Entre su amor y su obsesión - Capítulo 40
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40: CAPÍTULO 40 40: CAPÍTULO 40 La clínica veterinaria de urgencias estaba vacía.
Cassian estacionó.
Le temblaba un poco el pulso.
No era miedo.
No exactamente.
Era la sensación de haber entrado en un carril equivocado del destino.
Uno que no estaba en su agenda, uno que no tenía reglas claras.
Uno que, si se lo tragaba, podía arrastrar no solo su vida, sino el apellido entero detrás de él.
Aun así, abrió la puerta trasera.
El perro estaba ahí, envuelto en una chaqueta, respirando como si cada inhalación tuviera que negociar con la muerte.
Tenía sangre seca en el hocico.
La lengua apenas se movía.
Sus ojos, húmedos, estaban medio abiertos, pero no del todo presentes.
Cassian tragó saliva.
No lo conocía.
Pero lo sintió suyo por el solo hecho de sostenerlo.
Como si el universo le hubiera puesto ese cuerpo vivo en las manos para preguntar: ¿Qué tipo de hombre eres cuando nadie te aplaude?
—Ya… ya, tranquilo —murmuró, sin saber si las palabras servían—.
Ya llegamos.
Adentro, el personal lo vio y no preguntó “qué pasó”.
Preguntó lo único que importaba: —¿Respira?
—Sí —dijo Cassian—.
Pero mal.
La recepcionista no lo hizo llenar formularios.
No pidió nada.
Lo miró una vez, reconoció algo en su rostro, quizá el apellido, quizá el porte, quizá la forma de entrar con la urgencia en los hombros, y alzó la voz: —¡Ryan!
La palabra atravesó el pasillo como una orden.
Cassian sintió un golpe interno.
No porque el nombre fuera sorpresa, sino porque el mundo, por algún motivo extraño, estaba alineando piezas.
Ryan Valer apareció desde el fondo, cruzando con pasos rápidos, con el delantal a medio poner y el cabello oscuro desordenado.
Su cara era la de alguien que había visto demasiadas cosas raras como para impresionarse fácilmente, y aun así sus ojos se afilaron al instante.
Primero miró al perro.
Luego miró a Cassian.
Y en esa mirada, Cassian entendió dos cosas.
Que Ryan ya sabía que esto no era un accidente de “se cayó en la casa”.
Y que, aun así, iba a actuar.
—Cass —dijo Ryan, y su voz no fue cariñosa ni fría.
Fue profesional—.
Ponlo aquí.
Cassian lo acostó sobre la camilla con cuidado.
Ryan no preguntó “de quién es”.
No preguntó “por qué”.
No preguntó “dónde lo encontraste”.
Tocó con dos dedos, miró el ritmo de la respiración, revisó encías, pupilas, abdomen con una rapidez que no se veía apurada, pero sí absoluta.
Después, su expresión cambió apenas.
Un milímetro.
El milímetro que le rompe la esperanza a cualquier humano.
—No te prometo nada —dijo Ryan, mirándolo por encima de la camilla.
Cassian sintió un vacío abrirse bajo las costillas.
—Lo sé.
Ryan apretó los labios, como si odiara el mundo.
—Está muy mal.
Cassian no se defendió.
No hizo el gesto típico de “yo pago”.
No era una transacción.
Era una súplica seca.
—Inténtalo igual.
Ryan sostuvo la mirada de Cassian un segundo largo.
No era una competencia de egos.
Era un acuerdo silencioso entre hermanos: “no me obligues a mentirte”.
—Voy a entrar a ciegas —dictaminó—.
Si espero exámenes, lo pierdo.
Si entro ahora… quizá.
Esa palabra.
Quizá.
Quizá era un puente.
Quizá era una tumba.
Cassian asintió.
—Hazlo.
Ryan se giró al personal.
—Prepárame quirófano.
Ahora.
Quiero todo listo.
