Entre su amor y su obsesión - Capítulo 28
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28: CAPÍTULO 28 28: CAPÍTULO 28 La discusión en la sala había dejado el aire espeso, lleno de restos de palabras que ninguno quiso decir y que, aun así, se habían dicho igual.
Sheryl intentaba respirar, pero cada inhalación la punzaba.
Valentino lavaba un vaso en la cocina, con esa rigidez que usa cuando intenta parecer tranquilo.
Pero la voz le tembló.
—Voy a empezar a entrenar con Angelo —dijo, sin mirarla—.
Tal vez así sea…
mejor para ti.
Tal vez.
El mundo entero de Sheryl se inclinó.
Ella giró, dolida, agotada, harta.
—¿Perdón?
—preguntó—.
¿Mejor para mí?
Val no se volteó.
Eso la irritó más.
—Sheryl…
—dijo él—.
Tú sabes lo que quise decir.
—No, explícalo —insistió ella, caminando hasta la puerta de la cocina—.
Explícalo bien, Valentino.
Porque suena como si yo tuviera que esperar a que seas campeón del mundo para merecer que me quieras.
Val cerró el grifo lentamente.
Muy lentamente.
—No lo entiendes —murmuró—.
No quiero hacerte daño.
No estás lista para esto.
Ni yo tampoco.
Y ahí se rompió todo.
Sheryl sintió el calor subirle por la columna, los ojos arderle, la garganta comprimirse.
Pero no lloró.
No.
Estaba demasiado enojada para llorar.
—¿Realmente soy tan débil para ti?
—escupió—.
¿Tan frágil?
¿Tan…
ignorante?
¿Como si fuera una cría de tres años y tú el guardián del universo?
Val por fin la miró.
Y fue peor: tenía esa expresión de hombre que cree que está haciendo lo correcto.
—Sheryl…
—¿Quién te dio el derecho a elegir por los dos?
—la voz se le quebró, pero no de tristeza, sino de furia—.
¿Quién te dio el derecho a decidir qué puedo, qué no puedo, qué siento, qué merezco?
Val tragó saliva.
Dio un paso hacia ella.
Sheryl retrocedió.
—¿Sabes qué, Valentino?
—susurró, casi temblando—.
Vete a la mierda.
Y se fue.
Directo al baño, con las manos temblando, el corazón acelerado, y la rabia viva en el pecho.
Cerró la puerta.
Apoyó la espalda en ella.
Respiró.
Una.
Dos veces.
Luego tomó el celular.
Lo abrió en su conversación reciente.
Cassian.
No lo pensó más.
Sher: ¿Puedes venir por mí?
Quiero ir a un bar.
Necesito salir de aquí.
La respuesta llegó en cinco segundos.
Cassian: Dime tu dirección exacta.
Estoy saliendo.
Sher sintió un estremecimiento.
Un alivio.
Un deseo callado.
Una necesidad de sentirse vista sin ser controlada.
Sher: Es el edificio Costanera.
Cerca del centro.
¿Tardarás mucho?
Cassian: Menos de diez minutos.
Quédate donde haya luz.
Voy por ti.
Diez minutos.
Como quien tiene helicópteros en el bolsillo.
Sheryl guardó el teléfono, se miró al espejo.
Se veía dolida, sí, pero también…
hermosa.
Fuerte.
Decidida.
Abrió la puerta.
Kayce la estaba esperando en el pasillo, brazos cruzados, expresión de hermana protectora.
—¿Todo bien?
—preguntó.
—No —respondió Sheryl—.
Pero va a estarlo.
Derek levantó la mirada desde la sala.
Val no salió de la cocina.
Sheryl respiró hondo.
—Me voy —dijo.
Val salió por fin, rápido, alarmado.
—¿Qué?
¿A dónde?
—A un bar —respondió ella—.
Con alguien que sí quiere estar conmigo esta noche.
