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ESCALOFRÍO - Capítulo 1

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  3. Capítulo 1 - 1 El pozo
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1: El pozo 1: El pozo La tormenta había comenzado antes del anochecer en Cluj-Napoca, pero en casa de los Binder nadie parecía escucharla, a pesar de que el viento golpeaba con fuerza las contraventanas de madera como si quisiera entrar y destrozar el calor del hogar, Kasia, de cinco años, jugaba tranquila en el suelo del salón con su muñeca favorita.

La madera crujía bajo sus pies descalzos y aunque la casa siempre crujía, esa noche sonaba diferente, como si respirara.

A su lado, sentado frente a la chimenea, su padre leía cómodamente el periódico.

El aroma a brioche perfumado con ron que procedía de la cocina se colaba sin permiso, impregnando cada rincón de la casa.

Sus dos hermanos, unos años mayores que Kasia, jugaban incansablemente persiguiéndose, tropezando con los muebles del salón y crispando la tranquilidad de la casa.

La madre de Kasia, con el delantal manchado de harina, vigilaba que la masa horneara sin desbordarse, levantando de vez en cuando la vista hacia la ventana, inquieta por el rugido del vendaval.

La lluvia golpeaba el cristal con una insistencia casi agresiva.

De pronto, un sonido ajeno al rugido de la tormenta cortó el aire.

No fue un simple golpe: un impacto seco, contundente, como si algo hubiese chocado contra la casa.

La madre se quedó rígida con los dedos clavados en la encimera.

El padre dejó caer el periódico sin darse cuenta.

—¿Lo has oído…?

—susurró ella.

—Habrá sido una rama —murmuró él, sin demasiada convicción.

El segundo golpe fue un toque firme, casi calculado, como si alguien o algo quisiera llamar la atención desde el otro lado de la pared.

Los hermanos de Kasia se quedaron inmóviles, conteniendo la respiración.

Incluso el viento pareció detenerse un instante.

Kasia levantó la cabeza despacio, la muñeca quedó colgaba de su mano, y un escalofrío le recorrió la columna, helándole la sangre.

No era miedo exactamente; era otra cosa, más profunda.

Un temblor que parecía surgir desde un lugar que no sabía que existía.

Como si algo, en algún rincón oscuro de su interior, hubiera abierto los ojos.

La madre se acercó a la puerta trasera, y la abrió apenas unos centímetros, una ráfaga helada entró en la casa, apagando parte del fuego de la chimenea.

La mujer se asomó al exterior, intentando distinguir algo entre la cortina de agua y el viento.

—No veo nada —susurró.

El padre se levantó acercándose despacio, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera desencadenar algo peor.

Kasia observaba la escena con los ojos muy abiertos.

La madre, con la puerta entreabierta, distinguió a unos metros una figura que avanzaba con pasos torpes, descompasados.

La tormenta lo envolvía por completo, pero aun así, entre los relámpagos, reconoció la silueta de su viejo y querido vecino Paul.

Solo que había algo en él: una rigidez antinatural, una tensión en los hombros y el cuello que lo hacía parecer… desplazado, como si su presencia allí desafiara las reglas de los vivos.

Estaba empapado hasta los huesos.

La ropa se le pegaba al torso como una piel ajena, pesada de barro.

El agua le corría por el rostro en hilos constantes, pero ni la lluvia ni el viento lograban borrar la expresión en su rostro: una mueca fija, vacía.

Cada relámpago iluminaba su cara durante un instante, revelando un tono casi translúcido.

Sus ojos, muy abiertos, parecían no parpadear.

Miraban a todas partes a la vez, como si buscaran una salida que no existía.

La boca, desencajada, temblaba en un gesto de terror congelado.

Y entonces, en uno de esos destellos blancos, la madre lo vio con claridad: la hoja del hacha, clavada en el cráneo de su vecino, brillando bajo la lluvia como un fragmento de luna rota.

El mango estaba sujeto por una mano firme, una mano enorme que no temblaba.

Una mano que ella reconoció al instante.

Andrei, su hermano, el tío de Kasia estaba detrás del anciano, casi pegado a él, como si lo guiara hacia la casa.

Su rostro no era amable como siempre, sino que estaba inexpresivo, como si algo hubiera apagado todo rastro de humanidad en él.

La madre retrocedió con un jadeo ahogado, llevándose una mano a la boca.

—¡Dios mío!… Andrei… ¿Qué has hecho?

¿Por qué…?

—Su voz se quebró, incapaz de sostener el horror que tenía delante.

El padre reaccionó al fin, intentando cerrar la puerta a su cuñado con un movimiento brusco, pero Andrei llegó antes.

Empujó, con una fuerza descomunal, y la puerta se abrió de golpe, chocando contra la pared con un estallido que hizo vibrar los cristales.

El viento irrumpió en la casa como un animal salvaje, arrastrando hojas, barro y un olor metálico que Kasia no comprendió, pero que jamás olvidó y que, con el tiempo, terminó vinculando al olor a sangre.

