Entre su amor y su obsesión - Capítulo 32
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32: CAPÍTULO 32 32: CAPÍTULO 32 Sheryl nunca había entendido cómo podía sentírsele el alma en la piel, pero esa noche lo comprobó: la piel le vibraba.
El departamento olía a maquillaje caro, plancha de pelo caliente y perfume compartido.
La música sonaba baja desde el celular de Kayce, algo suave, casi irrelevante, solo para que el silencio no se atreviera a decir nada.
Sheryl estaba frente al espejo del pasillo, intentando decidir si la mujer que la miraba era realmente ella.
Vestido negro largo, ajustado en la cintura, con una abertura que dejaba ver la pierna hasta medio muslo cuando se movía.
Tirantes finos, espalda media descubierta.
El maquillaje justo: ojos definidos, boca suave, iluminador en los pómulos.
El pelo suelto, con ondas que parecían hechas sin esfuerzo, pero que les había tomado veinte minutos y una plancha rebelde.
Kayce, sentada en la cama, se abrochaba sus propias botas mientras la observaba con la devoción de un público privado.
—Sheryl —murmuró—.
Parece que Cassian pidió “diosa” y el universo se pasó de generoso.
Sheryl se rio, nerviosa, arreglándose el tirante por décima vez.
—¿No es demasiado?
—preguntó—.
Es que el restaurante que dijo suena… muy de revista.
Y yo… —Tú qué —la interrumpió Kayce—.
Tú encajas en cualquier lugar donde haya luz.
Y si no la hay, la llevas tú.
Da lo mismo que te siente en la fonda de la esquina o en un lugar con cubiertos de oro.
Se van a quedar mirando igual.
Sheryl suspiró, pero el halago le entró hasta el pecho.
El recuerdo de Luca todavía estaba fresco, una huella tibia debajo de la piel: la pasta, la conversación, el beso breve en la puerta.
No la había destrozado.
No la había devuelto al punto cero.
La había… ordenado, en cierta forma.
Seguía doliendo.
Siempre iba a doler algo cuando se tratara de él.
Pero, por primera vez, el dolor no le impedía moverse.
Y ahora iba a cenar con Cassian.
—Kayce… —dijo, de pronto, mirando su reflejo en el espejo—.
¿Qué pasa si hoy estoy dispuesta a todo?
Kayce se tiró hacia atrás en la cama, teatral.
—Pasa que el mundo va a seguir girando —respondió, seria de repente—.
Y que tú vas a andar con una sonrisa de aquí a la luna.
Se levantó, se acercó y le acomodó un mechón detrás de la oreja—.
Mira, Sher.
Lo de Luca… te probó algo.
Ese hombre sigue ardiendo por ti.
Y tú sigues siendo una locura en su vida.
Eso no se borra.
Pero también te probó otra cosa: que eres libre.
No estás encadenada a su dolor.
No estás condenada a esperarlo eternamente.
Puedes amar, puedes desear, puedes elegir.
Sheryl tragó saliva.
—A veces siento culpa —confesó—.
Como si estuviera… traicionando algo.
—¿Traicionando qué?
—preguntó Kayce, sin piedad—.
¿A un hombre que te dejó plantada, que se destruyó y casi te arrastró con él, que te hizo vivir de pelea en pelea?
¿O al que no se atreve a entrar del todo en tu vida y se queda en la puerta con cara de mártir?
Sheryl bajó la mirada.
Kayce le levantó el mentón con dos dedos.
—Luca te ama, sí.
Eso no está en duda —dijo—.
Valentino también.
A su forma torcida.
Pero ninguno de los dos está listo.
Y tú sí.
Tú estás lista para vivir, no solo para sobrevivir a los hombres.
Cassian no viene a reemplazarlos.
Viene a ofrecerte otra cosa.
Veremos si te gusta o no.
Pero no tienes que pagar penitencia eterna por haber amado mal antes.
Sheryl sintió que algo se aflojaba en su pecho.
—Me siento… diferente —admitió—.
Como si por fin me estuviera viendo con mis propios ojos y no con los de ellos.
