Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Entre su amor y su obsesión - Capítulo 30

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Entre su amor y su obsesión
  4. Capítulo 30 - 30 CAPÍTULO 30
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

30: CAPÍTULO 30 30: CAPÍTULO 30 Sheryl caminaba por el campus con la mochila colgando floja de un hombro, el celular en el bolsillo, la mente repartida entre el mensaje de Cassian, la estupidez de Valentino y la sensación, nueva y peligrosa, de estar… avanzando.

Pero el pasado decidió salirle al encuentro.

—Sheryl.

La voz la detuvo de golpe.

No la confundió.

No había forma de confundirla.

Se giró.

Luca estaba ahí.

Mochila al hombro, el pelo un poco más largo, la misma expresión que siempre había tenido… solo que ahora había algo más: una incomodidad real, una culpa que no le conocía.

Por un segundo, el tiempo se plegó.

El día que la dejó plantada.

El café que se enfrió.

La conversación que nunca ocurrió.

—Hola —dijo ella, neutral.

Él la miro con curiosidad.

No era la actitud que esperaba.

—Te debo una disculpa —empezó—.

No… no estuve bien, Sheryl.

Lo sé.

Desaparecer así, dejarte esperando.

No fue… —buscó la palabra— …no fue correcto.

Ella lo miró en silencio.

Antes, esa frase la habría roto.

Hoy solo… dolía distinto.

—No fue —admitió, sin suavizar—.

Pero ya pasó.

Luca la estudió.

Y ahí lo sintió.

No era la misma.

No era la chica que él había dejado a medio camino, siempre atenta a sus horarios, pendiente de sus mensajes, esperando sus migajas de tiempo.

Había algo distinto en sus ojos: Más luz.

Más borde.

Más vida propia.

—Te ves… diferente —dijo, antes de poder morderse la lengua.

Sheryl enarcó apenas una ceja.

—¿Diferente bien o diferente mal?

Luca sonrió, casi nervioso.

—Bien —respondió—.

Muy bien.

Más tú.

No sé cómo explicarlo.

Hubo un silencio que, en otro tiempo, habría sido incómodo.

Ahora fue solo espacio.

Él respiró hondo.

—Sé que no puedo borrar la descortesía —continuó—.

Pero me gustaría compensarte, al menos un poco.

¿Te parece si…?

—se aclaró la garganta— ¿si almorzamos mañana?

En mi casa.

Yo cocino.

Nada raro.

Solo… hablar.

Como antes.

O como ahora.

Intentar esa conversación que tenemos pendiente.

Sheryl lo miró fijamente.

Su antiguo objetivo estaba ahí enfrente, ofreciéndole justo lo que ella había deseado tanto tiempo: estar con él, sin ruido, sin terceros, sin excusas.

—Mañana —repitió ella, pensándolo en voz alta—.

¿A qué hora?

Luca pareció contener un suspiro de alivio.

—¿Te parece a la una?

Así tienes toda la tarde libre después.

Una.

Y ella ya tenía una cena pendiente que aún no tenía fecha concreta.

El corazón le dio un vuelco raro, mezcla de vértigo y anticipación.

—Está bien —aceptó—.

A la una.

Luca sonrió, más seguro.

—Perfecto.

Te haré algo delicioso—dijo—.

Ya sabes dónde queda.

—Si, lo sé.

Se despidieron con un gesto mínimo.

Cuando él se alejó, Sheryl se quedó un segundo quieta, sintiendo el efecto retardado de lo que acababa de pasar.

Había entrado a esa universidad para recuperarlo.

Y justo cuando empezaba a soltarlo… él la invitaba a su mesa.

El universo, decidido a complicarle la agenda.

Sheryl suspiró, se acomodó la mochila y siguió caminando.

Mañana almorzaría con su pasado.

Y aún no sabía que también cenaría con su posible futuro.

──────────────────────── El gimnasio comenzaba a oler a casa para las chicas, cada vez más cómodo.

Sheryl y Kayce entraron juntas, la primera con el pelo recogido en un moño desordenado, la segunda con su coleta alta de batalla, short negro y top.

Derek estaba en un rincón, revisando vendas.

Hizo como si no las viera.

Fracasó.

La mirada se le fue directa a Kayce, como siempre: primero a su postura, a sus piernas, luego a su cuello, después a su boca y, por último, a sus ojos, como si con eso pudiera disimular el recorrido.

La mandíbula se le tensó sola.

Kayce lo notó.

Y esta vez no sonrió provocadora.

Solo sostuvo su mirada un segundo, seria, antes de distraerse con su botella de agua.

Eso lo descolocó más.

