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Entre su amor y su obsesión - Capítulo 33

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33: CAPÍTULO 33 33: CAPÍTULO 33 Sheryl y Kayce caminaron por la vereda con el café humeando entre las manos.

Kayce llevaba lentes oscuros porque, según ella, las diosas no madrugan, se materializan.

Sheryl reía, pero cada vez que exhalaba, el recuerdo del tango volvía con un peso dulce en el pecho.

Ese beso.

Ese último roce.

Esa frase.

“No me importan los demás.” Kayce lo notó.

—Amiga… tienes “cara post-cita”.

Eso es casi tan indecente como llegar con un chupetón en el cuello.

—No tengo nada en el cuello —protestó Sheryl.

—No, pero él te dejó la autoestima mordida —replicó Kayce—.

Te estoy viendo.

Estás… encendida.

Sheryl apretó su vaso, mordiéndose la sonrisa.

—Fue una buena noche —admitió—.

Muy buena.

Kayce levantó su café como en un brindis.

—Brindo por tus hormonas y por ese hombre que parece escrito por Jane Austen y dirigido por Scorsese.

Sheryl se rio.

──────────────────────── Apenas empujaron la puerta, el olor a sudor, cuero y desinfectante de gimnasio las envolvió como siempre.

Pero la escena no era la de siempre.

Porque Cassian estaba ahí.

No de visita.

No de paso.

Entrenando.

Camiseta gris, pegada al torso por el sudor del entrenamiento.

Pelo revuelto, como si hubiera peleado con la gravedad y ganado.

Respiración lenta, profunda, marcada.

Guantes ya guardados, vendas recién quitadas.

Y la forma en que levantó la cabeza cuando oyó la puerta… Dios.

Ese hombre sabía mirar.

No rápido.

No ansioso.

Despacio.

Como si lo que veía mereciera atención.

Su sonrisa apareció como un reflejo condicionado.

Suave.

Cálida.

Privada.

Sheryl sintió un vértigo nuevo, limpio, casi infantil.

Kayce murmuró para sí: —Dios.

Esto va a ser oro.

Cassian colgó la toalla en su bolso y caminó hacia ellas sin prisa.

—Buenos días —saludó.

Su voz arrastraba aún el cansancio del entrenamiento, un tono más grave de lo usual.

Sheryl bajó la mirada un segundo, solo para obligarse a levantarla de nuevo.

—Hola —respondió—.

¿Entrenas tan temprano?

—Angelo es un tirano —dijo Cassian, sonriendo—.

Pero uno valioso.

Prefiero venir antes de que empiece el caos del día.

Kayce intervino, evaluándolo como si estuviera tasando un caballo de carreras.

—¿Y entrenas boxeo además de rugby y de ser perfecto?

Qué agotador.

Cassian rio suave.

—Trato de mantenerme en forma.

Me gusta sentir que controlo mi cuerpo antes que el día me controle a mí.

Sheryl lo miró sin querer.

Cassian la atrapó en esa mirada sin esfuerzo.

Había tensión.

Pero no de esas incómodas.

Una tensión que sostenía, que invitaba, que decía sé lo que pasó anoche y no pienso avergonzarte por ello.

Kayce los interrumpió chasqueando la lengua.

—Sheryl tiene que entrar a cambiarse.

Si siguen así voy a tener que pedir palomitas.

Las mejillas de Sheryl ardieron.

—Kayce… —¿Qué?

Es mi deber cívico disfrutar de esto.

Los tres rieron.

Y justo ahí, en ese instante inocente, ocurrió.

El primer temblor.

──────────────────────── Val estaba en la esquina derecha del gimnasio, haciendo ejercicios de calentamiento, sudor corriendo por la sien, vendajes ya puestos.

Su mañana había sido un desastre silencioso.

Se había levantado después de apenas cuatro horas de sueño.

Había soñado con Sheryl.

Con Cassian.

Con todo lo que no es, todo lo que no tiene.

Y con Luca.

Siempre Luca.

Su cuerpo estaba afilado por dentro.

No nervioso.

Ni ansioso.

En llamas.

Y entonces oyó la puerta.

