Esposa por Engaño, Millonaria por Venganza - Capítulo 22
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22: Capítulo 22: La mitad de la compañía 22: Capítulo 22: La mitad de la compañía POV de Serafina
Dudé durante lo que pareció una eternidad, con el pulgar suspendido sobre la pantalla, antes de que por fin consiguiera teclear: [Sr.
Warrington, ¿sigue despierto?].
El mensaje de texto desapareció en el vacío.
Mantuve la vista fija en el teléfono durante un buen rato.
Nada.
Pero en sus redes sociales había una publicación reciente de hacía solo unos instantes.
Estaba conectado, sin ninguna duda.
Solo que había decidido ignorarme.
No pretendía ser pesada.
Pero con amenazas acechando por todas partes, la ansiedad me carcomía por dentro.
Este acuerdo matrimonial era mi salvavidas, y tenía que gestionarlo con la misma precisión calculada que emplearía en cualquier negociación empresarial crucial.
Si él no iba a dar el primer paso, tendría que tomar yo la iniciativa.
De repente, mi teléfono cobró vida.
El pulso se me disparó; estaba segura de que tenía que ser Dominic.
Lo cogí con avidez, solo para ver el nombre de Julián brillando en la pantalla.
Se me fue el dedo y, sin querer, acepté la llamada antes de poder rechazarla.
Demasiado tarde.
Su voz ya salía por el altavoz.
—Serafina, no has estado respondiendo a mis mensajes.
¿Sigues enfadada conmigo?
Era el mismo tono suave que usaba siempre, pero esa noche me ponía los pelos de punta.
Aparté bruscamente el teléfono de mi oreja y me negué a darle la satisfacción de una respuesta directa.
—Me estaba preparando para acostarme.
¿Qué quieres?
Mi respuesta gélida le dijo a Julián todo lo que necesitaba saber: seguía guardándole rencor, sin duda alguna.
Yo siempre había sido muy dócil, muy fácil de manejar.
Cuando de repente pedí unos días libres durante la crisis de la empresa y me negué a volver a casa, supe que mi petición debió de pillarle totalmente por sorpresa, y su posterior silencio me hizo sospechar que estaba que echaba humo, y que probablemente había decidido darme una leción aplicándome la ley del hielo.
Pero con la empresa perdiendo dinero a espuertas, su paciencia se había agotado.
Fue él quien tuvo que ceder primero.
—Sobre lo que pasó con mi madre y Felicity…
No pensé en cómo te afectaría.
Lo siento.
No volverán a molestarte.
Mi padre ya se ha encargado de ellas, y hasta han contactado para disculparse…
—No tendrán el descaro de disculparse conmigo directamente, ¿o sí?
Lo interrumpí, negándome a malgastar un segundo más en sus patéticas justificaciones.
Julián no se esperaba que yo le plantara cara.
Su voz se volvió tensa, casi desesperada.
—Ya sabes cómo son.
Si de verdad necesitas una disculpa cara a cara, puedo hacer que ocurra…
—No te molestes.
Nunca he obligado a nadie a arrastrarse ante mí.
Esa era la pura verdad.
Solo de imaginarme las caras de Miriam y Felicity me entraban náuseas.
—Entonces, ¿qué es lo que quieres exactamente?
Ya no pudo disimular su creciente frustración; la irritación se filtraba en sus palabras.
Mis labios se curvaron en una sutil sonrisa mientras bajaba la voz hasta convertirla en un susurro casi coqueto.
—El daño emocional es complicado de reparar.
¿Pero una compensación económica?
Eso es mucho más sencillo.
Quiero la mitad de las acciones del Grupo Everett.
—¿Qué acabas de decir?
Por un momento, su expresión de asombro fue tal que pareció convencido de haber oído mal.
Estaba asimilando que le estaba exigiendo acciones; y nada menos que la mitad del Grupo Everett.
Repetí mis palabras con el mismo tono bajo e inquietantemente tranquilo.
—Serafina, no lo dices en serio…
¿verdad?
Apenas podía asimilarlo.
La mujer que nunca le había pedido ni un céntimo le estaba exigiendo de repente una fortuna: la mitad de toda la empresa.
Ni él mismo controlaba la mitad.
—Hablo muy en serio, Julián.
Lo he pensado detenidamente.
El motivo por el que tu madre y Felicity me tratan como si fuera basura es que no tengo ningún poder real en la empresa.
Si me convirtiera en la accionista mayoritaria, no tendrían más remedio que respetar mi autoridad.
—Además, los inversores que he estado intentando atraer son increíblemente recelosos.
Como simple ejecutiva subalterna, no tengo ningún peso en su toma de decisiones.
¿Pero como accionista principal?
Eso lo cambia todo.
Mi voz se mantuvo suave y controlada, cada palabra deliberadamente escogida.
La lógica era tan impecable que, por un instante, Julián casi se descubrió a sí mismo asintiendo.
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