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ESCALOFRÍO - Capítulo 3

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3: Demasiadas coincidencias 3: Demasiadas coincidencias El fin de semana que anunciaba oficialmente la entrada del verano, los tres decidieron visitar la capital; Burgos.

Elena y Mateo querían que Kasia viera algo distinto a la pedanía de Valdepineda, que sintiera el bullicio de una gran ciudad.

Pasearon por el casco histórico, admiraron su Catedral, caminaron por el Paseo del Espolón, subieron hasta el Castillo para contemplar la vista.

Después comieron algo deprisa y escogiendo un par de cuadernos para dibujar que Elena insistió en comprar.

Al caer la tarde, se sentaron en una plaza a tomar helado, mientras un músico callejero tocaba el violín.

Kasia escuchaba atenta cuando un escalofrío helado recorrió su espalda, tan nítido que casi la hizo encogerse.

Apretó con fuerza la mano de Mateo, que la miró alarmado, temiendo que la música hubiera despertado algún recuerdo doloroso.

Pero no era eso.

Kasia levantó la cabeza de golpe, como si algo invisible la hubiera rozado.

Sus ojos recorrieron la plaza, buscando algo que no sabía definir.

Y entonces, un grito se escapó de su garganta, agudo, inesperado, señalando hacia un punto concreto entre la multitud.

—¡Ahí!

Elena y Mateo siguieron la dirección de su dedo, con el corazón encogido, sin saber qué podían encontrarse.

Entre la gente que cruzaba la plaza, un pequeño grupo de turistas retrocedía con las manos levantadas.

Frente a ellos, un hombre agitaba algo brillante: la hoja de un cuchillo.

No hacía falta acercarse para entender lo que estaba ocurriendo: su postura, la tensión en los cuerpos, el miedo en los rostros.

Un atraco en pleno centro de Burgos.

Elena sintió cómo Kasia se aferraba a su falda, temblando.

Mateo dio un paso instintivo hacia adelante y sacó su teléfono para llamar a la policía.

El músico del violín había dejado de tocar; el silencio se extendió por la plaza como una ola.

—Kasia, tranquila —susurró Elena, agachándose a su altura.

Pero la niña no apartaba la vista del hombre.

No era el cuchillo lo que la había asustado.

Era otra cosa.

Algo en la forma en que él se movía, en la sombra que proyectaba, en la sensación que le había recorrido la espalda antes incluso de verlo.

Elena la abrazó con fuerza, intentando cubrirle la vista, pero ella seguía mirando por encima de su hombro, con los ojos muy abiertos, como si buscara algo más allá del atracador.

Algo que solo ella parecía percibir.

Las sirenas irrumpieron en la plaza antes de que nadie pudiera reaccionar del todo.

Dos coches patrulla frenaron junto a la fuente y varios agentes descendieron con rapidez, avanzando entre la gente que se apartaba en silencio.

El atracador, acorralado y sin escapatoria, dejó caer el cuchillo cuando vio a los policías acercarse.

En cuestión de segundos lo redujeron y lo esposaron, mientras los turistas respiraban aliviados.

Uno de los agentes, un hombre de rostro amable y gesto firme, se acercó a ellos.

—Menos mal que avisaron tan rápido —dijo—.

Podría haber acabado muy mal.

Mateo negó con la cabeza.

—No fuimos nosotros.

Fue ella.

El policía bajó la mirada hacia Kasia, que seguía aferrada a la mano de Elena, con los ojos muy abiertos pero sin llorar.

—¿Tú lo viste primero?

—preguntó el agente, agachándose para ponerse a su altura.

Kasia asintió despacio.

—Has sido muy valiente.

Gracias a ti hemos llegado a tiempo.

Sacó una piruleta de uno de sus bolsillos, una de esas que los agentes guardan para los niños en días difíciles y se la ofreció, guiñándole un ojo antes de levantarse.

Kasia la tomó con timidez, como si no supiera si debía aceptarla.

Cuando los policías se marcharon y la plaza recuperó poco a poco su ritmo, Elena y Mateo intercambiaron una mirada.

El susto aún les latía en el pecho, pero no querían que ese fuera el recuerdo que Kasia guardara de su primera visita a Burgos.

—Este día necesita otro final —murmuró Elena.

—A ver qué hay en el cine… algo divertido, para todos los públicos.

Kasia los observó en silencio, la piruleta aún cerrada entre sus dedos.

No entendía del todo lo que había pasado, pero sí entendía esto: Elena y Mateo querían que estuviera bien.

—¿Película?

—preguntó ella, con un hilo de voz.

Kasia jamás había pisado una sala de cine, así que todo le resultó deslumbrante: el olor a palomitas recién hechas, el murmullo expectante del público, las luces que se apagaban como si el mundo contuviera la respiración.

La niña observaba la pantalla como si cada imagen fuera un descubrimiento.

Reía en silencio, apretando el vaso de refresco entre las manos, fascinada por aquel universo que se desplegaba ante ella.

Para los tres, la tarde se convirtió en un pequeño acontecimiento, un respiro luminoso.

