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Entre su amor y su obsesión - Capítulo 35

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35: CAPÍTULO 35 35: CAPÍTULO 35 Sheryl se estaba delineando los ojos cuando Kayce irrumpió en su pieza como un huracán con glitter.

—Amiga —declaró, manos en la cintura—, hoy no solo es tu noche.

Hoy es NOCHE con mayúsculas.

Hoy entras a un templo literario acompañada por un semidiós con un traje caro.

¿Cómo te sientes?

Sheryl se rio mientras terminaba el último trazo.

—Nerviosa.

Emocionada.

No sé.

¿Lista?

Kayce negó con solemnidad exagerada.

—No.

Lista voy a estar yo cuando me invites a tus futuras ruedas de prensa con Cassian tomándote fotos en primera fila.

Sheryl le lanzó una almohada.

Kayce la esquivó con un giro dramático y se dejó caer en la cama.

—Ok, ahora en serio.

—La miró desde el colchón, con una expresión más suave—.

Me encanta verte así.

Luminosa.

Como si por fin te hubieran devuelto tu propio cuerpo.

Sheryl dejó el delineador en la mesa y se devolvió para verla mejor.

Kayce tenía los ojos brillantes.

Y un poco húmedos.

—¿Qué pasa?

—preguntó Sheryl, acercándose.

Kayce suspiró y se apretó las rodillas con los brazos.

—No sé… me alegra por ti, pero… —torció la boca—.

Yo también quiero sentir eso.

Eso que tú tienes hoy.

Ese “alguien ve mi magia y quiere mostrarme el mundo”.

Sheryl sonrió con ternura.

—Lo vas a tener.

Pronto.

—Sí, pero yo lo quiero con él —murmuró Kayce—.

Con Derek.

Sheryl se sentó a su lado, cruzando las piernas.

—Entonces, mueve algo.

Tócalo.

Pínchalo.

Hazlo reaccionar.

Derek es un muro a prueba de sentimientos, Kay.

Tienes que empujarlo un poco.

—No quiero humillarme —susurró ella.

—No vas a hacerlo —dijo Sheryl—.

Solo juega.

Hazlo sudar.

Escríbele algo inesperado.

Kayce entrecerró los ojos.

—¿Qué clase de “inesperado”?

Sheryl sonrió con picardía.

—Dile que mañana llegarás tarde al entrenamiento… porque te invitaron a una cita.

Que planeas amanecer allá.

Kayce se atragantó con su propio aire.

—¿Qué?

—Sí —insistió Sheryl—.

Es una mentira blanca.

Un empujoncito.

A Derek le va a hervir la sangre, pero no te va a bloquear.

Va a pensar.

Kayce respiró hondo, tomó el celular y abrió el chat con Derek.

—Me va a rechazar —dijo nerviosa.

—O te va a arrastrar al ring para besarte —bromeó Sheryl.

—No ayudes.

Kayce empezó a escribir: Mañana llegaré tarde al entrenamiento.

Me invitaron a una cita y… bueno… quizás amanezca allá.

Te aviso igual para que no me mates.

—Muy sutil —comentó Sheryl.

—Cállate, estoy sudando.

Sheryl se inclinó.

—Mándale una foto.

Solo tú y yo listas.

Ponte sexy, elegante.

Así se va a morir.

Kayce reflexionó… Y luego se levantó como impulsada por un resorte.

—Sí.

Sí.

Vamos.

──────────────────────── Sheryl ya estaba vestida: Un vestido verde oscuro, largo, con una abertura lateral y espalda semidescubierta, elegante sin intentar demasiado.

El maquillaje perfecto apenas sugerido por luz suave.

El pelo suelto y liso.

Kayce se puso un conjunto negro: pantalón satinado de tiro alto y un top cruzado que dejaba ver exactamente lo que quería que se viera.

Cabello en un moño alto, labios rojo quemado.

Se tomaron una foto frente al espejo: una explosión de belleza distinta pero igual de arrebatadora.

Kayce escribió: Listas para la noche ✨ Y la envió.

Tres segundos después, las dos contuvieron el aliento.

Derek no respondió.

Diez segundos.

Nada.

Treinta.

Silencio.

Kayce apagó la pantalla, derrotada.

—Claro.

Genial.

Me ignoró.

Soy un payaso mal pagado… —O está entrenando, o está ocupado, o está procesando que lo están provocando —dijo Sheryl, firme—.

Tú no te derrumbes por algo tan pequeño.

