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Entre su amor y su obsesión - Capítulo 27

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  4. Capítulo 27 - 27 CAPÍTULO 27
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27: CAPÍTULO 27 27: CAPÍTULO 27 El auto de Derek se detuvo en el edificio de cristal.

Sheryl y Kayce se quedaron en silencio un momento.

Ninguna esperaba…

eso.

El estacionamiento subterráneo olía a auto de lujo, a cemento limpio, a poder contenido.

Derek apagó el motor como si fuera algo sin importancia.

—Suban —dijo, sin más.

El ascensor fue un cubo silencioso de acero.

Sheryl notaba la respiración tensa de Val a su lado.

Kayce miraba a Derek como quien observa un Dios griego.

Cuando las puertas se abrieron, ya no era un departamento.

Era un reino elevado sobre el resto del mundo.

La sala principal se desplegaba en mármol gris, luz cálida, ventanales gigantes que mostraban la ciudad como un océano de luces quebradas.

Minimalista, impecable, demasiado grande para un solo hombre.

—¿Vives…

aquí?

—preguntó Kayce, con la boca apenas abierta.

—Sí —respondió Derek, quitándose la chaqueta—.

Sirve.

“Sirve”.

El hombre tenía una mansión y decía “sirve”.

A Kayce le dio un ataque interno de deseo homicida.

Sheryl avanzó con cuidado, como si fuera a romper algo.

Val se quedó un paso atrás, atento, protector, tenso.

Derek dejó botellas sobre la mesa baja de la sala.

—Primero —dijo—, hablamos del pulpo.

El aire se volvió pesado.

Sheryl se sentó en uno de los sofás, temblor leve en las manos.

Kayce se dejó caer junto a ella, cruzándose de piernas, lista para cualquier cosa.

—Lo que pasó —empezó Val— …no fue con ustedes.

Fue otra chica.

Un intento.

Falló.

Estarán inactivos por un tiempo.

Sheryl apretó fuerte la tela del sofá.

—¿Estás diciendo que…

que es cuestión de tiempo para que vuelvan?

Derek respondió, sin suavizar nada: —Sí.

Kayce tomó la mano de Sher por instinto.

Val tragó saliva.

El silencio era un manto demasiado grueso.

—Por eso —continuó Derek—, quiero que anden juntas.

Que no caminen solas de noche.

Que nos llamen si algo se siente raro.

No exageren.

No minimicen.

Nada de hacerse las fuertes.

Kayce alzó la barbilla.

—No somos niñas.

Derek la miró, lento.

—No.

Pero aceptar ayuda no es de niñas.

Aun así, quiero que no se preocupen por el momento, nosotros estaremos atentos.

Si vuelven a moverse, lo sabremos.

Esa será responsabilidad nuestra.

Por ahora, relájense un poco.

Sobre todo tú, Sheryl.

Eso cerró el tema.

Fue entonces cuando Kayce se levantó como un rayo, sacudiéndose la tensión.

—YA BASTA.

Basta de trauma y tragedia —exclamó, tomando una botella—.

Vamos a jugar.

Los cuatro.

Verdad o reto.

Sheryl abrió los ojos.

—¿Qué?

Kayce, acabamos de— —SÍ.

Y ahora vamos a beber hasta que la angustia evolucione en estupidez funcional.

Vamos.

JUEGO.

AHORA.

Derek masajeó la mandíbula.

Val suspiró.

Sheryl sonrió sin querer.

Sabía lo que se traía Kayce entre manos, y le encantó.

──────────────────────── Kayce giró la botella.

Cayó en Derek.

Maravilloso.

—Verdad o reto, tomatito —canturreó ella.

Derek no pestañeó.

—Verdad.

Kayce sonrió como un lobo con joyas.

—¿Te pusiste celoso hoy cuando Mateo me tocó?

Val levantó la cabeza.

Sheryl se tapó la boca.

La falta de presión social de su amiga era lo que más admiraba de ella.

Derek cerró los ojos un instante.

Cuando respondió, la voz se le filtró entre los dientes: —Sí.

Kayce se acomodó el pelo como si estuviera recibiendo luz divina.

—Continúa —lo provocó.

—No —contestó seco.

La botella giró otra vez.

