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Entre su amor y su obsesión - Capítulo 34

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34: CAPÍTULO 34 34: CAPÍTULO 34 Valentino no escuchó el resto del escándalo.

El mundo se le recogió en el pecho.

Sheryl se quedó mirando la pantalla como si le hubieran ofrecido entrar a una dimensión secreta.

Kayce gritaba, Angelo preguntaba qué pasaba, Derek fruncía el ceño, todo era ruido.

Para Val, solo existía una imagen: Sheryl en su departamento preparándole café, diciéndole: “Si existiera Dios, habría escrito como Eloi Brennan.” La veía recitar párrafos de memoria, como oraciones invertidas.

La veía esconder el libro en la mochila como si fuera contrabando emocional.

Y ahora Cassian no solo tenía su atención, tenía a Brennan.

Su religión.

El corazón de Val hizo un ruido raro.

No latido.

Algo entre crujido y hueco.

Angelo dio una palmada para hacerlos volver a tierra.

—¡YA!

¡BASTA DE telenovela!

—bramó—.

Los que entrenan, al ring.

Los que están enamorados, se aguantan.

Kayce seguía pegada a Sheryl, aleteando alrededor del celular.

Derek miró a Val.

Lo vio blanco.

Como si el alma hubiera rozado una pared a toda velocidad.

—Val —llamó, bajo—.

Ven.

Val reaccionó medio segundo después.

Recogió la cuerda que se le había caído, caminó hacia el ring como quien sube al patíbulo.

Se puso el bucal.

Subió.

No dijo nada.

Angelo lo esperaba con las manoplas.

—Hoy vas a sudar hasta olvidar el abecedario —anunció—.

Ponte en guardia.

Val obedeció.

Lo único que quería era dejar de pensar.

──────────────────────── El primer jab fue fácil.

Siempre lo era.

Derecha.

Izquierda.

Uno-dos.

El cuerpo conocía el camino.

Pero la mente… la mente estaba en otro ring.

Sheryl, riéndose con Cassian.

Sheryl, leyendo a Brennan con la voz temblorosa.

Sheryl, mirándolo a él como si fuera un error.

Angelo le lanzó un cruzado al cuerpo.

Val lo vio venir tarde, y se lo comió de lleno.

—Estás rápido —gruñó Angelo—.

Lástima que tu cabeza vaya en tercera.

Otro golpe.

Esta vez al mentón, contenido, pero lo suficiente para sacudirle la cabeza.

Val apretó los dientes.

—Otra vez —murmuró.

—Eso —dijo Angelo—.

Habla menos.

Los golpes comenzaron a encadenarse.

Jab.

Finta.

Gancho.

Paso atrás.

Paso adelante.

El sudor empezó a bajarle por la espalda, pegándole la polera a la piel.

Derek, desde fuera del ring, los observaba.

Kayce y Sheryl estaban en el saco, hablando bajo.

De a ratos, reían.

De a ratos, Sheryl miraba el celular y volvía a sonreír sola.

Eso era lo peor.

La sonrisa sola.

—MÍRAME —gruñó Angelo.

Val obedeció.

—Pelea —escupió Angelo, marcando otro jab rápido—.

Deja de lamentarte y pelea.

Val tragó saliva.

Gancho al cuerpo.

Lo absorbió.

Otra derecha al rostro.

La bloqueó tarde, pero la bloqueó.

Angelo siguió: —Ese abogado bonito millonario, tu amigo grandote, yo… —marcó manoplas, lo obligó a avanzar—.

Ninguno es tu enemigo.

¿Sabes quién es tu enemigo?

Val no respondió.

—¡RESPONDE!

—tronó Angelo, subiendo el ritmo.

Val golpeó como si rompiera algo invisible.

—Yo —escupió a la lona un poco de sangre.

Angelo sonrió por primera vez en todo el día.

—Tu.

Lo miró desde arriba, respirando fuerte, sudado, pero entero.

—Vas a seguir viniendo todos los días —dictaminó—.

Y vas a entrenar como si te fuera la vida en esto.

Porque te va.

Aquí adentro —tocó su pecho con dos dedos— y aquí adentro —tocó su sien—.

Porque si sigues sentado en tu propia tristeza, ese abogado ni siquiera va a tener que pelear.

Tú te vas a rendir solo.

Val sostuvo esa mirada.

Le ardían los pulmones.

