Entre su amor y su obsesión - Capítulo 36
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36: CAPÍTULO 36 36: CAPÍTULO 36 El departamento se sentía raro sin Sheryl.
Kayce apoyó la espalda en la puerta, exhaló fuerte y dejó caer las llaves en la mesa.
La noche estaba demasiado quieta, la energía demasiado suspendida, como si el universo entero estuviera conteniendo un aire que ella aún no entendía.
Se quedó unos segundos mirando el pasillo vacío.
—Bueno… —murmuró—.
Pijama será.
Caminó hacia la habitación.
La sonrisa que se le escapó era sincera.
Sheryl estaba viviendo una noche destinada para mujeres que han amado demasiado y esperado el doble.
Ella estaba… sola.
De nuevo.
Se pasó las manos por la cara.
—Ni te pongas dramática, Kayce —se regañó—.
Tienes Netflix, helado, pijama y un ego saludable.
No necesitas a ningún… BAM BAM BAM BAM.
Los golpes retumbaron por el departamento como si alguien hubiera usado los nudillos para llamar al cielo mismo.
Kayce pegó un salto que casi la manda al piso.
—¡¿QUIÉN ES?!
—gritó, agarrando el primer objeto que vio: un zapato de taco como arma improvisada—.
¡VOY A LLAMAR A LA POLICÍA, TE LO JURO!
—ABRE LA MALDITA PUERTA KAYCE.
Derek.
Su voz.
Pero no su voz normal.
Era un derrumbe.
Era un hombre que no solía perder el control… perdiéndolo todo.
A Kayce se le apretó el corazón de un salto tan violento que le dolió.
Dejó caer el zapato.
Corrió.
Destrancó.
Abrió.
Y ahí estaba.
Derek.
El gigante imperturbable.
Sudado, respirando como si hubiera corrido cuadras enteras, con los ojos oscuros, desordenado, tembloroso, hermoso de una manera peligrosa.
Entró de un paso.
Cerró la puerta con un portazo que estremeció los marcos.
Se quedó frente a ella.
Demasiado cerca.
Demasiado real.
—¿Qué haces aquí?
—susurró Kayce, casi sin voz.
Derek levantó la mirada.
Y el dolor que traía en los ojos era tan puro que la dejó desarmada.
—¿Por qué vas a salir con alguien más?
—preguntó, directo al hueso—.
¿Por qué necesitas buscar a otro tipo, Kayce?
¿Por qué?
Ella se cruzó de brazos, sintiendo un temblor recorrerle la espalda.
—Porque quiero sentirme vista —respondió, recuperando fuerza—.
Porque quiero sentirme mujer.
Porque no quiero pasar otro día esperando que tú decidas que existo.
Y si tengo que buscar eso… lo haré.
Derek retrocedió medio paso, como si alguien le hubiera pegado.
Lo vio tragarse algo pesado, duro, insoportable.
—Tú me vas a matar —susurró, la voz quebrándose—.
Me vas a terminar matando, Kayce.
Ella lo miró como una tormenta a punto de explotar.
—Entonces muere por mí —dijo, sin miedo—.
Muere conmigo.
O voy a encontrar a alguien que sí se lance al vacío a mi lado.
Derek llevó una mano a su pelo, apretando, tirando, respirando como un animal acorralado.
—No digas eso… —murmuró—.
No digas eso porque… Se giró hacia la puerta.
Caminó.
Casi corrió.
Kayce sintió que el alma se le caía a los pies.
—Ahí está —susurró—.
Cobarde Derek se detuvo.
Se quedó ahí, con una mano en el picaporte.
Y entonces giró.
Volvió hacia ella con pasos rápidos, urgentes, decididos.
—A la mierda —dijo.
No fue suave.
No fue precavido.
Fue el beso de un hombre que ha estado conteniéndose durante demasiado tiempo y finalmente se rinde.
La tomó del rostro, de la cintura, de los brazos, no para controlarla, sino para no caerse.
Kayce sintió cómo el cuerpo de él temblaba contra el suyo.
Ella respondió con la misma fuerza.
Le agarró la camisa, lo jaló, lo empujó a sí.
Le mordió el labio inferior, reclamándolo con descaro.
Él gruñó, un sonido profundo que la hizo arder.
La levantó por los muslos con una facilidad indecente.
Kayce envolvió sus piernas alrededor de él, sintiendo el calor de su cuerpo como un golpe.
Derek la apoyó contra la pared sin separarse de su boca.
Los besos bajaron a su cuello, a la línea del hombro, a la clavícula.
Cada uno más lento que el anterior.
Más consciente.
Más rendido.
Kayce arqueó la espalda cuando él encontró la curva exacta donde su piel era más sensible.
Sintió la respiración caliente de él recorriéndole el pecho, la dirección firme de sus manos moldeando su cintura.
—No sabes… —jadeó Derek, apoyando la frente en su cuello— …todo lo que he querido esto.
—Entonces hazlo bien —susurró ella, clavándole las uñas en la nuca.
Él rio con el aliento tembloroso.
Un sonido bajo que le recorrió el cuerpo entero.
—Dios, Kayce… eres un incendio.
La llevó a la cama.
La ropa volaba por la habitación.
