frente al espejo, pero aun así funcionaba.
Kayce se acomodó el cabello, sabiendo perfectamente que Derek estaba a unos metros, distraído pero atento.
—Un rato más —respondió ella—. Me falta la técnica de giro.
—Ah… el giro —repitió Mateo, acercándose.
Sus ojos repasaron su postura sin pudor alguno.
—Te vi practicarlo antes. ¿Quieres que te lo enseñe bien?
Kayce abrió la boca para contestar, pero Mateo se adelantó.
—Prometo ser cuidadoso —añadió, bajando la voz—. A menos que te guste el entrenamiento duro.
Kayce soltó una risa suave.
Sabía que eso iba a dolerle a Derek.
Sabía que Mateo estaba jugando.
Y se permitió jugar también.
—A ver —dijo ella—. Muéstrame.
Mateo dejó su bolso en el suelo, se acercó por detrás y la tocó con una seguridad que se notaba entrenada: una mano en la cintura, otra guiando la posición de su hombro.
Kayce sintió la atención, el contacto, la intención.
Y sonrió.
—Tienes el cuerpo perfecto para este movimiento —susurró él, marcándole el giro—. Flexible donde debe, fuerte donde importa.
Ella arqueó una ceja.
—¿Eso fue un piropo disfrazado?
Mateo rio, pegado a su oreja.
—Ni lo intenté disimular.
Ella sintió un estremecimiento delicioso.
No porque quisiera a Mateo, sino porque alguien por fin estaba admirando su cuerpo sin miedo, sin bromas, sin vergüenza.
Como si fuera algo digno de apreciación.
Y justo ahí, como si el destino disfrutara del caos, Derek levantó la vista.
Se quedó congelado.
El sudor aún le corría por el cuello, la respiración lenta después del entrenamiento…
pero sus ojos ardieron al ver la mano de Mateo sobre la cintura de Kayce.
Kayce lo notó.
Por supuesto que lo notó.
Subió un poco más la cadera, exagerando el movimiento.
Mateo creyó que era para él.
Sonrió.
—Exacto —murmuró—. Sabía que lo pillarías rápido.
—Eres buen profesor —respondió Kayce, mirando deliberadamente a Derek mientras hablaba.
La mandíbula de Derek se marcó como una roca.
Mateo siguió, ajeno a la tormenta:
—Podemos practicar juntos cuando quieras. Incluso fuera del horario del club. Me encantaría verte progresar.
Le bajó un poco la guardia con dos dedos.
Toque suave.
Íntimo.
Con intención.
Kayce sostuvo la mirada de Derek mientras lo permitía.
Mateo inclinó la cabeza, murmurando:
—Además, tienes un estilo que… no sé… engancha.
Kayce sonrió pequeña, coqueta, casi dulce.
—¿Ah, sí?
Mateo asintió, encantado.
—Sí. Eres magnética, Kayce. Difícil no mirar.
Ese fue el disparo final.
Derek cruzó el ring en tres pasos.
Firme.
Letal.
Sin pedir permiso.
—Mateo —dijo, sin una pizca de amabilidad.
El chico giró.
—¿Sí?
Derek señaló la mano que aún reposaba en la cintura de Kayce.
—Tu entrenamiento terminó.
Mateo parpadeó, y de inmediato entendió lo que sucedía. Derek estaba celoso.
Sonrió como quien encontró oro.
—Solo estaba ayudando a—
—Ya ayudaste suficiente —cortó Derek, subiendo la voz.
Kayce sintió calor en la piel. No miedo. Tensión. Disputa. Territorio.
Mateo miró a Kayce como buscando confirmación.
—¿Estás bien? ¿Crees que ya fue suficiente?
Antes de que Kayce pudiera responder, Derek dio un paso más hacia él, firme como un muro.
—Está perfecta —dijo—. Ahora vete.
Mateo levantó las manos en gesto pacífico, retrocediendo.
—Como digas, entrenador. Adiós, Kayce. Si necesitas otra mano… ya sabes dónde encontrarme.
Kayce le sonrió, provocadora.
—Lo sé.
Mateo salió del gimnasio con una sonrisa.
La puerta se cerró.
Silencio.
Derek se giró hacia ella, el pecho levantándose lento, la expresión tan contenida que parecía a punto de romperse.
—¿Qué fue eso? —preguntó él, con una voz que era fuego y hielo a la vez.