Los hermanos gritaron aterrorizados.

La madre retrocedió hasta chocar con la mesa, derribando un cuenco que rodó por el suelo.

El padre intentó sujetar a su cuñado, pero Andrei lo apartó con un empujón seco, contundente, que lo lanzó hacia atrás, cayendo desplomado al suelo al golpearse con el borde del mueble.

Kasia volvió a temblar.

Era algo que nacía en lo más profundo de su cuerpo, un temblor que ascendía por su columna como una corriente helada, afilada, imposible de detener y estallaba en su cuello hasta hacerla gritar como nunca lo había hecho.

Andrei avanzó hacia la madre con pasos lentos, con una sonrisa en su rostro inhumana, arrastrando el hacha por el suelo.

El sonido era insoportable: un raspado áspero, irregular, que parecía arañar el alma de la niña.

La madre gritó el nombre de su marido, pero él no respondió.

Había perdido el conocimiento.

Los hermanos corrieron despavoridos hacia las escaleras, pero Andrei se movió con una rapidez inesperada y agarro el brazo a uno de los muchachos.

Kasia no vio lo que ocurrió.

La columna tapaba el horror.

Solo escuchó un sonido húmedo, un impacto que hizo que su corazón se detuviera por un instante.

La niña quedó paralizada.

No podía moverse.

No podía respirar.

Solo podía mirar, con los ojos muy abiertos, como su tío, que siempre había sido amable y cariñoso, destruía su mundo.

Su madre corrió hacia ella, la levantó en brazos, la apretó contra su pecho y ambas corrieron fuera de la casa.

—No mires —le rogó su madre.

Pero Kasia ya había visto demasiado.

Andrei los seguía con mirada sangrienta, sujetando aún a su pequeña víctima que yacía al pie de la escalera, con el hacha incrustada en su pecho, y las siguió, dejando tras de sí un rastro de sangre que se mezclaba con el barro.

La tormenta rugía con más fuerza, como si celebrara la tragedia.

Madre e hija cruzaron el jardín encharcado.

El pozo aguardaba allí, oculto bajo una tabla vieja que la madre levantó de un tirón.

Un relámpago iluminó el agua oscura en el fondo.

—Perdóname, Kasia —susurró, con lágrimas, mezcladas con la lluvia.

La niña abrió la boca para preguntar algo, pero no tuvo tiempo.

Su madre la arrojó hacia el interior del pozo y la tabla volvió a cerrarse sobre ella.

El mundo se volvió oscuro.

El agua helada la envolvió como un abrazo cruel, arrancándole el aire de los pulmones.

Arriba, escuchó el grito de su madre.

Golpes secos.

Después, otro alarido desgarrador.

Y luego, silencio.

Kasia flotó en la penumbra, temblando.

El frío le mordía la piel.

Intentó agarrarse a las paredes húmedas, pero resbalaban.

Llamó a su madre, pero su voz se perdió en la profundidad.

Entonces, a través de las rendijas del tablón que tapaba el pozo.

Dos ojos brillaron en la oscuridad.

No eran los de su madre.

Tampoco los de su padre.

Eran los de Andrei.

—Kaaa… siaaaa… —canturreo una voz que no era humana.

—Kaaa… siaaaa… —repetía varias veces, mientras le escuchaba alejarse y volver al pozo de nuevo.

La niña se hundió un poco más en el agua.

El temblor volvió, más fuerte, más profundo.

Como si algo dentro de ella respondiera a esa presencia.

Oyó pisadas fuertes, alguien corriendo, su otro hermano, aterrado, pedía una ayuda que no llegaba.

Hubo un golpe.

Un chillido de los que hielan la sangre.

Y después, nada, Más silencio.

Kasia no supo cuánto tiempo pasó.

Horas.

Días.

El agua subió.

El frío se volvió parte de su cuerpo.

A veces creía escuchar voces que no parecían humanas.

Soñaba con manos que intentaban alcanzarla.

Cuando por fin la encontraron, tres días después, la niña no lloraba.

Solo temblaba.

Un temblor que no se iría jamás.

La sacaron del pozo, la envolvieron en mantas.

Ella levantó la vista.

La casa estaba quemada.

Los cuerpos cubiertos.

El tío desaparecido.

Y en el borde del pozo, antes de que lo taparan, Kasia creyó ver algo, un símbolo dibujado con sangre en la piedra.

Una marca que reconocería muchos años después.

Ahora, solo sabía que había sobrevivido a una tragedia.

Qué estaba viva.

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NOTA DE LA AUTORA
Gracias por leer el primer capítulo de Escalofrío.

Tu atención abre la puerta a lo que está por venir, y te aseguro que cada paso será más profundo, más oscuro y más intenso.

Ojalá me acompañes capítulo a capítulo, que disfrutes del viaje y que me cuentes cómo te hace sentir esta historia que late entre sombras.

IG: @los.monstruos.de.micedisa
Autora: Micedisa

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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