—Eso se llama crecimiento, mi vida —dijo Kayce, besándole la frente—.
Y de paso, se llama estás buenísima.
Lo de hoy no es “para olvidar”.
Es para disfrutar.
El timbre sonó.
Las dos se miraron, como adolescentes a punto de hacer algo imperdonablemente delicioso.
—Voy yo —dijo Kayce, tomando aire—.
Tú respira, diosa.
──────────────────────── Kayce abrió la puerta con la confianza de una anfitriona profesional.
Cassian estaba ahí, apoyado ligeramente en el marco, con un traje oscuro perfectamente entallado, camisa blanca abierta en el primer botón, reloj discreto.
Ni una arruga, ni un gesto fuera de lugar.
—Buenas noches —saludó, con una sonrisa suave.
—Cassian —respondió Kayce, con media sonrisa de aprobación automática—.
Adelante.
Él no entró del todo.
Se quedó en el umbral, como si entendiera que ese era territorio de Sheryl y Kayce.
—No quiero invadir —dijo—.
Solo vine a recoger al motivo de mi cita.
Kayce rio.
—No intentes subirle el ego, de eso me encargo yo —bromeó, pero en sus ojos ya lo estaba etiquetando como “aprobado por el comité femenino”.
Sheryl salió del pasillo justo en ese momento.
El tiempo hizo una pausa cortés.
Cassian la miró desde los pies hasta la cabeza una sola vez, lenta, respetuosamente, sin la voracidad torpe de alguien que no sabe manejar el deseo.
Se limitó a respirar.
—Sheryl —dijo, bajando apenas la voz—.
Estás… perfecta.
No “linda”.
No “guapa”.
Perfecta.
Las rodillas de Sheryl querían fallarle.
—Gracias —respondió, sintiendo el rubor subirle a las mejillas—.
Tú también te ves… muy bien.
Kayce observaba la escena con una satisfacción casi científica.
—Cassian —dijo, poniéndose entre ellos para entregar a la novia metafórica—.
Cuídala mucho, ¿sí?
Él sostuvo la mirada de Kayce con una firmeza tranquila.
—Es un placer cuidarla —respondió, sin titubeo.
Kayce sintió que algo en su fe en la humanidad masculina se reorganizaba un poco.
—Vaya, un hombre que sabe usar el verbo cuidar —murmuró—.
Eso sí es raro.
Sheryl tomó su cartera, respiró hondo y asintió.
—Estoy lista —dijo.
Cassian se apartó del marco, dejando espacio para que ella pasara primero.
—Vamos —invitó—.
La noche nos espera.
Kayce les lanzó un beso en el aire.
—¡Mándame foto del postre!
—gritó.
Sheryl se rio, la risa alivianando la tensión.
Cassian la guio hasta el auto, abriéndole la puerta del copiloto con un gesto natural, no exagerado.
Era el tipo de caballerosidad que no parecía actuada.
Sheryl se sentó, acomodando el vestido con cuidado para no quedar atrapada en la abertura.
El se acercó para ponerle el cinturón con cuidado, y el olor de su perfume la invadió.
Ese perfume que comenzaba a amar cada vez más.
Mientras él rodeaba el auto para subir al otro lado, ella se dio cuenta de algo: no estaba comparando cada gesto con Luca o con Val.
Estaba… simplemente viviéndolo.
──────────────────────── El auto se deslizó por la ciudad iluminada.
La radio sonaba muy baja, una melodía de jazz suave, casi un murmullo.
—¿Te sientes cómoda?
—preguntó Cassian, una vez que salieron del estacionamiento.
—Sí —respondió ella—.
Un poco nerviosa, pero… bien.
—Los nervios están sobrevalorados —dijo él, con una pequeña sonrisa—.
Tú encajas en cualquier lugar, Sheryl.
Créeme.
Ella lo miró, ladeando la cabeza.
—¿Y cómo puedes estar tan seguro?
—Porque ya te vi dos veces en entornos completamente distintos —respondió, sin apartar los ojos del camino—.