Kayce apoyó una mano en la cadera.
—¿Qué cosa?
Él se acercó.
Un paso.
Otro.
Otro.
Hasta quedar frente a ella, demasiado cerca.
—No seas ingenua. Sabes perfectamente qué.
Kayce ladeó la cabeza con una sonrisa felina.
—¿Te molestó?
Derek ni respiró.
—Me cabreó.
Ella sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No esperaba una confesión tan directa.
—Entonces deja de actuar como si no te importara —murmuró.
Los ojos de Derek brillaron como si acabara de abrirse una grieta peligrosa dentro de él.
—Kayce —dijo en voz muy baja, ronca—. Vas a hacer que pierda el control.
Y Kayce sonrió.
Porque ese era EXACTAMENTE el punto.
Kayce se cruzó de brazos, sonriendo apenas.
—Derek… —susurró—. Te estás tomando muy en serio un entrenamiento.
Él avanzó un paso.
Ella retrocedió uno.
No porque tuviera miedo.
Sino porque quería ver hasta dónde llegaría.
Derek siguió avanzando.
Sin ruido.
Sin prisa.
Sin máscara.
Hasta que su espalda chocó con la pared.
El impacto fue suave.
Pero el encierro no.
Derek levantó una mano y la apoyó junto a su cabeza, bloqueando cualquier escape.
La otra quedó suspendida a centímetros de su cintura, dudando si tocarla o romper algo.
Kayce sonrió, intentando parecer divertida… aunque el corazón se le disparó.
—¿Qué haces? —preguntó ella, con voz algo más baja de lo que quiso.
Derek la miraba como si hubiera esperado este momento demasiado tiempo, como si hubiera intentado evitarlo y, finalmente, hubiera perdido.
—No juegues conmigo —dijo.
Su voz era grave, rasgada.
Peligrosa.
Kayce dejó de sonreír.
—¿Qué pasa si el juego es demasiado divertido?
—Entonces vas a arruinarme.
Ella se incorporó un poco, incapaz de detener la adrenalina deliciosa que le subía por el pecho.
—¿Qué te arruina más, Derek…? ¿Que Mateo me toque? ¿O que yo deje que lo haga?
Derek exhaló como si acabaran de golpearlo en el estómago.
Y ahora sí, bajó la mano a su cintura. No brusco. Pero firme.
La sostuvo.
Su pulgar rozó la tela de su short.
Solo eso.
Y sin embargo, Kayce sintió que la sala se inclinaba.
—No vuelvas a dejar que él te toque así —murmuró él, hundiéndose un poco más en el espacio entre ambos.
Su frente casi rozaba la de ella.
Su respiración chocaba con la boca de Kayce.
—¿Por qué no? —preguntó ella, provocando como si fuera lo único que sabía hacer.
Los labios de Derek se tensaron.
—Porque me vuelve loco.
Kayce sintió un escalofrío subirle por la columna.
Derek estaba realmente perdiendo el control.
Él subió su otra mano, tomándole la muñeca. La guio hacia arriba, hacia su propio pecho.
Ella sintió el músculo tensarse bajo su palma.
Su corazón golpeaba fuerte.
Muy fuerte.
—¿Sientes eso? —dijo él, sin apartar los ojos de los labios de ella.
Kayce asintió, sin voz.
—Ese no soy yo —susurró Derek—. Esa eres tú. Porque no sé qué hacer contigo.
Kayce abrió los labios apenas.
Apenas.
Lo justo para que Derek inclinara más la cabeza, rozando con su nariz la mejilla de ella.
Un contacto tan mínimo que dolió.
Kayce respiró entrecortado.
—Derek…
—No —la interrumpió él, en un susurro desesperado—. No digas mi nombre así.
Su mano en la cintura la atrajo un poco más.
Solo un centímetro.
Pero ese centímetro desató algo primitivo.
Kayce sintió las rodillas temblar.
Derek acercó sus labios a los de ella.
Y ahí estuvo.
El momento.
El borde.
El punto exacto donde un hombre se mantiene o se destruye.
—Si te beso ahora… —murmuró, con la voz rota—. No voy a detenerme.
Kayce sintió el corazón explotar.
—Entonces bésame —susurró.
El mundo entero sostuvo la respiración.
Derek apretó la mandíbula con tanta fuerza que la palabra se quebró antes de salir.