—Está bien —dijo.

Angelo asintió, conforme.

—Yo entreno boxeadores.

Y un boxeador pelea.

Incluso cuando sabe que puede perder.

Se salió del ring.

—Bájate.

Ve a hidratarte.

Y piensa menos en la rubia y más en el hombre que todavía no eres.

──────────────────────── Esa frase lo persiguió toda la tarde.

“El hombre que todavía no eres.” Salieron del gimnasio horas después.

Derek se fue con Kayce y Sheryl, hablando de algo banal, tratando de normalizar el ambiente.

Los tres le ofrecieron ir con ellos, pero Val dijo que no.

—Voy a quedarme un rato más —mintió.

Angelo lo escuchó desde lejos.

—Te doy veinte minutos —gritó—.

Luego cierro.

Y si te quedas encerrado, te dejo aquí hasta mañana.

Sin agua.

—No me quedaré tanto —respondió Val.

Era mentira.

Y los dos lo sabían.

Cuando todos se fueron, el gimnasio quedó distinto.

El eco de sus pasos, los sacos balanceándose apenas, el olor concentrado de sudor y cuero sin disimulo.

Las luces menos intensas.

La radio apagada.

Val se quedó bajo uno de los focos.

Miró el saco como si fuera alguien.

No Cassian.

No Luca.

No Derek.

Él mismo.

Se puso de nuevo las vendas.

Tiró un golpe.

Uno-dos.

Otro.

Gancho.

El cuero respondió con su sonido sordo.

Sus nudillos ardieron.

—Eres un idiota —murmuró, golpeando—.

Un maldito idiota.

La imagen de Sheryl riéndose con el celular en la mano le atravesó el pecho.

No por Cassian.

Por lo que decía de él.

No era celos de “otro hombre”.

Era celos de ver lo que ella podía ser con alguien que sí se sentía suficiente.

Golpeó más fuerte.

—Ella merece esto —susurró, sin aire—.

Merece más que un tipo que se esconde.

Los golpes empezaron a desarmarse.

Su respiración se volvió errática.

Ya no estaba practicando.

Estaba castigándose.

Una derecha mal dada le retorció la muñeca.

Gimió entre dientes, pero no paró.

Seguía viendo cosas.

A Sheryl, con la cabeza hundida en el pecho, llorando por Luca.

A Sheryl, mirándolo con paciencia cuando él no podía decir lo que sentía.

Y ahora, a Sheryl caminando hacia otro hombre con la espalda recta, la mirada luminosa.

Lo que más le dolía no era perderla.

Era que tal vez… así tenía que ser.

Otro golpe.

Otro.

Los brazos comenzaron a temblar.

La vista se le nubló un poco.

Se detuvo.

Apoyó la frente en el saco, respirando como si lo hubieran sacado del agua.

Ahí, con el cuero contra la piel y el pecho a punto de explotarle, lo dijo.

—Basta.

Muy bajo.

Muy roto.

Pero claro.

—Basta.

No de Sheryl.

No de Cassian.

De esto.

De ser ese hombre que solo mira desde la orilla mientras la vida le pasa por encima.

Se quitó las vendas con movimientos torpes, casi rabiosos.

Las tiró al banco.

Buscó en su mochila algo que no tocaba hacía tiempo.

El cuaderno de dibujo.

──────────────────────── Lo abrió con cuidado, como si fuera un animal dormido.

Las primeras hojas estaban llenas de cosas que ya no quería ver: Caricaturas de Derek.

Apuntes de diseño.

Bocetos de tatuajes.

Un par de dibujos de Sheryl.

Se quedó mirándola un largo rato.

Le dolía tenerla ahí, en grafito, como si fuera de papel.

Una parte suya quiso arrancar esa hoja.

Quemarla.

“Ella ya no es esto”, pensó.

“Ni yo.” Pero no lo hizo.

La dobló con cuidado y la dejó al final del cuaderno, como se guarda una foto que aún no se puede tirar.

Tomó el lápiz.

Se quedó mirando la página en blanco.

“Dibuja algo que no sea ella”, se dijo.

El lápiz empezó por costumbre a trazar la línea de una mandíbula conocida.

Paró.

No.

Respiró hondo.

Cerró los ojos un segundo.

¿Qué veía cuando no pensaba en Sheryl?

Vio un ring.

Vio guantes.