En el café, con los libros y el ruido de fondo, parecías hecha para ese lugar.
En el bar, con la música, la luz baja y el vino, era como si hubieran diseñado el espacio para ti.
Hoy solo estás en otra versión de escenario donde también vas a brillar.
Sheryl sintió que su corazón hacía una pequeña pirueta ridícula.
—Suena a que me estás idealizando —dijo, medio en broma.
—No —negó él, tranquilo—.
Te estoy observando.
Es distinto.
Hubo un silencio breve, cómodo.
—Cuéntame algo de ti —pidió Cassian—.
Algo que no tenga que ver con nadie más.
Sheryl entendió sin preguntar.
—Estudio literatura —empezó—.
Me gustan los libros desde antes de saber qué hacer con ellos.
Me refugio en las historias para entender las mías.
Me obsesiono con frases.
Subrayo demasiado.
Cassian sonrió, genuino.
—Eso ya lo imaginaba —dijo—.
Pero igual me encanta oírlo.
—¿Y tú?
—lo desafió—.
Dime algo que no venga en el folleto estándar de “futuro abogado exitoso”.
Él soltó una leve risa.
—Te sorprendería lo poco estándar que es mi folleto —contestó—.
Pero guardemos algo para la mesa.
Si empezamos a confesarnos en el auto, llegaremos al restaurante sin temas.
Sheryl alzó las cejas, entretenida.
—¿Confesarnos?
Suena peligroso.
—La vulnerabilidad siempre es peligrosa —admitió—.
Por eso vale la pena.
El resto del camino fue un tejido de pequeñas preguntas, anécdotas sueltas, detalles mínimos: la primera vez que Cassian se rompió un hueso jugando rugby, la primera vez que Sheryl leyó un libro “prohibido” escondida bajo la mantita del sofá.
La tensión de cita iba tomando forma, pero no ahogaba.
Era más bien una corriente debajo de todo, limpia y constante.
──────────────────────── El restaurante se alzaba al final de una calle no demasiado transitada, con una fachada de piedra clara, grandes ventanales y una discreta placa metálica sin nombre ostentoso.
Por dentro, la luz era cálida, dorada, como si hubieran filtrado el sol a través de vino blanco.
Mesas cubiertas de manteles finos, pero no recargados.
Velas pequeñas, flores sencillas.
Una orquesta en vivo en una tarima baja: contrabajo, piano, bandoneón, violín.
El murmullo de conversaciones alegres, risas aquí y allá, copas tintineando.
Ninguna rigidez de lugar “snob”.
Era… elegante, pero vivo.
El anfritrión de la puerta sonrió al ver a Cassian.
—Buenas noches, señor —lo saludó—.
¿Mesa habitual?
—Buenas noches, Dorian.
La de la esquina, si está disponible —respondió Cassian.
—Siempre —dijo el mesero, lanzándole una mirada rápida y aprobatoria a Sheryl—.
Esta noche se ve muy bien acompañado.
—Nunca he estado mejor —contestó Cassian, sin dudar.
Sheryl sintió otro rubor traicionero subirle al cuello.
El mesero los condujo hasta una mesa junto a uno de los ventanales, con vista a la ciudad iluminada.
Cassian le acercó la silla a Sheryl para que tomara asiento, y apenas se propuso sentarse, un hombre de unos cincuenta y tantos, con delantal negro y una sonrisa enorme, se acercó.
—¡Cassian!
—exclamó—.
Ya casi pensaba que te habías olvidado de este humilde lugar.
Cassian se levantó para estrecharle la mano con respeto.
—Ernesto —lo saludó—.
Sabes que siempre vuelvo.
No podría traicionar este risotto.
Ernesto rio, contento.
—¿Y esta señorita?
—preguntó, girando hacia Sheryl—.
No me digas que por fin trajiste a alguien que valga la pena conocer.
Cassian miró a Sheryl con una mezcla de orgullo y algo más, algo peligroso.
—Sheryl —dijo—.
Es… importante.
Ernesto besó la mano a ella con caballerosidad.
—Bienvenida, Sheryl.