Kayce tragó, pero sonrió débilmente.

—Ve a tu cita, diosa.

Ya me hundiré después.

Sheryl tomó su mano.

—No.

Te prometo que esta noche no termina así.

──────────────────────── Cassian tocó el timbre justo a las 19:58.

Kayce abrió.

Se quedó inmóvil un segundo.

Un traje azul noche, camisa negra, reloj plateado.

Perfume caro sin exageración.

Y la mirada… esa mezcla de respeto y deseo contenido que hacía que cualquier mujer sintiera que la estaban notando de verdad.

—Buenas noches —saludó Cassian, con una media sonrisa—.

Kayce, estás hermosa.

¿Sheryl está lista?

Kayce se abrió paso con gesto teatral.

—G-Gracias.

Pasa.

Prepárate.

Te vas a morir.

Cassian entró.

Sheryl salió del pasillo.

Y él se quedó quieto.

Completamente quieto.

—Dios… —exhaló, sin poder evitarlo.

Sheryl sonrió, nerviosa.

—Gracias.

Tú también te ves… —Compitiendo por alcanzarte —completó él.

Kayce respiró profundo.

—Me retiro.

No soy digna de presenciar esto.

──────────────────────── El club privado estaba escondido detrás de una fachada sin letrero.

Cassian caminaba con seguridad, saludando discretamente a guardias, anfitriones y un par de personas elegantísimas que parecían conocerlo de toda la vida.

La sala era íntima: un escenario pequeño, sillones amplios, alfombra espesa, iluminación tenue.

Solo veinte personas.

Todas vestidas como si hubieran salido de una revista.

Y ahí, en medio, Sheryl.

Con los ojos brillantes como una niña frente a su primer libro.

Cassian la guiaba con una mano en la espalda baja, pero sin posesión.

Solo contacto.

Un “estoy aquí”.

Eloi Brennan apareció en el escenario.

Traje gris claro, barba cuidada, expresión amable de hombre que piensa demasiado.

Sheryl contuvo el aire.

Brennan leyó un capítulo inédito.

Su voz era humo suave, pausas perfectas, frases que sabían dónde golpear.

Sheryl lloró un poco.

No de tristeza.

De belleza.

Cassian se acercó al oído, murmurando: —Me encanta cómo te iluminas cuando algo te toca el alma.

Ella se estremeció.

Después de la lectura, hubo un pequeño cóctel.

De pronto, Cassian alzó la mano.

—Ven.

Quiero presentarte a alguien.

Sheryl lo siguió con las piernas temblorosas.

—Eloi —saludó Cassian con naturalidad—.

Qué placer verte de nuevo.

Brennan sonrió.

—Cassian.

La promesa de la jurisprudencia.

¿Cómo está tu familia?

Charlaron dos minutos.

Y luego Cassian dijo: —Quiero presentarte a alguien muy importante para mí.

Sheryl, él es Eloi Brennan.

Eloi, ella es Sheryl Viana, tu mayor fan.

Y la persona que quiero que leas algún día.

Sheryl sintió que se derretía por dentro.

Eloi le estrechó la mano con amabilidad cálida.

—Así que tú eres la lectora prometida —dijo—.

¿Hace mucho lees mis libros?

Sheryl parecía a punto de desmayarse.

—Son… son parte de mi vida —dijo ella con respeto.

—Entonces ya eres parte de la mía —respondió él, guiñando un ojo.

Cassian sonrió, íntimo, orgulloso.

Sheryl entendió algo: Este hombre la estaba llevando al centro mismo de sus sueños, no para impresionarla… sino porque quería compartir ese mundo con ella.

──────────────────────── Estaban sentados en el sillón apartado, rodeados del murmullo suave del cóctel.

La luz cálida bañaba los bordes del traje de Cassian, dándole ese aire de hombre que respira con calma incluso cuando el mundo se incendia.

Sheryl jugaba con el borde de la copa.

Él la observaba, no con hambre… con paciencia.

La clase de paciencia que se vuelve peligrosa porque promete algo más profundo que un impulso.

Cassian inclinó apenas la cabeza.

—Ayer… —empezó, moviendo el vino en círculos— …pasó algo interesante.

Sheryl sintió un pequeño pinchazo en el estómago.

—¿Ah, sí?

—preguntó, fingiendo neutralidad.

—Sí.

Un momento… inesperado —continuó él, con voz baja, meditada—.

