Este Domador de Bestias es un Poco Extraño - Capítulo 394
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Capítulo 394: Capítulo 394: ¿Una misión en el extranjero?
El sonido rítmico de los cascos y el chillido ocasional de una criatura espiritual aviar resonaban a través del denso bosque.
Kain se acomodó en el ancho lomo de un Ciervo Medianoche, una criatura espiritual proporcionada por la Orden Eclipse. Su lustroso pelaje negro relucía débilmente bajo el dosel arbóreo, y sus resplandecientes astas plateadas ofrecían una valiosa iluminación bajo la densa fronda.
A su alrededor, los demás del grupo cabalgaban en sus propias monturas: algunos, sus propios contratos; otros, prestados como el suyo.
Habían partido poco después de que les notificaran su asignación a esta excursión y todavía no conocían muchos detalles. Por lo tanto, una atmósfera tensa parecía reinar en el grupo, interrumpida solo por el ocasional crujido de las hojas y los suaves murmullos entre sus miembros.
El bosque que los rodeaba no se parecía a nada que Kain hubiera visto antes. Árboles ancestrales, tan altos como edificios, se alzaban hacia el cielo; harían falta unas diez personas para poder rodear por completo sus enormes troncos. El aire estaba impregnado del aroma a tierra húmeda y flores, y débiles destellos de insectos bioluminiscentes danzaban ante ellos de vez en cuando.
Su líder, un hombre de mediana edad de los Perseguidores de Estrellas llamado Ashen Voril, iba en cabeza a lomos de un Lobo del Amanecer, cuyo pelaje plateado se fundía a la perfección con el entorno. Su aguda mirada escrutaba el camino, listo para responder a cualquier emergencia al instante.
—Manténganse alerta —retumbó la profunda voz de Ashen, rompiendo el silencio—. Deberíamos llegar pronto a nuestro destino.
Kain enarcó una ceja, pero no dijo nada, con la curiosidad avivada. El bosque era denso y parecía virgen, y sin embargo, había un orden antinatural en él. Todos los árboles estaban perfectamente alineados en pulcras hileras, creando la ilusión de que, en lugar de árboles, eran soldados gigantescos formados en una línea perfecta.
De repente, el grupo se detuvo en seco cuando una figura apareció en su camino.
El joven no aparentaba más de veinte años, según los estándares humanos. Tenía el cabello de un color verde claro que le llegaba hasta los hombros y unos penetrantes ojos verde esmeralda que parecían relucir débilmente, reflejando el bosque que los rodeaba.
Vestía una ornamentada túnica blanca, bordada con motivos verdes y dorados de hojas y enredaderas que parecían moverse sutilmente con su caminar.
A la espalda llevaba un arco y, en la cadera, una daga que refulgía con una luz esmeralda. A pesar de su juvenil apariencia, la presión que emanaba de él le indicó a Kain que su fuerza era, como mínimo, equivalente a la de un domador de bestias de 8 estrellas; posiblemente, incluso mayor.
Ashen desmontó con fluidez, alzando una mano para indicarle al grupo que no se moviera. Se acercó al joven e inclinó la cabeza con respeto. —Guardián Selevan —lo saludó, en un tono deferente—. Es un honor.
Kain frunció el ceño, con la mente a toda velocidad. ¿Guardián?
Kain recordó fugazmente parte del conocimiento que había «aprendido» de Elera, quien tenía un interés especial en la raza élfica, desaparecida hacía mucho tiempo.
Los Elorianos, como descendientes de los elfos, han conservado muchas de las tradiciones de sus predecesores. Incluso el idioma que hablan en la actualidad se asemeja mucho al Élfico Antiguo.
Y el segundo rango más alto, solo por debajo de la familia real, es lo que los elfos llamaban los «Guardianes de la Naturaleza».
Si este hombre de aspecto juvenil realmente ostentaba un título tan prominente, y teniendo en cuenta que los Elorianos envejecen físicamente mucho más despacio que los humanos de pura sangre, este «joven» podría superar fácilmente los cien años.
—Bienvenidos al Refugio Elowen —dijo Selevan con voz suave y calmada, y un acento que confería a sus palabras una cadencia melódica—. El Consejo les ha concedido el paso, pero a partir de este punto deberán seguirme.
El grupo intercambió miradas, pero obedeció sin tardar, siguiendo a Selevan mientras los adentraba en el bosque. Kain se percató de que, cuanto más avanzaban, más juntos parecían crecer los árboles, con sus ramas entrelazadas formando arcos y puentes naturales que permitirían a cualquiera caminar con facilidad de la copa de un árbol a la de otro.
Tras una hora de caminata, llegaron a lo que parecía un pueblo fronterizo del Refugio Elowen.
La aldea parecía brotar de los propios árboles. Las casas estaban construidas dentro de los troncos de enormes robles, con sus puertas y ventanas curvas fundiéndose a la perfección con la corteza. Puentes de lianas entretejidas conectaban los árboles, formando una intrincada red de senderos sobre sus cabezas. A lo largo de estos, colgaban faroles tallados en cristal, cuya suave luz verdosa iluminaba la zona y añadía una cualidad onírica al ambiente.
Los recién llegados no pudieron evitar maravillarse ante la impecable fusión de belleza natural y maestría arquitectónica.
Antes de que pudieran asimilar más, Selevan los guio hasta una plataforma central rodeada de raíces serpenteantes. Con un suave zumbido mágico, la plataforma se iluminó y el grupo se vio envuelto en una tenue luz verdosa. Un instante después, el bosque se desvaneció, reemplazado por una vista que dejó a Kain boquiabierto.
Ya no estaban en el pueblo fronterizo, a ras de suelo.
En su lugar, habían aparecido en una enorme plataforma tallada en un árbol aún más gigantesco, dentro de lo que parecía una inmensa ciudad construida entre las copas de los árboles.
La capital del Refugio Elowen era una obra maestra de majestuosidad natural. Árboles imponentes, aún más grandes que los de la frontera, formaban la espina dorsal de la ciudad, manteniéndola suspendida muy por encima del suelo.
Puentes colgantes, creados a partir de lianas y ramas resplandecientes, conectaban los árboles, formando una etérea red de pasarelas muy por encima del suelo del bosque.
Casas y tiendas se hallaban enclavadas en los troncos, con sus muros fundiéndose a la perfección con la corteza.
En el corazón de la ciudad se erigía el palacio real, conocido como el Palacio del Árbol Ancestral. Era una maravilla en sí mismo; parecía haber brotado del propio árbol en lugar de haber sido construido sobre él. El colosal tronco del árbol había sido cuidadosamente ahuecado y moldeado, dando forma a grandiosos salones y chapiteles que ascendían en espiral como enredaderas en busca del sol. Bajo el palacio, unas ramas enormes formaban terrazas naturales adornadas con jardines de plantas exóticas y resplandecientes.
Los muros del palacio relucían con vetas de cristales luminiscentes, y unas intrincadas tallas representaban escenas de los antepasados élficos: cazadores con arcos, eruditos leyendo tomos antiguos y guerreros enfrentados a feroces criaturas espirituales.
Mientras Selevan los guiaba en dirección al palacio, Kain comprendió que ese era su destino. Ni siquiera estaba seguro de si la misión había comenzado oficialmente o qué tipo de beneficios obtendría de ella, pero el viaje por sí solo ya hacía que la experiencia mereciera la pena.
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