Si este hombre te trajo aquí, es porque te corresponde algo mejor que lo bueno —Se volvió a Cassian—.
Hoy les mando una botella de la cava, ¿sí?
Cortesía de la casa.
Mi hijo aprobó civil gracias a ti.
Todavía está llorando.
Cassian se rio.
—Yo solo le pasé mis apuntes —dijo.
—Y lo aguantaste en su crisis de pánico —acotó Ernesto—.
Eso no se olvida —Guiñó un ojo a Sheryl—.
Esta familia respeta a quien se toma en serio lo que hace.
Sheryl miró a Cassian de reojo.
Ahí estaba: no era solo el dinero.
No era solo el apellido.
Era la forma en que se movía por el mundo.
Ernesto se despidió, prometiendo volver con la carta “solo por protocolo” y dejando la promesa de un vino espectacular.
Cuando se fueron, Sheryl soltó el aire lentamente.
—Todos te conocen —comentó—.
Pero no desde el miedo.
Eso es raro.
Cassian giró la copa vacía entre los dedos.
—Trato de que me respeten por lo que hago, no por lo que tengo —dijo—.
Lo otro se hereda.
Lo primero se trabaja.
La frase la atravesó con una mezcla de admiración y ligera envidia.
—Cuéntame de tu familia —pidió Sheryl—.
¿Tus padres también son abogados?
Cassian asintió.
—Sí.
Los dos.
Se conocieron en la facultad.
Son de esos matrimonios que hacen que uno crea que el amor maduro es posible —sonrió, con un cariño casi infantil—.
Crecí entre códigos, discusiones de casos en la mesa y discursos sobre política y ética profesional entre los postres.
—Suena… intenso —comentó Sheryl.
—Lo es —admitió—.
Pero jamás me empujaron a estudiar Derecho.
Solo… me abrieron la puerta y me dijeron “si entras, entra de verdad”.
Y yo quise entrar.
No por obligación, sino porque admiro lo que hacen.
Me siento afortunado de poder continuar el trabajo.
No lo vivo como una sombra, más bien como una antorcha que me prestan.
Sheryl bajó un poco la mirada, jugando con el borde del mantel.
—Me impresiona que no los resientas —confesó—.
Muchos lo harían.
—¿Tú resientes a tus padres?
—preguntó Cassian, sin tono acusador.
Solo curiosidad.
Ella pensó en el vacío, en las ausencias, en la negligencia silenciosa.
—Los… cuestiono —dijo, con honestidad—.
Dejémoslo en eso por ahora.
Cassian asintió, respetando el límite.
—Algún día, si quieres, me lo cuentas —dijo—.
Escucharé todo lo que quieras compartir conmigo.
El vino llegó.
De color rubí profundo, olor a frutas oscuras y algo de madera.
Ernesto lo sirvió con ceremonia mínima y se retiró.
Sheryl dio un sorbo.
Buenísimo.
—¿Y el rugby?
—preguntó ella—.
Angelo dijo algo de eso.
Cassian sonrió de lado.
—Soy capitán del equipo en la universidad —admitió, como quien confiesa un hobby adolescente más que un logro serio—.
Empecé a jugar porque necesitaba canalizar energía.
Me quedé porque encontré familia.
No es solo golpes.
Es estrategia.
Es confiar en que el de al lado va a estar donde tiene que estar cuando tú te lances.
Sheryl lo miró, divertida.
—La metáfora se explica sola —dijo—.
¿Siempre tan correcto, Cassian?
Él se rio.
—No siempre.
Pero contigo me nace decir las cosas bien —Se inclinó un poco hacia adelante—.
¿Y tú?
¿Por qué literatura?
La pregunta la tomó más de fondo.
Sheryl respiró hondo.
—Porque los libros fueron… —buscó las palabras— …lo primero que me salvó la vida.
Y lo único que nunca me pidió nada a cambio.
Porque quiero entender cómo se construyen las historias que nos destruyen y las que nos levantan.
Porque hay cosas que solo se pueden decir desde la ficción sin morir de vergüenza.