Uno que todavía no decido si debiese disculparme por él… o agradecerlo.

Sheryl bajó la copa despacio.

—Quizás no tengas que decidir —respondió, midiendo cada palabra—.

A veces las cosas solo… ocurren.

Cassian sonrió.

—¿Y tú…?

—dijo él, apoyando un codo en el respaldo del sillón—.

¿Qué opinas de lo que ocurrió?

Sheryl jugó con un mechón de su cabello, dejando que rozara su clavícula.

Cassian siguió el movimiento con los ojos.

—Creo… —comenzó ella— que a veces un beso no es una declaración.

Ni un error.

Ni una promesa.

Solo un… recordatorio.

Cassian arqueó una ceja, divertido.

—¿Recordatorio de qué?

—De que seguimos vivos —susurró ella.

—Interesante —murmuró él—.

Yo lo vi más como… un test.

El corazón de Sheryl dio un salto.

—¿Un test?

—repitió.

Cassian acercó un poco el cuerpo, sin invadir, como si se dejara caer en su aire.

—Un test para saber si el mundo todavía responde igual cuando dos personas se acercan demasiado.

Si algo… despierta.

Si algo que se había dormido… decide abrir los ojos.

Sheryl sintió las piernas tensarse debajo del vestido.

—¿Y despertó?

—preguntó, con una mezcla de desafío y timidez.

Cassian dejó la copa sobre la mesa baja.

No respondió de inmediato.

Tomó un mechón del cabello de Sheryl, el mismo con el que había jugado ella, y lo acomodó delicadamente detrás de su oreja.

Una excusa perfecta.

Un toque seguro.

Sutil.

Audaz en su quietud.

—Digamos… —dijo él, retirando la mano lentamente— que confirmó algunas sospechas.

—¿Cuáles?

—susurró ella.

—Que no fue solo un recordatorio.

Sheryl contuvo el aire.

Cassian añadió, con esa voz que se cuela entre huesos: —Fue un aviso.

De que hay cosas que podemos explorar cuando tú quieras.

Si quieres.

Ella tragó.

—No estoy segura de qué quiero aún —admitió Sheryl.

—Me encanta —dijo Cassian, sonriendo de costado—.

La duda en una mujer inteligente siempre es promesa, nunca retroceso.

Sheryl rio, nerviosa y encantada.

Él estiró una mano y rozó —solo rozó— sus nudillos.

—No planeo apresurar nada, Sheryl.

Cuando algo promete… lo último que hago es correr.

—¿Promete?

—preguntó ella, en voz baja.

—Mucho más de lo que debería —confesó él, mirando su boca apenas un milímetro demasiado tiempo—.

Pero no te preocupes.

Soy paciente.

Excesivamente paciente, según algunos.

—¿Y qué harás mientras tanto?

—preguntó ella, divertida.

Cassian sonrió como quien ha estado esperando exactamente esa pregunta.

—Observar.

Cuidar.

Mostrarte lugares hermosos.

Hacerte reír.

Y dejar que sigamos jugando a esto… —sus ojos bajaron a los labios de ella— …sin decir demasiado todavía.

Ese todavía le recorrió la espalda como un dedo invisible.

Sheryl quiso contestar algo inteligente.

Algo ligero.

Algo que mostrara control.

Pero justo en ese momento llegó el mensaje de Kayce.

Ella leyó.

Y se rio tan fuerte que Cassian frunció el ceño de adoración pura.

—¿Puedo saber qué te tiene tan feliz?

—preguntó él.

—Mi amiga está… en una situación inesperada —respondió Sheryl, intentando no delatar su emoción—.

Me está pidiendo que llegue tarde a casa.

—¿Ah, sí?

—dijo Cassian, apoyando la barbilla en su mano, con los ojos llenos de juego—.

¿Y tú sueles hacerle caso?

—A veces… —murmuró ella—.

Hoy… creo que sí.

Cassian se enderezó.

—¿Entonces… la noche no tiene por qué terminar?

—preguntó con una suavidad peligrosa.

—No —dijo Sheryl, respirando hondo—.

No tiene por qué.

Cassian sonrió.

Una sonrisa contenida, lenta, masculina… Y ofreció su mano.

Sheryl la tomó.

El juego continuó.

—De ser así —dijo levantándose, ofreciéndole la mano—, déjame mostrarte lo que una noche así puede llegar a ser.

Y la noche empezó de verdad.

Porque Cassian todavía no había desplegado ni la mitad de su arsenal.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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