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Entre su amor y su obsesión - Capítulo 4

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4: Capítulo 4 4: Capítulo 4 La noche transcurrió en llanto, en silencios que pesaban más que cualquier frase, y en un sueño inquieto que al fin la venció.

Sheryl se durmió pegada a él, boca entreabierta, respiración irregular.

Valentino no durmió nada.

Estaba sentado en el sillón, espalda recta, ella hecha ovillo sobre su pecho.

Miraba al techo intentando ordenar el caos en su cabeza.

¿Habrán hablado?

¿Habrá vuelto con él?

Descartó la idea en segundos.

Si hubieran vuelto, él estaría aquí en lugar de mí.

Y no la habría dejado llorar así.

¿O sí?

La rareza de su relación con Sheryl le parecía fascinante, hasta el punto de ser imposible.

Un mes con ella se sentía como dos minutos y, a la vez, como dos décadas.

No la conozco de nada.

Y aun así le entregaría mi vida entera.

Eso era lo que más lo asustaba.

No la intensidad, no los celos.

La confianza.

Val creía que alguna razón debía tener Dios —o lo que fuera esa cosa que movía los hilos— para darle esa conexión tan absurda.

Desde niño se repetía lo mismo: viniste a vivir.

El miedo es la muerte disfrazada de sensatez.

Si este Dios no quiere que tenga a Sheryl, está bien.

Me conformaré con momentos.

Con ser testigo.

Con sentirla desde lejos.

Sintió algo húmedo en el abdomen.

Miró hacia abajo: Sheryl, profundamente dormida, le estaba babeando la polera.

Sonrió sin poder evitarlo.

Con cuidado de no despertarla, tomó el teléfono para hacerle una foto.

Flash.

Sonido de cámara al máximo.

Sheryl se movió.

—Wakey wakey, Cherry Pie —dijo Val, guardando el celular con reflejos—.

Ya amaneció.

Ella se estiró, desconcertada, hasta que vio la marca de baba en su pecho.

—No…

no puede ser —se tapó la cara—.

Te babeé la polera.

Lo siento tanto.

Intentó limpiar con la mano el desastre, frotando la tela contra su abdomen.

Valentino se tensó entero.

Notó, con el peor timing posible, cómo su cuerpo reaccionaba.

La puta madre.

—Sher —murmuró, tenso—, si no me vas a ayudar con el problemita de ahí abajo, mejor no sigas.

Ella tardó un segundo en entender.

Miró.

Vio el bulto en sus pantalones.

—Ay Dios.

Ay Dios, lo siento.

Ay Dios —agarró un cojín y se lo puso encima con reflejos de ninja.

—¿Un cojín?

¿En serio?

—preguntó Val, entre divertido y desesperado.

—¿Qué más quieres que haga?

—Yo soy un caballero, mujer.

A mí me enseñaron que no se calienta la sopa si no te la vas a comer.

¿En serio vas a dejar al pobrecito así?

Sheryl le lanzó otro cojín a la cara y se levantó de un salto hacia la cocina, roja hasta las orejas.

La vergüenza pesaba igual que la culpa.

Con cualquier otro no me afectaría esto.

Con él…

se siente como la primera vez.

Siempre.

—No es “pobrecito” y lo sabes —replicó a la distancia—.

Kayce tenía razón, los rumores eran ciertos.

—La fama me precede —repuso él, teatral—.

Ahora no podrás dejar de verme como un objeto sexual.

Estoy harto de las mujeres que sólo me cosifican.

Soy más que un miembro, Sheryl.

Ella no pudo evitar reír.

Comenzó a sacarse el polerón para pasárselo.

Él se levantó, fue hacia ella.

—Quédatelo —dijo, volviéndoselo a poner encima antes de que ella pudiera devolvérselo—.

No quiero que me lo devuelvas.

—Pero es muy lindo, ¿por qué ya no lo quieres?

Puedo lavarlo, estoy casi segura de que no lo babee.

—Porque se ve mejor en ti —contestó sin titubear—.

Y porque me gusta la mezcla entre tu aroma y el mío.

Creo que a eso debe oler el cielo.

Pero la principal razón…

Se alejó hacia el balcón, prendiendo un tabaco.

—…es que verte con mi ropa me gusta más que verte sin ella.