Y porque no hay nada que la imaginación no te permita.
Cassian la escuchaba como si cada frase fuera un regalo.
—Me encanta —dijo—.
Siempre pensé que Derecho y Literatura se tocan más de lo que creen.
Ambos narran.
Ambos argumentan.
Ambos deciden qué versión de la realidad queda escrita.
Sheryl se rio, sorprendida.
—Eres consciente de lo ridículamente atractivo que suena eso, ¿cierto?
—Lo sospecho —sonrió él—.
Me alegra que te lo parezca.
Ella giró un mechón de pelo entre los dedos, nerviosa.
—¿Lees mucho?
—quiso saber.
—Menos de lo que quisiera, más de lo que me da tiempo —respondió—.
Mis favoritos… Cortázar, siempre.
Poe cuando quiero leer terror con sabor a poesía.
García Márquez para cuando necesito recordar que el realismo también puede ser mágico.
Dostoyevski cuando quiero ponerme existencial y autodestructivo, como todo hombre joven con crisis.
—¿Lees a Dostoyevski por gusto o por ego?
—lo pinchó Sheryl.
Él se rio.
—Un poco de ambos —admitió—.
¿Y tú?
¿Qué pondrías en un altar literario?
Ella pensó un segundo.
—Plath para cuando quiero incendiarme —dijo—.
Brontë cuando quiero recordar que el amor también puede ser gótico y torcido.
Borges cuando necesito recordar que el lenguaje es un laberinto.
Y últimamente… estoy leyendo cosas nuevas.
Autoras que no piden permiso para existir.
—Quiero que me hagas una lista —pidió Cassian—.
La leeré toda.
Me interesa ver el mundo desde tus referencias.
El corazón de Sheryl dio un salto infantil.
—Solo si tú me dejas ver algo tuyo —se arriesgó—.
Dijiste en el camino que escribías cuentos de niño.
Cassian miró al mantel, como si acabara de revelar un secreto demasiado íntimo.
—Tenía esperanza de que lo olvidaras —rio—.
Sí.
Escribía.
Pequeñas historias.
Cosas torpes y pretenciosas.
—Quiero leerlas —insistió Sheryl—.
Todas.
Él la miró con una mezcla de pudor y curiosidad.
—Solo hay una condición —dijo—.
Para verlas, tendrás que venir a mi casa alguna vez.
Están guardadas ahí.
En físico.
Manos manchadas de tinta, dibujos ridículos, errores de ortografía y todo.
El estómago de Sheryl se apretó de una forma deliciosamente incómoda.
—Ya veremos —respondió, juguetona—.
Tal vez me anime.
Ernesto les trajo risotto y la conversación continuó; saltó de libros a anécdotas de infancia, de profesores insoportables a pequeños gustos secretos.
Hablaron de comida, de lugares favoritos de la ciudad, de cosas que odiaban.
Cassian no la interrumpía.
No trataba de corregirla.
No traducía sus emociones a un idioma más digerible.
La dejaba ser.
Y eso, para Sheryl, era más seductor que cualquier cumplido.
──────────────────────── El piano cambió de ritmo.
El bandoneón entró con una melodía reconocible.
El contrabajo marcó un latido más intenso.
Tango.
Sheryl levantó la vista, como si su cuerpo hubiera respondido antes que su mente.
—Amo el tango —confesó, casi sin querer—.
Siempre me ha gustado mirarlo.
Bailarlo… es otra historia.
Cassian la observó un segundo, viendo cómo se le iluminaban los ojos.
—¿Bailarías conmigo?
—preguntó, con calma.
Sheryl se tensó.
—Hace mucho que no bailo —dijo—.
No quiero hacer el ridículo en tu lugar favorito.
Cassian negó despacio.
—Confía en mí —dijo, extendiendo la mano, palma arriba—.
Jamás te sometería a una humillación.
Si digo que bailamos, bailamos bien.
Y si tropezamos, nos reímos juntos.
Nadie aquí vino a juzgarte.
Mucho menos yo.
Sheryl mordió el labio inferior.