Vio la silueta de un hombre hecho sombra, siempre un poco más pequeño de lo que era en realidad.

Empezó a dibujar eso.

No un retrato.

No una cara.

Un cuerpo en guardia, pero la sombra detrás era más grande que él, como una versión alargada, deformada, amenazante.

El hombre del dibujo tenía los puños en alto, pero los pies atados por algo que se parecía demasiado a un cable negro.

No sabía cuánto tiempo pasó.

Solo sabía que, cuando levantó la cabeza, tenía la frente perlada de sudor, los dedos manchados, el pecho un poco menos apretado.

Miró el trazado.

No era perfecto.

No estaba listo para exhibirse en ninguna parte.

Pero era honesto.

No estaba dibujando a Sheryl.

Ni a Cassian.

Ni a nadie más.

Se estaba dibujando a sí mismo.

A su miedo.

A su cuerda floja.

“Esto sí es mío”, pensó, con una sorpresa triste.

No se lo estaba dedicando a nadie.

No era un regalo.

Ni un gesto.

Era una especie de confesión privada.

El ruido de la puerta lo sobresaltó.

—Tienes suerte.

La voz de Angelo rebotó en las paredes.

—No te dejé encerrado.

Solo vine a ver si te habías desmayado.

Val cerró el cuaderno, casi avergonzado.

—Ya me iba —mintió.

Angelo lo miró con el ceño fruncido.

Se fijó en las vendas tiradas y ensangrentadas, en el saco, en el sudor seco en la frente de Val, en el cuaderno en el regazo.

No preguntó.

Se secó las manos en la toalla.

—Hay un torneo amateur el próximo mes —dijo, como quien habla del clima—.

Clasificatorio.

Poca broma, buena gente.

Yo voy a presentar a dos.

Mateo sigue lesionado, no me sirve.

Los demás no están listos.

Me faltaría uno.

Val levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Lo que oíste —respondió Angelo—.

No te estoy invitando por pena.

Tienes talento.

Te falta confianza, pero eso se entrena.

Si quieres dejar de sentirte espectador en tu propia vida… súbete a un ring donde el resultado sí dependa de ti.

Hubo un silencio pesado.

Val tragó saliva.

—¿Crees… que estoy listo?

Angelo se encogió de hombros.

—No.

Por eso quiero que entrenes como animal desde hoy.

Para que llegues más listo que ahora.

¿Quieres un motivo para levantarte de la cama que no sea revisarle el teléfono a nadie con la mirada?

Ahí lo tienes.

Val pensó en Sheryl riendo con Cassian.

En él, parado siempre un paso atrás.

—No quiero pelear… solo por ella —dijo, despacio—.

No quiero que sea “para demostrarle algo”.

Angelo lo miró con un destello de aprobación.

—Entonces ya entendiste la mitad del camino —gruñó—.

Pelea por ti.

Lo que ella vea o no vea es cosa de ella.

Pero si algún día quiere mirar, al menos que vea a alguien que se eligió primero.

Val bajó la mirada.

Las palabras le pesaban de lo correctas que eran.

—¿Cómo se inscribe?

—preguntó.

Angelo sonrió, pequeño, triunfal.

—Mañana traigo el formulario.

No te mueras antes.

Y come bien, por Dios.

Eres alto, pero no sé qué tanto de eso es humanidad y qué tanto aire.

Se dio media vuelta.

Antes de salir, lanzó una última frase: —Y sigue dibujando.

No todo se arregla a golpes.

La puerta se cerró.

El gimnasio quedó otra vez en silencio.

Val se quedó mirando el cuaderno.

Una parte suya, muy pequeña, se preguntó: “¿Y si realmente dejo de vivir solo para reaccionar a lo que otros hacen?” ──────────────────────── Kayce había olvidado su polera favorita.

Se acordó a la hora después caminando con Sheryl, y soltó un insulto.

—Anda tú —le dijo a su amiga—.

Tengo que volver.

Si alguien me roba esa polera, tendré que quemar el gimnasio con todos dentro.

—Te espero en el café de la esquina —respondió Sheryl, riendo.

Kayce giró, volvió sobre sus pasos, abrió la puerta del gimnasio.

Valentino, sentado en el borde del ring, con la espalda encorvada, el pelo húmedo, las manos manchadas de grafito.

Tenía el cuaderno abierto sobre las piernas.

Y no estaba llorando.

Eso fue lo que más la sorprendió.