Cuando quieras hacerme feliz, úsalo.

Y si alguna vez el pedacito de cielo que creamos en él se va…

dámelo.

Y lo volveremos a crear.

Sher lo observó desde la cocina, abrazándose a sí misma dentro del polerón negro.

Si sigue así, el cuerpo va a traicionarme.

Esto es una prueba.

Para ver si soy capaz de elegir bien esta vez.

Amo a Luca.

Amo a Luca.

Amo a Luca.

Pero ahí estaba.

Admirando al chico de ojos imposibles que había logrado, en un mes, lo que nadie había podido en años: hacerla sentir un lugar seguro.

Pasaron el fin de semana juntos.

Compartieron silencios, ideas, café demasiado cargado y tabacos a medias.

Valentino le daba a Sheryl puntos de vista frescos para sus escritos; Sheryl despertaba en él una musa que creía muerta.

Él buscaba referencias, colores, palabras.

Ella volvía a escribir con rabia, con dolor, pero también con algo nuevo: un poco de esperanza.

A pesar de la confianza que habían construido, ninguno de los dos nombró a Luca.

Valentino no fue capaz de preguntar.

Sheryl se moría por contárselo, pero no pudo.

El lunes llegó antes de que pudieran prepararse.

Sher tenía una sonrisa tan grande que le dolían las mejillas.

Valentino tiene razón, pensó al bajar con él en el ascensor.

Él es mi pedazo de cielo.

Mi pequeño descanso…y precisamente por eso me da tanto miedo.

Después de varios intentos fallidos, el auto de Sheryl se negó a encender.

Valentino no tardó en acercarse.

Amaba la mecánica en secreto.

Escuchó el motor dos segundos y supo qué era.

Podía arreglarlo en diez minutos.

No lo hizo.

—Cherry Pie, vámonos en mi moto.

—Se colgó las llaves del dedo—.

Lo de tu auto lo vemos después de clases.

Si sigues intentando esto, vas a llegar tarde.

—¿Tienes otro casco?

—Y uno rosado, para que combine con tu bufanda.

Tanto estilo no se ve ni en Tokio, baby.

Sher resopló, pero no pudo contener la sonrisa.

—Bien, pero sólo si me dejas conducir de vuelta.

—La moto es tuya —dijo, acomodándole el casco con una paciencia delicada—.

Me gustaría verte alguna vez con tu pelo natural.

—¿Estás diciendo que no te gusta mi pelo liso?

—Estoy diciendo que quiero comprobar una teoría.

—¿Qué teoría?

—Te la cuento cuando la compruebe.

—Tomó sus manos y ajustó el agarre alrededor de su torso, pegándola más a él—.

Sabes que manejo rápido.

Sujétate bien.

Salieron disparados hacia la calle.

La velocidad encendió recuerdos que Sher había intentado enterrar: la moto de Luca, los semáforos ignorados, las noches de adrenalina y risas, y el miedo pegado al estómago.

Con Luca, cada curva podía ser la última.

Había belleza en esa locura.

Y terror.

Con Valentino…

era distinto.

Sabía que él no le haría daño.

Que no arriesgaría su vida por impresionar a nadie.

Por primera vez, entendió lo que era sentirse segura a esa velocidad.

Como si él estuviera hecho para sostenerla.

Llegaron a la universidad sin problemas.

Valentino le quitó el casco con cuidado, desordenándole un poco el pelo sólo para poder arreglárselo.

—Val, hoy me estás mimando demasiado.

Puedo peinarme sola.

—Lo sé.

Esta es mi excusa para tocarte —respondió sin vergüenza.

Sher levantó la vista.

Lo hizo con la intención de mirarlo un segundo…

y se quedó atrapada.

Otra vez.

Siempre.

Luca, en la entrada del campus, los vio.

No había ido a buscarlos.

No los estaba persiguiendo.

Simplemente…

ahí estaban.

Siempre que miraba hacia algún punto del campus, encontraba la misma escena: Sheryl y el rubio.

El chico de la falda ya no tenía pelo punk, pero seguía pegado a ella.

Riéndose.

Tocándole la cara como si tuviera derecho.

¿Es que no hay un solo rincón en donde no tenga que verlos juntos?

Su paciencia casi inexistente se esfumó por completo.