A la salida, cenaron algo sencillo en un local cercano y, ya entrada la noche, caminaron hacia el aparcamiento público donde habían dejado el coche.

Al llegar al semáforo que cruzaba hacia el parking, se detuvieron hasta ver cambiar la luz a verde.

Kasia se tensó de golpe, con la mirada fija en un punto lejano, alerta ante un peligro que solo ella parecía percibir.

En ese instante, una pareja de jóvenes empezó a cruzar la calle, riendo, ajenos a todo.

Un coche surgió de la oscuridad, acelerando, saltándose el semáforo en rojo como un destello metálico.

Pasó tan cerca de ellos que el golpe retumbó en la noche.

El chico salió despedido, y la chica gritó su nombre con un sonido que quebró el silencio.

Elena se llevó la mano a la boca.

Mateo retrocedió, helado.

Kasia, inmóvil, seguía mirando hacia el punto donde el coche había aparecido, como si aún sintiera el aviso helado que la había recorrido segundos antes.

La ambulancia llegó en minutos, rompiendo el silencio con destellos azules sobre los escaparates cerrados.

Los sanitarios se arrodillaron junto al joven y trabajaron con rapidez, mientras su pareja lloraba su nombre sin descanso y un técnico intentaba calmarla.

Elena y Mateo observaron desde cierta distancia.

Al ver que el chico estaba consciente y atendido, sintieron un alivio tenue, casi incómodo.

Ya no podían hacer nada allí.

—Vámonos —murmuró Mateo.

Elena asintió y tomó la mano de Kasia, pero la niña no reaccionó.

Seguía fija en el lugar del impacto, como si escuchara algo que los demás no percibían.

—Kasia, cariño… —susurró Elena, inclinándose hacia su rostro.

Entonces, la niña parpadeó, volvió en sí y dio un paso.

Mateo la sostuvo del hombro y los tres se apresuraron hacia el aparcamiento, intentando dejar atrás la sirena, los gritos y el eco del golpe que seguía vibrando en su memoria.

Mientras caminaban, Elena intentó encontrar una explicación lógica.

Habían pasado demasiadas cosas en un solo día.

Un atraco.

Un accidente.

Demasiada casualidad para una familia que venía de vivir en pueblos donde lo más emocionante era la fiesta patronal.

—Será la ciudad —dijo Mateo, como si necesitara convencerse—.

Aquí pasan estas cosas.

No estamos acostumbrados.

Elena no respondió.

No estaba segura.

Kasia, entre ellos, avanzaba en silencio.

El camino de vuelta transcurrió en una calma engañosa.

La carretera que une Burgos con Valdepineda serpentea entre campos abiertos, tramos de pinar y largas rectas donde el horizonte parece no terminar nunca.

Es una vía amplia, bien asfaltada, con arcenes generosos y un tráfico moderado, sobre todo al caer la noche.

Aun así, Mateo nunca se sentía del todo cómodo conduciendo rápido; prefería mantener el coche estable, sin superar los cien kilómetros por hora, como si la prudencia pudiera protegerlos de cualquier imprevisto.

En el asiento trasero, Kasia dormía profundamente, vencida por un día que había sido demasiado grande para ella: risas, sobresaltos, luces, música, miedo y asombro mezclados en un torbellino que la había dejado exhausta.

Elena se giraba de vez en cuando para mirarla, enternecida por la forma en que la niña abrazaba su muñeca incluso en sueños, como si temiera perderla.

El cielo oscuro se extendía sobre ellos como un manto silencioso.

Hasta que un coche apareció por el retrovisor, acercándose demasiado rápido.

Mateo frunció el ceño.

El vehículo los adelantó con un rugido brusco, levantando un remolino de aire que hizo vibrar ligeramente su coche.

Elena soltó un suspiro tenso, pero no dijo nada.

Apenas unos segundos después, a lo lejos, las luces del coche adelantado hicieron un movimiento extraño.

Mateo entrecerró los ojos.

El vehículo zigzagueó, cruzó la mediana como si una mano invisible lo hubiera empujado y se estrelló contra otro que venía en sentido contrario.

Un impacto seco, brutal, que iluminó la carretera con un destello fugaz.

—Dios… —murmuró Elena.

Mateo redujo la velocidad con cuidado, manteniendo el control del volante mientras otros conductores frenaban de forma desigual.

Logró detenerse en el arcén sin sobresaltos, respirando hondo para calmar el temblor que le recorría los brazos.

Instintivamente, ambos miraron hacia atrás.

Kasia estaba despierta.

No había gritado.

No había llorado.

Solo temblaba, con los ojos muy abiertos, como si algo hubiera atravesado su sueño justo antes del accidente.

Elena se llevó una mano al pecho.

Mateo la miró, pálido.

No dijeron nada.

No hacía falta.

Se buscaron las manos y las entrelazaron con fuerza, compartiendo un silencio cargado de preguntas que ninguno se atrevía a formular.

Porque aquello ya no podía ser casualidad.

No después del atraco.

No después del atropello.

No después de este choque.

Algo estaba ocurriendo.

Algo que no sabían nombrar.

Y Kasia… Kasia lo percibía antes que nadie.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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