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Entre su amor y su obsesión - Capítulo 31

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31: CAPÍTULO 31 31: CAPÍTULO 31 Sheryl sintió el viejo temblor bajo la costilla derecha apenas Luca abrió la puerta.

Él se veía igual.

Y no.

Ojos cansados, la misma postura de quien carga más de lo que admite.

Y la forma en que la examinó… como si quisiera ignorar algo que le dolía reconocer.

—Pasa —dijo, con una voz civilizada, casi fría.

Ella entró.

La casa olía a albahaca, vino blanco, pan.

Definitivamente si me cocinó.

—Hice pasta —comentó, sirviendo en silencio—.

Recuerdo que… bueno, da igual.

Sheryl sonrió sin mostrar dientes.

—Huele increíble.

Se sentaron.

Comieron un par de minutos sin hablar.

El tipo de silencio que tiene memoria.

Luca fue el primero en romperlo.

—Estás distinta —dijo, sin suavidad.

Ella arqueó apenas una ceja.

—Supongo que crecer hace eso.

—No —negó él, moviendo la cabeza con lentitud—.

No es eso.

Te… —buscó la palabra correcta— …te sostienes de otra forma.

Sheryl no sabía si tomarlo como halago o advertencia.

—He aprendido un poco —dijo.

Luca soltó una risa seca.

No divertida.

Dolida.

—Sí.

Supongo que ambos hemos aprendido.

La frase quedó suspendida.

Un eco.

Una acusación implícita.

Un recuerdo punzante.

Sheryl tragó agua porque el aire se había vuelto demasiado denso.

—No vine para discutir el pasado —dijo, aunque ella misma no sabía si era cierto.

—Yo tampoco —respondió él—.

Pero el pasado entra igual, incluso si nadie lo invita.

Ella lo miró.

Él sostuvo la mirada.

No la esquivó.

No la buscó.

Solo la sostuvo, como quien evalúa un territorio conocido y peligroso.

—Nunca pensé que volveríamos a compartir una mesa —admitió él, moviendo el tenedor sin comer—.

Después de… bueno, de cómo terminamos.

Sheryl cerró los ojos un instante.

—Nunca quise que terminara así, Luca.

Él apoyó los codos en la mesa.

—Yo tampoco.

Pero quisiste… —se detuvo, se corrigió—.

Pasó lo que pasó.

Ya está.

Ya está.

Mentira.

Nada estaba.

Sheryl bajó la voz.

—Si pudiera borrar esa noche… —No puedes —la interrumpió, con una calma que dolía más que gritos—.

Y yo tampoco puedo borrar lo que vi.

Ni cómo me sentí.

Ni… nada de eso.

La vergüenza le cayó encima como una sombra familiar.

—Lo sé —susurró.

Luca la observó.

Lentamente.

Como si quisiera asegurarse de que estaba diciendo la verdad.

—A veces pienso —dijo él, con voz baja— que, si no hubiéramos estado tan rotos por dentro, nada de eso habría pasado.

Ni tú.

Ni yo.

Ni los celos.

Ni… —otra pausa, otra corrección— …ni aquello.

Sheryl sostuvo la respiración.

No sabía si él la estaba acusando o perdonando.

Tal vez las dos cosas.

—También pienso en eso —admitió ella.

Él inclinó la cabeza.

—¿Y qué llegas a pensar?

Ella dudó.

Pero decirlo era necesario.

—Que éramos dos niños intentando salvarnos.

Y que lo hicimos mal.

Y que nos dolió bien.

Luca parpadeó.

Una sola vez.

Como si la frase hubiera abierto algo en él que llevaba años cerrado.

—Sí —murmuró—.

Eso suena… exacto.

Comieron unos minutos más, esta vez con un silencio que ya no pesaba igual.

Era… compartido.

Luego, él habló sin mirarla.

—¿Te acuerdas del club de música?

Sheryl sonrió sin querer.

—El piano desafinado.

El profesor que nunca llegaba a tiempo.

Tú tocando guitarra sin mirarme porque te daba vergüenza.

—No me daba vergüenza —protestó él, casi sonriendo—.

Era concentración.

—Claro —rio ella.

Un pequeño puente se reconstruyó.

Apenas un tablón.

Pero era algo.

Luego, Luca añadió, bajando la voz: —Yo sabía que algo te pasaba.

Desde ese primer mes.

Tú… eras tan callada.

Y no entendías por qué el mundo era tan cruel.

A veces pienso en esa versión tuya y… —se detuvo—… mierda.

Sheryl sintió un latido fuerte en la garganta.

—No hablemos de eso.

—No lo estoy hablando —corrigió él, serio—.

Solo estoy… recordando.

Y entonces lo dijo, sin ser una confesión, sin ser un reproche: —Fuiste tan valiente, Sheryl.

Mucho más que yo.

Mucho más que todos.

Yo tenía doce y quería matarlo.

Y tú… tú solo querías que no lastimaran a nadie más.

Ella bajó la vista.

—Tú estuviste conmigo.

En todo.

Luca golpeó la mesa muy suave, con los dedos.

—No estuve contigo ese día.

Nunca me lo voy a perdonar.

Ella lo miró, sorprendida.

—Luca… eras un niño.

