Entre su amor y su obsesión - Capítulo 7
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7: Capítulo 7 7: Capítulo 7 Cuando Sheryl llegó a su departamento se sentía mareada y exhausta.
Sólo habían pasado unas horas desde que salió de la universidad, pero el día entero le pesaba en los huesos como si fueran semanas.
Cerró la puerta tras de sí con demasiada fuerza y se dejó caer al suelo, apoyando la espalda en la madera.
El golpe en la cabeza latía con insistencia, oscureciendo los bordes de sus recuerdos.
Intentó ordenar la tarde como una película: Luca, el baño, el espejo, el piso acercándose a su cara…
Después, un vacío.
Se obligó a levantarse para ir por un vaso de agua.
El movimiento fue suficiente para que el mundo temblara a su alrededor.
Sintió que el suelo se alejaba, se agarró de la isla de la cocina y se dejó caer en la banqueta, respirando hondo.
Buscó su teléfono en el bolso.
Notificaciones.
Llamadas perdidas de Val.
Mensajes de Val.
Llamadas de Kayce.
Pero no lo que, en el fondo, había esperado ver.
Es ridículo que esperes un mensaje de él.
¿Por qué te escribiría?
Las cosas no han cambiado.
Luca sigue despreciándote, y sexo rápido en un baño no va a cambiar eso.
Le respondió a Kayce con algo escueto para no preocuparla, pero cuando abrió la conversación con Valentino sus dedos se quedaron suspendidos sobre la pantalla.
No puedo contarle lo que pasó.
No a él.
Después de varios minutos de escribir y borrar, decidió postergar la conversación.
Guardó el teléfono y caminó al baño para revisarse la herida.
Se quitó la bufanda con cuidado, despegándola de la sangre seca, y se miró al espejo.
Su pelo claro contrastaba con el rojo.
Su imagen le pareció tan patética que soltó una risa rota.
En la cara, del lado donde se golpeó, tenía un pequeño moretón que subía desde la mejilla hasta el contorno del ojo.
Su cuello estaba marcado por dientes y labios ajenos, un mapa de mordidas que no necesitaban firma para saber de quién eran.
Tenía la piel muy sensible, y las cicatrices tardaban el doble en sanar.
No siempre fue así.
Comenzó hace dos años, cuando la relación con Luca empezó a pudrirse, y alcanzó su punto máximo cuando se separaron.
Se limpió la sangre como pudo hasta ver otra vez su cabello limpio.
El espejo devolvía una versión de ella que conocía demasiado bien: ojeras, ojos enrojecidos, boca tensa.
Decidió que necesitaba calor.
Llenó la bañera con agua caliente.
Echó sales, pétalos de rosa —como si el decorado pudiera arreglar algo— y se sirvió una copa de vino.
Luego otra.
Y otra.
Terminó hundida hasta los hombros, con la mente en blanco y la mirada perdida en la nada.
En la cuarta copa, el vino la puso juguetona.
Tomó unos pétalos y se los pegó en la cabeza como si fueran una corona ridícula, riéndose como niña.
Se sumergió por completo y volvió a salir, recolocándolos con más torpeza aún.
La botella se quedó casi vacía.
Ella bebió directo de ella, apoyando el vidrio frío en sus labios calientes.
—Eres muy traicionero —le dijo a la botella, chapoteando con los pies—.
Me pusiste el mundo patas arriba, JAJAJA.
Le dio otro sorbo largo.
—No, no fue tu culpa, fue mía…
—corrigió, ladeando la cabeza—.
Yo siempre la cago, ¿sabes?
Esa explosividad mía…
qué linda palabra para decir que soy una estúpida impulsiva.
Las discusiones con Luca eran cada vez peores.
Ahora que lo recuerdo…
¡eran horribles!
Y yo hasta hace poco creía que éramos perfectos.
Pero claro, siempre veo todo mal.
JAJAJA.
Tiró la botella vacía contra el suelo.
Se hizo añicos, los pedazos se desparramaron por el baño como pequeños recordatorios brillantes de su estupidez: herida, borracha, en una bañera, con el teléfono cargándose al lado.