El vestido, la música, la mirada de él.
Todo conspiraba.
Tomó su mano.
Cassian la guio hacia el espacio despejado frente a la orquesta, donde ya algunas parejas se movían.
La colocó frente a él, un brazo rodeando su espalda a la altura de las costillas, la otra mano sosteniendo la suya con firmeza suave.
—¿Lista?
—susurró.
—No —respondió ella, con el corazón en la garganta—.
Pero adelante.
La música los envolvió.
Los primeros pasos fueron torpes.
Sheryl pisó mal una vez, y se rio nerviosa.
Cassian la sostuvo con más firmeza.
—Deja de pensar en los pies —le dijo, cerca del oído—.
Escúchame a mí.
Yo te llevo.
Sus cuerpos se acercaron lo suficiente como para que ella sintiera el calor a través de las telas.
—Relaja el hombro —indicó él—.
Confía tu peso.
El tango no se baila con vergüenza.
Se baila con entrega.
Sheryl respiró hondo y lo intentó.
Dejó que su cuerpo descansara un poco más en el de él.
Cassian la guio en un giro, su mano en la parte baja de su espalda, la otra manteniendo la conexión en las manos.
El mundo se recortó en cuatro cosas: el bandoneón, la respiración de él, el roce de sus piernas al marcar un ocho, y la forma en que ella empezó, poco a poco, a dejar de temer.
Cassian la miraba a los ojos cuando la giraba, cuando la acercaba, cuando la alejaba un paso para volverla a traer.
—Así —murmuró—.
Mucho mejor.
Como si lo hubieras hecho toda la vida.
—Mientes bien —susurró ella.
—No miento —corrigió—.
Adorno la verdad con elegancia.
Es distinto.
Una risa se les escapó a ambos.
La gente empezó a prestar atención.
No porque hicieran una coreografía profesional, sino porque había algo magnético en la manera en que se miraban.
La forma en que él la sostenía como si fuera el centro exacto de la canción.
La forma en que ella, al principio incrédula, empezaba a confiar.
Cassian marcó un corte, luego un giro más arriesgado.
Sheryl pensó que perdería el equilibrio, pero él ya estaba ahí, su mano como un ancla firme en la espalda.
Se encontraron más cerca aún.
Sus bocas a centímetros.
La respiración de ella chocando con la de él.
El último acorde los encontró quietos en medio del pequeño círculo de parejas, atrapados en su propia escena.
Nadie los interrumpió.
Un segundo después, los aplausos llenaron el espacio.
La orquesta sonreía.
Algunos clientes chiflaron, celebrando el momento.
Sheryl sintió que la sangre le subía al rostro, pero la sonrisa no se le borró.
Cassian la miró, con esa mezcla peligrosa de admiración y deseo contenido.
—¿Ves?
—susurró—.
No hubo ningún ridículo.
—Habla por ti —bromeó ella—.
Yo casi muero tres veces.
Él rio entre dientes.
Volvieron a la mesa entre felicitaciones aisladas de conocidos y desconocidos.
Sheryl se sentó sintiéndose más ligera y, al mismo tiempo, más cargada de electricidad.
Ese baile no era solo un baile.
Había sido una declaración silenciosa.
El resto de la comida se deslizó con la naturalidad de quienes ya habían cruzado varias barreras sin nombrarlas.
Cassian la miraba como si estuviera convenciéndose de algo.
Sheryl se miraba a sí misma en los reflejos del cristal de la ventana y se reconocía… distinta.
No era solo la ropa.
No era solo el maquille.
Era la forma en que se sentía dentro de su propia piel.
Como si alguien hubiera encendido las luces internas.
──────────────────────── El camino de vuelta fue otro tipo de magia.
La ciudad de noche, edificios encendidos, el murmullo lejano del tránsito.
El auto suavemente iluminado por el tablero.
Sheryl recostó la cabeza en el respaldo, todavía sintiendo el eco del tango en las piernas.
—Gracias por esta noche —dijo de pronto—.
Fue… más de lo que esperaba.