Él se rio, amargo.

—No cambia nada.

La tensión regresó.

Pero no era una tensión hostil.

Era… un lazo estirándose.

Él finalmente cambió de tema.

O creyó hacerlo.

—¿Estás con el rubio?

—preguntó, sin levantar la vista.

Sheryl inhaló.

—Estoy… conociendo a alguien.

Val es solo un amigo.

Luca asintió, lento.

—Ah.

Solo eso.

Pero ese “ah” tenía filo.

Tenía veneno.

Tenía amor.

Tenía odio.

Tenía las tres cosas.

—Me alegro —mintió.

Sheryl casi se ríe.

—No, no te alegras.

¿Por qué estás tan complaciente?

Él la miró entonces.

—No lo sé —admitió en un susurro—.

Contigo nunca sé el porqué de las cosas.

Lo que si sé, es que verte con otro hombre creo que es algo a lo que nunca me podré acostumbrar.

Sheryl sintió un calambre en el pecho.

—Luca… —Ignórame.

Ella negó despacio.

—No puedo ignorarte.

—Yo sí puedo —respondió él, mirando el plato—.

Llevo meses haciéndolo.

Ahí se quebró.

Un poco.

Lo suficiente.

—No he estado con nadie más desde ti —confesó, sin drama—.

No porque crea que lo merezco.

Sino porque mi cuerpo recuerda… demasiado.

Y mi cabeza también.

Y lo odio.

Lo odio todos los días.

Sheryl sintió que se le escapaba el aire.

—Luca… Él levantó la vista.

Y la mirada que le dio no era un pedido.

Ni una invitación.

Ni un reclamo.

Era una verdad: —A veces desearía no quererte.

Me haría la vida más fácil.

Pero no puedo.

Y me enferma.

Sheryl cerró los ojos.

Eso.

Eso es Luca.

La forma en que ama: silencioso, contradictorio, devastador.

—Mi debilidad por ti ha sido persistente de que te conocí.

Ni siquiera aquella foto, ni siquiera mi hermano pudo borrar eso.

Luca recogió los platos en silencio, respiró hondo y dijo: —Gracias por venir.

Fue… bueno.

Doloroso, pero bueno.

Ella asintió.

—También para mí.

Sheryl se puso el abrigo.

Luca abrió la puerta.

Y ahí, en el umbral, pasó algo silencioso: Se quedaron demasiado cerca.

Sheryl sintió el olor a él, el mismo de siempre: madera fría, jabón de castañas, un leve aroma a whisky.

Luca sintió el perfume nuevo de ella, más adulto, más seguro.

—Gracias por venir —repitió él, esta vez más bajo.

—Gracias por invitarme —respondió ella, sin moverse.

Podrían haberse separado ahí.

Podrían haber cortado el hilo fino que había vuelto a nacer.

Pero no lo hicieron.

Luca la miró.

Primero los ojos.

Luego la boca.

Después volvió a los ojos, como si quisiera borrar lo que había visto.

Ese movimiento —ese segundo exacto— fue cuando Sheryl sintió como el mundo entero se le movía.

—Sheryl… —susurró él, como advertencia.

Ella tragó.

—¿Sí?

El aire se endureció entre los dos.

Un campo eléctrico.

Una frontera antigua.

Él dio medio paso.

Solo medio.

Pero la distancia quedó prohibida.

—No debería… —dijo él, muy bajo.

—Entonces no lo hagas —susurró ella.

Pero sus ojos contradijeron todo.

Luca los vio.

Y se quebró.

No como un hombre débil.

Sino como alguien que ya luchó demasiado contra un deseo que lo supera.

Le tomó la mandíbula con una mano —suave, casi reverente— y acercó su boca a la de ella sin llegar a tocarla.

Los labios quedaron suspendidos en un suspiro compartido.

—Te juro que… lo odio —murmuró él, temblándole apenas la voz.

—¿El qué?

—preguntó ella, con el corazón desbocado.

—Que todavía me quemes así.

Y entonces ocurrió.

Un beso.

No un beso arrebatado.

No un beso urgente.

No un beso de nostalgia barata.

Un rozar lento.

Apenas un contacto.

Un roce de labios que parecía una plegaria antigua.

Un beso más respirado que ejecutado.

Un beso que no reclamaba nada.

Que no prometía nada.

Que solo decía: Aquí sigo.

Aunque no deba.

Cuando se separaron, Luca mantuvo los ojos cerrados un segundo.

Como si acabara de cometer un crimen hermoso.

—Perdón —dijo él, sin arrepentirse.

Ella no respondió.

Porque el pulso en su cuello la estaba traicionando.

Luca abrió la puerta por completo, sin mirarla de nuevo.

—Vete, antes de que haga otra estupidez.

Sheryl salió.

Respiró el aire frío.

Cerró los ojos.

El beso todavía estaba ahí.

Pequeño.

Delicado.

Pero la había encendido por completo.

Mientras la puerta se cerraba detrás de ella, Luca apoyó la mano en la madera… Y dejó que el deseo lo atravesara como una punzada.

No había perdón todavía.

No había reconciliación.

Pero había vida.

Y había fuego.

Y había un beso que no debía existir… pero existía igual.

Porque algunos vínculos nunca mueren.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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