Esposo, me has abandonado. Bien, me concentraré en criar a mi hijo - Capítulo 191
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Capítulo 191: Está siendo vigilada
PUNTO DE VISTA DE KEITH
—Keith —escuché que me llamaba una voz familiar. Abrí los ojos y me encontré a Jasmine mirándome fijamente. Miré a mi alrededor y vi que estábamos en los jardines de la finca. Me incorporé en el banco del jardín donde estaba sentado y la vi. Jasmine estaba justo delante, de la mano de Anthony.
—Te estamos esperando, vamos —me dijo mientras me tendía la mano que tenía libre, queriendo que la tomara.
Me levanté para seguirla y, justo cuando iba a tomar su mano, ella y Anthony se desvanecieron. Entonces, en su lugar, aparecieron otra mujer y un niño. Eran Diana y Marco.
Una oleada de decepción me invadió. «No… ¿dónde está Jasmine?», pensé. «Que vuelva».
—Keith, por fin volvemos a estar juntos y podemos casarnos —me dijo Diana.
«No», me dije.
Mis ojos, llenos de miedo, la miraron y se clavaron en su vientre muy abultado por el embarazo. —Estamos esperando un bebé y es tuyo —dijo mientras me sonreía.
****************
Me desperté de un sobresalto, respirando deprisa. Mis ojos se movieron de un lado a otro, presas del pánico, mientras escudriñaba el entorno. Me di cuenta de que estaba en uno de mis despachos de la mansión.
De inmediato, todo lo que había ocurrido la noche anterior me vino a la mente. Dejé escapar un suspiro de cansancio al recordar la situación en la que me encontraba.
«Vaya sueño», pensé. Fijé la vista en la mesa que tenía delante y vi el whisky y el vaso de los que había estado bebiendo toda la noche.
Consulté la hora en el reloj y vi que era casi mediodía. Había llegado a casa tardísimo del trabajo y luego me había ido a mi despacho a beber. Me había quedado dormido de madrugada.
Tenía que hablar con Diana y encargarme de ella de una vez por todas. Hice que mis guardias la vigilaran mientras yo sopesaba mis siguientes acciones. Después de hablar con mis abogados, me indicaron qué hacer.
Salí del despacho, me aseé un poco y luego hice que me trajeran a Diana a una sala de estar.
—Voy a decir esto de la forma más tajante posible. Hemos terminado. Esta relación entre nosotros se ha acabado —le dije—. Quiero que tú y Marco os vayáis de esta casa hoy mismo.
Sus ojos se abrieron como platos, horrorizada.
—¡Pero Marco es tu hijo! ¡No puedes dejarnos en la calle así como así! —se quejó.
—Diana, no me alteres. Estoy haciendo todo lo posible por ser cortés contigo —le dije con los dientes apretados.
—Como ya dije, voy a hacer que te hagan una prueba a ti y otra a Marco. Dependiendo de los resultados, te enviaré la manutención infantil.
—¿Y qué vas a hacer cuando nos eches? —preguntó—. ¿Vas a…, vas a volver con Jasmine?
—Eso no es de tu incumbencia —le espeté.
—Keith, por favor, solo hice esto porque te quiero. De verdad que te quiero… —su voz se fue apagando mientras las lágrimas asomaban por el rabillo de sus ojos.
—Sé que te mentí, pero lo hice porque te quiero. Nunca debimos romper hace tantos años. No sabía cómo volver contigo.
Una expresión de asco se dibujó en mi rostro. —No vamos a discutir esto, Diana.
—Keith, por favor, he dedicado tanto a esto y he dedicado tanto a estar contigo… Por favor, elígeme a mí, Keith. Por favor —me suplicó.
Entrecerré los ojos mientras la miraba con desdén. —Eres una mujer tan lamentable, Diana —dije, menospreciándola con la mirada.
Sus ojos se abrieron de par en par cuando pareció darse cuenta de algo. —¿Incluso si quieres que vuelva, si ahora tiene un amante?
Estaba empezando a irritarme de verdad.
—No va a volver contigo, así que ¿por qué no te quedas conmigo?
Negué con la cabeza en señal de desaprobación. —Diana, eres tan patética —le dije.
La desesperación en sus ojos pareció aumentar ante mi apatía.
—De todas formas, no tiene sentido que vayas, porque probablemente ya no esté por aquí —soltó de repente.
Mis cejas se alzaron de golpe y me volví para mirarla. —¿Qué quieres decir con eso?
—¡Se están encargando de Jasmine ahora mismo, mientras hablamos! —me gritó.
Algo cambió dentro de mí mientras la miraba fijamente, confundido. —¿Qué estás diciendo? —le exigí que se explicara.
—La ha estado vigilando y se encargará de ella —me dijo.
—¿De qué estás hablando? ¡¿Quién es él?! —le pregunté.
—¿Tanto quieres ahora a Jasmine? —preguntó con un tono desconsolado.
—¡Diana, no tengo tiempo para tus juegos infantiles, así que más te vale decirme de qué demonios estás hablando! —le exigí.
Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.
—¡Me dijiste que me querías! Que sentías cosas por mí, por ser tu primer amor, y que Jasmine solo era un contrato para ti. Me dijiste que era robótica, que no tenía emociones. Que no era divertida como yo… entonces, ¿de dónde salen de repente estos sentimientos por Jasmine? —me preguntó—. ¿Por qué has cambiado tanto en las últimas semanas? ¿Por qué se ha vuelto tan interesante para ti?
—¡¿Diana, a quién has enviado a por Jasmine?! —la amenacé—. Si le haces daño, haré que te arrepientas.
—Espero que se muera —dijo Diana, ignorando mi amenaza—. ¡Si yo no puedo tenerte, ella tampoco podrá!
Dejé escapar un suspiro de cansancio. Era imposible razonar con ella.
No sabía si Diana mentía para sacarme de quicio o si realmente decía la verdad. En cualquier caso, estaba preocupado. Dado su trato hacia Jasmine, no quería arriesgarme. Era realmente capaz de hacerle daño, teniendo en cuenta que intentó que la despidieran y la estaba privando de dinero y recursos. Me aparté de ella y me dispuse a salir de la habitación.
—¡Espero que se muera! Quizá vuelvas a fijarte en mí si lo hace —me gritó a mis espaldas.
«Ha perdido la cabeza por completo», pensé. Salí de la habitación y saqué el móvil, llamando a Jasmine de inmediato.
Si Diana decía la verdad, entonces se me estaba acabando el tiempo.
Salí de la habitación de inmediato. —¡No le quiten ojo de encima! —grité a los guardias. Tendría que posponer lo de echarla hasta que confirmara cuál era la situación con Jasmine.
Llevándome el teléfono a la oreja, lo oí sonar mientras corría por el pasillo. Una pequeña oleada de alivio me invadió por el hecho de que no hubiera bloqueado mi número. El teléfono sonó, pero nadie contestó. Volví a llamar de inmediato tras un tiempo preocupante y, finalmente, alguien descolgó la llamada.
—¡Jasmine! —grité al teléfono. Silencio. —¡Jasmine! —volví a gritar.
Escuché una respiración dificultosa y supe que algo iba mal.
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