Valentino y Sheryl se despidieron, pues sus edificios estaban en direcciones distintas.

Sher se dio vuelta para entrar a su aula cuando una mano la sujetó de la muñeca y la arrastró por el pasillo.

El baño de discapacitados.

Luca cerró con pestillo.

Sheryl no se resistió.

El corazón se le disparó, pero no de miedo.

O no sólo de miedo.

Había algo más: nostalgia.

Culpa.

Sed.

—¿Qué pretendes?

—disparó él, clavando la mirada en su reflejo para no verla directo—.

¿Quién es ese con el que andas?

¿Es mi reemplazo?

¿Es el de mi hermano ahora?

—Cariño…

—intentó Sheryl, con una calma que no sentía—.

Si te calmas, puedo explicarte.

La palabra “cariño” le arañó el pecho a él y la consciencia a ella.

Era el mismo apodo de siempre, usado en otro contexto, sobre una herida abierta.

—¿Así también lo llamas a él?

—Luca apretó la mandíbula—.

¿Por qué dejas que ese te toque?

¿Ya se acostaron?

La miró por el espejo.

No se atrevía a girarse, porque sabía lo que pasaría si la veía de frente.

Bacardí, rabia y amor son una mala mezcla.

A Sheryl no le gustó el tono.

No le gustó que hablara de Valentino como algo sucio.

—No es así —contestó, la voz quebrada, pero con determinación—.

Val es mi amigo.

Deja de decir estupideces.

—¿Estupideces?

¿”Val”?

—Él se dio vuelta.

Acortó la distancia entre ellos con dos pasos largos.

La empujó contra la pared con las manos en ambas sienes, encerrándole el rostro—.

¿Le contaste quién soy?

¿O no quieres que sepa de tus andanzas?

—Tú y yo no somos nada —escupió ella, más por coraje que por convicción—.

Me lo has repetido hasta el cansancio.

Si me diera la gana de acostarme con Val, ya no sería asunto tuyo.

Fueron tus palabras.

¿Recuerdas?

Dolió decirlo.

Más porque ambos sabían que era mentira.

Ella no podría.

No ahora.

No así.

Pero necesitaba defender a Val.

—Sí, tienes razón —Luca respiraba agitado—.

Me molesta.

Se quitó la chaqueta como si le estorbara, quedando con el torso al descubierto.

Tatuajes por todo el pecho.

En el brazo.

En el costado.

—¿Te acuerdas de este?

—señaló uno—.

Me lo hice cuando nos dimos el primer beso.

Este, cuando empezamos a salir.

Este otro, con la fecha en que me dijiste que sí…

y el poema que me escribiste, a lo largo de la espalda.

Tengo tu nombre grabado en la piel, Sheryl.

En más partes de las que te imaginas.

Se acercó un poco más.

El olor a alcohol de la noche anterior seguía en su ropa.

No estaba borracho, pero tampoco estaba sobrio.

Siempre en ese punto medio peligroso.

—¿Y me preguntas si me molesta que sonrías con alguien que no soy yo?

—dijo, con una pseudo sonrisa torcida—.

Me enferma.

Le tomó la cara con firmeza y la obligó a levantarla.

—¿Que toque tu cara?

Sí.

Me molesta.

Bajó a su cuello.

No la besó rápido.

No fue tierno.

Tampoco brutal.

Fue…

desesperado.

Como alguien que intenta recordar con el cuerpo lo que el orgullo le impide pedir con palabras.

El contraste de sus manos frías con el calor que se empezaba a encender en ella la descolocó.

Cada beso en el cuello era un disparo directo a la nostalgia.

A la primera vez.

A la primera carpa, a la primera canción, al primer “te amo”.

—No me olvides todavía —susurró contra su piel.

Sheryl cerró los ojos.

Sabía que ahí estaba la trampa.

Lo extrañaba.

Extrañaba sus manos.

Extrañaba su risa.

Extrañaba sus “te amo” susurrados entre acordes y humo.

Pero también sabía que él no estaba bien.

Que esa agresividad no era él.

Era el alcohol, la culpa, el trauma, todo mezclado empujando hacia la salida más fácil: su cuerpo.

La culpa la clavó contra la pared.

Yo destruí esto.

