Entre su amor y su obsesión - Capítulo 9
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9: Capítulo 9 9: Capítulo 9 —Linda, deja de llorar.
No sé si esto es por los puntos…
o por Val.
Habían pasado horas desde que regresaron del hospital, pero Sheryl no había parado.
Kayce la había arropado, servido agua, buscado helado, puesto música suave, contado chistes…
nada funcionó.
Al final se acostó con ella, abrazándola en la cama amplia como si fuera un escudo contra el mundo.
—Le hice mucho daño, Kay…
—susurró Sher—.
No logro ordenar mi cabeza cuando se trata de él.
¿Es muy egoísta querer que se quede conmigo después de todo?
Se acurrucó en el hombro de su amiga, como si Kayce fuera el único lugar seguro en ese caos.
Y para Sher…
lo era.
Era su cable a tierra.
Su hogar reciente.
Su primera amiga real.
—No creo que él sea capaz de alejarse de ti —respondió Kayce con una voz suave—.
Te adora.
¿No te has dado cuenta?
—Pero todos tenemos un límite.
Y yo no sé hasta dónde llega el suyo…
Kayce respiró hondo.
Había algo que ella llevaba días queriendo preguntar.
—Cariño, perdóname por ser directa…
pero necesito entender.
¿Qué tiene Luca?
Sher no respondió de inmediato.
La habitación quedó suspendida en un silencio espeso hasta que, finalmente, ella habló en un susurro que parecía un cuento.
—Hace mucho, cuando las flores se negaban a florecer, apareció un sol que brillaba más que todo…
Un sol que daba vida a todo lo que tocaba.
Kayce parpadeó.
Sher estaba hablando en metáforas otra vez.
En heridas disfrazadas de poesía.
—Una flor —continuó Sheryl— creció cerca de él.
Era la más afortunada: recibía todo su calor.
El sol la hacía sentir que tocaba el cielo.
Las otras flores la envidiaban.
Le susurraban cosas al sol, sembraban caos.
Y él…
empezó a quemarla cada vez que ella se equivocaba.
Pero aun así…
siguió buscando su luz.
Hasta que un día, por resentimiento, por miedo, por celos…
la flor tomó una decisión terrible.
Y cuando quiso volver a él, el sol ya ardía demasiado fuerte para ella.
Y si hoy no sabe cómo vivir sin él…
es por culpa de ambos.
Kayce le acarició la cabeza con tristeza.
Amo que te pongas poética, incluso cuando sangras por dentro, pensó.
—¿Conoces las onagras?
—preguntó Kayce de pronto.
Sher negó con la cabeza.
—Son flores que no se abren durante el día.
Solo florecen al atardecer…
cuando el sol se está yendo.
Y en la noche, bajo la luz de la luna, alcanzan su belleza más pura.
Hay flores, Sher…
que no están hechas para el sol.
Están hechas para la luna.
Para alguien que no quema.
Sheryl tragó saliva.
—Tal vez la florecita no sabe cómo dejar de mirar al sol.
—Tal vez —respondió Kayce— debería intentarlo.
No esperar que pase solo.
Silencio.
Luego Sher soltó la bomba.
—Le fui infiel con su hermano.
Kayce tosió tan fuerte que casi se muere.
—¿¡QUÉ!?
—dijo entre tos—.
Perdón, perdón.
Continúa.
—Lo vi con otra.
Pensé que me engañaba.
Fui a casa de Fiore por despecho…
y pasó lo que pasó.
Y antes de confirmar nada envié una foto de él dormido conmigo.
Me equivoqué en todo.
Y Luca…
me odia.
Pero si me odia…
¿qué significó lo de hoy?
¿Si siente celos de Val…
es porque aún le importo?
—Sher…
—empezó Kayce con delicadeza—.
Me estás haciendo preguntas cuya respuesta ya sabes.
—A veces sabemos la verdad —susurró Sheryl— y aun así buscamos otra en los demás.
Esperaba una mentira bonita.
Pero eres una buena amiga.
Kay…
estoy cansada.
Cansada de tener hombres en mi cabeza.
Quiero crecer.
Quiero escribir.
Quiero cuidarme.
Quiero hacer cosas por mí.
Kayce se levantó con determinación, tomó el teléfono y empezó a escribir como si estuviera comprando el destino por Internet.
—¿Qué haces?
—preguntó Sher.
—Ya verás.
Minutos después volvió y se lanzó a la cama con emoción de niña.
—Sher…
inscritas.
BOXEO.
—¿¡Kay!?
¡Yo jamás he hecho eso!
—¡Yo tampoco!
Pero siempre he querido.
Y tú dijiste que querías cuidarte, distraerte, fortalecerte.
Esto es perfecto.
Te va a encantar.
Y oye…
te servirá si algún idiota quiere propasarse en la universidad.
—¿Por qué alguien querría…?
¿Tú conoces de algo?
Kay, ¿tenemos gente peligrosa entre nosotros?
Kayce se levantó como si le hubieran apuntado con un láser.
—¿Yo?
¿Saber algo?
JAJAJAJA no no no, voy por agua, que calor hace aquí.
Sher la atrapó del brazo, tirándola a la cama y montándose encima para evitar la fuga.
—Eres tan mala mentirosa que hasta tu voz suena entre comillas.
¡Escúpelo!
¡Confiésalo!
¡Comunícamelo!
—le tomó las muñecas y las sostuvo sobre la cabeza.
Al ver que la pelinegra se negaba a hablar, juntó saliva en su boca y la amenazó con tirársela en la cara.
—¡¡NO TE ATREVAS!!
SHER— ¡SHER NO—!
Demasiado tarde.
La gota cayó sobre su mejilla.
Ambas se murieron de risa.
Hasta que escucharon una voz en la puerta.
—Bueno, bueno…
nada mejor que llegar a casa y ver a dos hermosas mujeres peleando por mi amor.
No se peleen, nenas.
Hay Val para todas.
Quítense la ropa que papá viene cansado.
Kayce rodó los ojos.
Sher se quedó congelada…
luego corrió hacia él.
—¡Volviste!
—pero frenó en seco al ver la sangre seca en sus nudillos—.
Val…
¿eso es sangre?
Déjame verte.
Ella tomó sus manos y él se las arrancó de inmediato.
Demasiado brusco.
Kayce lo entendió al instante: Esto no era el momento.
—Listo, tortolitos.
Hablen.
Arreglen esto.
Ya.
Ahora.
Mi cumpleaños es la próxima semana y no pienso aguantar tensión.
Sher la abrazó fuerte, casi rompiéndole el cuello.
—Te amo, Kay.
—Te amo, linda.
Piensa en lo que hablamos.
Creo que ese hombre sería capaz de perdonarte cualquier cosa.
Kayce se fue.
La puerta se cerró.
Y Sheryl quedó sola con Valentino…
y un silencio que pesaba demasiado.
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