Oyó la risa de Kayce.

La voz de Sheryl.

Y luego otra voz.

Una voz masculina.

Cálida.

Profunda.

Demasiado segura.

Su cabeza giró por instinto.

Y ahí lo vio: Cassian Valer, el hombre perfecto, hablando con Sheryl como si el mundo siempre hubiera estado construido para ellos dos.

La sangre le zumbó en los oídos.

Tenía la esperanza de que se fuera antes de que ellas llegaran.

Pero el mundo se le vino encima.

Cassian estaba cerca.

No tocándola.

Pero cerca.

Sheryl lo miraba como si él fuera sol.

Como si por primera vez en meses no estuviera pensando en lo que Luca o él podían romper, sino en lo que podía construir.

Val apretó los guantes.

La tela crujió.

Luego vio algo peor.

Ella sonrió.

No una sonrisa tímida ni nerviosa.

Una sonrisa tranquila.

Satisfecha.

Una sonrisa que él nunca había ganado.

El guante cayó al suelo con un golpe seco.

Derek levantó la cabeza.

Sus ojos se estrecharon.

Ya lo vio venir.

Val comenzó a caminar.

──────────────────────── Sheryl apenas tuvo tiempo de notar un cambio en el aire.

Kayce fue la primera en reaccionar.

Oh no, pensó asustada.

No.

No hoy, por favor.

No le arruines esto a Sheryl.

No te atrevas.

Val avanzaba con la respiración fuerte, los hombros tensos, los ojos fijos en Cassian como un depredador que encontró a otro más grande en su territorio.

Cassian, sin darse cuenta aún, recogía su botella.

Sheryl abrió la boca para decir Val, espera… Pero no hizo falta.

Porque un brazo enorme apareció detrás de Val, le tapó la boca y lo arrastró hacia atrás como si fuera liviano.

—No —gruñó Derek—.

Ni se te ocurra.

Val forcejeó con violencia, intentando zafarse.

—Déjame, Derek —murmuró, medio ahogado—.

Lo voy a invitar a un sparring amistoso.

Me voy a desahogar.

Eso es todo.

—No, eso no es todo —respondió Derek entre dientes—.

Eso es una estupidez con guantes.

Y tú no golpeas a un hombre así.

A un niño sí.

A él no.

Val empujó, sin éxito.

—Suéltame.

—Eres un niño celoso que quiere plantarse delante de un hombre —escupió Derek—.

Deja de cometer errores frente a ella.

Lo único que haces es perder terreno.

Val se detuvo un instante.

El veneno en la frase lo atravesó.

Derek lo sostuvo por la nuca, obligándolo a mirarlo.

—Ese hombre no es tu enemigo —susurró—.

Tu enemigo eres tú.

Siempre has sido tú.

Val tragó saliva con furia.

—Sheryl… lo mira diferente —confesó, apenas audible.

—Sí.

Y tú lo estás confirmando con esta ridiculez —respondió Derek—.

Compórtate como alguien que quiere ser tomado en serio.

Val dejó caer la cabeza unos segundos.

La respiración se volvió más pesada.

Derek aflojó la mano.

Val quedó inmóvil, con los puños cerrados.

──────────────────────── Sheryl se acercó.

—Val… —empezó.

Derek levantó una mano, sin mirar atrás.

—Déjalo respirar —indicó.

Sheryl retrocedió.

Cassian, por fin consciente de la tensión, los observó un segundo.

No intervino.

No preguntó.

No hizo drama.

Solo asintió hacia Sheryl con una sonrisa que era una despedida suave.

—Nos vemos mañana —dijo—.

Cuídate.

—Tú también —respondió ella.

El intercambio fue tan breve, tan cálido, tan cargado… que Val sintió que le apretaban el corazón con los vendajes.

Cuando Cassian salió, Kayce exhaló muy fuerte.

—Ese hombre camina y sube el precio del oxígeno —murmuró.

Sheryl se llevó una mano a la frente.

—Creo que Val… —Cree menos —la cortó Kayce—.

Vive más.

Pero Sheryl vio la sombra en el rincón.