Cayó en Val.

Kayce frotó sus manos como bruja medieval.

—Val, verdad o reto.

—Verdad —dijo él, sin humor.

—¿Qué sentiste cuando viste a Sheryl por primera vez?

Sheryl sintió que el aire le pesaba.

Val tardó.

Tardó demasiado.

—Magia —dijo finalmente—.

Fue como ver el arte encarnado.

Sheryl sintió un pinchazo en el pecho.

Kayce miró a los dos, fascinada.

La botella giró de nuevo.

Esta vez cayó en Sheryl.

Val tragó.

Derek observó con cuidado.

Kayce estaba jugando un juego muy peligroso.

—Sher…

—dijo Kayce—.

Verdad o reto.

—Verdad —susurró.

Kayce la miró con ese instinto para ver debajo de cualquier piel.

—¿Hay alguien con quien te gustaría salir ahora?

El silencio fue un estanque profundo.

Sheryl bajó la mirada.

—Sí —admitió muy suave.

Val se recostó hacia atrás.

Y ese gesto fue suficiente para que la tensión subiera como el mercurio.

La botella giró.

Y cayó en Kayce.

Derek la miró como si fuera un incendio.

—Verdad —dijo Kayce, sin miedo.

Sheryl vio el destello en los ojos de Derek antes de que él pudiera frenarse.

—¿Te gustaría que Mateo te volviera a tocar?

La sonrisa de Kayce fue lenta…

venenosa…

deliciosa.

—Sí.

Derek apretó la botella con tanta fuerza que Sheryl oyó el crujido del vidrio.

La botella giró…

Derek apoyó la mano en la mesa.

La botella seguía girando cuando él dijo: —Reto.

Kayce lo miró, confundida.

—¿Reto?

—Sí —repitió Derek—.

Quiero darte un reto.

Oh.

Dios.

Val apoyó la espalda en el sofá como quien se acomoda para ver un incendio.

Sheryl se tapó la boca con los dedos.

Derek, con una calma peligrosa: —Reto a que no me hables…

por cinco minutos.

Kayce abrió la boca.

La cerró.

La volvió a abrir.

—¿Cinco?

—Cinco —confirmó él.

—¿Y qué gano si lo logro?

—preguntó ella, bajando el tono.

Derek se inclinó hacia ella, lento, cada movimiento una amenaza hermosa.

—Lo que quieras.

—¿Y si no lo logro?

—susurró ella.

—Mi derrota —respondió él.

Kayce se echó hacia atrás.

—Fácil —dijo.

Sher y Val sabían que estaba perdida desde que habló.

Los primeros veinte segundos, Kayce no lo miró.

Los siguientes veinte…

sí lo miró.

A los treinta…

cruzó una pierna.

Derek sonrió.

A los cuarenta…

se mordió el labio.

Val puso cronómetro en su teléfono.

Sabía a lo que su amigo estaba jugando.

A los cincuenta segundos, Kayce murmuró a Sheryl: —Me está mirando mucho.

—No estoy haciendo nada —respondió Derek, perfectamente tranquilo.

La observó de abajo hacia arriba, con lentitud exagerada.

Se humedeció los labios.

Kayce tembló.

El reloj avanzó.

A un minuto con ocho segundos, Kayce explotó.

—¿Sabes qué?

¡Olvídalo!

Si vas a mirarme así, NO puedo no provocarte.

Derek apoyó el brazo en el respaldo del sillón, reclinándose.

—Perdiste.

Kayce lanzó un cojín a su cara.

Derek lo atrapó sin esfuerzo.

—Te odio —declaró ella.

—No —corrigió él, suave, con una sonrisa que la derritió—.

Eso tampoco puedes fingirlo.

Sher aplaudió.

Val estaba preocupado.

No le gustaba.

No le gustaba nada.

La botella giró una vez más.

Cayó en Derek.

Kayce sonrió.

—Verdad o reto, grandote.

Derek, lento: —Reto.

Kayce se inclinó sobre la mesa.

—Te reto a que hagas algo que no deberías.

Algo prohibido.

El aire dejó de existir.

Val levantó las cejas.

Sheryl abrió grande los ojos.

Derek apretó las manos.