El perro desapareció tras la puerta como si el mundo se lo hubiera tragado.
Cassian quedó solo en la sala de espera.
Se sentó.
Y ahí, donde nadie lo conocía realmente, Cassian Valer dejó caer la espalda contra la silla y se permitió sentir el desorden.
¿En qué me estoy metiendo?
Derek le había dicho: “mientras menos sepas, mejor”.
Y Cassian lo había entendido de inmediato, porque Cassian vivía de entender cosas sin que se las explicaran.
Era su talento y su condena.
Mientras menos supiera, menos riesgo.
Mientras menos riesgo, menos daño colateral.
Menos daño colateral… menos posibilidad de que el apellido Valer apareciera pegado a algo que no correspondía.
Y Cassian no vivía solo para sí mismo.
Tenía padres.
Tenía un hermano mayor que se partía la espalda por un trabajo difícil, por cumplir expectativas mucho más grandes que las de él.
Tenía una historia familiar, una reputación y un legado que no eran un adorno, sino una estructura real: el tipo de estructura que, si se agrieta, se cae encima de todos.
Cassian miró sus manos.
Manos limpias.
Manos que escribían papeles que podían cambiarle la vida a la gente.
“No debo volver”, pensó.
Y, aun así, se levantó.
Porque algo le punzaba bajo la piel.
Una idea incómoda.
Que, si esta noche tenía algo que ver con Sheryl, aunque fuera en la periferia, entonces quizá él ya estaba dentro, aunque fingiera que no.
Y si ya estaba dentro… Lo mínimo que podía hacer era quedarse hasta que el perro dejara de estar al borde.
Volvió a sentarse y apoyó los codos en las rodillas.
Respiró.
Se obligó a ordenar pensamientos como si fueran expedientes: El perro.
Derek.
“Mientras menos sepas…” Mi familia.
Sheryl.
A ratos miraba la puerta de quirófano.
A ratos miraba el suelo.
A ratos intentaba convencerse de que ya había hecho suficiente.
Que era momento de irse a casa.
“Yo no soy parte de esto.” Y, aun así, no se iba.
Porque en su cabeza había una imagen que no lo dejaba tranquilo: Derek, un tipo que a sus ojos era una pared, pidiéndole “por favor”.
Lo respetaba.
Y Derek a él.
El respeto es lo único que he construido por mi mismo en esta vida.
No voy a perderlo.
Ryan salió otra vez, se sacó los guantes, se pasó una mano por el pelo.
—Sigue vivo —dijo.
Cassian exhaló.
—¿Va a…?
Ryan negó.
—No lo sé todavía.
Hice lo que pude.
Ahora es tiempo y suerte.
Cassian apretó la mandíbula.
—Gracias.
Ryan lo miró, con esa mezcla de hermano mayor y doctor cansado.
—Cass —dijo—.
No te metas en cosas que te van a arruinar.
Cassian soltó una risa sin humor.
—Me estoy metiendo incluso cuando no quiero.
Ryan lo observó un segundo largo.
—¿Esto tiene que ver con ella?
¿Con la chica de la que me hablaste?
Cassian no respondió de inmediato.
Porque decir “Sheryl” en voz alta lo hacía real.
—No directamente —dijo al fin.
Ryan levantó una ceja.
—Eso significa que sí.
Cassian se quedó quieto.
—Se que tengo una familia, Ryan.
No soy solo yo.
No puedo jugar con nuestro apellido.
Ryan asintió.
—Entonces acuérdate de eso.
Cassian apretó los dientes.
—Me acuerdo —dijo—.
Por eso me asusta haberme quedado.
Ryan se ablandó un poco.
—Quedarse no siempre es meterse —dijo—.
A veces es solo… humanidad.
Cassian lo miró.
—¿Y si esa humanidad termina costándome todo?
Ryan se encogió de hombros.
—Bienvenido a mi vida.
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