Yo lo rompí primero.

Lo mínimo que puedo hacer es aguantar.

Sus manos encontraron su cabello.

Tiró de él con fuerza, una mezcla de rabia y necesidad.

Luca gimió contra su cuello, tragándose una súplica que no se atrevía a decir.

Sus bocas se encontraron.

El beso fue desordenado, cargado de cosas que no se habían hablado.

Lenguas que se reconocían de memoria, que se buscaban como si ese fuera el único idioma posible.

Luca la apretó de la cintura, pegándola aún más.

Sher lo dejó.

No sólo lo dejó: respondió.

La cabeza y el corazón nunca firmaron el mismo contrato.

La mano de él bajó por sus muslos.

La levantó con facilidad, acomodándola contra la pared.

Ella sintió cómo el suelo desaparecía debajo de sus pies.

La sensación conocida la desarmó.

—L-Luca, espera…

—susurró.

No era un “no” rotundo.

Era un “por favor hagamos esto de otra forma”.

Un “háblame primero”.

Un “mírame”.

—Sabes que no puedo —respondió él.

Ahí estaba la diferencia.

Antes, cuando estaban bien, él la leía.

Si ella decía “espera”, él se detenía.

Jugaba, molestaba, insistía…

pero sabía cuándo parar.

Ahora no.

Ahora el alcohol hablaba detrás de su respiración, insistiendo que la única forma de apagar ese dolor era hundirse en ella.

El resto vino rápido.

Demasiado rápido.

Sheryl supo que cruzaba una línea, no tanto con él, sino consigo misma.

Una parte se desconectó para poder soportar.

Otra se aferró a la idea de que esto era un puente, una oportunidad, un “algo” para arreglar todo.

Sé honesta, Sheryl.

No lo es.

Sólo estás pagando una deuda que te corresponde.

Que siempre te corresponderá.

Terminó.

Y aun así, no sintió que él estuviera ahí.

Sus ojos, cuando se cruzaban en el espejo, parecían vacíos.

No había ternura.

No había brillo.

Había rabia, placer físico, culpa.

Nada más.

Luca acabó unos minutos después.

Se quedó quieto, respirando agitado.

Se apartó sin decir nada.

Le alcanzó la ropa interior en silencio, como si fuera parte de una rutina.

—Arréglate —fue lo único que dijo.

Se subió la cremallera, se puso la chaqueta, y se fue.

Sin mirarla.

Sin un “estás bien”.

Sin nada.

El pestillo sonó.

La puerta se cerró.

Sheryl se quedó inmóvil frente al espejo.

Se vio el maquillaje corrido, el cuello rojo, la bufanda fuera de lugar.

Si esto debería sentirse como una victoria…

¿por qué se siente como una derrota?

Vio su propia cara y sintió asco.

Vio la cara de Luca…

y frustración.

Vio, en su cabeza, la cara de Val…

y la culpa la atravesó.

La respiración comenzó a acelerarse.

No podía inhalar.

No podía exhalar.

El pecho se le cerró.

No quiero pensar qué diría Val si supiera esto.

No quiero hacerle daño.

No quiero, no quiero, no quiero— El piso pareció moverse.

Todo se volvió borroso.

Luego negro.

Cayó.

Cuando despertó, lo primero que vio fue un pequeño charco de sangre junto a su cabeza.

El costado izquierdo le latía como si tuviera un tambor dentro.

Se llevó la mano a la sien.

Rojo.

Intentó incorporarse, pero el mundo giró como una tómbola.

Se quedó unos minutos más en el suelo hasta que la náusea bajó.

Las escenas volvieron a su mente, una tras otra, sin piedad.

El baño.

Luca.

El espejo.

El silencio posterior.

Sus ojos ardieron, pero no le quedaban lágrimas.

Escuchó vibrar el teléfono dentro de su bolso.

Lo sacó con manos torpes: varias llamadas perdidas de Valentino.

No podía dejar que la viera así.

Llena de marcas que no eran suyas.

Con el cuello lleno de señales que contaban una historia que él no merecía cargar.

Se obligó a ponerse en pie.

Limpió el piso como pudo con papel y toallas desechables.

Se arregló la ropa.

Amarró su bufanda de forma que le cubriera buena parte del cuello y la cabeza, improvisando un torniquete sobre la herida.

