Entre su amor y su obsesión - Capítulo 38
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38: CAPÍTULO 38 38: CAPÍTULO 38 Las luces de la ciudad se deslizaban por el parabrisas y se rompían en reflejos suaves sobre el rostro de Sheryl.
Ella apoyaba la cabeza contra el vidrio, mirando hacia afuera sin mirar realmente.
Había algo distinto en su respiración.
No ansiedad.
No culpa.
Algo más hondo.
Cassian lo notó sin necesidad de mirarla demasiado.
—¿Te cansé?
—preguntó, rompiendo el mutismo con suavidad.
Sheryl negó despacio.
—No —respondió—.
Me… removiste.
Cassian asintió, como si esa fuera exactamente la respuesta que esperaba.
—El museo hace eso —dijo—.
Te enfrenta con lo que otros sintieron antes que tú.
A veces uno sale un poco desordenado.
Ella giró apenas la cabeza para mirarlo.
—No fue solo el museo.
Él no preguntó más.
Solo dijo: —Está bien no estar bien conmigo.
Eso fue suficiente para que algo en ella cediera.
El auto se detuvo en una calle tranquila.
No frente a su edificio todavía.
Un poco antes.
Cassian apagó el motor, pero no abrió la puerta.
La noche se cerró alrededor de ellos, íntima, suspendida.
Sheryl soltó el aire lentamente.
—Hoy me sentí… vista —dijo al fin—.
No observada.
Vista de verdad.
Y eso me asusta un poco.
Cassian se giró lo justo para verla.
—¿Por qué?
Ella dudó.
Jugó con el borde de su abrigo.
—Porque vengo de lugares donde cuando alguien veía demasiado… terminaba queriendo poseer.
O arreglar.
O exigir.
No sé cómo explicarlo.
Cassian sostuvo su mirada.
No había defensa en sus ojos.
Tampoco prisa.
—No estoy buscando poseerte —dijo—.
Y menos arreglarte.
Sería arrogante creer que tengo ese poder.
El silencio que siguió fue espeso.
No incómodo.
Cargado.
Sheryl tragó saliva.
—Anoche… —empezó, y se detuvo.
Cassian no la ayudó a terminar la frase.
—¿Anoche qué?
Ella sonrió apenas, nerviosa.
—Fuiste muy correcto.
Él arqueó una ceja, divertido.
—¿Eso es una queja?
—No —dijo rápido—.
Es solo que… —lo miró— no estoy acostumbrada a que alguien se detenga cuando claramente podría avanzar.
Cassian la observó un segundo largo.
Luego habló, con la voz más baja.
—Si avanzo —dijo—, no voy a fingir que es algo liviano.
Y todavía estamos construyendo el suelo.
Prefiero que no se nos quiebre bajo los pies.
Esa frase le recorrió la espalda como un escalofrío lento.
—Eres peligroso —murmuró ella.
—Lo sé —respondió—.
Por eso intento ser responsable con ello.
Sheryl rio, suave, incrédula.
—¿Siempre eres así?
—No —admitió—.
Pero contigo… quiero hacerlo bien.
No hubo beso.
No aún.
Pero la cercanía era brutal.
Cassian levantó una mano, dudó un segundo, y luego rozó apenas el dorso de sus dedos con los de ella.
El pulso de Sheryl se aceleró de inmediato.
—Eso —susurró ella—.
Eso es trampa.
—No —corrigió—.
Es consentimiento lento.
Ella cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, lo miró distinto.
No como a un hombre atractivo.
Como a una decisión posible.
—No quiero huir —dijo—.
Pero tampoco quiero perderme.
Cassian inclinó un poco la cabeza.
—Entonces quédate —dijo—.
Pero quédate porque quieres, no porque te empujen.
Sus frentes quedaron a centímetros.
Sus respiraciones se mezclaron, cálidas, conscientes.
Sheryl sintió el impulso claro, directo, de acortar la distancia.
De besarlo.
De probar.
Y también sintió algo nuevo: la certeza de que no tenía que hacerlo para que él se quedara.
Eso era lo verdaderamente erótico.
—¿Me llevas a casa?
—preguntó, con una sonrisa pequeña pero firme.
Cassian sonrió también.
No decepcionado.
Orgulloso.
—Claro.
Encendió el motor.
El momento no se rompió.
Solo se guardó.
El trayecto final fue silencioso, pero distinto.
Más cómodo.
Más cargado de futuro.
Cuando llegaron, Cassian bajó primero y le abrió la puerta.
Caminó con ella hasta la entrada.
No intentó nada.
—Gracias por esta noche —dijo Sheryl—.
Fue… importante.
—Para mí también —respondió—.
Y no porque haya pasado algo.
Sino porque no pasó antes de tiempo.
Ella asintió.
Antes de entrar, se giró hacia él.
—Cassian… —¿Sí?
—No desaparezcas.
Él sonrió, lento, seguro.
—No lo hago cuando algo vale la pena.
Sheryl entró.
La puerta se cerró.
Cassian se quedó un segundo mirando el edificio, respirando hondo, como quien acaba de contener algo grande… y sabe que lo que viene después será aún más intenso.
Caminaba hacia el auto con calma.
Fue entonces cuando la puerta del edificio se abrió de golpe.
No con cuidado.
No con ceremonia.
Se abrió como si alguien estuviera huyendo de algo.
—Derek —dijo Sheryl, sorprendida, saliendo tras él—.
¿Qué pasa?
¿A dónde vas?
Derek ni siquiera frenó del todo.
Bajó los escalones de dos en dos, el rostro tenso, la mandíbula dura, los ojos encendidos de una urgencia que no admitía preguntas.
—Te conviene no saberlo —respondió, sin mirarla—.
Discúlpame con Kayce.
Eso fue todo.
No “después hablamos”.
No “estoy bien”.
Nada.
Solo prisa.
Sheryl se quedó inmóvil, el presentimiento apretándole el estómago.
Algo no estaba bien.
Algo realmente no estaba bien.
Cassian ya estaba junto a su auto cuando Derek llegó a su altura.
Se miraron.
Dos hombres muy distintos.
Pero ambos con el mismo gesto serio que aparece cuando el mundo deja de ser juego.
—Necesito que me acerques a un lugar —dijo Derek, directo—.
Es urgente.
Cassian no respondió de inmediato.
Lo observó un segundo.
Leyó el cuerpo.
La respiración.
El temblor contenido en las manos.
—Sube —dijo Cassian, sin más.
Derek no lo agradeció.
No había tiempo para eso.
Abrió la puerta y se sentó, pasando una mano por el pelo como si tratara de mantenerse entero.
Cassian arrancó el auto.
—Dime dónde —pidió, ya acelerando.
Derek miró por la ventana un segundo, como si confirmara algo en su cabeza.
—Sigue recto —indicó—.
Luego dobla a la derecha.
Yo te voy diciendo.
El auto tomó velocidad.
Las luces de la calle empezaron a pasar más rápido.
El silencio dentro del vehículo era denso, cargado.
Cassian no preguntó.
Derek no explicó.
Después de varias cuadras, Cassian frunció el ceño.
—Esta zona… —empezó.
—Sí —lo interrumpió Derek.
Un silencio más.
Más pesado.
—¿Estás seguro?
—preguntó Cassian, ahora más grave.
Derek cerró los ojos un segundo.
—Por desgracia.
El auto giró la última esquina.
Cassian frenó despacio frente a la reja.
Las luces estaban apagadas.
Todo parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Derek ya estaba abriendo la puerta.
—Gracias —dijo, por primera vez—.
En serio.
Cassian asintió apenas, observándolo bajar.
—Ten cuidado.
Toma mi tarjeta.
Si necesitas algo, Llámame —alcanzó a decir.
Derek se detuvo un segundo antes de cerrar la puerta.
Tomó la tarjeta.
—Siempre lo tengo —respondió—.
A veces igual no alcanza.
Cerró.
Cassian se quedó dentro del auto, mirando la casa, sintiendo por primera vez esa noche que algo no le pertenecía, pero estaba a punto de arrastrarlo igual.
En el edificio, Sheryl seguía de pie en la entrada, con el abrigo cerrado hasta el cuello, el teléfono en la mano y una inquietud que no sabía nombrar.
Miró la hora.
Miró la calle.
Y sin saber por qué, sintió que algo estaba a punto de romperse.
El motor de Cassian seguía encendido.
La casa, inmóvil frente a él, parecía contener la respiración.
Y así, sin golpes, sin gritos, sin música dramática… la noche cambió de rumbo.
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