No lloraba.

Pero estaba… distinto.

Más quieto por dentro.

Más cansado.

Pero más vivo.

—Ey —dijo ella, suave.

Val alzó la vista, sobresaltado.

—Pensé que se habían ido.

—Me olvidé una polera —contestó Kayce, señalando el vestuario—.

Pero me encontré con algo mejor.

¿Qué dibujas?

Él dudó.

Por primera vez en mucho tiempo, sintió pudor de mostrar algo.

Kayce se acercó sin pedir permiso.

Se sentó a su lado, miró el cuaderno.

Vio la figura.

El hombre en guardia.

La sombra gigante detrás.

Los pies atados.

No preguntó quién era.

No hacía falta.

—Eres tú —dijo, simple.

Val la miró con sonrisa sarcástica.

—Qué observadora.

—Por algo te aguanto —respondió ella.

Hubo un silencio pequeño.

No incómodo.

—Hoy casi me voy encima de él —confesó Val—.

De Cassian.

Iba a… no sé qué iba a hacer.

Golpearlo.

Ridiculizarme.

Lo que fuera.

Kayce resopló.

—Te hubieras puesto en bandeja —dijo—.

Como esos videos donde el ex queda como payaso y el nuevo solo tiene que existir para ganar por comparación.

—Derek me frenó —continúo él—.

Y tiene razón.

Me comporto como un niño.

Kayce lo miró de lado.

—Te comportas como alguien que solo pelea por otros.

Nunca por él.

Val se encogió un poco.

—¿Y eso está mal?

—No —negó ella—.

Eso es muy noble.

Y muy peligroso.

Porque si lo único que te sostiene es ella, el día que se caiga, tú te desmoronas también.

Lo miró bien.

—Sheryl merece que la amen bonito.

Sí.

Pero también merece que tú existas aunque ella no te elija.

¿Entiendes?

Val se quedó callado.

Nadie le había dicho eso así.

No “pelea por ella”.

No “demuéstrale”.

Sino: “existe, aunque ella no te elija”.

—Me voy a inscribir a un torneo —soltó de golpe, sorprendiéndose a sí mismo.

Kayce parpadeó.

—¿En serio?

—Angelo me lo ofreció —explicó—.

Y por primera vez… quiero hacer algo que no tenga que ver directamente con ella.

Igual es por ella, todo en mí es por ella.

—Sonrió triste—.

Pero también es por mí.

No quiero ser solo “el que la ama”.

Quiero ser alguien, Kayce.

Para mí.

Kayce sintió algo en el pecho.

Le dolía, pero en el buen sentido.

—Eso —dijo—.

Esa versión de ti… esa sí podría estar a la altura de lo que ella merece.

Incluso si nunca están juntos.

Incluso si se casa con el abogado, con el cantante, con un profesor de yoga.

Tú no puedes seguir siendo solo “el que espera”.

Él bajó la mirada.

—Tengo miedo —admitió—.

De que ella se vaya, de que Cassian sea mejor, de que Luca vuelva, de que yo… no alcance.

Kayce le dio un codazo suave.

—Te voy a decir algo, y si se lo dices a alguien te pego con un saco en la cabeza: yo te tengo cariño, Val.

Él casi se ríe.

—Qué honor.

—Te quiero ver de pie —dijo ella, seria—.

No me interesa si terminas con ella o no.

Pero sí quiero que, cuando esto acabe, no te hayas perdido a ti mismo intentando retener a alguien que, de todas formas, se merece la versión más completa de ti.

Le señaló el dibujo.

—Ese no eres tú.

Ese eres tú creyéndote menos.

Córtalo.

Val miró el papel.

Por primera vez, no vio solo a un tipo en guardia.

Vio una pregunta.

“¿Qué vas a hacer conmigo?” —Voy a pelear —dijo, despacio.

—Bien —respondió Kayce—.

Y cuando tengas tu primera pelea, voy a gritar como barra brava.

Eso sí, si pierdes por bruto y no por ir con el corazón, te remato yo.

Val sonrió, pequeño, sincero.

—Gracias.

Kayce se levantó.

—Ve a casa —ordenó—.

Dúchate.

Come.

Dibuja.

Hazte cargo de ti.

Sheryl no necesita un mártir.

Necesita un hombre.

Y tú tienes todo para serlo… si dejas de usar tu dolor como excusa.

