Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Escritos de un corazón roto - Capítulo 16

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Escritos de un corazón roto
  4. Capítulo 16 - 16 El día que cruce una
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

16: El día que cruce una línea 16: El día que cruce una línea Nunca pensé que iba a llegar el día en que no pudiera reconocerme en mi propio reflejo.

Ni que una parte de mí —esa parte que siempre quise ignorar— fuera a tomar el control tan rápido, tan silenciosamente.

Todo empezó con un silencio.

Un silencio espeso, molesto.

Yo estaba en el baño; ella, en el comedor.

Pero lo que más me jodía no era su presencia.

Era la idea de que sabía algo.

De que me estaba mirando distinto.

De que sospechaba.

Cuando salí y apenas la miré, sentí su energía como un golpe.

Y antes de que pudiera decir algo, ya tenía esa frase clavada en la garganta: —¿Por qué lo hiciste?

¿Por qué estás buscando cagarme la vida?

No sé si esperaba que se callara.

Capaz esperaba que se achicara como siempre.

Pero esta vez no se achicó.

—¿Yo?

¿YO te cago la vida?

—estalló, como si hubiera estado guardando ese fuego hace meses—.

¿Querés saber por qué lo hice?

Porque estoy harta de que me tomen por idiota.

Porque vos sabías todo y aun así seguías jugando conmigo.

Sentí cómo algo me pinchó por dentro.

Molestia.

Orgullo herido.

Rabia disfrazada de defensa.

—Dejá de hablar así —le dije, irritado.

—¿Así cómo?

¿Diciendo la verdad?

—me escupió—.

¿Sabías que te ibas a vivir con ella y no dijiste nada?

¿Me dejaste acá, compartiendo cama, compartiendo días, sabiendo que ya te estabas yendo con otra?

Hace unos días me dijiste que iba a ser solo nosotros y nadie más, y te creí.

Apreté la mandíbula.

Porque sí, algo de razón tenía.

Pero si se la daba, perdía control.

Y yo no podía perder control.

—No digas estupideces—contesté.

Pero entonces dijo lo que no esperaba.

Lo que me pinchó en el único lugar que no quería que tocara.

—No son estupideces .

Y ¿sabés qué es lo peor?

Que no fuiste solo vos.

Bajó la mirada.

Y ahí lo dijo: —Él también lo sabía… y me mintió.

Algo en mí se encendió.

Algo feo.

Irracional.

Como si estuviera quedando expuesto, desnudo, acorralado.

Ella murmuró, como si hablara con un fantasma: —Vos sabías… y me mentiste… La vi quebrarse.

Y en vez de cuidarla, la parte más podrida de mí quiso callarla.

—Basta —le dije bruscamente—.

Dejá de llorar.

Dejá de hacerte la víctima.

Vos sabés muy bien que todo fue una mentira y que NUNCA te quise.

Te usé.

No me reconocí cuando lo dije.

Pero igual lo dije.

Como si quisiera clavar algo para no sentir culpa.

Ella contestó: —No estoy llorando por vos.

Estoy llorando por TODO lo que me callé.

Eso fue peor que un golpe.

Y me empujó a un borde que ni yo sabía que tenía.

Le levanté la voz.

Ella también.

Los dos gritábamos cosas que ya no tenían sentido.

—Siempre lo mismo con vos —le dije.

—Siempre lo mismo con VOS —me retrucó.

Y ahí exploté.

La empujé.

No fuerte, pero sí lo suficiente como para que cayera en el sillón.

Cuando me acerqué más, ella levantó las piernas y me pateó.

La vi temblar.

La vi asustada.

Y aun así seguí.

—¡Pará!

—gritó.

Y ahí… ahí hice lo que nunca pensé que sería capaz de hacer.

Le agarré el cuello.

No fuerte.

No al principio.

Pero lo suficiente como para callarla.

Para frenarla.

Para sentir que recuperaba control.

—Callate.

No te quiero escuchar más —le dije.

La di vuelta.

La puse boca abajo.

No sé qué estaba haciendo.

No sé en qué estaba pensando.

Solo recuerdo una corriente caliente subiéndome por la espalda, mezclada con bronca, culpa y un miedo que no quería admitir.

Hasta que la escuché decir: —No en la cabeza… por favor… no en la cabeza… Y aun así, mis manos no pararon.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Seis.

Golpes secos, rápidos, cargados de algo que hoy me da vergüenza admitir: esa mezcla horrible de frustración y pérdida de control.

Entonces escuché su voz rota: —Yo no quería esto… —Yo era feliz… —No quiero vivir así… Y ahí fui yo el que se rompió.

Me quedé quieto, con las manos ardidas.

Vi cómo se acurrucaba.

Cómo se protegía la cabeza.

Cómo me miraba sin mirarme, con ese miedo que perfora.

Sentí algo hundirse en mi pecho.

No dolor.

Vergüenza.

Algo que no sabía cómo sostener.

Me fui a mi habitación casi sin aire.

Cerré la puerta y me senté en la cama.

Las manos me temblaban.

Las miraba y no parecían mías.

No entendía en qué momento había cruzado ese límite.

No entendía en qué momento me había convertido en eso.

Y ahí sí lloré.

No por ella.

No por lo que hice.

Sino por lo que descubrí de mí.

Por esa sombra que ya no podía negar.

Porque por primera vez sentí miedo.

Miedo de mí mismo.

Y aunque intenté respirar, aunque me tapé la cara para no escuchar nada, igual lo seguí escuchando cuando cerré los ojos: “Mirá lo que hiciste.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo