Entre su amor y su obsesión - Capítulo 29
- Inicio
- Todas las novelas
- Entre su amor y su obsesión
- Capítulo 29 - 29 CAPÍTULO 29
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
29: CAPÍTULO 29 29: CAPÍTULO 29 Sheryl despertó con la sensación cálida de un peso ligero encima.
Tardó unos segundos en ubicar dónde estaba.
La habitación de invitados de Derek.
Sábanas limpias.
Luz filtrándose por las cortinas gruesas.
El olor tenue de perfume ajeno.
Y el brazo de Kayce, cruzado sobre su cintura, como si hubiera decidido protegerla incluso dormida.
Sheryl suspiró despacio, para no despertarla.
El celular vibró sobre la mesa de noche.
Lo tomó con cuidado, tratando de no mover demasiado a Kayce.
Mensaje nuevo.
“Cassian” El corazón le golpeó un poco más rápido.
Cuando quieras esa cita, házmelo saber.
Simple.
Claro.
Sin presión.
Sin promesas huecas.
Sin palabras grandes para esconder vacíos.
Sheryl sintió un calor suave en el pecho.
Kayce murmuró algo incoherente y abrió un ojo.
—¿Quién te escribió…?
—balbuceó, con la voz rasposa de recién despierta.
Sheryl apretó el celular contra el pecho, disimulando.
—Nadie importante.
Kayce sonrió, aún medio dormida.
—Si fuera “nadie importante”, no estarías roja.
Cerró los ojos de nuevo y se acomodó más contra ella, pegando la frente a su hombro.
Sheryl miró el mensaje otra vez, dejó el teléfono sobre la mesita y, por unos segundos, se permitió algo peligroso: Esperar cosas buenas.
──────────────────────── Bajaron juntas a la cocina de Derek, en pijama, con cara de resaca emocional más que de alcohol.
La mansión se sentía extraña de día.
Menos amenazante, más grande todavía.
Todo era muy blanco, muy amplio, muy silencioso para las cosas que les dolían por dentro.
Kayce se puso a preparar café con un control que solo tenía cuando se trataba de cosas calientes y peligrosas.
—Sheryl, siéntate.
Hoy te sirvo yo —dijo, abriendo muebles como si viviera ahí.
Sheryl se dejó caer en un taburete de la isla, frotándose la frente.
—No puedo más con él —soltó de pronto.
Kayce se giró, cucharita en mano.
—¿Con Val?
—Con su egoísmo —corrigió Sheryl—, con esa forma de decir que me quiere y después ponerse delante de mi vida como si fuera un semáforo.
Si es amistad lo que quiere, va a tener amistad.
Y nada más.
Nunca.
Kayce sirvió el café, se lo acercó y se acomodó frente a ella.
—Él te adora, Sher.
Eso es verdad.
Pero sí… —frunció el ceño—, esta actuando como un imbécil.
Sheryl miró la superficie oscura del café.
—Siento que siempre estoy esperando a que se atreva —confesó—, y mientras tanto, mi vida no avanza.
Me dice que me protege, pero lo único que logra es hacerme dudar de mí.
—Entonces que se quede con sus dudas —respondió Kayce, sin titubear—.
Tú no tienes por qué vivir colgando de eso.
Hubo un silencio corto, cargado.
Kayce levantó una ceja.
—Y ahora dime lo de verdad importante.
Cassian.
Sheryl no pudo evitar sonreír.
—Es… distinto.
—Quiero detalles clínicos —exigió Kayce.
Sheryl respiró hondo.
—Me escuchó —empezó—.
Todo.
Sin interrumpirme.
Sin decirme que era demasiado.
No trató de arreglarme.
Solo… estuvo ahí.
Es atento.
Es amable.
Me preguntaba cosas como si de verdad quisiera entender quién soy, no lo que fui.
Sus dedos jugaron con la taza.
—Me abrió la puerta del auto, le dije que quería algo tranquilo y escogió el lugar perfecto.
No me hizo sentir pequeña.
Ni frágil.
Ni “pobrecita”.
Me trató como una mujer.
Y anoche me dijo que quería una cita formal.
Conmigo.
No para hablar de otros.
Solo de nosotros.
Y… acepté.
Kayce apoyó la barbilla en la mano, sonriendo grande.
—Amiga.
Eso es un hombre.
Uno que ya se decidió.
Uno que no usa tus heridas como excusa para no moverse.
Sheryl sintió un vuelco pequeño en el estómago.
—Me da miedo —admitió—, pero… también me alivia.
Estar con alguien que no tiene miedo de decir lo que quiere.
—Bueno, hablando de hombres que no saben si quieren vivir o no —resopló Kayce—, Derek.
El nombre quedó flotando unos segundos, diferente.
Kayce bajó la voz.
—Creo que lo tengo más claro con él —admitió—, al menos más que antes.