Ese momento fue distinto.
Más lento.
Más íntimo.
No había prisa.
Había hambre, sí.
Pero también ternura escondida entre los dedos.
Él la tumbó sobre las sábanas.
Se inclinó encima de ella.
La besó como si estuviera memorizando cada reacción.
Su boca recorrió su piel con devoción creciente.
Su torso rozó el de ella en un movimiento que mezclaba fuerza y vulnerabilidad.
Besaba y respiraba contra su piel como si estuviera aprendiendo un idioma nuevo.
Como si ella fuera el mapa de algo que siempre había buscado.
Como si cada sonido que ella hacía fuera gasolina para esa hambre reprimida.
Kayce le hundió las uñas en los hombros, dejándole marcas.
Derek se estremeció, como si ese dolor ligero lo encendiera más.
—Dios, Kayce —susurró, subiendo otra vez para besarla—.
No sabes cuánto te quiero así.
—¿Así cómo?
—jadeó ella.
Él la miró extasiado.
—Indomable —dijo, con un tono que la derritió.
Kayce lo volteó un segundo, montándolo, sin permitirle el control total.
Derek exhaló un suspiro quebrado, sus manos se fueron a sus caderas como si fueran un lugar sagrado.
Ella bajó a su cuello, lo mordió suave.
Derek soltó un gemido ronco.
Sus manos se aferraron a ella, guiándola, respondiéndole.
—Eres un problema —jadeó él, con media sonrisa quebrada.
—Entonces solucióname —susurró ella, bajando la cintura exactamente donde debía.
Se movió de una forma que lo hizo cerrar los ojos.
—Mírame —pidió ella, sin suavizar la voz.
Él obedeció al instante.
Ese intercambio de miradas fue más erótico que cualquier gemido.
Era reconocimiento.
Era aceptación.
Era “al fin”.
Ella comenzó a moverse sobre él, marcando un ritmo que hacía que su respiración se cortara.
Derek intentó sostenerse, pero sus manos la guiaban con una mezcla de urgencia y adoración.
—No sabes… —jadeó él— …lo que haces conmigo.
Kayce inclinó su cuerpo hacia él, rozando su boca contra la suya sin besarlo del todo.
—Sí lo sé —susurró con una sonrisa peligrosa—.
Porque tú también me lo haces.
Él apretó las manos en su cintura, casi temblando.
—Muñeca… —Di mi nombre bien —ordenó ella jalándole del pelo.
Él la miró como si estuviera frente a un milagro.
—Kayce —dijo, esta vez con hambre, con entrega, con absoluto deseo.
Sus ritmos se sincronizaron.
Su respiración se volvió un mismo pulso.
Derek se incorporó un poco, abrazándola por la espalda, pegándola más a él, besándole el cuello mientras sus movimientos se volvían más intensos.
Los dos estaban al borde, lo sabían.
Kayce lo sintió primero: ese ascenso irresistible que le arqueó la espalda.
Derek lo sintió después, como una ola que lo rompió completamente.
Él gimió su nombre contra su piel.
Ella lo abrazó del cuello como si hubiera estado esperándolo toda la vida.
El mundo se apagó unos segundos.
Solo quedaron ellos.
Dos cuerpos que finalmente se encontraron.
Dos almas que llevaban demasiado tiempo chocando sin tocarse del todo.
Cuando el temblor terminó, Derek cayó sobre ella sin peso, solo calor.
Respirando fuerte.
Sosteniéndola como si no supiera todavía cómo soltarla.
Kayce le acarició el pelo, suave, sin prisa.
Él la abrazó desde atrás cuando se acomodaron.
El pecho de Derek seguía subiendo y bajando rápido, como si ella lo hubiera dejado sin alma.
—Te necesito —susurró él, rendido, sin defensas—.
No tienes idea… de cuánto te necesito.
Kayce cerró los ojos.
—Entonces no te vayas —susurró.
Él no respondió con palabras.
La abrazó más fuerte.
Se quedó dormido así.
Como si al fin hubiera encontrado descanso.
Kayce, todavía temblando, tomó el celular y escribió: Kayce → Sheryl: Estoy con Derek.
No preguntes cómo ni por qué.
¿Podrías llegar tarde?
No sabía que Sheryl no volvería esa noche.
Lo único que sabía era que, por primera vez, Derek la eligió con todo su cuerpo, con toda su alma, con todo su miedo y todo su deseo.
El cuarto quedó tibio, silencioso, respirando con ellos.
Derek estaba recostado detrás de ella, un brazo firme alrededor de su cintura, la frente apoyada en su hombro, como si necesitara comprobar que ella no se había evaporado.
Kayce sintió su respiración lenta.
Profunda.
Calmada.
Se quedó quieta, mirándolo por encima del hombro.
Era hermoso, pero no solo físicamente.
Era hermoso por la vulnerabilidad que había dejado ver.
Por haber corrido hacia ella.
Por haber elegido pelear en vez de retroceder.
Sonrió.
Dejó el teléfono en la mesa.
Volvió a acomodarse en su pecho.
Él, medio dormido, murmuró algo que le derritió el alma: —No te vayas… Kayce cerró los ojos.
Espero que tu noche sea tan buena como la mía, Sher.
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