Vio a Valentino inclinarse un poco hacia adelante, las manos temblando apenas.

Y supo que algo dentro de él había cambiado.

O se había roto.

O las dos cosas.

──────────────────────── Derek miró a Sheryl, luego a Kayce, luego a Val.

Y pensó: La puta madre.

Porque él sabía leer dinámicas.

Sabía leer tensiones.

Sabía leer a Val, su mejor amigo, como si fuera su propio reflejo.

Sabía lo que era perder a alguien antes de tenerlo.

Sabía lo que era querer demasiado y muy tarde.

Sabía lo que era ver a alguien mejor entrar por la puerta mientras tú estabas en las sombras.

Se acercó a Val y le golpeó el hombro con fuerza.

—Hoy entrenamos duro —dictó—.

No te quiero pensando.

Te quiero sudando.

Val asintió, con los ojos hundidos.

—Sí.

Sheryl los observaba desde lejos.

Derek la miró un segundo.

Le dio una media sonrisa dura, una que decía no tienes idea del caos que llevamos dentro.

Y ella comprendió que sí, quizás era responsable de un incendio… pero no era la culpable.

No podían culparla por enamorarse de la vida otra vez.

──────────────────────── Luca despertó tarde.

Había dormido abrazado a la almohada que ella había usado años antes cuando se quedaba en su casa.

Una costumbre que él siempre fingió no tener.

Abrió los ojos y recordó el beso.

Ese beso suave, lento, como un susurro guardado ocho años.

—Mierda… Se sentó en la cama.

La guitarra estaba apoyada contra la pared.

Intentó tocar.

Pero cada nota sonaba mal.

—Se me fue el ritmo —murmuró, enojado.

Y la verdad era simple: Ya no controlaba nada.

Sheryl se había ido.

Y por primera vez, él no sabía si quería que volviera o si solo quería dejar de sentir.

Pero hoy era importante.

Un favor debía pedirse, y necesitaba todas sus fuerzas para hacerlo.

──────────────────────── Sheryl estaba ajustándose las vendas mientras Kayce se hacía una cola alta.

—¿Crees que Cassian te escriba?

—preguntó Kayce, con voz cantarina.

Sheryl no quería admitirlo, pero una parte de ella esperaba exactamente eso.

—Dijo que lo haría —susurró.

—Ay, pero qué hombre más confiable —se burló Kayce—.

Por favor, que se case conmigo.

—Deja de robarme a mi cita —respondió Sheryl entre risas.

Kayce alzó las manos en señal de rendición.

—Está bien.

Te lo dejo.

Pero si algún día se aburre de su vida perfecta, yo estoy lista para recibirlo con un mojito.

Mientras hablaban, Val miraba el saco frente a él, pero no lo veía.

Veía la escena repetida una y otra vez: Cassian sonriendo junto a ella.

Derek lo golpeó en el brazo.

—Ey.

Aquí.

Entrena o muere.

—Entrenar —repitió.

Pero el latido en su garganta decía otra cosa: Estoy perdiendo.

Estoy perdiendo.

Estoy perdiendo.

──────────────────────── Sheryl estaba terminando de ajustarse el guante cuando su teléfono vibró sobre el banco.

Un zumbido suave, repetido, nada dramático.

Kayce, como siempre, fue más rápida que la luz y más irrespetuosa que un huracán.

—Yo lo veo —canturreó, ya estirando la mano.

—Kayce — rio Sheryl, pero era inútil.

Kayce tomó el teléfono, lo desbloqueó con un código que ella misma le había creado y abrió el chat.

—A ver qué te escribió tu futuro esposo —bromeó, hasta que sus cejas se arquearon tan alto que parecían quererse escapar de su cara.

Sheryl frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

Kayce se quedó muda tres segundos.

Tres.

Luego soltó: —OH.

MI.

DIOS.

El grito rebotó por todo el gimnasio.

Derek se giró desde el ring.

Val dejó caer la cuerda de saltar.

Angelo se asomó desde su oficina como si alguien hubiera roto un saco.

Kayce la miró como si acabara de recibir una visión divina.

—Sheryl, prepárate.

