Esposa Abandonada: Ajetreada en la Granja - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 Capítulo 10 Mejor amiga y albaricoque verde
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10: Capítulo 10: Mejor amiga y albaricoque verde 10: Capítulo 10: Mejor amiga y albaricoque verde —Mamá, padre y hermano mayor no deberían aplicarse agua caliente ahora, sino agua fría para reducir la congestión de la sangre; si no, empeorará y será difícil que se disipe —.
Bai Ruozhu al principio pensó en usar cubitos de hielo, pero al considerar que probablemente no tenían en casa, sugirió usar agua fría, ya que tenían agua de pozo.
—¿Ah?
¿De verdad?
—.
Lin Ping’er solo sabía tratar las heridas aplicando una toalla caliente en la zona dolorida; así era como lo hacía la gente en el campo.
—Usaremos agua fría hoy para evitar que la sangre se coagule más y, pasado un día, ya se podrá tratar con agua caliente y masajes.
Yo sé dar masajes, mañana se los daré a padre y a hermano mayor para favorecer la circulación y deshacer la congestión —.
Bai Ruozhu había sido dentista en su vida anterior, pero había aprendido medicina china con su abuelo desde pequeña; ya ni hablemos de masajes, incluso estaba familiarizada con la acupuntura.
En una época en que Bai Ruozhu era pobre y la medicina china estaba en declive, estudió odontología para que su familia pudiera vivir mejor.
Incluso obtuvo un máster en Estados Unidos y ahorró dinero para abrir una clínica dental en su país, pero no esperaba transmigrar a este mundo por un accidente.
Se podría decir que veinte años de duro trabajo la habían devuelto al punto de partida.
Lin Ping’er abrió la boca; quería preguntarle a Bai Ruozhu de dónde sabía esas cosas, pero enseguida recordó la última vez, cuando cocinaban pescado al vapor.
Bai Ruozhu había dicho que Chang Sheng le había enseñado, así que esto también debía de ser cosa de Chang Sheng.
Aunque Chang Sheng se había quedado un poco tonto después de que Bai Yihong lo rescatara y no recordaba su pasado, a menudo sabía cosas que los aldeanos desconocían.
—Lo que dice Ruozhu tiene sentido, he leído algo parecido en un libro.
Si no lo hubiera mencionado ella, no se me habría ocurrido ponerlo en práctica —dijo Bai Zepei, pensativo—.
Mamá, tú descansa.
Iré a sacar agua del pozo.
La Bai Ruozhu de antes era una chica de campo, pero, al fin y al cabo, era nieta de una familia de eruditos y también había aprendido a leer y escribir con sus hermanos.
Solo entonces recordó Lin Ping’er que a su hija le gustaba leer los libros de su segundo hermano.
Siendo una niña tan lista, no era de extrañar que conociera estos principios.
Bai Zepei trajo el agua del pozo muy deprisa.
Lin Ping’er humedeció el paño y lo aplicó sobre las lesiones de Bai Yihong y Bai Zehao.
Por suerte, solo estaban hinchados y no tenían la piel abierta.
Tras la visita familiar a la antigua mansión, Lin Ping’er suspiró y se fue a la cocina a preparar la comida.
Bai Ruozhu la siguió para ayudar.
—Ruozhu, no te tomes a pecho las palabras de tu abuelo —dijo Lin Ping’er mientras cortaba las verduras.
—Mamá, no me lo he tomado a pecho, es solo que me sabe mal por papá —respondió Bai Ruozhu.
Lin Ping’er suspiró y echó las verduras picadas a la olla.
—Tu padre mañana estará bien, con los años se ha ido acostumbrando.
Tus abuelos tienen favoritismos.
Hicieron que tu tío estudiara mientras tu padre trabajaba como un buey, y aun así comía lo peor de lo peor.
¿Acaso no está ya acostumbrado?
Lin Ping’er resopló.
—Si no nos hubiéramos independizado, nuestra familia seguiría sufriendo.
¿Qué íbamos a sacar de bueno?
¿Acaso comeríamos tan bien como ahora?
Bai Ruozhu sabía que su madre solo estaba refunfuñando y se rio para seguirle la corriente: —¿Es que papá comía peor que un buey?
—No, al menos él comía guisado, no pasto —rio Lin Ping’er—, pero su comida no era ni tan buena como la de nuestros cerdos.
Bai Ruozhu no pudo evitar soltar una carcajada.
Lin Ping’er ponía mucho esmero en la cría de cerdos.
Para venderlos a buen precio, se aseguraba de que estuvieran bien alimentados.
Pero si sus palabras llegaran a oídos de Bai Yihong, a este seguro que se le atragantaría la comida.
Mientras ambas bromeaban, alguien llamó a la puerta y se oyó la voz alegre de una chica: —¡Ruozhu, he venido a verte!