Kayce alzó las cejas, casi celebrando.
Derek tensó la mandíbula.
—¿Con quién?
—preguntó Val, ya sabiendo la respuesta, ya temiéndola.
—Ya no es de tu incumbencia —dijo Sheryl, sin suavizarlo.
Val cerró los ojos.
Dolido.
Celoso.
Tarde.
Kayce dio un paso para abrazarla.
—Haz lo que necesites, Sher.
Te cubro.
Derek intentó intervenir.
—Sheryl, espera, tal vez— —No —lo cortó ella, amable pero firme—.
Esta vez no necesito que nadie piense por mí.
El ascensor sonó.
Sheryl caminó hacia él.
Val la siguió unos pasos.
—Sheryl, no hagas esto para herirme…
Ella se giró.
—No lo hago por ti.
Lo hago por mí.
Los tres se subieron con ella al ascensor, a pesar de sus protestas.
Kayce para apoyarla.
Val para detenerla.
Derek para vigilar a su cita.
Las puertas se abrieron.
Y ahí estaba.
Cassian.
Elegante.
Impecable.
Abrigo largo negro.
Reloj fino.
Mirada afilada, profunda.
Como si la hubiera visto desde el ascensor del cielo.
Se quitó un segundo el abrigo para ofrecérselo.
—Buenas noches, Sheryl —dijo con esa voz baja, perfecta—.
Estás hermosa.
Ella sintió un calor subiendo por su pecho.
—Señorita —soltó refiriéndose a Kayce—.
Cassian Valer.
Miró a Derek y Valentino y los saludó con un gesto de cabeza.
—¿Lista?
—preguntó Cassian.
—Sí —susurró.
Cassian extendió una mano.
Ella la tomó.
Él la guio fuera.
Con calma.
Con autoridad gentil.
Abrió la puerta del auto para ella.
Un sedán negro, impecable, demasiado caro para pronunciarlo.
Derek lo vio y su pecho ardió en miedo.
Valentino, estás perdido.
Val lo vio y algo dentro de él se rompió un poco más.
Kayce sonrió.
—Eso, amiga —susurró—.
Así se aprende a vivir.
Sheryl subió.
Cassian cerró la puerta con suavidad.
Se acomodó al lado de ella, y antes de indicarle a su chofer partir, le preguntó: —Dime un bar que te guste —pidió—.
O puedo elegir yo.
Pero quiero que sea un lugar donde te sientas cómoda.
Ella lo vio.
Ese hombre no la estaba evaluando.
No la estaba midiendo.
No la estaba reteniendo.
La estaba escuchando.
—Quiero algo simple —dijo Sheryl—.
Música suave.
Luz baja.
Nada elegante.
Cassian sonrió apenas.
—Conozco el lugar perfecto.
El auto avanzó.
──────────────────────── El bar Lunar era pequeño, cálido, música suave en fondo, luces ambarinas, olor a madera y vino tinto.
Cassian le ofreció la mano para ayudarla a bajar.
Dentro pidieron tragos simples.
Whisky para él.
Un sour suave para ella.
Cassian la miró como si quisiera comprenderla en capas.
—Tu mensaje decía que fue un día raro —dijo él, tomando un sorbo lento—.
Cuéntame qué te preocupa.
Estoy aquí para escucharlo todo.
Sin juicios.
Sin prisas.
Sheryl sintió que algo dentro de ella cedía.
—Discutí con alguien —confesó—.
Y…
me cansé.
Me cansé de sentir que estoy esperando algo que no llega.
Me cansé de que decidan por mí.
Cassian apoyó un codo sobre la mesa, inclinado hacia ella con atención absoluta.
—Las personas que te piden que esperes suelen estar escondiendo sus propios miedos —dijo—.
No tu fragilidad.
Sheryl tragó saliva.
—Él cree que me protege.
Cassian negó suavemente.
—Proteger no es encerrar.
Ni frenar.
Ni limitar.
Proteger es acompañar mientras avanzas.
Si te detienen…
no te están protegiendo.
Se protegen ellos mismos.
Sheryl sintió un nudo en la garganta.
—Él piensa que me va a romper.
Cassian la observó un segundo, con seriedad.
—Sheryl, tú no eres rompible.
La frase cayó como una caricia que nadie le había dado antes.
Cassian acercó su vaso, chocándolo suavemente con el de ella.
—A ti se te acompaña —continuó—.
No se te encierra.
Y no se te hace esperar en un pasillo emocional.
Tú mereces a alguien que esté listo…
hoy.
No “algún día”.
La mirada de Sheryl se prendió de él.
Cassian no estaba coqueteando.
Estaba viendo dentro de ella.
—¿Y tú?
—preguntó ella, suave, casi tímida—.
¿Qué buscas?
Cassian sostuvo su mirada sin pestañear.
—Busco una mujer que se conozca a sí misma.
Que no tema sentir.
Que no se esconda para hacer más cómodo el mundo de otro hombre.
Y…
—su voz bajó un tono, casi un roce— …alguien con quien hablar sea tan fácil como respirar.
El corazón de Sheryl dio un vuelco.
Había pasado la vida con chicos que temían sentir demasiado.
Y ahora tenía frente a ella un hombre que no temía sentir y no temía decírselo.
Sheryl sonrió.
—Creo que necesitaba una noche así —dijo.
Cassian levantó su vaso.
—Brindo por eso.
Los vasos chocaron.
La música siguió.
La rabia se fue diluyendo.
Y la noche empezó a convertirse en un lugar donde Sheryl podía respirar.
No había besos.
No había urgencias.
No había exigencias.
Solo la sensación intensa, exquisita, adulta…
de estar siendo descubierta por alguien que sabía exactamente cómo mirar.
__________________________________________________ Sheryl había entrado al auto con Cassian.
La puerta se cerró.
El auto negro arrancó.
Y algo dentro de Valentino explotó.
Literalmente explotó.
—¡Dame las llaves!
—rugió, dirigiéndose a Derek—.
¡VOY A MATARLO!
Derek ni siquiera tuvo tiempo de contestar antes de que Val le arrancara las llaves de la mano.
Pero Derek se las arrebató de vuelta de un manotazo.
—No, Valentino —respondió él, con la voz más grave que Kayce había oído jamás.
Valentino estaba ebrio, rojo, temblando, con esa ira que solo aparece cuando el corazón sangra y el orgullo no procesa el golpe.
—¡DAMELAS!
¡LA VOY A TRAER DE VUELTA!
—gritó, avanzando contra Derek como si fueran a pelear en el estacionamiento.
Kayce apareció en medio antes de que algo peor ocurriera.
—Val —dijo, firme, plantándose como un general frente a dos bestias—.
¿En serio crees que este show de celos va a hacer que Sheryl vuelva a tus ebrios brazos?
Val se quedó sin aire.
Kayce no esperó respuesta.
—Crece —continuó, sin piedad—.
Y sube.
Cuéntanos qué hiciste.
Porque esto…
—lo señaló de arriba abajo— …es vergonzoso.
Derek tomó a Val del antebrazo como si fuera un objeto pesado y lo empujó hacia el ascensor.
Subieron los tres.
Y apenas llegaron al departamento, Val se dejó caer en el sillón, respirando como si hubiese corrido kilómetros.
Tenía los ojos vidriosos, la voz quebrada.
—Yo…
—intentó decir—.
Sheryl…
yo solo…
—¿QUÉ hiciste?
—exigió Kayce.
Val tragó saliva.
—Le dije que no estaba lista —admitió, casi inaudible—.
Que yo tampoco.
Que…
podía romperla.
El silencio cayó como una guillotina.
Kayce parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
Y luego cruzó la sala como una tormenta.
PAF.
