Entre su amor y su obsesión - Capítulo 3
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3: Capítulo 3 3: Capítulo 3 Sheryl corrió tras él sin pensarlo.
Alcanzó a tocar su hombro, temblando.
Luca se detuvo.
Cerró los ojos como si necesitara fuerza para no gritar.
Luego la tomó del brazo y, sin una palabra, la arrastró hasta un aula vacía.
La empujó hacia dentro y la soltó.
Pasó ambas manos por su cabello, agotado.
Destruido.
—¿A qué estás jugando?
—preguntó, dándole la espalda—.
Te disculpas, te metes con otro, vuelves a mí…
¿Por qué no me dejas en paz?
¿No crees que ya hiciste suficiente?
Sheryl sintió cómo las lágrimas le quemaban la garganta.
—¿Hasta cuándo…?
—susurró—.
¿Cuánto tiempo más debo sufrir para que me perdones?
¿Hasta cuándo vas a castigarme?
Luca se volteó tan rápido que Sher retrocedió sin pensarlo.
La pared la detuvo.
Él avanzó, con pasos pesados, y sus ojos…
Dios.
Esos no son los ojos de mi Luca.
No son los que amo.
¿Dónde estás?
—¿Tú crees que disfruto esto?
—estalló, acercándose más—.
¿Crees que quiero castigarte?
¿No se te ocurrió pensar —la tomó del rostro con firmeza— que cada vez que veo tus ojos me odio más?
Porque sigo siendo débil contigo.
Porque eres veneno Sheryl.
Apretó un poco más.
—Eres veneno cuando intento olvidarte —susurró—.
Pero cuando me borro para no recordar aquel día…
eres la cura.
La única.
La soltó como si quemara.
Dio un paso atrás, respiró hondo su perfume, y caminó hacia la puerta.
—Haznos un favor —dijo, sin mirarla—.
Déjame en paz.
De una maldita vez.
La puerta se cerró con un golpe seco.
Sher quedó ahí, mirando el techo, intentando frenar el llanto.
Y entonces, como siempre que el dolor la sobrepasaba…
se desconectó.
El mundo desapareció.
Cuando volvió en sí, ya estaba en su departamento.
El tiempo perdido la asustó.
No había tenido un episodio así en meses.
Reprodujo el día en su mente como una película difusa.
Clases.
Pasillos.
Café.
Nada fuera de lo normal.
Excepto…
Val.
No estaba en ningún recuerdo.
Pasaron días.
No volvió a verlo.
Sheryl tampoco se atrevió a tocar su puerta.
Kayce le dijo que no había aparecido en clases.
No escribió.
Ella tampoco.
No entiendo esta sensación.
No pasó nada…
pero siento que pasó demasiado.
Fin de semana.
Sher subió las escaleras agotada.
Su cuerpo pedía cama, silencio, olvido.
Y entonces lo vio.
Valentino recostado contra su puerta.
Cabello rapado.
Polerón negro.
Mirada seria.
El golpe en su pecho fue inmediato.
—¿Ya no usamos el pelo punky…?
¿Por qué te rapaste?
—preguntó, intentando sonar ligera.
Ni una sonrisa.
Se movió para que abriera la puerta y la siguió.
—¿Llevas mucho tiempo esperándome?
—intentó nuevamente.
—No finjamos que te importa —dijo él, tirándose en el sillón como si fuera suyo.
Sheryl frunció el ceño.
Definitivamente está enojado.
—Val, si es por lo que pasó ese día…
debí hablar contigo.
Lo siento.
Te dejé ahí con todo lo que me compraste.
Déjame pagártelo, por favor.
—Valentino —corrigió él, sin mirarla—.
Te guardé el trozo de pastel que te había comprado.
Pensé que tal vez tocarías mi puerta.
Se echó a perder.
Sheryl se quedó en silencio.
Eso…
era lo más dulce que alguien había hecho por ella en mucho tiempo.
—Lo siento, Val.
De verdad.
—Valentino.
Ella sonrió apenas.
—Val…
déjame compensarte.
¿Qué te parece si te hago un pastel?
Lo comemos juntos, con café y un tabaco.
Si me lo permites.
Eso lo quebró un poco.
—¿Con triple dosis de café?
¿Y me compartirás de tu tabaco?
—Todos los que quieras.
Están en esa cajita sobre la mesa.
Él tomó uno.
Luego la miró en silencio.
—No quiero fumarlo así —dijo acercándose—.
Quiero que lo prendas tú.
—¿Y eso por qué?
—Porque quiero tu saliva en él.
Sheryl parpadeó.
Valentino ya estaba frente a ella, tabaco entre sus labios.
No podía apartar la mirada.
La forma en que él la observaba…
Como si fuera el fruto prohibido.
Puso el tabaco en su boca con una lentitud indecente.
Ella no se movió.
