Esposo Malvado - Capítulo 150
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150: capítulo 149 150: capítulo 149 En ese momento, la mirada de Cesare se detuvo en la niña.
Y fue entonces cuando ella lo notó.
Por una fracción de segundo, Cesare sintió una punzada de inquietud.
Sus experiencias en el campo de batalla, comenzando desde muy joven, le habían dejado un aire que a menudo asustaba a los niños.
Esta pequeña, ya perdida y asustada, probablemente se sentiría aún más intimidada por él.
Pero en lugar de encogerse, la reacción de la niña le sorprendió.
Al ver a Cesare, sus ojos ya grandes se abrieron aún más.
Una luz curiosa llenó su mirada, el dorado y el verde en sus iris brillando como la luz del sol filtrándose entre las hojas.
Una brisa trajo el aroma de lirios mientras ella repentinamente corrió hacia él.
Sin pensarlo, Cesare se agachó y la recibió en sus brazos.
Ella se lanzó a su abrazo, aferrándose fuertemente mientras estallaba en lágrimas.
Aunque sus sollozos eran amargos y desgarradores, había una sensación palpable de alivio en su llanto.
Se acurrucó más entre sus brazos, su pequeño cuerpo irradiando ese calor único de los niños, mezclado con el tenue aroma a lirios y galletas.
La frente de Cesare se arrugó ligeramente, una sensación extraña e inquietante se apoderó de él.
Era un sentimiento que no reconocía, porque nunca lo había experimentado antes.
Después de un rato, sus sollozos se calmaron.
Continuó sorbiendo por la nariz, dejando escapar algún que otro hipo, pero ahora lo miraba con ojos llorosos.
En la mirada clara de la niña, Cesare se vio reflejado—y la imagen le resultó ajena.
Verse a sí mismo a través de ojos tan inocentes le hacía sentirse como un extraño para sí mismo.
La niña lo miraba como si fuera un ángel descendiendo de los cielos.
Al encontrarse con sus ojos maravillados, Cesare se encontró sonriendo levemente.
—Tú debes ser Lily.
Esta era la pequeña niña de la que su niñera, la Baronesa Elrod, hablaba a menudo.
Había mencionado que su hija tenía diez años, aunque la niña parecía un poco más joven que eso.
La Baronesa Elrod solía exagerar sus logros, tratando su papel como niñera de Cesare como el mayor logro de su vida.
Sentía un inmenso orgullo por poder frecuentar el palacio bajo el pretexto de sus deberes.
Sin embargo, carecía de los medios para realmente prosperar en el esplendor del palacio imperial.
Para compensar, tejía pequeñas mentiras para embellecer su vida.
Pintaba la imagen de una familia modesta pero armoniosa: un esposo amoroso y devoto y una hija brillante que era tan encantadora y precoz que la apodaban Lily, por su flor favorita.
A pesar de sus exageraciones, Cesare normalmente dejaba pasar sus palabras sin prestarles mucha atención.
Sin embargo, parecía que algunas de sus afirmaciones eran ciertas.
Los peculiares ojos verde-dorados de la niña, brillando como la luz del sol sobre el musgo, eran distintos a cualquier cosa que hubiera visto antes.
Acariciando suavemente su cabello, Cesare decidió que no haría daño mostrar algo de amabilidad hacia esta niña.
Sería una manera fácil de ofrecer el reconocimiento que la Baronesa Elrod tanto anhelaba.
Al principio, fue un pensamiento casual—quizás podría invitar formalmente a la niña al palacio una vez.
Pero ese primer encuentro no marcó el final.
Cesare se encontró invitándola al palacio una y otra vez.
Cuando Eileen revoloteaba alrededor, haciendo preguntas con curiosidad infinita y riendo como si Cesare fuera el centro de su mundo, él sentía que su agotamiento y hastío* se desvanecían.
[N/T: Ennui es la sensación de aburrimiento]
Como había afirmado la Baronesa Elrod, la niña era realmente brillante.
Aprendía rápido y absorbía todo lo que él le enseñaba con una velocidad notable.
Ver cómo absorbía conocimientos y habilidades resultaba inesperadamente agradable.
Por primera vez, Cesare entendió por qué sus antiguos tutores habían disfrutado tanto enseñándole.
A medida que se involucró más en la vida de ella, la niña también comenzó a filtrarse en la suya.
Aunque Cesare era consciente de los sutiles cambios dentro de sí mismo, no les dio demasiada importancia.
“””
Era solo una gota de agua —no suficiente para alterar el curso de su vida.
Pero esa única gota continuó cayendo, una y otra vez, hasta que finalmente lo empapó por completo.
A través de la niña, Cesare aprendió lo que significaba amar.
Era un sentimiento que solo ella podría haberle enseñado.
Había momentos en que se preguntaba: ¿Qué hubiera pasado si no me hubiera detenido en ese jardín de lirios aquel día?
¿Y si simplemente hubiera llamado a un sirviente para que la guiara de vuelta con su madre?
Pero tales pensamientos carecían de sentido.
Sin importar lo que hubiera hecho, esa pequeña niña —Eileen— habría corrido igualmente hacia él.
Hacia nadie más que él.
Como el elegido por la niña, y como quien la había elegido a ella, Cesare sabía que llevaba una responsabilidad.
Más tarde, después de que Eileen fuera ejecutada en la guillotina y él se sentara solo en su casa vacía, leyendo su diario, Cesare tomó su decisión.
Ordenó que todas sus fuerzas se reunieran en las llanuras cerca de la capital.
Sus caballeros, que habían luchado junto a él en innumerables campos de batalla, cumplieron sus órdenes sin cuestionar —aunque sabían exactamente lo que él pretendía.
Cuando Lotan le informó, Cesare escuchó en silencio, mirando distraídamente el reloj de bolsillo roto en su mano.
Lo guardó antes de responder.
—La decisión no llevará mucho tiempo.
Vestido con todo su atuendo oficial, Cesare fue seguido por cuatro caballeros mientras caminaba por el palacio.
La visión del grupo armado hizo que incluso nobles y sirvientes dudaran en acercarse.
—Su Gracia, el Gran Duque de Erzette…
El chambelán del emperador parecía completamente desconcertado.
La repentina aparición de Cesare, sin previo aviso y flanqueado por caballeros armados, era suficiente para dejar atónito a cualquiera.
Mientras el chambelán buscaba palabras, Leon apareció, luciendo pálido y visiblemente tenso.
—Cesare.
La voz de Leon tembló al dirigirse a su hermano.
Aunque parecía haber sufrido enormemente, Cesare no preguntó por su bienestar.
—Imperator.
—…Gran Duque de Erzette.
Leon miró a su hermano, quien se había dirigido a él como Imperator en lugar de como familia, con una expresión de desesperación.
Para Leon, Cesare parecía más un extraño que su gemelo.
Su voz tembló al preguntar:
—¿Qué te trae aquí?
¿Qué quieres?
Cesare respondió sin expresión alguna.
—Quiero la última carta de la condenada, Eileen Elrod.
* * *
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