Esposo, me has abandonado. Bien, me concentraré en criar a mi hijo - Capítulo 183
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Capítulo 183: Audiencia judicial 2
PUNTO DE VISTA DE JASMINE
—Gracias, confirmo que ambas partes se encuentran en la sala —continuó el juez Watkins—. Quiero dejar claro que el tribunal no está aquí hoy para decidir el resultado de este caso. El propósito de esta audiencia es abordar los términos del divorcio solicitado, así como garantizar el interés superior del menor.
Hubo un momento de silencio. Mi corazón martilleaba en mi pecho mientras procesaba y anticipaba cómo iría el procedimiento.
—Abogado del demandante, ¿qué solicita hoy? —preguntó a mis abogados y a los de Keith.
Los abogados de Keith iban primero. El oficial del juzgado se acercó a la mesa de Keith y recogió un papel de ellos. Era una copia de su solicitud de demanda. Luego se la entregó al juez. Uno de los abogados habló entonces por el micrófono de su mesa. —Señoría, nuestro cliente, Keith Acland, solicita el divorcio civil y la custodia compartida de su hijo, Anthony Acland, con la Sra. Acland —empezó—. Nuestro cliente es un hombre amable, gentil y cortés. Ama a su hijo y, aunque la relación con su esposa llegó a su fin, todavía se preocupa por ella y quiere verla bien…
Luché para no resoplar con desdén ante aquello.
—Es el presidente del holding Grupo Acland, gana 900 millones de dólares al año y, además, vive en un vecindario seguro y protegido. Posee todos los requisitos y recursos para cuidar de su hijo. También está dispuesto a negociar, ya que los motivos para un divorcio contencioso con custodia exclusiva solicitados por Jasmine Acland no tienen ningún peso si se tiene en cuenta todo esto, Señoría.
Miré de reojo a Keith, que estaba sentado cómodamente en su asiento, confiado y tranquilo. Estaba claro que no le preocupaba nada de esto. Creía que lo tenía ganado.
Mis abogados eran los siguientes. El oficial del juzgado se acercó a ellos y tomó una copia de mi demanda. Uno de ellos habló entonces por el micrófono.
—Señoría, nuestra clienta solicita un divorcio contencioso de Keith Acland y la custodia exclusiva de su hijo por la preocupación sobre la seguridad del niño mientras esté bajo la custodia del Sr. Acland.
Nuestra clienta, en el tiempo en que ella y su hijo fueron repentinamente expulsados de la finca por el Sr. Acland y se mudaron a una casa aparte, sufrieron un grave abuso y negligencia financiera por parte del Sr. Acland y su actual amante, Diana Rockford.
Mis ojos se desviaron hacia Keith y luego hacia Diana, sentada entre el público. Ambos parecían impasibles y tranquilos hasta el momento. Pensaban que iba a ser como todas las otras veces.
—¿Hay pruebas disponibles para estas acusaciones de abuso? —preguntó entonces Watkins.
—Sí, Señoría, tenemos pruebas que demuestran el abuso financiero que nuestra clienta sufrió a manos de Keith Acland y su amante Diana Rockford.
Keith y sus abogados empezaron a murmurar mientras miraban a los míos. Aunque yo estaba un poco nerviosa, mi expresión externa era seria y concentrada.
—¡Silencio en la sala, por favor! —ordenó Watkins.
—Señoría, esas pruebas deben de ser fraudulentas. El Sr. Acland siempre ha mantenido económicamente a Jasmine Acland y a su hijo —intentó explicar el abogado de Keith.
—Solo hablará cuando se le dé la palabra —respondió el juez secamente—. ¿Qué demuestran estas pruebas? —preguntó entonces a mis abogados.
—Bueno, Señoría, ante usted tiene los extractos bancarios de la cuenta del banco Aardvus que el Sr. Acland tiene para su familia en la finca. Puede confirmar por usted mismo que son documentos oficiales del banco, sin manipular. En particular, muestran la actividad en las cuentas designadas de nuestra clienta. Muestran todas las transacciones realizadas en el último año —explicó.
Ojalá hubiera podido conseguir pruebas de otras cosas, como que Diana había impedido que las criadas trabajaran para mí en la casa en la que Tony y yo vivíamos.
—Verá que se realizaron transacciones de solo 1000 USD cada mes, cuando se suponía que debía recibir 50 000 USD mensuales. Solo para que después se hicieran los depósitos sospechosos de 50 000. Nuestra clienta no tenía control sobre la cuenta, por lo que no pudo haber hecho estos depósitos ella misma. Nuestra clienta y su hijo pasaron por un momento extremadamente difícil debido al abuso financiero que enfrentaron. Apenas tenían dinero para cuidarse mientras dependían por completo del Sr. Acland. Nuestra clienta intentó mantener a Anthony consiguiendo un trabajo y la amante del Sr. Acland intentó interponerse sobornando a un empleado de la empresa para que la despidieran —continuó mi abogado.
—¿¡Qué!? —estalló Keith—. ¡Eso es imposible!
—¡Orden! —espetó Watkins—. ¡Una alteración más y será escoltado fuera!
Los labios de Keith se contrajeron en una fina línea mientras parecía molesto por cómo se desarrollaba la situación. «¿A que ya no estás tan ufano?», pensé. Mi mirada se desvió entonces hacia Diana y, en contraste con la expresión de Keith, se había quedado completamente pálida y estaba congelada como una estatua. A diferencia de Keith, su compostura había desaparecido: su rostro pálido, su cuerpo rígido. Sabía exactamente lo que significaban esas transacciones. Lo sabía.
—Afortunadamente, a pesar del sabotaje, mi clienta ha conseguido ahora un trabajo estable. Trabaja como asistente ejecutiva. Gana un salario de más de 4 millones al año. Vive en un buen vecindario y en un hogar seguro. Es capaz de mantener y cuidar de su hijo por sí misma. No puede depender de Keith Acland, cuyas promesas de seguridad económica y protección son falsas —terminó mi abogado.
Hubo otra pausa.
Watkins ojeó los documentos por un momento. —Para que conste en acta, la credibilidad de los documentos se verificará durante el receso —declaró Watkins.
—¿Desea la demandante prestar declaración sobre dicho abuso y negligencia financiera? —preguntó Watkins.
Uno de mis abogados se volvió hacia mí. —Le gustaría hacerle algunas preguntas —me dijo.
—De acuerdo —respondí, comprendiendo.
—Sí, Señoría —respondió el abogado.
Me levanté de mi asiento y el oficial del juzgado me guio hasta el frente de la sala. Me hicieron sentar en el estrado del juez, en un asiento junto al suyo pero a un nivel más bajo. Miré al poco público en la sala, que me devolvía la mirada. Mis ojos encontraron a la pálida e inmóvil Diana. «Sigue temblando», me dije.
El juez Watkins se volvió entonces hacia mí.
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