Y al final, con un gemido reprimido que pareció arrancarle algo de dentro, desvió la cara y apoyó la frente en su hombro, respirando como un animal encadenado.
—No puedo —dijo, casi sin voz—. No puedo traicionar a Val. No puedo joder lo que tenemos los cuatro. No puedo… contigo no puedo jugar.
Sus dedos aún le rodeaban la cintura.
Sin fuerza.
Sin intención de soltarla.
Kayce lo miró, con la respiración temblorosa y los labios aún entreabiertos.
—¿Y si no es un juego? —susurró, herida y fascinada a la vez.
Derek cerró los ojos.
Un segundo.
Dos.
Cuando los abrió, había tormenta.
—Entonces peor —respondió—. Porque si te quiero… Kayce, si te llego a querer, no voy a saber detenerme.
Ella se quedó muda. Con el corazón a mil por hora. Con el perfume de él invadiéndola hasta la médula.
La mano de Derek bajó lentamente, dejándola libre con un gesto que parecía lastimarlo más a él que a ella.
Él retrocedió un paso.
Luego otro.
—Vete —dijo, no con rabia, sino con una súplica quebrada—. Antes de que haga algo que no pueda deshacer.
Kayce no se movió.
Derek tragó saliva, desesperado.
—Por favor.
Ese “por favor” la atravesó.
Kayce dio un paso atrás.
Luego otro.
Estaba temblando.
Y Derek… Derek también.
El deseo quedó suspendido entre los dos, como un trueno sin estallar.
_____________________________________________________________________
Más tarde, después de la clase de las siete, el gimnasio volvió a quedar casi vacío.
Las luces de uno de los extremos estaban apagadas, dejando ese lado en penumbra.
El eco de los últimos golpes se mezclaba con el ruido de alguien guardando equipo.
Angelo estaba terminando de amarrarse la chaqueta cuando vio entrar a Valentino.
Pelo desordenado.
Ojeras.
Suéter grande sobre ropa deportiva, como si se hubiera vestido por obligación, no por costumbre.
Angelo alzó una ceja.
—Mira quién se digna aparecer —comentó—. El fantasma.
Val no tuvo energía para devolver la broma.
—Vine a buscar a Derek —dijo simplemente.
Angelo lo estudió un momento.
Luego miró a Derek, que estaba limpiando las manoplas.
—Súbete al ring —ordenó, de pronto.
Val frunció el ceño.
—Paso.
—No te pregunté si querías —replicó Angelo—. Arriba.
Valentino miró a Derek, buscando una salida.
Derek solo encogió un hombro.
—Te conviene hacerlo —comentó—. Este muerde.
Val soltó un suspiro largo.
—Está bien —cedió, dejando el bolso a un lado—. Pero si me rompes la cara, no me hago responsable de mi drama.
Subió al ring con poca gracia, como quien sube a una tarima donde no quiere actuar.
Angelo se puso los guantes grandes, los de entrenador, y le hizo señas.
—Guardia.
Val levantó las manos.
Angelo lanzó un jab suave.
Val lo esquivó con una inclinación mínima de hombro.
Otro.
Otro.
Val se movía con ese estilo raro suyo, entre flojo y exacto.
No parecía estar haciendo un esfuerzo consciente. Simplemente… no estaba donde el golpe caía.
Angelo apretó un poco más.
—¿Eso es todo? —provocó—. Antes peleabas mejor borracho en la calle que cualquiera de estos sobrios aquí. Ahora mírate, no sabes ni donde pararte.
Val hizo una mueca.
—Me honra la fama de mis peores momentos —dijo, esquivando un cruzado—. Pero no vine a audicionar.
Angelo cambió el ángulo y soltó un gancho al cuerpo.
Val retrocedió justo a tiempo. No por técnica aprendida… sino por instinto pulido a golpes viejos.
Derek, apoyado en la esquina, observaba en silencio.
Había algo casi doloroso en ver eso: el talento bruto de Val.
La forma en que leía el movimiento del otro antes de que el golpe saliera.
Angelo bajó un poco los guantes.
—Tienes manos —declaró—. Y pies. Y cerebro. Y rabia.
Val sonrió, apenas.
—Gracias, supongo.
—No —lo cortó el entrenador—. No gracias. Me estás haciendo perder dinero.
Val parpadeó.
—¿Qué?
