Escritos de un corazón roto - Capítulo 22
- Inicio
- Todas las novelas
- Escritos de un corazón roto
- Capítulo 22 - 22 La fractura silenciosa
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
22: La fractura silenciosa 22: La fractura silenciosa Después de que me hablaste así —calmada, simple, sin abrir ninguna puerta— algo en mí se aflojó de golpe.
No sé si fue orgullo, expectativa o el último pedazo de esperanza que me quedaba.
No reaccionaste mal.
No fuiste fría, no fuiste cortante.
Y eso…eso fue peor.
Porque si me hubieras respondido mal, tenía dónde apoyar el enojo.
Si me hubieras gritado, tenía dónde apoyar la excusa.
Si te hubieras quebrado, tenía dónde apoyar la culpa.
Pero no.
Me hablaste con esa neutralidad que tiene la gente que ya no espera nada.
Esa voz que ya no tiembla.
Ese tono que ya no deja espacio a interpretaciones.
Y ahí lo sentí: Llegué tarde.
No en un sentido romántico.
No en un “te perdí”.
Sino en ese sentido más profundo, más humano, más íntimo: Llegué tarde al momento en que podía repararte.
Tarde al momento en que todavía importaba.
Tarde al punto exacto donde podía cambiar algo sin lastimar todo.
Me fui caminando a otro ambiente sin hacer ruido.
No quería que vieras lo que me estaba pasando adentro.
Pero adentro…era un caos.
Un nudo en la garganta que no quería hacerse lágrima.
Un temblor en el pecho que no podía acomodar.
Un pensamiento clavado: “Ahora que quiero, vos ya no necesitás nada de mí.” Y eso duele de una manera rara.
Como cuando uno abre la mano para agarrar algo y descubre que ya no está.
Que ya se fue.
Que no lo perdió ahí: lo perdió mucho antes.
Entonces me senté.
Respiré lento.
Me dije a mí mismo que no era nada.
Que estaba cansado.
Que mañana iba a ser distinto.
Mentiras de emergencia.
Pero la verdad estaba ahí, en un punto que no quería mirar: No puedo entrar en un lugar del que vos ya saliste.
Lo que intento sonar normal… Después de unos minutos, volví.
No quería, pero algo en mí necesitaba acercarme aunque fuera un poco, como si un comentario casual pudiera deshacer lo que no se deshace.
Te vi acomodando algo.
Ni siquiera recuerdo qué.
Estabas tranquila.
Estabas en tu mundo.
Me acerqué con una frase común, una estupidez que no significaba nada: —Che… ¿todo bien ahí?
Tres palabras.
Simples.
Normales.
No decían “me duele”.
No decían “perdón”.
No decían “no sé cómo dejar de perderte”.
Pero cuando las dije, la voz no me acompañó.
Se me quebró apenas, en un susurro casi imperceptible, como si mis cuerdas vocales también estuvieran cansadas de actuar.
Y vos lo notaste.
No giraste del todo, pero tu cuerpo hizo ese pequeño movimiento involuntario de quien registra una vibración distinta.
No dijiste nada.
No me preguntaste nada.
Solo me miraste un segundo, con esa serenidad nueva que me desarma entero.
—Sí —me respondiste—.
Todo bien.
Y ahí supe que era verdad.
Que por primera vez en mucho tiempo, todo estaba bien…para vos.
Y que justamente por eso, no quedaba nada para mí en esa frase.
Sentí que tenía que decir algo más, algo que justificara mi pequeña fractura de voz, pero no salió nada.
No tenía palabras.
No tenía derecho a buscarlas.
Así que asentí.
Como si todo estuviera en orden.
Como si esas tres palabras no hubieran revelado más de mí que todo lo que dije en los últimos meses.
Me di vuelta para disimularlo.
Para que no vieras cómo tragaba ese nudo que no se quería ir.
Y mientras caminaba hacia la otra pieza, se me escapó un pensamiento que no pedí, pero que apareció igual: “Antes te quebrabas vos… ahora me estoy quebrando yo.” Y entendí que esa es la parte justa.
La parte que me toca.
La parte que llega tarde, igual que yo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com