Pero cada día… cada día me cuesta más resistirme.
Cada vez que baja la guardia y me mira como si fuera lo único que lo calma… siento que me voy a partir en dos.
Sheryl sonrió, cansada, pero sincera.
—Lo supe desde la primera vez que le gritaste “tomatito”.
—Por favor —bufó Kayce—, no arruinemos mi dignidad recordando eso.
Se quedaron un momento en silencio, tomando café en la cocina de un hombre que estaba empezando a convertirse en punto de encuentro.
──────────────────────── El ruido de pasos en el pasillo interrumpió la calma.
Valentino apareció en el marco de la puerta.
Camisa simple, el pómulo aun ligeramente amoratado, el cabello revuelto.
Nada de lágrimas, nada de ojos hinchados.
Solo una expresión seria, contenida, como si se hubiera cosido la piel desde dentro para no desarmarse frente a ellas.
—Buenos días —dijo, con la voz neutra.
Sheryl apretó los dedos alrededor de la taza.
-Buenos días -respondió ella, sin agregar nada.
Kayce levantó una mano a modo de saludo.
Val fue directo a la cafetera, se sirvió café con movimientos tan medidos que parecían coreografiados.
No buscó sus ojos.
No pidió perdón.
No explicó nada.
Solo tomó la taza, asintió en silencio y volvió por el mismo pasillo, hacia la habitación de Derek.
Cuando desapareció, Kayce soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Está aguantando demasiado —murmuró.
Sheryl sostuvo la mirada en el marco vacío.
—No voy a ser yo quien lo rompa —dijo—, pero tampoco voy a ser yo quien se quede aquí mientras se rompe solo.
──────────────────────── Pasó un rato.
El ambiente de la casa cambió de ruido de mañana a ruido de casa habitada: pasos, puertas, agua corriendo, un quejido lejano de cañería, un silencio que se iba acomodando.
Kayce estaba revisando el celular cuando le llegó un mensaje.
Derek.
“Puedes ir un momento a tu habitación?
Val quiere hablar con Sheryl a solas.” Kayce hizo una mueca.
—Ya empezó el capítulo de la humillación masculina —masculló.
Sheryl levantó la vista.
—¿Todo bien?
—Derek quiere que le deje la cancha libre a Val —explicó—, para que hable contigo.
Sheryl se quedó inmóvil un segundo.
—Let’s go —dijo al final, con una ironía cansada.
Kayce se inclinó para darle un beso rápido en la cabeza.
—Si dice alguna estupidez, me llamas.
Y se fue pasillo adentro.
Sheryl se quedó sola en la cocina, con el corazón golpeándole el pecho como si supiera que venía sentencia.
Val apareció unos minutos después.
Se detuvo en la entrada.
—¿Puedo…?
—preguntó.
Sheryl señaló la otra silla de la isla.
—Siéntate.
Él obedeció.
No estaba temblando; ese era el problema.
Era un control que dolía verlo.
—Sheryl… —empezó, apretando la taza que se había llevado antes—.
Yo… lo siento.
No añadió nada más.
Ella lo miró, cansada.
No de él.
De ese “lo siento” que parecía un loop infinito.
—¿Sabes qué es lo peor?
—preguntó ella, con voz suave pero firme—.
Que no dudo de que me quieres.
Lo sé.
Te adoro.
Mucho más de lo que debería.
Pero no puedo seguir así, Val.
No puedo seguir viviendo en la sala de espera de tu miedo.
Él tragó saliva.
—Por favor… —dijo—, no salgas con él.
Sheryl sintió cómo todo dentro de ella se deformaba un instante.
—¿Quieres intentarlo conmigo, entonces?
—preguntó despacio—.
No mañana.
No “algún día”.
Ahora.
¿Sí o no?
Val se quedó callado.
Ni siquiera desvió la mirada.
Pero el silencio fue una confesión brutal.
Sheryl inspiró hondo.
—Eso pensé.
Se levantó despacio.
No estaba temblando ahora.
Estaba… decidida.
—Podemos ser amigos, si realmente es lo que quieres —continuó—, pero no vuelvas a interponerte en mi vida amorosa.
Ya dejaste claro que no perteneces ahí.
No puedes tener opinión sobre algo que no tienes el valor de sostener.
Val cerró los ojos un momento.
El café le tembló apenas en la mano.
-No quiero perderte —susurró.
Ella sintió que eso, precisamente, era lo que más le dolía.
—Entonces no me obligues a quedarme donde tú no quieres entrar —respondió.
Tomó su taza y salió de la cocina antes de que él pudiera intentar otra palabra.
──────────────────────── El desayuno fue una coreografía incómoda.
Derek se movía en su cocina con la eficacia de alguien que necesitaba ocuparse las manos para no pensar: pan en la tostadora, huevos en la sartén, jugo en vasos fríos.
Kayce lo miraba desde la mesa como quien mira una obra de arte en proceso.
Sheryl se sentó frente a Val.
Él apenas levantó la vista.
Había algo nuevo en su expresión: no solo dolor, sino una especie de aceptación silenciosa, resignada.
Derek dejó los platos en la mesa.
—Coman —dijo simplemente.
El sonido de cubiertos fue lo único que llenó el aire por unos minutos.
Val respiró hondo.
—Sheryl, yo… —intentó.
Debajo de la mesa, un golpe seco contra su pierna lo interrumpió.
Val lo miró, dolorido.
Derek no lo miraba, pero su mensaje era claro: ahora no.
Kayce elevó las cejas, harta.
—Deberíamos poner música de fondo para que al menos la tensión tenga soundtrack —murmuró.
Nadie respondió.
──────────────────────── Fue Kayce quien prendió fuego.
No a propósito.
O sí.
Con ella nunca quedaba claro.
Se inclinó hacia Sheryl, con el tono más casual que pudo.
—¿Cassian te mandó mensaje?
Sheryl se tensó un segundo.
El reflejo de la culpa.
El tirón invisible que decía “Val está aquí”.
Luego recordó la conversación de la cocina.
Y la rabia silenciosa hizo su trabajo.
—Sí —respondió, tranquila—.
Fue una noche hermosa.
El impacto fue inmediato.
Val hizo ademán de levantarse de golpe, la silla arrastrándose un poco hacia atrás.
Derek, sin siquiera levantar la vista de su plato, estiró la mano y lo empujó de vuelta por el hombro.
—Baja —murmuró, apenas audible.
Los músculos de la mandíbula de Val se marcaron como piedra.
Pero obedeció.
Kayce escondió la sonrisa detrás del vaso.
“Hermosa”, repitió en su cabeza, saboreando la palabra.
A Sheryl le hacían falta más noches hermosas y menos noches en suspenso.
──────────────────────── Después del desayuno, la mansión se convirtió en algo raro y casi tierno: Cuatro personas compartiendo el mismo espacio, cada una en su burbuja, pero negándose a dispersarse.
Kayce se instaló en el sillón con su cuaderno de dibujo.
Lápiz en mano, piernas cruzadas, el pelo recogido de forma caótica.
Sheryl se sentó a su lado con su libreta.
Escribir era la única forma de entenderse sin gritar.
Valentino se acomodó en el suelo, frente a ellas, con su propio cuaderno de bocetos.
Parecía un estudiante aplicado.
El ceño fruncido, el lápiz moviéndose sin parar.
Resignación en postura de trabajo.
Derek se sentó en la mesa, un libro de nutrición abierto frente a él.
Subrayaba de vez en cuando, pero miraba más de lo que leía.
Había algo casi familiar en el silencio.
Como si fueran una pequeña comunidad en cuarentena emocional.
El tiempo pasó.
Y entonces, el celular de Sheryl vibró sobre el sillón.
Ella lo tomó por reflejo.
Mensaje.
Cassian.
Era una foto.
El mismo bar de anoche.
Pero vacío, de día.
Luz ambarina entrando por las ventanas.
Mesas limpias.
Sillas ordenadas.
Un lugar que parecía diferente al de la noche, pero igual de acogedor.
Pensé que también te gustaría verlo de día.
Sheryl sintió que el pecho se le llenaba de algo suave.
Kayce, sin decir nada, recostó la cabeza en su hombro para mirar la pantalla con ella.
—Está jugando en ligas altas —susurró, impresionada.
Sheryl sonrió pequeña.
—Me encanta —admitió, en voz baja.
Derek levantó la vista del libro.
Las vio a las dos, juntas, mirando el celular.
Esas sonrisas que no les veía desde hace tiempo.
El gesto de Sheryl, más ligera.
El brillo en los ojos de Kayce, feliz por su amiga.
Volvió al libro… pero no lo leyó.
Sabía que Cassian no era solo una amenaza romántica para Val.
Era un punto de inflexión.
Hombres así traían otros mundos.
Otros ambientes.
Otra vida que podía alejar a esas dos mujeres del pequeño refugio que habían creado juntos.
Val, en el suelo, no miró.
Pero escuchó.
Y el silencio que mantuvo fue, por primera vez en mucho tiempo, un acuerdo interno.
Voy a ser mejor.
No porque crea que aún la merezco, pensó, con el lápiz apretado entre los dedos, sino porque ella merece la mejor versión de cualquiera que la tenga cerca.
Incluso si ya no soy yo.
Afuera, el día seguía.
Adentro, sin que nadie lo dijera en voz alta, el tablero ya no era el mismo.
Y las próximas jugadas iban a doler.
O a sanar.
O las dos cosas a la vez.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com