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Entre su amor y su obsesión - Capítulo 37

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37: CAPÍTULO 37 37: CAPÍTULO 37 El auto avanzaba por la ciudad como si la noche se hubiera abierto solo para ellos.

Las luces pasaban lentas por el parabrisas, reflejándose en los ojos de Sheryl, que observaba el exterior sin terminar de mirar nada en específico.

Había algo distinto en el silencio con Cassian.

No era incómodo.

Era expectante.

Como el segundo exacto antes de que empiece una canción.

—¿Puedo saber a dónde vamos?

¿y por qué llevamos tanto café?

—preguntó al fin, con una sonrisa ladeada.

Cassian desvió apenas la mirada del camino para observarla.

No sonrió del todo.

Solo lo suficiente.

—Si te lo digo, pierde gracia —respondió—.

Confía en mí.

Ella lo hizo.

Sin dramatismo.

Sin dudas.

Eso también era nuevo.

El auto se detuvo frente a un edificio de piedra clara, solemne, con columnas que parecían sostener siglos.

Las luces exteriores estaban encendidas, pero el interior permanecía en penumbra.

Cerrado.

Silencioso.

Sheryl frunció el ceño, confundida.

—¿Un museo?

Cassian bajó primero, rodeó el auto y le abrió la puerta.

—Uno que te va a gustar —dijo, ofreciéndole la mano.

Ella la tomó.

Al acercarse a la entrada, dos guardias salieron a su encuentro.

Ambos sonrieron al verlo.

—Cassian —saludó uno, con una familiaridad cálida—.

Pensamos que hoy no venías.

—Cambio de planes —respondió él—.

Les traje combustible.

¿Todo tranquilo?

—Siempre —contestó el otro—.

Gracias por el café, y el de la semana pasada.

El turno nocturno te lo agradece.

Cassian hizo un gesto despreocupado.

—Me alegro.

Les presento a Sheryl.

No dijo más.

No explicó quién era.

No necesitó hacerlo.

Ambos la saludaron con respeto inmediato, como si bastara con estar a su lado para pertenecer.

Las puertas se abrieron.

El museo los recibió con un aire distinto.

No el de los lugares públicos, sino el de los espacios que descansan cuando nadie los observa.

Luz tenue.

Pasos que resonaban suave.

El eco de algo antiguo y vivo a la vez.

—Ven —dijo Cassian, bajando la voz—.

Aquí está lo bueno.

Caminaron entre vitrinas que guardaban manuscritos originales, cartas amarillentas, primeras ediciones.

Sheryl se detuvo frente a una, los ojos abiertos, casi reverenciales.

—No puede ser… —susurró—.

¿Esto es…?

—Sí —asintió él—.

Original.

Ella se acercó al vidrio, leyó un fragmento, reconoció la caligrafía, la tinta irregular.

—Esto no debería estar aquí, así—dijo, emocionada—.

Es… íntimo.

Cassian la observó con atención.

—Por eso quise traerte ahora.

Sheryl lo miró entonces.

No como se mira a un hombre atractivo.

Como se mira a alguien que entiende.

Avanzaron.

Ella comentaba detalles, conexiones literarias, anécdotas.

Cassian escuchaba de verdad.

A veces agregaba algo.

A veces solo asentía, sonriendo con orgullo tranquilo.

—Te brillan los ojos cuando hablas de esto —dijo él en un momento.

—Es que… —ella dudó—.

Es como ver el corazón de alguien sin que sepa que lo estás mirando.

Cassian sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario.

—Exacto.

La energía cambió sin aviso.

No fue un quiebre.

Fue una deriva.

En una sala más amplia, con estanterías altas y sombras largas, Sheryl avanzó unos pasos delante de él.

Se giró, sonrió.

—¿Y tú?

¿Qué te gusta mirar cuando nadie te ve?

Cassian arqueó una ceja.

—Depende —respondió—.

¿Te refieres a objetos o a personas?

Ella rio, negando con la cabeza.

—Eres peligroso.

—Solo cuando me provocan.

Sheryl dio un paso atrás.

Luego otro.

Jugando.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Ella se dio vuelta y caminó más rápido, entre columnas.

Cassian la siguió sin apurarse.

No necesitaba correr.

Sabía que la alcanzaría.

Sheryl se escondió tras una vitrina.

Contuvo la risa.

Escuchó sus pasos acercarse… y luego detenerse.

Silencio.

—¿Crees que no te vi?

—murmuró él, muy cerca.

Ella giró de golpe.

Cassian estaba ahí.

Demasiado cerca.

Su mano atrapó la muñeca de Sheryl con suavidad, firme sin apretar.

La otra se apoyó en la vitrina, encerrándola sin tocarla realmente.

El aire se volvió espeso.

Ella podía sentir su respiración.

Él podía sentir cómo el pulso le temblaba en la piel.

—No deberías correr —dijo Cassian, bajo—.

Podrías perderte.

—¿Y si quiero?

—susurró ella.

Cassian inclinó apenas la cabeza.

—Entonces tendría que encontrarte.

No la besó.

No aún.

Su pulgar rozó apenas el interior de su muñeca, donde el pulso latía descontrolado.

Un gesto mínimo.

Devastador.

Sheryl cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió, él ya se estaba separando.

—Ven —dijo—.

Quiero mostrarte algo más.

Se sentaron después en un banco de madera, frente a una sala dedicada a cartas de amor.

El silencio volvió a acomodarse entre ellos, distinto.

Cargado.

—Cassian… —empezó ella—.

Lo de anoche… Él la miró, atento, pero no tenso.

—No fue un error —dijo—.

Pero tampoco fue una promesa.

Ella asintió, aliviada.

—Me gusta cómo dices las cosas.

—Me gusta no apresurarme —respondió—.

Hay noches que no se tocan.

Se guardan.

Ella sonrió, suave.

Cassian se levantó, le ofreció la mano otra vez.

Y Sheryl la tomó, sabiendo que estaba entrando en algo distinto.

No huida.

Elección.

Y mientras el museo volvía a cerrarse detrás de ellos, algo quedaba claro: Algunas historias no se escriben con prisa.

Se caminan.

Se sostienen.

Y cuando arden… son eternas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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