Era Fang Guizhi, la amiga de la infancia de la anterior Ruozhu.
Se habían criado juntas y, cuando la anterior Ruozhu se quedó embarazada, venía a menudo a verla y le traía juguetitos para entretenerla.
Era una chica vivaz y de corazón noble.
A Bai Ruozhu le caía bien Fang Guizhi, así que fue a recibirla a la puerta con una sonrisa.
—Guizhi, has venido.
Hacía unos días que no te veía —dijo Bai Ruozhu con una sonrisa.
Debido a su estado, no podía ir a visitar a Fang Guizhi, así que era esta quien solía venir a verla.
—Ni lo digas, estos días son de mucho trabajo en el campo.
Mi madre me ha tenido ocupada con las tareas de casa y no me dejaba salir.
Y tú, ¿qué tal?
¿Son graves tus heridas?
Quise venir a verte hace unos días, pero mi madre me pilló cuando intentaba escaparme y me echó una bronca.
Hasta hoy no he conseguido encontrar un hueco —dijo Fang Guizhi, haciendo un puchero con disgusto.
Bai Ruozhu podía imaginarse la escena que Fang Guizhi describía.
Tanto la madre de Fang Guizhi como Lin Ping’er eran conocidas en la Aldea de la Montaña por ser mujeres de carácter, pero la diferencia era que Lin Ping’er, aunque de carácter fuerte, era muy buena con su familia y sus hijos.
En cambio, la madre de Fang Guizhi, Fang Zhou, no tenía piedad de su hija y siempre le hacía hacer los trabajos más pesados.
Malcriaba a su hijo hasta un punto que ni los vecinos podían soportar.
Cada vez que Fang Guizhi iba a la casa de los Bai, envidiaba a Bai Ruozhu.
Lin Ping’er, por su parte, sentía lástima por aquella chica tan sensata y a menudo le daba algo bueno para comer, por lo que Fang Guizhi tenía una buena relación con la familia Bai.
—Ruozhu, lleva a Guizhi a la habitación para que charléis.
No os quedéis aquí, que os vais a ahogar con el humo —dijo Lin Ping’er, a quien se le dibujó una sonrisa en el rostro al ver a la amiga de su hija.
Bai Ruozhu quería ayudar a Lin Ping’er a cocinar, pero no estaba bien poner a una invitada a trabajar, así que llevó a Fang Guizhi a la habitación para que se sentara.
—¡Estos albaricoques están muy buenos, son ácidos, seguro que te gustan!
—dijo Fang Guizhi mientras levantaba la tela que cubría su cesta, dejando ver los albaricoques verdes que había dentro.
A Bai Ruozhu le dio dentera solo de mirarlos.
Pero estaba en el último mes de embarazo, con el niño oprimiéndole el estómago, y no tenía mucho apetito.
Comer algo ácido podría abrírselo, pero sabía que no debía excederse.
—¿Para qué traes tantos?
Si solo puedo comer unos pocos.
Quédate tú con algunos, no sea que se echen a perder —dijo Bai Ruozhu, cogiendo solo dos puñados de albaricoques verdes.
Pero Fang Guizhi dejó la cesta sobre la mesa y dijo entre risas: —¿Desperdiciarlos?
¡Qué va!
Yo no puedo comerlos de lo ácidos que están.
Además, cuando la fruta de mi albaricoquero madura, se cae al suelo.
No nos da tiempo a comérnoslos todos y muchos acaban pudriéndose.
En la Aldea del Albaricoquero mucha gente los planta, así que no podemos ni regalarlos.
Al oír esto, a Bai Ruozhu se le ocurrió una idea…
—¿Y se echan a perder todos los años?
—preguntó deprisa.
—Sí, vuestra casa se construyó más tarde, los albaricoqueros aún no han crecido del todo.
Si no, ya lo sabrías —explicó Fang Guizhi.
—Entonces, ¿por qué no hacéis conservas de albaricoque?
Aunque no sirvan de comida principal, son un buen tentempié.
A lo mejor hasta podríais venderlas en el mercado —.
Bai Ruozhu no estaba segura de si las conservas de albaricoque eran algo común en el pueblo, pues la anterior Ruozhu apenas salía de casa y no prestaba mucha atención a esas cosas.
Por eso, tenía poca información y no se atrevía a prometer nada con seguridad.
A Fang Guizhi se le iluminó el rostro al oír la idea.
—¿Y cómo se hacen las conservas?
¡Me encanta enredar con estas cosillas!
Hagámoslas juntas, ¿te parece?
Bai Ruozhu asintió de inmediato.
—Podemos probar a hacer primero conserva con los albaricoques verdes y, cuando maduren, haremos conserva con los amarillos.
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