Se fue al vestuario por su polera, dejándolo solo otra vez.

Val cerró el cuaderno con cuidado.

En el silencio, esa frase se le quedó pegada al hueso: “No necesita un mártir.

Necesita un hombre.” “Y tú tienes todo para serlo.” ──────────────────────── El departamento estaba en penumbra cuando llegó.

Derek estaba en el sofá, con un libro de nutrición abierto sobre el pecho, medio dormido, la tele encendida sin volumen.

Val dejó la mochila en el suelo con un golpe sordo.

Derek abrió un ojo.

—Pareces recién sacado de una lavadora industrial —gruñó.

—Buen cumplido —contestó Val, tirándose en la otra punta del sofá.

Hubo un silencio cómodo.

—Angelo me inscribirá a un torneo —soltó Val, mirándolo al techo.

Derek se enderezó un poco.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Por Sheryl?

—preguntó, directo.

Val se quedó pensando.

—Por mí —corrigió.

Hizo una pausa.

—Y si esto la hace verme distinto… será un efecto secundario.

No la razón.

Derek lo observó con atención.

La mandíbula menos tensa, la mirada más enfocada.

—Eso me gusta más —dijo—.

Mucho más.

Val se encogió de hombros.

—No quiero seguir siendo… este.

El que mira.

El que siente culpa.

El que se queda en la banca.

—Nunca he creído que fueras “el débil” del grupo —dijo Derek—.

Solo eres el que más se acostumbra a sufrir.

Y eso es adictivo, Val.

Es fácil vivir desde la tragedia.

Es más difícil hacer algo con ella.

Val lo miró.

—¿Y tú qué haces con la tuya?

Derek sonrió cansado.

—Entrenar.

Cargar con todos.

No dejar que Kayce me destripe.

Cosas así —respondió—.

También estoy en proceso.

Val asintió, lento.

—Hoy… casi voy a pegarle a Cassian —confesó—.

Iba a montarme en una escena vergonzosa.

Gracias por detenerme.

Derek resopló.

—De nada —dijo—.

No voy a dejar que arruines tu posibilidad de crecer solo por hacer un show de celos barato.

Que te duela está bien.

Que te conviertas en un payaso, no.

—Duele igual —murmuró Val.

—Lo sé —dijo Derek—.

Y va a doler durante un buen rato.

Pero si vas a sangrar, que valga la pena.

Sangra entrenando, dibujando, cambiando.

No frente a Cassian, ni frente a ella.

Eso solo alimenta el ego del universo, y el universo no necesita más ego.

Val soltó una risa breve.

—Eres un filósofo barato.

—Y tú un dramático caro —respondió Derek, levantándose—.

Dúchate.

Hueles a saco muerto.

Lo dejó solo en el sofá.

Val se quedó un rato más ahí, mirando el techo.

Luego se levantó y fue a la habitación que Derek le daba cada vez que iba.

Encendió la luz.

Sobre el escritorio, extendió el cuaderno.

Lo abrió en una página nueva.

No dibujó a Sheryl.

No dibujó sombras gigantes.

Dibujó sus guantes, apoyados en el piso, y detrás una silueta que aún no estaba terminada, como si estuviera en borrador.

Tomó un lápiz distinto.

En la primera línea de esa hoja, escribió: No voy a perderme a mí mismo otra vez.

Lo miró un segundo.

Debajo, añadió: Y si el destino me la devuelve, será porque me lo gané.

No porque me anulé.

Soltó el lápiz.

Se quedó viendo esa frase como si fuera una firma de contrato.

No estaba dejando de amar a Sheryl.

Eso era imposible.

Pero estaba intentando amar algo más: Su propia vida.

Se recostó en la cama, cansado en todos los planos posibles.

No sabía si ganaría el torneo.

No sabía si Sheryl y Cassian se harían una historia épica.

No sabía si Luca volvería a aparecer con sus acordes viejos.

No sabía nada.

Solo sabía esto: Dejar de moverse ya no era una opción.

Valentino, por fin, había entrado al ring.

Y esa noche, aunque nadie lo viera, aunque Sheryl durmiera pensando en otro hombre y otro autor, aunque Cassian revisara su agenda perfecta, aunque Luca se aferrara a su guitarra… Esa noche, en silencio, Val dejó de ser solo “el que la ama” y empezó a convertirse en algo más peligroso: en el mismo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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