Y dijo: —No.

La palabra cayó como un martillazo sobre la sala.

Kayce sintió que el corazón se le detenía…

y luego se aceleraba a un ritmo indecente.

—Cobarde —soltó ella, suave.

Derek la sostuvo con la mirada.

—No vuelvas a llamarme así.

Val miró a Derek con advertencia.

Sheryl se quedó inmóvil.

Kayce se hundió en el sillón, sintiendo un calor que no podía esconder.

—Cobarde —susurró ella.

Él respiró hondo.

—Kayce —advirtió.

La botella quedó quieta, inútil, irrelevante.

Nadie volvió a tocarla.

Ya no hacía falta.

Habían dicho demasiado.

Derek se levantó.

—Voy a preparar las habitaciones.

Kayce también se levantó.

—Yo lo ayudo.

Sheryl la miró.

Kayce susurró, rápido, solo para ella: —Distráelo.

Val estaba a punto de protestar, pero Sheryl fue más rápida.

—¿Quieres otra cerveza?

—preguntó Sheryl, nerviosa.

—Estoy bien —respondió él, tenso.

El silencio fue horrible y necesario.

—Val —empezó ella—.

Hoy has estado extraño conmigo.

¿Pasa algo?

—¿Qué podría pasar?

Por cierto, dale mis saludos a Cassian —dijo él, cortante.

Sheryl frunció el ceño.

—Tú mismo dijiste que éramos amigos.

—Sí.

Amigos.

No dije que quería imaginarte con otro.

Sher sintió el golpe.

—¿Perdona?

Tú fuiste el que puso un stop entre los dos.

—No me hagas hablar con alcohol en la cabeza.

Ella respiró hondo.

—Val…

no puedes tenerme a medias.

No puedes pedirme que espere mientras decides si te atreves a sentir.

—No estoy decidiendo —respondió él, con la voz rota—.

Estoy intentando no romperte.

—No eres tú quien decide eso —contestó subiendo la voz.

Él apretó los puños.

—Y si Cassian te rompe, ¿qué?

Sheryl sintió que algo ardía.

—No soy de vidrio.

No soy una cosa que rompes —Su tono cada vez era más alto.

Su rabia crecía con cada palabra de él.

—No quiero perderte.

—Pero tampoco quieres tenerme.

No puedo vivir suspendida entre tus miedos.

Él la miró con los ojos brillantes.

—No estoy listo para que algún día te vayas de mi vida.

—Entonces deberías haber estado listo para quedarte.

La discusión terminó sin gritos.

Pero también sin perdón.

Val se levantó y se alejó a la cocina.

Sheryl se quedó inmóvil, respirando como si hubiera corrido.

Su mano buscó su celular.

Y antes de poder pensarlo dos veces…

escribió.

Sher: Cassian, soy Sheryl.

La respuesta llegó rápido.

Demasiado rápido.

Como si él hubiera estado sosteniendo el teléfono, esperándola.

Cassian: ¿Cómo estás, Sheryl?

Sheryl cerró los ojos un instante.

Sher: Hoy fue un día raro.

Cassian: Dime qué te preocupa.

Sheryl exhaló.

Sintió un temblor dulce.

Sher: ¿Puedo llamarte mañana?

Cassian: Puedes llamarme cuando quieras.

Si es mañana, mejor.

Si es ahora, salgo por ti.

Sheryl sintió el cuerpo entero calentarse con esa elegancia peligrosa.

Esa seguridad.

Esa disponibilidad adulta que no exigía nada, pero lo ofrecía todo.

Cassian: Buenas noches, Sheryl.

Que descanses.

Piensa en lo que te hace bien.

Yo hago lo mismo.

Ella dejó el celular sobre el pecho.

Y supo que algo acababa de moverse dentro de ella.

No un reemplazo.

No una traición.

Un camino.

Un camino distinto.

──────────────────────── Mientras Sheryl y Val se rompían un poco más abajo…

arriba, en el pasillo de luz tenue, Kayce seguía a Derek.

El lugar era silencioso.

Demasiado silencioso para dos personas que ardían.

Derek abrió una puerta.

—Esta será la tuya —dijo, sin mirarla.

Kayce apoyó la mano en el marco.

