Entre su amor y su obsesión - Capítulo 6
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6: Capítulo 6 6: Capítulo 6 Valentino corría como si la tierra se hubiese abierto detrás de él.
Los pasos de sus perseguidores resonaban por los pasillos del campus, amplificando la sensación de un peligro que no daba respiro.
—¡NO PUEDES CORRER PARA SIEMPRE, PUNKY!
—gritó uno desde atrás—.
¡PAGARÁS POR LO QUE LE HICISTE A MI HERMANA!
—¡Por última vez, NO FUI YO!
—respondió Val sin dejar de correr—.
¡Ni siquiera la conocí en persona!
Giró en seco hacia la escalera que descendía al sótano más antiguo del campus.
El cementerio.
No había lápidas ahí, pero el nombre era apropiado: era donde iban a morir las cosas que la universidad quería esconder.
Cajas mohosas, archivadores oxidados, sillas rotas, telarañas que parecían redes de pesca abandonadas.
El lugar tenía olor a humedad y abandono.
Perfecto para desaparecer.
Perfecto para pelear.
Valentino no vino a esconderse.
Corrió directo al fondo del sótano y, tras mover un estante corroído, sacó algo envuelto en una bolsa plástica: un revólver, pesado y frío como la culpa que cargaba.
Los pasos se detuvieron dos metros antes de llegar a él.
El cabecilla —Marlon— lo vio apuntar.
El arma firme.
El pulso…
sorprendentemente estable.
—Retrocedan —ordenó Marlon a los suyos, impactado.
Pero antes de que pudieran moverse hacia atrás…
llegaron Derek y su grupo.
Bloqueando la salida.
Con Kayce detrás, respirando como si hubiera corrido una maratón.
Derek suspiró tan fuerte que el eco lo amplificó.
—¿Otra vez, Marlon?
¿En serio?
—pasó una mano por su cabello rojo—.
No puedo creer que sigamos en esto.
Ya te dije: Val no fue.
Nunca hubo mala sangre.
¿Por qué demonios haría algo así?
Kayce miraba la escena como si hubiese caído por accidente en el peor capítulo de su vida.
Un chico con un arma.
Otro llorando.
Un grupo armado con navajas.
Y un sótano que parecía sacado de una película de terror clase C.
Sheryl, en qué mundo te mueves…
Marlon se desplomó sobre una silla rota.
Los años de persecución lo habían envejecido.
—Tú…
—dijo con voz muerta—.
Tú eres la última persona con la que mi hermana habló.
Tu número…
tus mensajes…
“Nos vemos a las 15:00 en la facultad”.
Después de eso…
el secuestro.
Se limpió la cara con la manga.
—Dime qué mierda esperas que crea, Punky.
Devuélveme a mi hermana…
por favor.
La voz se le quebró.
Dos lágrimas resbalaron por su barba descuidada.
Y allí, ante todos, se arrodilló.
Kayce dejó de respirar.
Valentino cerró los ojos, buscando fuerza donde ya no quedaba nada.
Ojalá pudiera ayudarte…
de verdad.
—Marlon —dijo finalmente—, llevo tres años diciéndote la misma verdad.
Yo no secuestré a Rebb.
Nunca la vi ese día.
Nunca apareció.
Le tembló la mandíbula antes de seguir.
—Yo la busqué.
Aunque no me dejaste hacerlo contigo…
la busqué igual.
Me metí con bandas, recibí palizas, perdí dinero, contactos, todo.
Estuve un año entero buscándola.
Todos los días.
Cada pista que encontraba terminaba en nada.
Marlon lo miraba como alguien que quiere creer, pero no puede.
—Ya no quiero seguir con esto, Marlon —concluyó Valentino, agotado.
Marlon susurró: —La buscaste un año…
yo ya llevó tres.
Tu teléfono…
Valentino asintió sin resistencia.
—Kayce.
Desbloquéalo y dáselo.
Ella avanzó despacio, esperando que en cualquier segundo alguien sacara un arma más grande o una bomba o algo igual de estúpido.
Pero al ver a Marlon arrodillado, entendió: no estaba ahí para pelear.
Estaba ahí para sobrevivir a la realidad.
Le entregó el celular.
Marlon revisó mensajes, llamadas, redes, fotos.
Buscó.
Buscó más.
Buscó hasta que la negación ya no podía sostenerse.
Le devolvió el teléfono con manos temblorosas.
—Sigo creyendo que sabes más de lo que dices…
—murmuró—.
Pero ya no tiene caso continuar hoy.
Se levantó y salió sin mirar a nadie.
Derek hizo un gesto a su gente y todos se dispersaron.
Quedaron Valentino y Derek.