El sonido del cachetazo rebotó por toda la mansión.
Val quedó con la cara girada, la mejilla roja, los ojos abiertos como si alguien le hubiera vaciado el alma.
—Eres un imbécil —dijo Kayce, temblando de rabia—.
Un completo imbécil.
¿Cómo puedes ver a Sheryl como si fuera incapaz?
¿Cómo puedes infantilizarla así?
¡La estás apagando!
¡La estás haciendo sentir pequeña!
¡La haces dudar de sí misma!
Val apretó los ojos.
—No quería…
no quise— —¡CÁLLATE!
—lo cortó ella—.
Ojalá Cassian le dé el espacio, la seguridad, la claridad, TODO lo que tú no sabes darle.
Ojalá la haga brillar.
Ojalá la trate como la mujer que es.
Porque tú…
—lo señaló con un dedo tembloroso— …tú estás tan roto que ni siquiera puedes verla sin proyectar tus miedos.
Val se hundió más en el sofá, como si quisiera desaparecer.
—Tenía razón…
—susurró—.
No la merezco.
Kayce avanzó para golpearlo otra vez, pero una mano enorme la detuvo.
Derek.
—Kayce —advirtió él—.
Basta.
Ella intentó soltar el brazo, furiosa.
—¡NO!
¡Tiene que escucharlo!
Tiene que entender que está arruinando algo hermoso porque es un cobarde.
UN MALDITO COBARDE.
Derek apretó un poco su agarre.
—Basta —repitió.
Kayce respiró hondo, con lágrimas de impotencia quemándole los ojos.
—Arréglalo —le dijo a Derek—.
Hazlo reaccionar.
O perderá a Sheryl para siempre.
Y yo no voy a defenderlo.
Y se retiró a su habitación, cerrando la puerta con fuerza.
Quedaron solo ellos dos.
Derek y Valentino.
Hombre frente a hombre.
Sin testigos para suavizar nada.
──────────────────────── Val se cubría la cara con las manos.
—La perdí —murmuró—.
La perdí…
yo solo.
—Sí —respondió Derek, sin adornos—.
La perdiste tú solo.
Val levantó la vista con un brillo febril.
—No me hables así.
No ahora.
Derek dio un paso hacia él.
—Te lo advertí —dijo—.
Te dije que, si no reaccionabas, si no crecías, si no dejabas de esconderte detrás de tus fantasmas, algún otro iba a verla.
A quererla.
A elegirla.
Y ese hombre iba a ser mejor que tú.
Val respiró hondo.
—No me digas eso, Derek.
No puedo con eso.
—Pues juega a ser adulto de una vez —disparó Derek—.
Porque Sheryl está saliendo adelante.
Y tú sigues esperando permiso para sentir.
Nadie va a darte permiso.
Val se puso de pie, tambaleándose.
—No es tan fácil.
—¡SÍ LO ES!
—rugió Derek—.
¡Sí lo es, mierda!
¡Tú eres el que lo complica todo!
Ella te amaba a su manera, te abría la puerta todos los días y tú…
¡tú le cerrabas la ventana en la cara!
Val gritó: —¡TENÍA MIEDO!
Y Derek lo miró con un desdén brutal.
—Pues tu miedo la empujó a los brazos de alguien que no teme.
Valentino sintió eso como un golpe.
Literal.
Pero el golpe real vino después.
Derek dio un paso.
Y lo fulminó con un puñetazo directo al pómulo.
Val cayó al sofá como si le hubieran apagado las piernas.
—¡¿QUÉ MIERDA TE PASA?!
—gritó Val, tocándose la cara.
—Tenía que hacerlo —respondió Derek, respirando agitado—.
Porque no estás entendiendo nada.
NADA.
Val empezó a llorar.
No suave.
No bonito.
No poético.
Lloró como lloran los hombres cuando todo se les derrumba adentro: sin aire, sin orgullo, sin estrategia.
—Me odio —dijo, con la voz rota—.
Me odio, Derek.
¡Me odio!
No puedo…
no puedo ser lo que ella necesita.
La pierdo.
Siempre la pierdo.
No quiero perderla.
No quiero…
Derek lo abrazó.
Con fuerza.
Con rabia.
Con desesperación.
Val hundió la cara en su hombro.
Derek apretó los dientes para no quebrarse también.
—Te tengo, hermano —dijo, con la voz gruesa—.
Aunque la cagues mil veces, te tengo.
Pero escucha.
ESCÚCHAME.
O maduras…
o Cassian se la lleva para siempre.
Val tembló entero.
—No puedo perderla, Derek…
—Entonces deja de huir —susurró Derek—.
Porque ya empezó la pelea.
Y tú ni siquiera estás en el ring.
________________________________________________ Derek ayudó a Valentino a llegar a su habitación.
El golpe lo había mareado, pero era el agotamiento emocional lo que lo mantenía vencido, respirando irregular.
La habitación de Derek era amplia, oscura, sobria.
Cama grande, sábanas impecables, cortinas pesadas que invitaban a dormir durante siglos.
Depositó a Val allí.
—Duerme —murmuró Derek, acomodándole la cabeza—.
Mañana hablaremos.
Val, medio inconsciente, susurró: —No cometas mí mismo error…
Derek cerró los ojos un instante.
Ese miedo era un espejo cruel.
Le acomodó la manta encima.
Apagó la luz.
Cerró la puerta suavemente.
Y entonces, al girarse…
Kayce estaba allí.
Apoyada contra la pared del pasillo, con los brazos cruzados y la mirada suave.
Su cabello caía desordenado por los hombros, la cara todavía tocada por la rabia que tuvo esa noche, pero con un brillo nuevo, distinto.
—Escuché los gritos —dijo ella, acercándose despacio—.
Y escuché cómo lo golpeaste.
Derek se pasó una mano por el cabello, cansado.
—No tenía otra forma de hacerlo reaccionar.
—Lo sé —respondió ella, bajando la voz—.
Por eso no me molesta.
Lo estudió un momento.
Él parecía más grande en ese pasillo estrecho, más pesado por dentro que por fuera.
Kayce dio un paso más cerca.
—Val se rompería sin ti —susurró.
Derek apoyó la espalda en la pared, exhalando.
—Sé lo que pasó con Cassian —añadió Kayce.
Él ladeó la cabeza.
—¿Lo sabes?
—Lo sé todo —respondió ella con una leve sonrisa—.
Sheryl no disimula ni aunque quiera.
Ya vienen de camino.
Caminaron hacia el sillón.
Se sentaron uno junto al otro.
Cerca.
Demasiado cerca.
Hubo un silencio pequeño, amable.
El tipo de silencio que sana.
Pero pronto cambió.
Kayce respiró hondo.
—Derek…
tengo miedo.
Él se enderezó de inmediato, como si cada nervio se tensara.
—¿Miedo de qué?
Ella sostuvo su mirada, y por primera vez…
no provocó, no desafió, no jugó.
Se abrió.
—De convertirme en Sheryl y Val —susurró—.
De esperar algo que quizás nunca llegue.
De quererte sin garantías.
De que tú…
nunca estés listo.
Derek tragó saliva.
—Kayce…
—No quiero vivir así —continuó ella—.
No quiero quedarme en un lugar donde solo recibo migas.
Donde debo darte celos para hacerte reaccionar.
No quiero ser…
entre líneas.
Y tú a veces eres puro entre líneas.
Un músculo en la mandíbula de Derek tembló.
Pocas personas podían desnudarlo así.
Ella lo miró sin moverse.
Derek tomó su mano.
Suave.
Y la llevó a sus labios.
Le besó los nudillos con una delicadeza que quemaba.
—No eres entre líneas —dijo él, sin apartar la boca de su piel—.
No eres una espera.
No eres una promesa a medias.
Kayce sintió cómo el cuerpo entero le cambiaba la temperatura.
Derek subió un poco más la mano, dejando un segundo beso sobre su muñeca.
—Lo que sienta por ti llegará —susurró contra su piel—.
Pero quiero hacerlo bien.
No quiero confundirte, no quiero darte migas.
Quiero estar seguro…
antes de lanzarme contigo sin frenos.
Kayce sintió un temblor dulce, un alivio inesperado.
Un hombre que se contenía no por miedo, sino por respeto…
era un arma mortal.
—¿Y si yo no quiero esperar a que estés seguro?
—preguntó ella, muy suave.
Derek acercó la frente a la de ella.
—Entonces…
—respiró hondo— …tendré que apurarme.
Kayce soltó una risa chiquita, incrédula.
—Ven —le dijo.
Ella dudó un segundo.
Luego, apoyó la cabeza en su hombro.
Y Derek…
bajó la propia sobre la de ella, cerrando los ojos, como si descansar ahí fuera la primera paz del día.
—Estás haciendo esto más difícil —murmuró Kayce.
—Lo mismo pienso de ti —respondió él, casi sonriendo.
El silencio que siguió fue perfecto.
Un silencio que construía algo.
Algo que ya no podían detener.
──────────────────────── La música suave del bar seguía vibrando en el pecho de Sheryl mientras Cassian conducía de regreso.
El auto olía a cuero nuevo, a perfume masculino, a noche de promesas.
Cassian estacionó frente al edificio de Derek y bajó el volumen de la radio.
—Gracias por dejarme acompañarte esta noche —dijo él, con esa voz tranquila, profunda.
Sheryl sonrió, apoyando las manos en su falda.
—Gracias por venir.
Fue…
un respiro.
Cassian giró hacia ella, sin invadir, pero con atención total.
—Eres una mujer muy fácil de disfrutar —dijo, con honestidad que la desarmó—.
No solo por tu belleza…
sino por tu mente.
Por cómo preguntas.
Por cómo escuchas.
No sabes cuánto valoro eso.
Sheryl sintió el alma acomodársele en el pecho.
No era seducción.
Era claridad.
—Si te soy sincero —continuó él—.
Me gustaría invitarte a cenar formalmente.
No para hablar de los demás.
No para ser un escape.
Sino para conocernos de verdad.
Tú y yo.
Sin ruido alrededor.
Ella lo miró como si estuviera frente a la puerta de una vida que no sabía que existía.
—Acepto —susurró, tímida.
Cassian sonrió, cálido, sin prisa por poseer nada.
—Me alegra oírlo.
Justo entonces, el ascensor se abrió y apareció Derek, cruzado de brazos, serio, protector…
pero sorprendentemente respetuoso.
Cassian bajó del auto.
Le llegó casi a la altura.
Ambos se observaron como dos mundos distintos que, sin embargo, entendían perfectamente de lealtad y territorio.
—Sheryl está a salvo —dijo Cassian, firme—.
Gracias por confiar en que podía traerla.
Derek asintió, seco.
—Gracias por hacerlo.
Sheryl salió del auto.
Cassian le abrió la puerta, ofreciéndole su mano.
Ella la tomó.
Y él…
le besó los dedos, lento, elegante.
—Buenas noches, Sheryl —susurró—.
Descansa.
Mañana te escribo.
Ella sintió el corazón subirle a la garganta.
Cassian subió al auto.
Derek se giró hacia ella.
—¿Estás bien?
—preguntó, bajito.
Sheryl miró el auto alejarse.
Miró la ciudad encenderse.
Miró lo que podría ser el inicio de algo real.
—Sí —respondió ella, respirando hondo—.
Mucho más de lo que esperaba estar.
Y subieron juntos.
La noche todavía tenía sombras.
Y también caminos nuevos.
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