Esto no lo hace un hombre normal.

Esto lo hace un Dios.

Sheryl, colorada hasta la clavícula, se soltó el guante y le arrebató el celular.

El mensaje decía: Hola de nuevo, Sheryl.

Sé que anoche bailamos tango… pero hoy quiero invitarte a algo que sé que te va a dejar sin palabras.

Acaba de llegarme una invitación para una lectura exclusiva de Eloi Brennan.

El que hace 10 años no da eventos presenciales.

Es en un club privado.

Muy pequeño.

Veinte personas.

Él leerá un capítulo inédito de su próximo libro.

Tengo dos entradas.

Me gustaría que vinieras conmigo.

—¿¡QUÉ!?

Sheryl dejó de respirar.

Eloi Brennan.

Su escritor favorito.

Su obsesión literaria desde adolescente.

El autor del libro que ella tenía subrayado hasta en el lomo.

Un hombre tan hermético que daba menos entrevistas que un fantasma.

Un autor cuyos eventos eran leyendas urbanas.

Ella murmuró: —No… no puede ser… Kayce aplaudió como una foca feliz y luego como una bruja invocando tormentas.

—ESTE HOMBRE NO EXISTE.

¡NO EXISTE!

¡ALGUIEN LE AVISA AL UNIVERSO QUE SHERYL YA GANÓ!

¡YA GANÓ TODAS LAS TRAMAS, TODAS LAS VIDAS Y TODAS LAS ENCARNACIONES!

Derek cruzó los brazos desde lejos.

—¿Qué pasó ahora?

Kayce gritó: —¡EL AUTOR QUE SHERYL REZA COMO A UN SANTO!

¡ELOI BRENNAN!

¡CASSIAN TIENE DOS INVITACIONES!

¡DOS!

¡Y SE LAS OFRECIÓ A ELLA!

Derek levantó las cejas, impresionado a su manera silenciosa.

Val… Val se congeló.

Como si lo hubieran pateado en el estómago.

Su rostro cambió en menos de un segundo.

De tensión a shock.

De shock a ira silenciosa.

De ira a tristeza brutal.

Sheryl en cambio… Sintió que el mundo entero vibraba.

Una cita con Cassian ya era demasiado.

Un tango ya era infarto.

Un beso ya era historia.

Pero esto.

Esto era entrar a un mundo nuevo.

Era una invitación personal a su pasión más íntima: la literatura.

Era un regalo que no tenía comparación.

Era alguien diciendo: “sé quién eres por dentro.” Ella murmuró, en un hilo de voz: —Es… eso es irreal.

Kayce la tomó del rostro como una madre orgullosa: —Él está desbloqueando niveles, Sheryl.

Niveles superiores.

Este no es un hombre; es algo más grande.

Es el jefe final del romance.

Es la edición coleccionista del universo.

Sheryl rio, temblando un poco.

Pero Kayce se puso seria de pronto.

—Sher… escucha.

Esto no es suerte.

No es casualidad.

No es un gesto básico.

Esto es un hombre que te está leyendo mejor que nadie antes.

Está demostrando que te presta atención.

A tus pasiones.

A tu historia.

A tu alma.

Sheryl se mordió el labio inferior.

Y le creyó.

──────────────────────── Val no escuchó la mitad del escándalo.

Solo escuchó: “Sheryl… Eloi Brennan… invitación exclusiva…” Le temblaron los dedos.

Porque él sabía quién era Brennan.

Sheryl le hablaba de ese autor cuando aún estaban todos juntos, cuando su mundo no estaba en ruinas.

Luca la había acompañado a buscar firmas falsas de Brennan en ferias pirata.

Val la había escuchado recitar párrafos enteros como si fueran mantra.

Y ahora Cassian… Cassian se lo ofrecía así.

Como si fuera lo natural.

Como si pudiera darle todo lo que ella había soñado desde antes de conocerlos a ellos.

Val sintió un ardor cruel detrás de la garganta.

Derek lo miró.

Y esa mirada dijo: Ya entiendes el problema, ¿cierto?

Val bajó los ojos.

Y entendió.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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