Angelo se sacó uno de los guantes, señalándolo con el otro.
—Porque un tipo como tú, bien entrenado, bien enfocado, puede ganar peleas de verdad. De las que se cobran. De las que abren puertas. Y estás aquí… desperdiciándote en cigarrillos y cafés caros.
Val se rio, sin humor.
—No soy material de ring —respondió—. Solo sé pelear cuando mi vida está en riesgo.
Angelo bufó.
—Entonces estás perfecto para el ring. —Se acercó a las cuerdas—. Entrena conmigo. En serio. Con horarios, rutinas, dieta. Te hago competir. Y tú vas a hacer que este pelirrojo —señaló a Derek con la cabeza— vuelva a tener un sparring decente.
Derek no negó.
No bromeó.
Solo sostuvo la mirada de Val.
Valentino sintió que algo le apretaba el pecho.
—Lo pensaré —dijo, por decir algo.
—No pienses tanto, te mareas —replicó Angelo—. Mañana a esta hora quiero verte aquí. Si no vienes… seguirás siendo un desperdicio.
Y se bajó del ring como si el trato ya estuviera cerrado.
Tomó su bolso.
Saludó a Derek con un gesto mínimo.
—No lo pierdas —dijo, refiriéndose a Val—. Son buenos los de tu camada.
Y se fue.
El gimnasio se quedó en un silencio raro.
Solo se escuchaba la respiración acelerada de Val, y el suspiro expectante de Derek.
—Odio ese hombre —murmuró Val—. Siempre da donde más duele.
—Te va a hacer bien —respondió Derek, apoyándose en la pared—. Aunque quieras matarlo la mitad del tiempo.
Val sostuvo las vendas entre los dedos.
—¿Desde cuándo estás tan a favor de que me golpeen más?
—Desde que te vi esquivar a Angelo como si estuvieras bailando —contestó Derek—. Eres bueno, Val. No solo de “me defiendo en una pelea de bar”. Bueno de verdad.
Val se encogió de hombros.
—Ser “bueno” no me ha servido de una mierda estos años, ¿o sí?
Derek apretó la mandíbula.
Hubo un silencio espeso.
No incómodo.
De esos que pesan porque llevan demasiadas cosas adentro.
—Val… —empezó Derek.
Valentino levantó la mano.
—No. No me des el discurso de “te has castigado suficiente”. Lo sé. Solo… déjame ser un desastre a mi ritmo, ¿sí?
Derek lo miró un momento.
Y, contra su costumbre, decidió no tragar lo que pensaba.
—Tengo un problema —dijo, de golpe.
Val levantó la vista.
—Felicidades, estás humano.
Derek le lanzó una toalla.
Valentino se la dejó caer en la cabeza.
—Kayce —añadió Derek, simple.
Val se quedó quieto.
La toalla resbaló lentamente hasta su cuello.
—Ya —dijo—. Empezamos bien.
Derek cruzó los brazos, incómodo como pocas veces se dejaba ver.
—Hoy… —empezó—. Angelo vino a ver su progreso. Sheryl no pudo venir. Estuve solo con Kayce. Y… la cosa se… complicó.
Val frunció el ceño.
—¿Complicó cómo? —preguntó, en un tono que ya no era bromista.
Derek no adornó.
—Un imbécil se le acercó a “ayudarla” con la técnica. Le tocó la cintura, se rieron, le ofreció entrenar con ella. Y yo…
Se interrumpió un segundo, buscando la palabra menos humillante.
—Yo vi rojo —admitió—. Fui, lo saqué. Y después… —resopló—. Después toqué a Kayce más de lo que debía. Corrigiendo postura, guardia… lo que quieras. Pero sé exactamente lo que estaba haciendo. Y no me gusta. Y luego el imbécil volvió y… casi la beso. Casi pierdo de vista el norte. Casi.
Val lo miró con una mezcla de sorpresa y algo parecido a miedo.
—Derek… —empezó.
—Lo sé —lo interrumpió él, rápido—. “No la toques, Derek”. Me lo dijiste. Lo tengo pegado en la cabeza. Llevo más tiempo del que me gustaría cumpliendo esa mierda de promesa. Pero ella… —cerró los ojos un segundo—. Ella sabe exactamente dónde pararse para que me cueste respirar.
Val apretó las vendas entre los dedos.