Angelo apareció desde la oficina con su cuaderno de notas, la chaqueta de entrenador abierta y esa expresión perpetua de “aquí nadie vino a hacer turismo”.

—Hoy vamos a trabajar en serio —anunció—.

No quiero a nadie flojo.

Se giró hacia Derek.

—Tú te encargas de Sheryl.

Quiero su guardia igual de bonita que su cara.

Luego sparring con tu amigo, si aparece.

Luego se volvió hacia Kayce.

—Y tú, morena, hoy con Mateo.

Él sabe enseñar.

Tú sabes pegar.

Ganan los dos.

Además, necesita un descanso, esa lesión debe reposar.

Derek levantó la cabeza demasiado rápido.

—¿Con quién?

—soltó.

—Con Mateo —repitió Angelo, sin darle importancia—.

No empecemos de nuevo.

Mateo ya estaba golpeando el saco al fondo, sudor recién aparecido, vendas a medio poner, sonrisa lista para salir.

Kayce sintió cómo el aire cambiaba.

Sheryl, a su lado, estaba encantada con la dinámica de esos dos.

—Vamos, tomatito —susurró Kayce mientras pasaba junto a él—.

No te distraigas.

Y se fue hacia Mateo.

Derek la siguió con la mirada.

No debía.

Pero lo hizo.

──────────────────────── Sheryl se colocó las vendas en silencio.

Derek se paró frente a ella, serio, intentando fingir que la mitad de su cerebro no estaba concentrado en Kayce a dos metros de distancia.

—Sube la guardia —ordenó.

Ella obedeció.

Él le acomodó las muñecas, con esa firmeza cuidadosa que había aprendido a usar con ella.

—No te tapes la cara solo por miedo —dijo—.

Tápala por estrategia.

Si peleas desde el miedo, te cansas el doble.

—Como en la vida —murmuró Sheryl.

La esquina de su boca se levantó apenas.

—Como en la vida —repitió.

Un golpe contra el saco, al fondo, arrancó su atención.

La risa suave de Kayce lo terminó de quebrar.

Mateo estaba cerca de ella, enseñándole combinaciones, jugueteando, cerca.

Muy cerca.

—Gira más la cadera —le decía—.

Así aprovechas toda tu fuerza.

Kayce fruncía el ceño, concentrada.

No lo estaba provocando.

Solo estaba aprendiendo.

Y eso, precisamente eso, enfermaba más a Derek.

No era un juego.

No era teatro para darle celos.

Era un chico real, con interés real, admirando a la mujer que lo volvía loco.

Sheryl siguió su mirada.

—Relájate —susurró—.

Me estás apretando la muñeca como si fuera el cuello de alguien.

Él la soltó de inmediato.

—Perdón.

—No tienes que disculparte conmigo —dijo ella, subiendo la guardia otra vez—.

Solo recuerda que, si rompes algo, Angelo te va a hacer pagar el saco nuevo.

Derek resopló, obligándose a centrarse.

—Uno-dos —indicó.

Sheryl golpeó.

El impacto fue limpio.

Más fuerte que antes.

Tenía rabia acumulada.

Y estaba empezando a usarla bien.

──────────────────────── En el ring, Angelo miraba a Valentino como se mira un auto caro que alguien ha dejado oxidarse.

—Súbete —ordenó, sin preliminares.

Val subió.

No discutió.

No bromeó.

No huyó.

Se puso el bucal, levantó la guardia.

Angelo se colocó las manoplas.

—Hoy vas a sudar hasta olvidar tu nombre —anunció—.

A ver si así recuerdas quién eres en serio.

El primer jab fue suave.

Val lo esquivó sin pensar.

El segundo fue más rápido.

Val inclinó el torso, el golpe pasó rozándole el hombro.

El tercero fue un cruzado al cuerpo.

Val lo vio venir un segundo antes, pero el cuerpo no lo siguió y bajó el codo un segundo después.

No hizo ninguna mueca de dolor.

Se mantuvo estoico, esperando el próximo.

Angelo sonrió con una satisfacción incómoda.

—Tienes más reflejos que todos estos niños —gruñó—.

Y aun así te pasas la vida escondiéndolos.

Val respiraba ya un poco más rápido, pero sus ojos estaban más despiertos que hacía días.

—Otra vez —dijo, sin que se lo pidieran.

Angelo lo complació.

Gancho.

Jab.

Cruzado.

Finta.

Cambio de ritmo.

Val empezó a sudar de verdad.

El cuerpo reclamaba, pero algo adentro estaba… agradecido.

—Más —pidió.

Angelo no tuvo piedad.

—No estás peleando contra mí —escupió—.

Estás peleando contra la imagen que tienes de ti.

Y estás perdiendo.

¡MÍRAME!

