Entre su amor y su obsesión - Capítulo 26
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26: CAPÍTULO 26 26: CAPÍTULO 26 Esa misma noche, Kayce salió del baño envuelta en la toalla de Sheryl, con el pelo húmedo y la expresión de alguien que había sobrevivido a un accidente emocional…
y quería volver a tenerlo.
Sheryl estaba preparando té en la cocina cuando la vio aparecer.
Kayce arrastró los pies dramáticamente.
—Sher…
me arruiné —declaró, hundiendo la cara en la taza de té incluso antes de tomarla—.
Ese hombre va a matarme.
Sheryl dejó la tetera a un lado.
—¿Derek?
Kayce levantó la vista.
—Sher.
Me acorraló.
Con su brazo.
Contra una pared.
SUFRÍ.
SUFRÍ EN SILENCIO.
Sheryl intentó no reírse.
—¿Te hizo daño?
—No.
Me hizo…
—Kayce apretó los ojos—.
Me hizo quererlo.
Sheryl respiró hondo.
Se sentó frente a ella.
—Cuéntamelo bien.
Kayce contó todo: el roce en la cintura, la pared detrás de ella, el “si te beso no voy a detenerme”.
Cada palabra salía con más frustración que vergüenza.
—¿Qué hago?
—preguntó al final, genuina—.
Si me acerco, me quema.
Si me alejo, me sigue.
Si respiro…
se enoja.
Y me encanta.
Todo de él me encanta.
—A Derek lo destruyen los celos —dijo—.
Es su punto débil.
No lo admite.
No lo controla.
Si quieres que rompa esa promesa que le hizo a Val…
tienes que tocar ese punto.
Kayce se quedó callada.
—¿Celos?
—repitió.
—Sí —afirmó Sheryl—.
No provocación sexual directa.
No insinuaciones.
Celos.
A él lo altera pensar que puede perderte.
Kayce empezó a sonreír.
Primero pequeña.
Luego grande.
Luego malvada.
—Sher…
—¿Sí?
—Eres un genio perverso.
Sheryl se encogió de hombros.
—Me criaron hombres rotos.
Las dos rieron largo rato.
Y Kayce supo exactamente cómo entraría mañana al gimnasio.
──────────────────────── El ambiente estaba más tenso que de costumbre.
Una mezcla de olor a lona, magnesio, metal y sudor reciente.
El equipo estaba casi completo.
Mateo estaba entre ellos, golpeando el saco con ritmo fácil, confiado.
Derek preparaba material con expresión seria.
Sheryl y Kayce cruzaron la puerta juntas.
Y el gimnasio se detuvo un segundo.
Kayce llevaba un short negro, top ajustado, cabello alto en una coleta, cuello largo descubierto.
Una energía peligrosa, eléctrica.
Una mujer que sabía exactamente quién quería que la mirara.
Mateo la vio primero.
Luego Derek.
La reacción fue muy distinta.
Mateo sonrió.
Derek apretó la mandíbula.
—Buen día —saludó Mateo, acercándose con una sonrisa que le iluminó la cara.
—Hola, guapo —respondió Kayce con una dulzura venenosa que hizo que Sheryl se llevara la mano a la boca para esconder la sonrisa.
Derek giró la cabeza lentamente hacia ellas.
Ojos oscuros.
Muy oscuros.
──────────────────────── Angelo salió de la bodega con un cuaderno en la mano.
—Bien.
Hoy dividimos grupos.
Señaló con el lapicero: —Derek, entrenas a Sheryl.
Quiero su guardia perfecta.
—Y Kayce…
—miró a Mateo—.
Hoy entrenas con él.
Derek levantó la cara como si lo hubiesen golpeado sin previo aviso.
—¿Con quién?
—dijo Derek.
—Con Mateo —repitió Angelo, sin darle importancia—.
Él tiene paciencia.
Tú estás ocupado.
Mateo sonrió victorioso.
Kayce también.
Sheryl observó el temblor casi imperceptible en la mano de Derek.
Sí.
Sería un buen día.
──────────────────────── Mateo rodeó a Kayce para acomodarle el vendaje de la muñeca.
—Tienes huesos finos —comentó con voz baja—.
Pero fuerza donde importa.
—¿Lo dices por experiencia o por deseo?
—replicó ella.
Mateo rio suavemente.
—Por ambas.
Kayce sintió un calor divertido recorrerle la espalda.
___________________________________________ Mateo le corrigió la postura.
Una mano en su costado.
Otra en su abdomen bajo.
El pulgar rozando la piel donde la camiseta subía.
—Aquí —susurró—.
Relaja.
—¿Así?
—preguntó ella, exagerando la respiración.
—Perfecto.
Kayce levantó la vista justo cuando Mateo le acomodó la cadera.
Derek estaba mirando.
No pestañeaba.
Perfecto.
—Estás progresando rápido —dijo Mateo.
Kayce sonrió como quien sabe que está incendiando un edificio entero.
──────────────────────── Derek respiró hondo y volvió a Sheryl, como si necesitara su presencia para no perder la cabeza.
Se paró frente a ella.
—Perdón.
Estoy…
desconcentrado.
—¿Por Kayce?
—preguntó Sheryl con suavidad.
Él no respondió, pero la expresión lo dijo todo.
Derek tomó sus muñecas con cuidado.
—Guardia —dijo.
Sheryl la subió.
—Relaja los hombros —susurró.
—¿Así?
—Sí.
No cargues miedo en los brazos.
Tú no peleas desde el cuerpo.
Peleas desde lo que sientes.
Sheryl lo miró sorprendida.
—¿Cómo sabes eso?
Derek respiró.