—Kayce es coqueta por naturaleza. Es una mujer encantadora cuando quiere serlo —dijo—. Esa es su forma de existir. Pero no es para ti, Derek. No te atrevas.
Derek levantó la mirada, molesto.
—¿Qué se supone que significa eso?
Val inspiró hondo.
—Que nunca te has tomado a una mujer en serio —respondió, sin suavizar—. Nunca. Ni una vez. Jamás.
Derek apretó la mandíbula.
No lo negó.
Val continuó:
—Tú sabes jugar. Sabes follar. Sabes desaparecer a tiempo. Sabes romper cosas y seguir adelante sin mirar atrás. Pero Kayce… —bajó la voz—. Kayce no es un juego. Si la rompes a ella, no solo la pierdes a ella.
Se levantó de la banca y dio un paso hacia Derek.
—Me pierdes a mí —dijo, muy serio—. Y a Sheryl también. Porque lo que ustedes dos tienen, lo he visto… y lo que estamos construyendo los cuatro… no aguanta que le metas tus patrones viejos.
—¿Y que hay de ti? ¿No aguanta mis “patrones viejos”, pero si aguanta tus lloriqueos de mierda?
—ESTO NO SE TRATA DE MÍ, DEREK. SE TRATA DE LO QUE PROMETIMOS, DE LO QUE ME PROMETISTE.
Derek se quedó callado.
Esa idea le dolía más que cualquier golpe.
—¿Crees que no lo sé? —preguntó, al fin—. Me paso el día recordándome que no toque a esa mujer. Que no la mire más de la cuenta. Que no sonría cuando dice estupideces. Y cada vez que se ríe de algo que digo… cada vez que me contradice… me dan ganas de acercarme y hacer precisamente lo que te prometí que no iba a hacer.
Val bajó un poco la guardia.
No el argumento.
La expresión.
—Entonces no juegues —dijo, despacio—. No hagas medias tintas con ella. No coquetees si sabes que no vas a sostenerlo. No la empujes a un lugar donde te aburrirás de ella. Donde correrás de ella.
Derek apretó los dientes, la nuca tensa.
—No corro —escupió.
Val lo miró.
—De mujeres, no. Pero de lo que sientes, sí. Igual que yo. Solo que tú sufres en silencio tu miedo. Yo no sé cómo hacer eso.
Hubo otro silencio.
Pesado.
Verdadero.
Derek aflojó, apenas.
—Si algún día… —empezó, con la voz más baja—. Si algún día estoy seguro de lo que siento por ella… si algún día dejo de dudar, de cuestionar si es real o solo costumbre, rabia y química… te lo voy a decir. Y ese día voy a ir y voy a hacer las cosas bien. Con ella. Sin juegos. Y no aceptaré que lo prohíbas.
Le sostuvo la mirada a Val.
—Pero hasta entonces… —añadió—. Hasta entonces, voy a intentar comportarme. De verdad.
Val cerró los ojos un segundo.
Después asintió.
—Entonces tenemos un trato —dijo—. Hasta que sepas qué mierda quieres, no la uses para probar tu autocontrol. Y si llega ese día… te apoyaré. Aunque quiera romperte la cara.
Una esquina de la boca de Derek se levantó.
—Lo tomas demasiado en serio —intentó bromear.
Val negó.
—Quiero a esa chica. La verdad, creo que podrían hacer una buena pareja —respondió—. Y te quiero demasiado como amigo como para dejar que la cagues.
Derek bajó la mirada al suelo de goma.
—Lo sé —admitió—. Gracias.
Por un momento, el gimnasio se llenó solo con el sonido del ventilador viejo girando en el techo.
Val se sentó de nuevo, frotándose la cara con las manos.
—Hablando de cagarla —dijo—. Hoy Sheryl tuvo una mañana interesante.
Derek lo miró de reojo.
—Lo sé —respondió—. Estuve con ella en la cafetería.
Val se tensó un poco.
—¿Está enojada conmigo? —preguntó.
Derek tomó aire.
—No —dijo—. Está… dolida. Es distinto.
Val apretó la mandíbula.
—Por lo de “amigos”.
No lo preguntó.
Lo afirmó.
Derek asintió.
—Le llegaste hondo con esa palabra —explicó—. Para ti fue autoprotección. Para ella sonó a… “todo lo que construimos vale menos de lo que pensé”.
Val se llevó una mano al pelo, tirando de él.
—No quise… —empezó.
—Lo sé —lo interrumpió Derek—. Pero igual lo hiciste.
Val cerró los ojos.
—No quiero prometerle algo que no sé si puedo sostener —confesó—. Me aterra la idea de convertirme en otro hombre que la hiere. No sé si puedo con ella, Derek. No sé si soy suficiente.
Derek lo miró con preocupación.
—Tú eres suficiente —dijo—. El problema es que aún no sabes verlo.
Val soltó una risa corta, incrédula.
—Muy útil, gracias.
Derek se pasó una mano por la nuca.
—Mira… —empezó—. Hoy llegó a la cafetería este tipo. Cassian Valer.
Val frunció el ceño.
—¿El de rugby?
—Ese mismo —confirmó Derek—. La vio sola y se acercó. Sabes cómo es él. Educado. Elegante. Correcto. Probablemente pagó su café. Le habló bonito. ¿Sabes que le dijo? Que camina como si escuchara una música que los demás no oyen. Tiene alma de poeta el tipo.
Val sintió un puñetazo seco en el pecho.
—Ah —murmuró—. Genial.
Derek ladeó la cabeza.
—Le dejó su número. Cassian se la está jugando.
Val tragó saliva.
—¿A Sheryl le gustó? —preguntó, casi en un hilo de voz.
Derek tardó un segundo en responder.
—Le gustó cómo la trató —dijo, honesto—. Y eso no te quita lugar a ti. Solo… le recuerda que merece ese tipo de cosas.
Val apoyó los codos en las rodillas.
—No quiero que piense que la estoy dejando sola —susurró.
—No la estás dejando sola —respondió Derek—. Solo que, ahora mismo, no estás tomándola entera. Y, mientras tanto, el mundo no se detiene.
Se inclinó hacia él.
—Si la quieres… —dijo, despacio—. De verdad. No “si algún día me atrevo”. No. Si la quieres ahora, con todo lo que implica, con todo lo que pesa, con todo lo que hiere… vas a tener que moverte. No puedes seguir escondiéndote detrás de la palabra “amigos” esperando que nadie más la vea.
Val sintió que algo se rompía y se armaba al mismo tiempo.
—¿Y si no puedo? —susurró.
Derek encogió un hombro.
—Entonces déjala probar otra cosa —respondió, sin crueldad—. No le cortes las alas solo porque tú no estás listo para volar con ella. Al menos no le pongas cadenas al cielo.
Val se quedó en silencio largo rato.
El ruido del ventilador siguió girando.
—No quiero soltarla —admitió, al fin.
—Entonces no la sueltes —dijo Derek—. Pero sostén algo, Val. No puedes tenerla solo a medias. No es ese tipo de mujer.
Val cerró los ojos.
Sheryl riéndose en el gimnasio.
Sheryl diciéndole que él no ocupaba el lugar de nadie, que lo construyeron juntos.
Y ahora… Sheryl con Cassian.
—Cassian… —repitió, amargo.
Derek sonrió, apenas.
—Es un rival respetable —dijo—. Lo que significa que, si decides pelear… va a ser un buen combate. Si se queda con él, no puedo culparla.
Val se echó hacia atrás en la banca.
—No quiero perderla —susurró.
—Entonces deja de pelear solo contra tus fantasmas —replicó Derek—. Y empieza a pelear por ella.
Hubo un silencio final.
No era una pausa.
Era una línea.
La que separaba seguir huyendo… de intentar quedarse.
Val respiró hondo.
—Mañana vendré a entrenar —dijo, de pronto.
Derek levantó las cejas.
—¿Con Angelo?
—Sí —respondió—. Si voy a pelear por algo… más vale que aprenda a no caerme al primer golpe.
Derek sonrió, amplio esta vez.
—Ahí sí te reconozco, angelito.
Val lo miró con desgano fingido.
—Si me vuelvo campeón de algo, vas a tener que soportar mi ego —advirtió.
—Empezaré a entrenar mi paciencia desde hoy —replicó Derek.
Los dos se quedaron sentados un rato más, en el gimnasio medio vacío, con el ruido lejano de la ciudad colándose por las ventanas.
Afuera, el mundo seguía.
Adentro, algo había cambiado.
Y, aunque ninguno lo decía en voz alta, ambos lo sabían:
Las próximas peleas ya no iban a ser solo en el ring.
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