Escritos de un corazón roto - Capítulo 15
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15: Lo que salió de mi 15: Lo que salió de mi Nunca imaginé que un día mi voz iba a temblar tanto y aun así sonar tan firme.
O que iba a sentir que todo mi cuerpo estaba hecho de vidrio a punto de estallar.
Todo empezó con un silencio.
Uno de esos silencios que ya no son paz, sino tensión acumulada.
Él estaba en el baño, yo en el comedor, y mi cabeza giraba alrededor de una sola idea: me mintieron.
Cuando salió, apenas me miró.
Y no sé qué me dolió más: su indiferencia o la certeza de que ya sabía todo lo que había hecho.
—¿Por qué lo hiciste?
¿Por qué buscas joderme la vida?—me dijo con esa voz que siempre usaba cuando quería que yo me achicara.
Pero esta vez no me achiqué.
—¿Yo?
¿YO joderte la vida?
—sentí el fuego subirme, como si todo lo guardado se prendiera de golpe—.
¿Querés saber por qué lo hice?
Porque estoy harta de que me tomen por idiota.
Porque vos sabías todo y aun así seguías jugando conmigo.
Él frunció los ojos, irritado.
—Dejá de hablar así.
—¿Así cómo?
¿Diciendo la verdad?
—mi voz me sorprendió a mí misma—.
¿Vos sabías que te ibas a vivir con ella y no dijiste nada?
¿Me dejaste acá, compartiendo cama, compartiendo días, sabiendo que ya te estabas yendo con ella?
Hace unos días me dijiste que solo íbamos a ser nosotros y nadie más y te creí.
Él apretó la mandíbula.
—No digas estupideces .
—No SON estupideces .
—sentí cómo se me quebraba un poco la voz—.
¿Y sabés qué es lo peor?
Que no fuiste solo vos el que me mintió.
Bajé la mirada, respiré profundo.
Y dije lo que más me dolía: —Él también lo sabía… y me mintió.
Ahí fue cuando me quebré.
Cuando mis ojos ardieron y mi pecho se cerró.
—Me mentiste… —susurré, como si estuviera hablando con un fantasma—.
Vos sabías… y me mentiste… Él se acercó brusco.
—Basta.
Dejá de llorar.
Deja de hacerte la víctima.
Sabes muy bien que fue todo una mentira y que JAMÁS te quise.
Solo te usé.
—No estoy llorando por vos —le contesté—.
Estoy llorando por TODO lo que me callé.
Algo en él cambió.
Como si mis palabras lo empujaran a un borde invisible.
Él levantó más la voz.
Yo también.
Los dos gritábamos cosas que ya ni escuchábamos.
—Siempre lo mismo con vos —me tiró.
—Siempre lo mismo con VOS —respondí.
Y de repente, todo estalló.
Él me empujó.
No fuerte, pero suficiente.
Caí sentada en el sillón, desorientada.
Cuando se me vino encima, levanté las piernas para frenarlo.
Lo pataleé del miedo.
Porque no sabía qué iba a hacer.
Porque por primera vez lo vi diferente.
Como si no fuera él.
Como si fuera una sombra de lo que alguna vez quise.
—¡Pará!
—grité asustada.
Y entonces me agarró del cuello.
No fuerte al principio, pero fue suficiente para congelarme.
—Callate, no quiero escucharte más—me dijo.
Me puso boca abajo, y yo ya no sabía qué hacer.
Mi respiración se volvió torpe, mis manos temblaban.
Hasta que sentí el primer puño… —No en la cabeza… —alcancé a pedir—.
Por favor… no en la cabeza.
Pero igual vinieron los golpes.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
Eran secos, rápidos, cargados de algo que no supe reconocer.
Después solo recuerdo mi voz, esa voz rota que no parecía mía: —Yo no quería esto… —Yo era feliz… —No quiero vivir así… Y ahí me quebré del todo.
Como si algo en mí hubiera muerto ese día.
Me quedé llorando en silencio, sin entender cómo habíamos llegado ahí.
Cómo los brazos donde yo me refugiaba cuando sentía que el mundo me aplastaba ahora eran los que me lastimaban.
Me dolía la cabeza.
Me dolía el cuerpo.
Pero lo que más dolía era la verdad.
Había perdido mi hogar.
Y no porque él se fuera.
Sino porque dejó de ser un lugar seguro.
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