—Porque yo también peleo así.
Ella bajó la guardia un segundo y él la levantó otra vez, con un toque suave.
—Firme, Sher.
—Lo intento.
—Lo sé.
Derek exhaló fuerte, como si intentara expulsar los celos por la boca.
──────────────────────── Kayce estaba practicando gancho cuando Mateo dio un paso más…
íntimo.
Le tomó la cadera desde atrás.
Demasiado cerca.
—Tienes una curva peligrosa —susurró en su oído—.
Perfecta para el giro.
Kayce apoyó la mano en su pecho.
Lo mantuvo cerca.
A propósito.
Mateo sonrió contra su mejilla.
—Eres fácil de admirar.
Derek soltó una manopla, literal, al suelo.
Se giró lentamente.
—Mateo —llamó, con voz ronca.
Silencio absoluto.
Mateo se separó apenas.
—¿Sí?
—No la toques así.
Kayce cruzó los brazos.
—¿Así cómo?
—provocó.
Derek no la miró.
—Estamos entrenando.
No en un maldito motel.
Angelo, desde lejos, murmuró: —Y luego dicen que el boxeo no levanta pasiones.
──────────────────────── Mientras el drama se cocinaba al otro lado, Val llegaba al gimnasio con su ropa larga, expresión apagada y cero ganas de existir.
Angelo lo interceptó.
—Arriba al ring —ordenó.
—Acabo de llegar —protestó Val.
—Felicidades.
Arriba.
Val subió como quien sube a una cruz.
Angelo se puso los guantes de entrenador.
—Guardia.
Val la levantó.
—Suelta los codos, no eres una estatua—gruñó Angelo.
El primer golpe de Angelo fue suave.
Val lo esquivó sin siquiera pensarlo.
El segundo, más rápido.
Val se inclinó justo a tiempo.
El tercero, un gancho bajo.
Val retrocedió con precisión casi dolorosa.
Angelo se detuvo.
—¿Sabes qué eres?
Val levantó una ceja.
—¿Un fracaso?
—No.
Un desperdicio —corrigió Angelo—.
Un talento sin usar.
Una bala sin disparar.
Val bajó la guardia.
—No estoy para discursos motivacionales.
—Pues yo sí —respondió Angelo—.
Si entrenas en serio, puedes ganar peleas.
Si ganas peleas, puedes ganar dinero.
Y si ganas dinero, puedes dejar de vivir como alma en pena.
Val tragó saliva.
—No me interesa competir.
—¿A Sheryl tampoco le interesa Cassian?
—disparó Angelo.
Val se congeló.
—Ah —dijo Angelo—.
Eso te despertó.
Cassian estuvo preguntando por ella.
Lo entreno a veces, ¿sabes?
“¿Quién es esa rubia que viene a veces?” “¿Tiene novio?”.
Le dije que no.
¿Sabes que más me dijo?…
“Me gusta”.
El tipo entrena rugby, se fortalece en entrenamientos privados, es top de su clase, amigo de los maestros, capitán de su equipo, de familia rica.
Claro que no te interesa competir, después de todo, ¿cómo vas a competir con eso?
Val apretó las vendas hasta que sus nudillos quedaron blancos.
—Mañana —dijo finalmente—.
Vendré temprano mañana.
—Bien —sonrió Angelo—.
Porque eres el único capaz de mantenerle el ritmo a Derek.
Y él te necesita tanto como tú necesitas hacer algo por tu vida.
Val inhaló despacio.
—A veces te odio —murmuró.
—Y yo odio los desperdicios —replicó Angelo.
──────────────────────── Derek le estaba enseñando combinaciones a Sheryl cuando Mateo volvió a acercarse a Kayce.
Esta vez, con más confianza.
—¿Quieres practicar clinch?
—preguntó.
—¿Tú me sostendrías?
—preguntó ella.
—Me encantaría.
Derek soltó un suspiro tan profundo que Sheryl pensó que iba a romper el piso.
Kayce se acercó al saco, Mateo detrás.
—Déjame poner mi mano aquí —dijo él, tocándole el vientre bajo para marcarle la distancia.
Kayce sonrió con los ojos.
Derek dio un paso hacia ellos.
Sheryl lo tomó del brazo.
—No lo arruines —susurró—.
Déjala jugar.
Derek cerró los ojos.
Respiró.
Falló.
—Mateo —gruñó—.
Tu entrenamiento terminó.
Mateo levantó las cejas.
—Recién empezaba lo bueno.
Kayce sonrió.
—¿Sí?
—dijo, suave—.
¿Lo bueno?
Derek sintió cómo se le encendía la sangre.
Mateo se despidió, cada vez más divertido.
—Nos vemos, Kayce.
Me encantaría entrenar contigo a solas algún día.
Kayce apoyó una mano en su hombro.
—También me encantaría.
Derek apretó los dientes con tanta fuerza que Sheryl temió que los astillara.
──────────────────────── El entrenamiento terminó.
Todos se iban.
La luz del gimnasio estaba en modo nocturno, fría, blanca, inquietante.
Sheryl buscaba sus cosas cuando el teléfono de Derek empezó a sonar.
Él miró la pantalla.
Y su cara cambió.
Sheryl vio el nombre que aparecía antes de que él pudiera bloquearla con la mano.
“El Pulpo”.
La garganta de Derek se cerró.
—Sher —dijo, bajando el teléfono sin contestar—.
No te muevas.
No vayas a ninguna parte.
¿Me oyes?
—¿Qué pasó?
—preguntó ella, helada.
El teléfono volvió a sonar.
Fuerte.
Persistente.
Como un golpe.
Derek tragó.
—No lo sé.
Y contestó.
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