Val lo miró.

—Vas a venir todos los días —dictaminó Angelo—.

Hasta que recuerdes cómo se pelea de frente.

En el ring y afuera.

Val sonrió con la boca llena de aire.

—Trato.

Y esta vez, lo dijo en serio.

──────────────────────── La clase estaba en pleno caos hermoso cuando la puerta del gimnasio se abrió.

El ruido bajó un par de escalones.

Cassian entró como si la luz lo siguiera.

Pantalón oscuro, camisa remangada, reloj caro, el tipo de presencia que hace que la gente se haga a un lado sin saber por qué.

No era ostentación.

Era costumbre.

—Pero si es el abogado del diablo—comentó Angelo desde el ring—.

Creí que habías abandonado este tugurio.

Cassian sonrió de verdad.

—Nunca abandono donde aprendo —respondió, acercándose—.

Necesito agendar más clases privadas.

Estoy oxidadísimo.

Angelo bajó del ring, se secó el sudor con una toalla, le estrechó la mano con fuerza.

—Cuando quieras.

Tú entrenas martes y jueves conmigo.

Temprano.

Antes de que lleguen estos renacuajos.

—Perfecto —dijo Cassian—.

Prometo traer café decente.

—Más te vale —gruñó Angelo, pero el brillo en sus ojos era aprecio genuino—.

Y pásate más seguido.

El boxeo te queda mejor que el rugby, siempre te lo he dicho.

Cassian rio bajo.

Mientras hablaban, una parte de su atención ya se había desprendido.

No hacia las cuerdas.

No hacia los sacos.

Hacia ella.

Sheryl estaba frente a un saco, manos vendadas, el pelo recogido, la frente perlada de sudor.

Lanzaba combinaciones con una concentración que él reconocía de otros contextos: la de alguien que está aprendiendo a habitar su propio cuerpo.

Derek estaba cerca, corrigiendo su guardia.

Val, desde el ring, había visto la entrada.

Y ahora veía lo que venía después.

Cassian se despidió de Angelo con un último apretón de manos.

—Nos vemos, profesor.

—Aquí te espero, millonario —respondió Angelo, dándole una palmada en el hombro.

Cassian caminó hacia el centro del gimnasio.

Derek y Val se cruzaron con él a mitad de camino.

—Derek —saludó Cassian, cortés, sin falsa confianza.

—Cassian —respondió él, con una cortesía que tenía filo—.

¿Entrenando también?

—Eso intento —dijo Cassian—.

No quiero que el trabajo de escritorio mate el resto.

Sus miradas se cruzaron el tiempo suficiente para entender que los dos sabían exactamente quién era el otro en el tablero.

Val solo asintió con la cabeza.

—Valentino —comentó Cassian—.

Entrenan duro, por lo que veo.

—La vida también pega —respondió Val—.

Hay que agarrar ritmo.

Cassian sonrió, breve.

—Tiene sentido.

Los tres se dieron espacio con una educación impecable.

Solo el aire entre ellos fue violento.

──────────────────────── Sheryl lanzó un cruzado más y dejó que el saco se balanceara.

—Muy bien —dijo Derek acercándose—.

Mejor postura.

No estás huyendo del golpe.

Lo estás dando.

Quédate con esa idea.

Ella sonrió, respirando agitada.

—Lo intento.

—Se nota —respondió él.

Sus ojos se movieron un segundo al costado.

Y lo vio.

Cassian, caminando directo hacia ellos.

La respiración de Sheryl cambió de ritmo.

Derek dio un paso atrás.

Cassian llegó hasta el saco y se detuvo a una distancia perfectamente respetuosa.

—Una boxeadora —dijo, con esa voz tranquila que parecía hecha para conversaciones nocturnas—.

Te queda increíble.

La palabra “increíble” no sonó vacía.

Sonó medida.

Elegida.

Sheryl se limpió la frente con el dorso del brazo, sonrojándose sin remedio.

—Empecé hace poco —explicó—.

Me… ayuda.

—Lo veo —respondió él, con una sonrisa leve—.

Hay algo muy magnético en verte así.

Conectada con tu cuerpo.

Te sienta bien el poder.

Desvió la mirada un instante hacia Derek.

—¿Puedo robártela un segundo?

—preguntó, en tono impecablemente respetuoso.

Derek asintió, aunque por dentro quisiera decir lo contrario.

—Cinco minutos —respondió—.

Después vuelve al saco.

Sheryl rodó los ojos, pero no discutió.

En el fondo, le gustaba que alguien se preocupara así.

En el fondo, también le molestaba.

Bienvenidas a su vida, contradicciones.

Cassian la guio unos pasos hacia un lado del saco, donde el ruido era un poco menor.