Respiró hondo.

Un paso.

Luego otro.

Salió del baño cuando estuvo segura de que no había nadie cerca y tomó el camino hacia la salida más cercana del campus.

Estaba casi afuera cuando escuchó: —¡Sher!

Kayce corría hacia ella, agitando la mano.

Su sonrisa se desdibujó apenas la vio de cerca.

—Te estaba buscando —dijo, sin dejar de examinarla—.

Habíamos quedado en la cafetería, te esperé una hora.

¿Por qué llevas la bufanda así?

¿Es…

eso sangre?

Sheryl se tensó.

—Kayce, no puedo explicarte ahora —respondió con la voz más estable que pudo—.

Pero necesito que me ayudes.

Necesito que distraigas a Val.

Los ojos de Kayce se agrandaron.

Miró hacia atrás, y efectivamente, a lo lejos, vio al rubio escaneando desesperado el campus.

—¿Qué?

No, linda, espera, tú necesitas ayuda, podemos ir a enfermería, o a— —¡Esta es la mejor forma de ayudarme, Kay!

—la cortó, casi suplicando—.

Está detrás de ti, distráelo para que pueda irme.

Te contaré todo luego, te lo prometo.

Le dio un beso rápido en la frente y se marchó, avanzando con prisa, intentando fundirse con la salida.

Kayce tragó saliva.

Muy bien, Kayce.

Sonríe.

No dejes de sonreír.

Se giró y caminó directo hacia él.

—¡Oye, idiota!

—lo llamó—.

Sígueme.

Necesito hablar contigo.

Genial.

Empezaste perfecto, reina de la diplomacia, se dijo a sí misma.

Valentino ni siquiera fingió buen humor.

—Habla con alguien a quien le importe —respondió, sin detenerse—.

No tengo tiempo para ti.

Cálmate, Kayce.

Tú te lo buscaste.

—Es sobre Sher.

Se detuvo en seco.

Giró la cabeza tan rápido que a ella le dolió el cuello.

La ansiedad le cruzó la cara como un relámpago.

—¿Sabes dónde está?

—preguntó.

Sin burla.

Sin escudo—.

Responde.

Espabila.

Habla de una vez.

Kayce respiró hondo.

Estaba asustada, pero no de él.

—Escúchame, pedazo de mierda —dijo con una calma fingida—.

Yo no te agrado y tú no me agradas, pero si vamos a compartir una amiga, más vale que empieces a tratarme como persona.

—¿No crees que eso también aplica para ti?

—replicó él, exasperado.

Si hubiese competencia de egos, la coronarían.

—Sí —admitió, rodando los ojos—.

Por desgracia.

Sólo cállate y sígueme.

Valentino la siguió, mirando el teléfono cada dos pasos por si Sheryl respondía.

Iban camino a una de las cafeterías cuando alguien los interceptó.

—Vaaalentinooo, socio —canturreó un pelirrojo, rodeado de un grupo de chicos que Kayce no conocía—.

Hoy fiesta en mi casa.

¿A qué hora llegas?

—No, T-Rex —respondió Valentino sin detenerse—.

Ya tengo planes.

Y estoy corto de tiempo.

—Una lástima —dijo el pelirrojo, ladeando la cabeza hacia Kayce—.

¿Y tú, muñeca?

—Ella tampoco va —contestó Valentino antes de que ella abriera la boca, pasando un brazo por sus hombros.

Kayce, aunque confundida, entendió que él tenía motivos para hacer algo como eso, y no se lo sacó de encima.

—¿Ah, sí?

—rió él—.

Antes sabías compartir, amigo.

—Tu hermana me está enseñando malos modales —contestó Valentino, reanudando la marcha y apretando un poco más a Kayce contra sí.

—Por cierto…

—agregó el pelirrojo—, dice que no le respondes las llamadas.

Está muy sentida contigo.

—Eso es porque tengo en espera a tu madre —remató Valentino.

El chico soltó una carcajada genuina.

Los demás lo replicaron por inercia.

Pero la risa no le tapó la duda: algo pasaba con Valentino.

Y él se moría por descubrir qué.

Kayce y Valentino llegaron a una cafetería casi vacía, de otra facultad, alejada del bullicio.

Se sentaron en una mesa retirada.

Val al fin soltó su hombro y se desplomó sobre la silla.

—¿Qué fue eso?

—preguntó ella.

—Yo arreglando tu error —contestó, sin mirarla aún—.

Si no conocías a nadie acá, no me traigas a la cafetería de otra facultad.

Sobre todo a esta, que está medio abandonada.

—No lo entiendo.

—Eres lista.

Une las piezas.

Kayce miró alrededor.

Miradas.

Demasiadas miradas.

—¿Qué tan malos son?

—preguntó, bajando la voz—.

En nuestra facultad también hay imbéciles.

Un veinte por ciento, por lo bajo.

—Aquí no hay sólo imbéciles —dijo Valentino, apoyando los codos en la mesa—.

Hay gente enferma.

Al menos un ochenta por ciento.

Por lo bajo.

¿Sabías que nadie controla quién entra y sale?

A nadie le interesa.

La mitad de los que ves aquí no son alumnos.

Son amigos de los idiotas que rondan estos pasillos.

Kayce tragó saliva.

—Pero…

¿por qué la universidad deja que eso pase?

—Porque no les importa.

Este campus está lejos de todo.

Las carreras importantes son en los edificios bonitos, las fotos de la página web son de esos patios, no de este agujero.

Somos la universidad más grande del país, controlar a todos es imposible…

y a algunos ni les conviene.

Te sorprendería lo que algunos profesores hacen en este lugar.

Ella lo miró de reojo.

Su compañero de cuatro años, al que siempre había catalogado de pesado, problemático e insoportable, acababa de protegerla sin dudarlo.

—Ese chico pelirrojo que vimos antes —preguntó, recordandolo—.

Lo he visto contigo en nuestro campus.

¿Es de los imbéciles?

Valentino dudó un segundo.

—Derek es…

el menor de los males —respondió—.

Si me preguntas si puedes confiar en él, no.

Tú no.

Pero si alguna vez estuvieras en problemas aquí, y tuvieras que escoger a alguien del montón, búscalo a él.

Y sólo a él.

Grábate su cara.

Te conviene.

Kayce lo observó, sorprendida.

—¿Por qué estaría en problemas?

Valentino la miró con calma por primera vez en toda la conversación.

—Hablemos claro…

¿Cómo te llamabas?

—Kayce.

Después de cuatro años y aún no— —Kayce —repitió, probando el nombre—.

Eres morena, guapa, inteligente, educada, talentosa.

Una mujer de familia adinerada, con renombre.

Tienes futuro.

Eres todo lo que aquí no hay.

¿Me acaba de halagar?

¿Más de una vez?

Se quedó callada, procesando.

—Entonces es verdad que odias a las rubias —intentó molestar, por reflejo.

Valentino resopló.

—¿Qué…?

Mierda, ¿por qué todos creen eso?

No odio a las rubias.

—Se recostó en la silla, mirando fijamente hacia el centro de la cafetería—.

Por mi encantadora personalidad, no todos me aman.

Algunos respetarán que te hayan visto conmigo.

Otros van a querer probar suerte.

Y yo he hecho enojar a mucha gente aquí.

El ambiente se corta con cuchillo.

Kayce se giró hacia el centro.

Se dio cuenta entonces: había chicas mirándola con celos asesinos, otras con resentimiento, y varios chicos evaluándola como si fuera mercancía.

Otros chicos miraban a Valentino…

esos eran los que más miedo le daban.

—Hablas como si esto fuera una especie de mafia —dijo, intentando reírse.

Pero la risa no le salió.

—Dame tu mano —pidió él, apoyándola sobre la mesa.

—¿Qué…?

—Kayce.

—Esta vez la miró directamente—.

Tal vez creas que dejarte manejar esto sola sería mejor.

Pero con ciertos tipos, cualquier señal de que estás sola es una invitación.

No les debes nada.

Pero vas a necesitar toda la ayuda posible…

aunque esa ayuda sea de alguien que te cae como el culo.

Ella dudó.

Luego puso su mano sobre la de él.

Valentino la apretó con suavidad, como si sellara un pacto silencioso.

Mierda, Sher, pensó Kayce, sintiendo un extraño alivio.

Creo que acabo de entender por qué te enamoras tan fácil.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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