Se lo encendió.
Le dio la primera calada.
Valentino se lo quitó.
Lo pasó por sus labios, saboreándolo, y lo probó también, sin romper el contacto visual.
—Wow…
—susurró ella.
—Suelo causar esa sensación en la gente —respondió él, orgulloso, caminando hacia el balcón.
Se sentó.
Sonrió apenas.
Ella lo acompañó de inmediato sentándose junto a él.
—Extrañaba escucharte, Sher.
Esta semana me di cuenta de que tu voz…
se convirtió en costumbre.
En una que necesito más de lo que me gustaría admitir.
Sher tragó saliva.
Culpa.
Culpa.
Culpa.
Ella amaba a Luca.
Esto estaba mal.
Tenía que alejarse.
Pero al mirarlo otra vez…
esos ojos.
Gris.
Verde.
¿Azul?
¿Cómo podían cambiar de color con la luz del atardecer?
Valentino se inclinó hacia ella.
Su instinto gritó peligro.
Ella retrocedió.
Su mirada lo dijo todo: no puedo.
Valentino sonrió triste.
—Lo sé.
No digas nada.
Me habría gustado que las cosas fueran distintas…
pero tengo un talento para llegar tarde a la vida de la gente.
Vieron como el cielo moría en colores.
El silencio era absoluto.
Y luego la luna cayó sobre ellos, iluminándolos con cierto aire de romance.
—Valentino…
—susurró ella—.
¿Crees que en otra vida…?
—Sí —la interrumpió con devoción absoluta—.
En las pasadas.
Y en las siguientes.
Ella extendió su meñique sin pensarlo.
Un gesto infantil.
Íntimo.
Imposible de controlar.
Él tomó su mano…
y la besó.
Un beso tan suave que la dejó helada.
—Aún quiero ese café, Cherry Pie.
—Entonces ven conmigo.
Está helando aquí.
Entraron y Valentino encendió otro tabaco.
Sheryl lo miró con algo parecido a decepción.
Es mejor así Sheryl, en otra vida.
Mientras preparaba el café, reunió valor para preguntar.
—Val…
dijiste que no te gustaba el contacto.
Pero conmigo…
—Tus manos no me molestan —respondió él, sentado frente a ella—.
Tampoco lo hicieron aquella vez que me tocaste la boca.
Me sorprendió lo…
bien que se sintió.
No siento malicia en ti.
Y sé que tú tampoco la sientes en mí.
Hizo una pausa.
—Pero también sé que vas a hacerme sufrir.
Ella dejó la taza a medio camino.
—¿Qué…?
—Jamás había querido tanto la atención de alguien en tan poco tiempo.
Me refiero a desear.
No…
no es solo deseo.
Eso es lo peor.
Lo enfermizo.
Lo inexplicable.
¿Enamorarme en un mes?
Perdí la cabeza.
Sher tembló.
Se obligó a mirar la taza en vez de sus ojos.
Esto no puede ser amor.
No otra vez.
No sobreviviré a otro.
Ella tomó sus manos con suavidad.
Val contuvo el aliento.
—Pensé que no eras pintor —susurró, intentando cambiar de tema.
—Porque mis manos no están manchadas, ¿cierto?
Ella asintió.
Él sonrió con tristeza.
—Hace mucho que perdí la inspiración.
Puedo pintarte lo que quieras…
talento me sobra.
Pero un pintor sin musa no es nada.
Y tú…
—la recorrió con la mirada, lentamente— eres perfecta.
Demasiado perfecta para pintarte.
Sería un pecado intentar capturarte en un lienzo.
Nada te haría justicia.
Ella se quedó paralizada.
—Siempre quise escribir —continuó él—.
Algo hermoso.
Algo que hiciera sonrojar a Dios y al Diablo.
Y contigo en mente…
creo que podría.
Sheryl sintió un nudo en la garganta.
Temblaba.
Valentino lo notó.
Se sacó el polerón, rodeó la barra y le indicó que levantara los brazos.
Ella obedeció.
—Val…
estamos en mi departamento.
Podría buscar algo yo misma.
—Shh —la cubrió con su polerón—.
No he terminado.
Le acomodó la prenda con delicadeza.
—A ti no puedo dibujarte.
Pero sí puedo escribirte.
No me importa la gramática ni las reglas…
hay cosas que existen fuera de ellas.
Tú eres una de esas cosas.
Sheryl rompió en llanto.
Valentino tomó su rostro entre sus manos.
Ella no pudo huir de esos ojos.
—Perdón…
—sollozó—.
Perdón por no poder corresponderte.
Él la abrazó.
Fuerte.
Tierno.
Protector.
—No llores.
Nada es tu culpa.
Llegué tarde.
Eso es todo.
—Mis palabras sí te hieren…
—No.
Nunca.
La sostuvo así.
Hasta que ella dejó de temblar.
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