—¿Y la tuya?

—La de siempre —respondió él, sin emoción.

Ella dio un paso adelante.

Él retrocedió uno.

Pero no lo suficiente.

—Derek —susurró ella—.

¿Qué vas a hacer mañana si Mateo me invita a entrenar?

—Lo que quieras hacer no es asunto mío.

—¿No?

—Kayce levantó la barbilla—.

¿Y si me invita a salir?

Un músculo en la mandíbula de Derek tembló.

—Haz lo que quieras —repitió él.

Pero la voz ya no era firme.

Kayce se acercó más.

—¿Y si lo beso?

El aire se partió.

Derek se apoyó contra la pared, como si le faltara oxígeno.

—No —dijo, grave.

—¿No qué?

—No lo beses.

Kayce sonrió.

—Dame una razón.

Él levantó la mirada.

Una mirada rota, furiosa, hambrienta.

—Porque no quiero que tus labios lo toquen a él.

Kayce sintió cómo se le iba el alma al suelo.

—¿Y tú vas a tocarme?

—susurró.

Derek apretó los puños contra la pared.

—No puedo.

—Entonces él sí puede.

Ese fue el disparo final.

Derek avanzó y la encerró contra la pared, brazo firme, respiración temblorosa.

No la tocó.

Pero la sostuvo con el cuerpo, con el aire, con todo lo que no se atrevía a decir.

—Me estás volviendo loco —murmuró, la voz vibrando contra su mejilla—.

No sé qué hacer contigo.

No sé cómo no romper esta distancia.

—Entonces no la rompas —susurró Kayce—.

Déjame entrar sola.

Derek inclinó la frente hasta rozar la de ella.

—Kayce…

—Dime que no te importa —dijo ella, en un hilo—.

Dímelo.

Y mañana beso a quien se me dé la gana.

Derek cerró los ojos.

Y no pudo decirlo.

Porque sí le importaba.

Y demasiado.

El pasillo quedó suspendido en un silencio terrible y perfecto.

Derek se apartó un paso.

Solo uno.

Como si ese centímetro le costara una guerra.

—Buenas noches —dijo él, con la voz rota.

Y se fue antes de que el control le fallara por completo.

Kayce apoyó la mano en su pecho, respirando como si hubiera corrido.

—Maldito seas —susurró, con una sonrisa peligrosa—.

Maldito seas, Derek.

──────────────────────── Sheryl seguía con el celular en la mano.

Un mensaje más iluminó la pantalla.

Cassian: Tu silencio me preocupa.

¿Necesitas que vaya por ti?

Podemos salir a cenar, si lo deseas.

Sher cerró los ojos.

Había demasiada noche aún por delante.

Y ninguno de los cuatro iba a dormir en paz.

Tal vez una cena no es la peor de las ideas.

CAPÍTULO 28 La discusión en la sala había dejado el aire espeso, lleno de restos de palabras que ninguno quiso decir y que, aun así, se habían dicho igual.

Sheryl intentaba respirar, pero cada inhalación la punzaba.

Valentino lavaba un vaso en la cocina, con esa rigidez que usa cuando intenta parecer tranquilo.

Pero la voz le tembló.

—Voy a empezar a entrenar con Angelo —dijo, sin mirarla—.

Tal vez así sea…

mejor para ti.

Tal vez.

El mundo entero de Sheryl se inclinó.

Ella giró, dolida, agotada, harta.

—¿Perdón?

—preguntó—.

¿Mejor para mí?

Val no se volteó.

Eso la irritó más.

—Sheryl…

—dijo él—.

Tú sabes lo que quise decir.

—No, explícalo —insistió ella, caminando hasta la puerta de la cocina—.

Explícalo bien, Valentino.

Porque suena como si yo tuviera que esperar a que seas campeón del mundo para merecer que me quieras.

Val cerró el grifo lentamente.

Muy lentamente.

—No lo entiendes —murmuró—.

No quiero hacerte daño.

No estás lista para esto.

Ni yo tampoco.

Y ahí se rompió todo.

Sheryl sintió el calor subirle por la columna, los ojos arderle, la garganta comprimirse.

Pero no lloró.

No.

Estaba demasiado enojada para llorar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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