O eso creyó Derek.
—Muñeca, ¿te importa?
—dijo irritado—.
Necesito hablar con mi amigo.
Ella no se movió.
Derek rodó los ojos y se acercó para apartarla con un brazo en la cintura.
Ella retrocedió un paso.
No por miedo: por asco.
—La chica se queda —ordenó Valentino, poniéndose finalmente de pie.
Guardó el arma en la parte trasera del pantalón.
Buscó una silla relativamente entera y la puso frente a ellos.
—Siéntate.
Kayce respiró hondo.
—Olvídalo.
Yo me voy —dijo, caminando hacia la salida.
Derek, cansado, la tomó del brazo y la cargó sobre su hombro como si fuera un saco de papas.
Ella soltó un gritito indignado.
—¡HEY!
La dejó en la silla.
Cuando él se inclinó para acomodarla, Kayce, con la elegancia de un gato vengativo, movió la silla un par de centímetros.
Derek se dejó caer hacia atrás esperando la silla, pero esta ya no estaba ahí.
El golpe resonó por todo el sótano, seco, humillante.
Derek se cayó de culo.
El silencio duró un segundo.
—¿Ouch?
—dijo Kayce, cubriéndose la boca con la mano mientras reprimía la risa—.
¿Aún sientes el trasero?
Dios, qué sensible eres.
Tráiganle una falda a la niña.
Derek la miró como si un meteorito le hubiese caído en la cabeza.
No se la podía creer.
Valentino…
Valentino soltó una carcajada que no sabía que tenía guardada.
Por un instante, todo pareció normal.
Tres jóvenes en un sótano espantoso, en medio de un drama criminal, riéndose del ego herido de un pelirrojo.
Pero la realidad volvió rápido.
Valentino serió el rostro.
—Kayce —dijo con voz baja—.
Sé que entendiste parte de lo que pasó aquí.
Ella asintió.
—Te voy a pedir algo.
No le digas nada a Sheryl.
Yo se lo diré.
Cuando pueda.
Cuando encuentre las palabras.
Ella lo miró fijamente.
Buscaba mentiras.
Excusas.
Huida.
No encontró nada de eso.
—Te propongo algo —dijo finalmente—.
Yo no le diré nada.
Pero si alguna vez me pregunta, no pienso mentir.
Y si se enoja por haberle ocultado esto…
TÚ, Valentino, arreglas el desastre.
Él tragó saliva.
Kayce suavizó un poco la expresión.
—Mira…
Sher es complicada.
Insegura.
Sensible hasta el extremo.
Ha vivido cosas que la dejaron rota en muchos lugares.
Pero, aun así, a mí en un mes me ha dado más cariño y apoyo que mis amigas en cuatro años.
Quiero protegerla.
Quiero ayudarla a que deje de caer en los mismos agujeros.
Se inclinó hacia él.
—¿Vas a ayudarme…
o vas a ser otro Luca Forte?
El golpe emocional fue directo.
—Vamos a cuidarla —dijo simplemente—.
Tú y yo.
Kayce sonrió, satisfecha.
—Perfecto.
Pues tengo cosas que hacer.
Luego hablamos de tu plan de conquista.
Y salió caminando como si toda la situación no hubiera sido la más terrorífica de su vida.
—Kayce, no deberías irte sola —alcanzó a decir Valentino, alarmado—.
¡En serio!
¡Ten cuidado!
Ella lo ignoró completamente.
Derek, aun sobándose el trasero, arrimó una silla junto a Val.
Lo observó con un brillo curioso, casi infantil.
—Mierda, Val…
—dijo entre fascinado y exasperado—.
Tienes muchísimo que contarme.
Hizo una pausa dramática.
—Primero: ¿quién es la morena?
Es guapísima, hombre.
Me odia, sí, pero eso lo hace mejor.
Sabes cómo me encanta un buen desafío.
Valentino lo miró con la severidad que solo un hermano puede dar.
—Derek.
Esa morena NO se toca.
¿Me entiendes?
No.
Se.
Toca.
Es la amiga de Sheryl.
No voy a arriesgar una pelea con ella porque tú no puedes guardarte el pito.
Derek levantó las manos, pero la sonrisa no se le borró.
—Entendido, entendido.
Pero será difícil, no te lo voy a negar.
Valentino suspiró, agotado.
El pelirrojo se mordió el labio, esperando la pregunta que más le importaba.
—Ahora sí…
¿Quién es Sheryl?
¿Quién es la mujer que enamoró a mi Casanovas con corazón de Romeo?
Valentino apoyó la cabeza contra la pared, exhalando largo.
Si te contara, Derek…
No sé si las palabras serían suficientes.
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