Cassian mantuvo una mano en el volante, la otra descansando abierta sobre su muslo, relajada, como una invitación.
—Yo también la esperaba —admitió—.
Tenía muchas expectativas.
Y aun así las superaste todas.
Ella rodó los ojos, pero sonrió.
—¿Siempre eres así?
—preguntó—.
¿O es un modo especial para primera cita?
—¿Honesto?
—dijo él—.
No tengo tanta experiencia en primeras citas de este tipo.
Sheryl frunció el ceño, sorprendida.
—No te creo.
Él se encogió ligeramente de hombros.
—He salido, claro —dijo—.
Pero muy pocas veces me he tomado el trabajo de hacer algo tan… deliberado.
Reservar aquí, pensar en la hora, en la música, en la conversación —La miró un segundo—.
Contigo tenía claro que no quería improvisar.
El corazón de Sheryl dio un pequeño salto descontrolado.
—Eso suena… peligroso —murmuró.
—Lo es —admitió—.
Pero no por ti.
Por mí.
Ella lo observó de perfil.
Había algo en la línea de su mandíbula, en la firmeza del gesto, en la forma en que apretaba mínimamente los labios cuando pensaba demasiado.
En la sonrisa al hablar, cálida, confiada, poderosa.
—No quiero ser un… parche para nadie —dijo ella, de pronto—.
Ni escaparate.
Ni trofeo.
Ni venganza.
Cassian asintió, como si hubiera estado esperando esa frase.
—No te veo como nada de eso —respondió—.
No quiero que seas un parche, Sheryl.
Quiero que seas una posibilidad.
Una realidad, si llegamos ahí.
No hay nadie en mi corazón.
Y no vine a ocupar el lugar de otro.
Vine a construir el mío.
Contigo, si me dejas.
La claridad de sus palabras la desarmó.
No hubo promesas eternas.
No hubo “eres la mujer de mi vida” en la segunda cita.
Hubo intención, limpia.
Y eso era nuevo para ella.
El auto se detuvo frente al edificio.
Cassian apagó el motor y giró en el asiento para mirarla de frente.
—No quiero apresurarte —dijo—.
Sé que vienes de historias pesadas.
No necesito saber detalles ahora.
Solo quiero que sepas algo: no compito con fantasmas.
No me interesan.
Me interesas tú.
Sheryl tragó saliva.
Porque sí.
Había otra cosa que aún no había dicho.
Luca.
El almuerzo.
El beso.
Salieron del auto.
Él volvió a abrirle la puerta, a acompañarla hasta la entrada del edificio.
La noche estaba fresca, una brisa suave le movía el dobladillo del vestido.
Frente a su puerta, se detuvieron.
—Gracias por dejarme ser parte de tu noche —dijo, despacio—.
No lo doy por hecho.
Sheryl apretó el borde de la cartera.
Ahí estaba.
Esa culpa de la que no podía liberarse.
—Cassian… —empezó—.
Hoy hubo alguien que… Él levantó apenas una mano, no para callarla, sino para marcar algo importante.
—Sheryl —interrumpió—.
No me importan los demás.
La frase no fue arrogante.
Fue sólida.
Ella parpadeó.
—¿Cómo que no?
—No me importa con quién saliste antes, con quién hablaste hoy, quién te hirió o quién te besó —explicó—.
Me importa cómo te miro yo hoy.
Y cómo quieres que te mire mañana.
No voy a castigarte por tu historia.
No voy a exigirte que llegues limpia de errores.
Yo tampoco llego limpio.
Solo quiero construir algo desde aquí, no desde atrás.
Un clic.
Literalmente, algo en su mente hizo clic.
Luca, incapaz de imaginarla con otro sin sentir rabia.
Valentino, ahogándose en celos antes incluso de atreverse a tocarla del todo.
Los hombres que habían querido recortarla para que encajara en su tamaño.
Y ahora Cassian, diciéndole que los demás no importaban.
Que sus decisiones pasadas no eran un delito a pagar de por vida.