—Quería preguntarte algo —dijo—.

Sobre lo que hablamos esa noche.

Sheryl sintió una cuerda invisible tensarse.

—Dime.

—Te dije que quería invitarte a una cena formal —recordó él—.

No para hablar de otros.

Solo de nosotros.

¿Te acomoda mañana?

Mañana.

Almuerzo con Luca.

Cena con Cassian.

Su corazón decidió que era buen momento para ensayar maratón.

—¿Mañana… en la noche?

—confirmó.

—Sí —sonrió él—.

Paso por ti a las 20:00.

Esta vez yo manejo, y no te preocupes por nada.

Solo dime si quieres, y voy.

Sheryl lo miró.

Había deseado durante años que Luca hiciera algo así: un plan claro, una intención clara, una invitación sin medias tintas.

Nunca había pasado.

Cassian, en cambio, ni siquiera titubeaba.

—Sí —dijo ella, sintiendo cómo la palabra se le acomodaba en el pecho—.

Me encantaría.

Él respiró, como si eso le hubiera dado un gusto físico.

—Gracias por decir que sí —respondió, genuino—.

Te escribiré más tarde con los detalles.

Y… —bajó un poco más la voz— gracias por dejarme conocerte así.

Me gusta esta versión tuya que aparece cuando hablas de lo que quieres.

Sheryl sonrió, incapaz de sostenerle la mirada por mucho tiempo.

—Es nueva —admitió—.

Pero me está gustando a mí también.

Cassian asintió, satisfecho.

—Entonces mañana… la seguimos alimentando.

Le tomó la mano vendada un instante, apenas un contacto breve, elegante, y la apretó con suavidad antes de soltarla.

—Vuelve con tu entrenador —dijo—.

No quiero que me odie.

Sheryl se rio.

—Ya lo hace un poco.

—Lo compensaré con respeto —prometió.

Se despidió con una inclinación de cabeza y se alejó hacia la salida, deteniéndose solo para decirle a Angelo: —Nos vemos mañana, profesor.

—Ven desayunado —gritó Angelo—.

Aquí no tenemos compasión.

Cassian levantó la mano en señal de acuerdo y se fue.

──────────────────────── Valentino había visto todo desde el ring.

No el detalle de la conversación.

Pero sí los gestos.

La forma en que Sheryl sonreía distinta.

La forma en que Cassian la miraba como si hubiera encontrado oro en medio del cemento.

La forma en que ella asentía.

“Sí.” “Mañana.” “Me encantaría.” Las palabras le llegaron sin sonido.

Se quitó el bucal, sintiendo un gusto metálico que no era sangre, pero parecía.

Bajó del ring sin darse cuenta.

Sus manos se cerraron en puños.

Los nudillos se pusieron blancos.

Derek lo vio.

Lo vio todo.

Soltó las vendas que estaba enrollando, cruzó el gimnasio en dos pasos largos y lo tomó de la nuca, anclándolo a tierra.

—Eh —dijo, en voz baja, solo para ellos—.

Mírame.

Val levantó los ojos.

Tenían esa mezcla casi insoportable de dolor, miedo y algo nuevo: decisión en bruto.

—Pelea —murmuró Derek—.

Esto no está perdido.

No aún.

Val tragó.

—Es perfecto, hermano —escupió—.

Es todo lo que yo no soy.

Es claro.

Seguro.

No le tiene miedo.

Derek apretó un poco más la mano, obligándolo a quedarse en el presente.

—Él puede ser el prototipo perfecto por fuera —dijo—.

Pero en el corazón de Sheryl estás tú.

Tú.

No lo olvides.

Val cerró los ojos un segundo.

Vio a Sheryl riéndose en el gimnasio.

Vio a Sheryl yéndose en un auto negro con otro hombre porque él no se atrevió.

Cuando los abrió, el miedo seguía ahí.

Pero esta vez… no venía solo.

—Entonces —dijo, respirando hondo—.

Tengo que aprender a pelear por algo que no sea mi propia desgracia.

Derek sonrió de lado.

—Bienvenido al combate real, angelito.

Intentó sonar ligero.

No lo logró del todo.

Porque mientras decía eso, al otro lado del gimnasio, Kayce se reía de algo que Mateo acababa de decirle, y la risa le atravesó el pecho como una bala.

Sheryl, con el saco frente a ella, se acomodó las vendas.

Mañana almorzaría con Luca.

Mañana cenaría con Cassian.

Y, sin saberlo del todo, mañana también sería el día en que Valentino empezaría a pelear en serio.

No solo en el ring.

Sino contra su miedo a querer.

El tablero estaba armado.

Las piezas, distribuidas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo