Esperaba que se diera cuenta, pero de nuevo, ahora que lo hizo... estoy cansado - Capítulo 247
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Capítulo 247: Rechazar
En el aparcamiento del hospital, la tensión se mascaba en el aire.
—¿Qué coño está pasando? —El hombre del pelo morado giró la cabeza en todas direcciones, con el pulso acelerado.
Todos, cada agente, soldado y oficial, estaban con una rodilla en el suelo, la cabeza gacha en señal de sumisión hacia el mayordomo.
Tragó saliva, la confusión arremolinándose en su mente. ¿Es por esa tarjeta? ¿La Orden Negro o algo así? Su mirada se desvió hacia el General. Incluso el Mariscal estaba arrodillado.
Qué miedo… Sintió un escalofrío recorrerle la espalda antes de seguir su ejemplo por instinto, hincando una rodilla en el suelo sin pensárselo dos veces. No iba a ser el único diferente en lo que fuera que estuviera pasando aquí.
—Oye, mujer, tú también deberías hacer esto o puede que nos metamos en líos —le susurró con urgencia a Meleonora, que seguía paralizada, luchando por procesar lo que ocurría a su alrededor.
—¡Ah, sí! ¡Sí! —Se arrodilló apresuradamente, imitando a los demás, con movimientos rígidos por la vacilación.
Ahora, todos estaban en esa postura…, todos excepto Lucian y el mayordomo.
El líder de la GIA sudaba a mares.
Puede que los demás no lo supieran, pero él sí. Esa es una puta tarjeta de la Orden Negro.
Y no una cualquiera: una tarjeta de Nivel Blanco.
Era el más bajo de los cuatro rangos, pero aun así, confería un poder inimaginable.
Por lo que él sabía, las tarjetas de la Orden Negro tenían cuatro niveles: Blanco, Plata, Oro, y el rango final y más intocable: Negro.
Incluso con un Nivel Blanco, el portador de una tarjeta podía exigir una reunión con un líder mundial sin cita previa.
Si un miembro de Nivel Blanco tan solo mencionaba que le apetecía un helado en la Casa Blanca, probablemente se lo conseguirían.
¿Y los niveles superiores? ¿Plata, Oro y Negro? Esos escapaban a su comprensión.
Supuestamente, el Nivel Negro pertenecía únicamente al creador de la Orden Negro. Una persona que nadie había visto jamás.
Era la fuerza oculta más secreta y poderosa del mundo.
Se decía que la Orden Negro estaba compuesta por siete familias de élite. Familias tan secretas y poderosas que la sola mención de sus nombres hacía que la gente retrocediera con silencioso temor y respeto.
Y Malvic era una de esas familias.
La mera mención de estas familias bastaba para hacer temblar los cimientos de las potencias mundiales.
El mayordomo dirigió su mirada fría y calculadora hacia el líder de la GIA.
—¿Es usted el líder de esta unidad de la GIA?
Al líder se le secó la garganta. Agachó la cabeza aún más, apresuradamente.
—Sí, señor —respondió sin dudar, con la voz tensa. Los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos. No iban a matarlos, ¿verdad?
Todo había sido un malentendido.
Si hubiera sabido que este hombre tenía vínculos con la Orden Negro, no se habría atrevido a apuntarle con un arma, y mucho menos a cortarle el paso.
—Yo… le pido disculpas sinceramente por cualquier ofensa que hayamos causado —tartamudeó el líder de la GIA—. Informaré inmediatamente al jefe de la GIA y retiraré a mis oficiales. En cuanto a Lucian Kane…, ya no interferiremos en su caso. Todo ha sido un malentendido.
Meleonora y el hombre del pelo morado jadearon en silencio ante esta reacción.
¿No había dicho el General que la GIA trabajaba para el Consejo Mundial? ¿El máximo poder gubernamental?
¿Y aun así un simple mayordomo bastaba para hacerlos retroceder?
¿Qué estaba pasando exactamente? ¿Quién era este mayordomo?
Su mente daba vueltas, confundida.
Digamos que Malvic es una familia importante…, pero ¿por qué un mayordomo, alguien que incluso hizo arrodillarse al General, le haría una reverencia a Lucian Kane?
¿Cuál es la relación de Lucian con todo esto?
Ni siquiera la familia Kane tenía este tipo de influencia.
¿No era Lucian Kane un chiste? ¿Un supuesto Romeo fracasado y un lamebotas de la alta sociedad?
A Meleonora no le cabía en la cabeza.
El mayordomo se enderezó, guardando la tarjeta de nuevo en el bolsillo de su abrigo con precisión.
—Bien. —Su voz denotaba satisfacción.
Dicho esto, se volvió hacia Lucian.
—El asunto está zanjado, señor. Permítame que lo escolte hasta el Patriarca Malvic. Ha solicitado personalmente ayudarle con respecto a las decisiones del Consejo Mundial. Además, el Patriarca desea conversar con usted…, lo encuentra… interesante.
El mayordomo inclinó la cabeza en una respetuosa reverencia.
Lucian permaneció indiferente, con las manos aún en los bolsillos.
—Ya veo —reflexionó—. Pero no podemos irnos todavía. Estoy ocupado. Haz que espere una hora o así.
El ambiente se tensó.
El mayordomo vaciló, desconcertado por un instante ante el rechazo despreocupado de Lucian.
—Señor —la voz del mayordomo se tornó ligeramente más grave—, el Patriarca ha dado una orden. No puede ser…
—He dicho que primero tengo algo importante que hacer. —La mirada de Lucian se desvió hacia el mayordomo, con ojos afilados y una voz que no dejaba lugar a la negociación.
Un tenso silencio.
El monóculo del mayordomo brilló bajo la mortecina luz del sol. Entrecerró los ojos.
—…Que espere —dijo Lucian con calma antes de darle la espalda al mayordomo y caminar a grandes zancadas hacia el General y los demás.
Ignorándolo por completo.
El líder de la GIA, todavía arrodillado, casi se desmaya allí mismo. ¡¿Está loco este chico?!
El Patriarca Malvic lo había llamado… ¿y él lo rechazaba?
Qué audacia…
El mayordomo permaneció inmóvil, con la mirada fija en la espalda de Lucian mientras el joven se alejaba sin ninguna preocupación. Sus manos enguantadas se apretaron a su espalda, pero su expresión no delataba nada.
«¿Acaba este chico insolente de…?». Sus pensamientos se detuvieron, la incredulidad lo invadió. «¿Acaba este chico de… decir que el Patriarca podía esperar?».
Una vena latió en su sien, pero inspiró hondo, conteniendo la fría furia que crecía en su interior. Ninguna otra persona…, no, ninguna otra fuerza en el mundo se atrevería a pronunciar tales palabras. No a él. No al Patriarca Malvic.
Sus dedos se crisparon ligeramente. Si fuera cualquier otro… Cerró los ojos por un momento. Ya lo habría hecho pedazos.
Pero…
Exhaló bruscamente, cerrando los ojos.
Solo había una razón por la que no había acabado ya con este mocoso insolente.
El propio Patriarca le había ordenado personalmente que trajera de vuelta a Lucian Kane.
Quizás… este chico era alguien importante.
O peor…, alguien que escapaba por completo a su comprensión.
Por ahora, obedecería.
Pero después de su reunión, ¿y si Lucian demostraba no ser digno del interés del Patriarca?
Yo mismo lo eliminaré.
El mayordomo susurró para sí, negando con la cabeza como si estuviera divertido.
Se ajustó el monóculo y su mirada se volvió indescifrable.
Por ahora… te seguiré el juego, Lucian Kane.
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