Tomó otra botella que había dejado en el suelo y la miró fijamente.
—Y luego estás tú…
—murmuró, ya con la lengua más pesada—.
Tú me pusiste en una situación muy complicada.
Contigo yo no sé qué hacer…
eres muy cruel al portarte tan tentador conmigo.
Pero yo también soy cruel, ¿no?
Por querer tenerte tan cerca como “amigo” …
cuando tú y yo, jajajaja…
tú y yo no somos precisamente amiiiiigos amigos que digamos.
—¿No lo somos?
—preguntó una voz desde el otro lado de la puerta del baño.
Valentino.
El corazón de Sher dio un vuelco.
Su voz le hacía algo extraño al cuerpo: la calmaba y la aceleraba al mismo tiempo.
—Sher, soy Valentino —dijo él, conteniendo la urgencia—.
¿Te encuentras bien?
¿Podrías salir, por favor?
Ella sonrió, un poco demasiado.
Por supuesto que vino.
Claro que vino.
—Puedes pasar —respondió casi ronroneando—.
No me molestaré contigo.
—No sabes cuánto necesitaba oír eso…
me tenías preocupado, ¿por qué te fuis…
Abrió la puerta.
La frase murió a medio camino.
Ahí estaba Sheryl, hundida en la bañera, mejillas sonrojadas por el alcohol, sonriéndole como si nada estuviera mal.
Pétalos flotando, botellas rotas, teléfono enchufado a un lado.
Y ella mirándolo con una mezcla peligrosa de ternura y provocación.
Por unos segundos, Valentino se quedó paralizado.
Luego su atención cayó al suelo: trozos de vidrio por todas partes.
Se lanzó hacia la bañera.
—Sher…
—sus manos buscaron sus pies, sus tobillos, sus manos—.
¿Te cortaste?
¿Hay sangre?
Ella se reía, idiotizada por el vino.
Valentino, arrodillado frente a la tina, sintió cómo algo en su pecho se apretaba.
Veía las marcas en su cuello, los moretones, la herida en la cabeza.
Veía a una chica rota que intentaba anestesiarse con vino y agua caliente.
La idea de reclamarle algo se le borró de la cabeza.
¿Quién soy yo para pedirle explicaciones?
Ni siquiera sé si soy oficialmente su amigo.
Se levantó para tomar una toalla, pero ella la rechazó con un gesto lento.
—No puedo ponerme de pie sola —dijo con voz melosa—.
¿Me ayudas, Val?
Él tragó en seco.
—Yo…
—No me molesta que mires —añadió ella, con una sonrisa traviesa—.
No tienes por qué ser tan tímido.
—Sé que no te molesta…
—cerró los ojos un segundo, luchando consigo mismo—.
Está bien.
Intenta levantarte.
Yo te ayudo.
Sheryl, tambaleándose, intentó ponerse de pie, pero el mareo hizo su trabajo.
Se dejó caer hacia adelante con la certeza ciega de que él la atraparía.
Valentino la sostuvo.
La envolvió con la toalla todo lo que pudo y la cargó en brazos como si fuera de cristal.
Sher soltó una risita pegada a su cuello.
Él fingió no escucharla.
La dejó con cuidado sobre la cama, procurando que la toalla no se abriera, y fue al baño a buscar el secador.
Cuando volvió, la toalla estaba en el suelo.
Sher estaba de espaldas, completamente desnuda, mirando por encima del hombro con una sonrisa pequeña, casi tímida.
—¿Por qué no te acercas?
—preguntó, sugerente.
El cuerpo de Valentino se tensó.
Durante un segundo, se permitió mirarla.
Sólo uno.
La línea de su espalda, las curvas, el contraste de su piel pálida con la luz tenue de la habitación.
Cada parte de ella gritaba ser pintada, escrita, memorizada.
Se quitó el polerón.
Sher cerró los ojos, esperando sentir sus manos recorrer su piel.
El aire entre ambos se cargó de electricidad.
Se le erizó la piel cuando sintió su cercanía.
Y entonces…
Valentino le pasó el polerón por la cabeza, bajándolo con rapidez hasta cubrirla casi hasta las rodillas.
Luego la sentó en la cama.
—¿Qué haces?
—preguntó, sorprendida—.
¿Es que no te gusto?
—Te evito una pulmonía —replicó él—.
Eso hago.
Se sentó a su lado y encendió el secador.
Comenzó a secarle el pelo con cuidado, mechón por mechón, como si fueran hilos de oro demasiado frágiles.
Ella, terca, tomó su mano y la deslizó hacia sus piernas.
—Siente…
tengo tanto frío —susurró—.
¿Me prestas tu pantalón?
Valentino cerró los ojos un momento.
—Sher, no me hagas esto, por favor.
—¿Qué es “esto” que te hago?
—se recostó contra él, respirando su olor, buscando calor—.
Sólo quiero estar cerca.
—No estaré contigo sabiendo que mañana no lo recordarás —dijo al fin—.
Y menos aun sabiendo que no soy el hombre al que quieres.
No así.
No de esta forma.
—¿Quién dijo que no quiero estar contigo?
—preguntó ella, genuinamente confundida.
Él inspiró hondo.
—No hace falta que lo digas.
Creo que vi suficiente hoy como para entenderlo.
Las marcas.
Claro, idiota, vio las marcas.
—Val, yo…
Él se inclinó un poco y su rostro se endureció al ver de cerca el lado izquierdo de su cara.
—¿Qué es esta herida?
—preguntó, apartando suavemente su pelo de la zona—.
Tienes sangre en la cabeza.
Sher, ¿cómo te hiciste esto?
¿O acaso fue…?
Ella giró la cabeza demasiado rápido, apretando la capucha sobre la zona dañada.
—No digas estupideces.
Tuve uno de esos ataques de los que te hablé y me caí.
—¿Y tu ojo?
—rozó con la yema del dedo el comienzo del moretón—.
No tenías esto esta mañana.
—Ya te dije.
Me lo hice cuando me caí en el baño de discapacitados —repitió, esquivando su mirada.
El nombre del lugar le atravesó el pecho como un cuchillo.
El baño de discapacitados.
—¿Y las marcas en tu cuello también fueron por caerte en el baño?
—preguntó, con voz más fría.
Sher dejó de respirar un segundo.
Así no se suponía que él se enterara.
Así no.
Llevaba horas pensando en cómo ocultarle esa parte, cómo evitar hacerle daño.
Y se había delatado sola.
Valentino levantó una mano, temblorosa, para detener cualquier excusa.
El teléfono vibró sobre la cama.
Kayce.
Valentino lo tomó antes que ella.
—Kayce, soy Valentino —contestó sin pensarlo—.
Necesito que vengas al departamento de Sher ahora mismo.
Está borracha y tiene una herida en la cabeza.
No, no parece grave, pero…
igual debería verla alguien.
Pausa.
—Yo no puedo quedarme.
Tengo que irme.
Sher alzó la vista, alarmada.
La idea de que él se fuera le dolió demasiado.
Se levantó tambaleante y lo abrazó por la espalda, como si eso pudiera anclarlo a la habitación.
Él no se lo devolvió.
Siguió hablando, mirando al techo para no verla llorar.
—Sabes la dirección.
Sí, mientras antes mejor.
¿Ya venías para acá?
Perfecto.
Gracias.
Colgó y guardó su teléfono con un gesto tenso.
Intentó apartarse, pero Sheryl lo sujetaba con fuerza.
Al final tuvo que separarla con delicadeza.
—Kayce vendrá a cuidarte —dijo, sin mirarla directamente—.
Yo tengo que irme.
—No me dejes…
—la voz se le quebró—.
No te enojes conmigo, por favor.
Él apretó la mandíbula.
—No estoy enojado —respondió, y era verdad—.
Nunca podría estarlo contigo.
Necesito hacer unas cosas.
Vendré a verte luego.
Cerró la puerta de su habitación antes de que ella pudiera insistir.
Salió del departamento con pasos largos, el corazón retumbando en sus costillas como un tambor de guerra.
La furia le quemaba la garganta.
El miedo también.
Bajó las escaleras casi corriendo.
Hora de hablar con Luca Forte.
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