Se dio cuenta de algo muy simple y devastador: estaba frente a un hombre que no necesitaba destruir lo que ella había sido para construir algo con lo que ella podía ser.
El deseo se mezcló con alivio, con gratitud, con curiosidad.
Una combinación letal.
—Cassian —susurró.
—¿Sí?
—contestó él, sin moverse.
Ella dio medio paso hacia adelante.
Su perfume se mezcló con el de él.
El corazón le martillaba las costillas, pero por primera vez no era de miedo.
—Quiero que me beses —dijo, directa.
Los ojos de Cassian se oscurecieron un tono.
—Solo si tú vienes a buscarlo —respondió—.
Quiero que cada paso lo des tú.
No la acercó.
No la jaló.
No la presionó.
Sheryl sintió un vértigo delicioso.
Un nerviosismo.
Una corriente de adrenalina.
Y entonces lo hizo.
Acortó la distancia, apoyó una mano en su pecho, sintiendo el latido bajo la tela de la camisa, y se alzó un poco en las puntas de los pies.
Sus labios encontraron los de él en un beso que empezó suave, casi tímido, pero cargado de todo lo que la noche había ido acumulando en silencio.
Cassian respondió despacio, como si no quisiera asustar a un animal precioso.
No invadió con urgencia, pero tampoco fingió indiferencia.
La mano que había mantenido a su lado subió a la cintura de ella, apoyándose con firmeza controlada, acercándola apenas lo suficiente.
Sheryl sintió el sabor del vino, del postre, del tango.
La textura de una boca que no quería devorarla, sino reconocerla.
El beso se hizo un poco más profundo cuando ella, sin darse cuenta, apretó los dedos contra su pecho en un gesto de “no te alejes todavía”.
Cassian se permitió un segundo más.
Solo uno.
Luego se apartó milímetro a milímetro, como si no quisiera romper nada al hacerlo.
Apoyó su frente en la de ella un instante.
Ambos respiraban un poco más rápido.
—Eso fue… —murmuró él, con una sonrisa que se le escapó por primera vez sin control—.
Altamente adictivo.
Sheryl cerró los ojos un segundo, tratando de memorizar la sensación.
—No eres como ellos —dijo, muy bajo.
—Y tú no eres como nadie —respondió él.
Se separó un poco, solo para poder verla entera otra vez.
—Voy a escribirte mañana —anunció—.
No quiero ser insistente, pero tampoco quiero que esta noche se quede colgando sola.
Ella asintió, todavía con la boca un poco sensible.
—Quiero que me escribas.
Cassian se permitió mirarla un segundo más, como si estuviera grabando la imagen a fuego.
Luego dio un paso atrás.
—Buenas noches, Sheryl —dijo—.
Descansa.
Quédate con lo que te hizo bien hoy.
Lo demás, suéltalo cuando puedas.
Sheryl lo vio irse, abrió la puerta y fue a su ventana de inmediato.
Al poco rato vio su auto, y las luces rojas alejándose por la calle.
Solo cuando lo perdió de vista, sus piernas decidieron que era momento de protestar por todo lo que habían aguantado.
Estaba flotando.
Se llevó los dedos a los labios.
Kayce asomó la cabeza desde el pasillo, con una mascarilla verde puesta en la cara y el pelo recogido en un moño imposible.
—¿Y?
—preguntó, como si hubiera estado conteniendo la respiración desde que se fue.
Sheryl la miró, los ojos todavía brillantes, y solo dijo: —Estoy en problemas.
Kayce sonrió, lenta.
—Entonces salió perfecto —respondió.
Sheryl se dejó caer en el sofá, todavía con el vestido, todavía con el perfume de él pegado a la piel, todavía con la sensación del tango en las piernas y el beso en la boca.
Entre Luca, Val y Cassian, el tablero de su vida amorosa parecía una guerra.
Pero por primera vez en mucho tiempo, esa guerra no era solo destrucción.
También traía promesas.
Y, sin darse cuenta del todo, esa noche Cassian pasó oficialmente de ser “una posibilidad bonita” a convertirse en algo mucho más serio: Una opción.
Una opción que ardía.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com