Evolución Rota - Capítulo 12
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12: CAPÍTULO 12 12: CAPÍTULO 12 Un estruendo ensordecedor se escuchó.
El vehículo enfrente de ellos se detuvo bruscamente, sus luces de freno se encendieron como ojos rojos de pánico.
Un instante después, unos policías armados irrumpieron en la calle, persiguiendo una marea gris de ratas mutadas que se extendía por el asfalto.
Los tres vehículos se separaron de la caravana de autos, aislándolos en medio de la ciudad infestada.
Los agentes, con el rostro endurecido por la tensión, despejaron los cadáveres de ratas baleadas del camino y les hicieron una señal para que avanzarán.
El conductor pisó el acelerador, el autobús se lanzó hacia adelante con una velocidad imprudente.
Demasiado rápido.
Tras alcanzar una curva en medio del caos urbano, el vehículo que iba delante dio un frenazo desesperado para esquivar una nueva oleada de ratas gigantes, pero la maniobra fue inútil.
Con un chirrido metálico y un impacto brutal, el auto se estrelló contra una casa , atravesando por completo una pared, como si fuera de papel.
El bus de Alejandro frenó de golpe, la inercia lo lanzó hacia adelante.
Aunque logró esquivar el auto siniestrado, el impacto contra el enjambre de ratas gigantes bajo las ruedas fue inevitable.
El golpe no fue devastador, pero el autobús se tambaleó violentamente , derrapando fuera de control.
Antes de que el conductor pudiera retomar el control, el autobús que venía detrás de ellos se estrelló contra su parte trasera, empujándolos aún más contra una casa de dos pisos.
Detrás, el tercer autobús se volcó, dando varias vueltas sobre sí mismo, el sonido de cristales rotos y carrocería retorciéndose perforaban el aire.
Por un segundo, Alejandro sintió que la conciencia se le escapaba, un velo negro cubriendo su visión.
Por suerte, él y las tres mujeres habían mantenido sus cinturones de seguridad apretados en todo momento.
Abrió los ojos, sacudiendo la cabeza para disipar el aturdimiento.
Miró a Sofía ya las dos colegialas; estaban pálidas y aturdidas, pero conscientes y, milagrosamente, sin heridas graves.
Se quitó el cinturón con un clic apresurado y se puso de pie, su mirada recorriendo el interior del autobús.
Al menos tres personas estaban inconscientes, sus cuerpos inertes entre los asientos destrozados.
Una persona, que no llevaba el cinturón de seguridad, había salido disparada por la ventana delantera, su cuerpo sin vida se vislumbraba en el asfalto.
El conductor también estaba muerto, su cabeza apoyada contra el volante destrozado.
El resto de los pasajeros tenían heridas leves causadas por escombros y trozos de vidrio roto, sus gemidos llenaban el aire.
Alejandro se asomó por la ventana trasera, que estaba destrozada.
El autobús volcado era un caos de metal retorcido y dolor humano.
Algunas personas habían salido disparadas por las ventanas, el pavimento estaba teñido de sangre.
La escena era horrible, desoladora, y no había policías ni nadie cerca para ayudarlos.
Tras desabrochar los cinturones de seguridad de Sofía y las colegialas, las tres mujeres se aferraron a él, llorando, en estado de shock.
Los gemidos de dolor se escuchaban por todo el vehículo, mientras los pasajeros conscientes intentaban, con manos temblorosas, ayudar a los heridos.
De repente, un sonido completamente extraño, se escuchó.
Del autobús volcado, se oían gritos pidiendo auxilio, maldiciones ahogadas, pero lo único que se acercaba eran varias ratas del tamaño de gatos adultos.
Eran criaturas grotescas comparadas con las ratas normales; sus cuerpos grises y macizos, sus ojos completamente negros, desprovistos de cualquier brillo.
Una anomalía más allá de su tamaño eran sus grandes dientes que sobresalen, más similares a colmillos afilados que a simples incisivos.
Poco a poco, las ratas mutadas se acercaban a los cuerpos inertes al lado del autobús.
Primero fue un pequeño grupo que, curiosamente, se aproximó a los cuerpos.
Pero antes de que Alejandro pudiera siquiera contarlas, cientos de ratas salieron de la nada, emergiendo de las sombras, y empezaron a devorar los cadáveres con una ferocidad brutal.
Algunas de ellas saltaron dentro del autobús volcado, y los gritos de terror se intensificaron, mezclándose con el sonido húmedo de la carne desgarrándose.
Eso solo llamó a más ratas que rápidamente se adentraron al vehículo para darse un festín.
Todo el mundo en el autobús de Alejandro quedó en silencio, las caras completamente pálidas, sus ojos fijos en la escena visceral.
—¡Ahhhh!
—Gritó alguien con una voz aguda cuando vio que un grupo de ratas, con sus ojos negros y depredadores, estaba mirando directamente en dirección al autobús estrellado en la casa.
Alejandro no se quedó congelado.
Tal vez fueron sus tres puntos en la habilidad en Fuerza de Voluntad lo que le permitió salir del shock y buscar rápidamente su mochila.
Se la colocó, sacó su katana del tubo y ató la vaina a su cinturón.
Sabía que si las ratas entraban en el autobús, no tendría ni una sola oportunidad de pelear con una katana tan larga en ese espacio confinado.
Pero tampoco tendría una oportunidad saliendo directamente a la calle si cientos de ratas los rodeaban.
Tomó la mano de Sofía, sus dedos fríos y temblorosos, y agarró a las dos colegialas de la ropa, tirando de ellas con una fuerza que no sabía que tenía.
Con ellas en pánico, hizo que Sofía bajara primero por una ventana rota que daba al interior de la casa.
Luego, entre él y Sofía, ayudaron a las dos niñas a bajar, sus cuerpos jóvenes chocando con el marco.
Alejandro volteó a ver a los pasajeros del autobús, pero todos estaban petrificados, sus ojos fijos en los ojos brillantes de las ratas en la calle que ya los habían detectado.
Por un momento, tuvo el impulso de gritarles que bajaran, de extender una mano, pero su mente le devolvió en un segundo las miles de probabilidades de terminar muriendo mientras los ayudaba.
Apretó los puños.
Su corazón martilleaba en su pecho.
Sin decir nada más, saltó por la ventana, el sonido de vidrios rotos se escuchó cuando sus botas aterrizaron suavemente en el suelo de la sala de estar, un desastre completo.
Cuando sus pies tocaron el suelo, su mirada se desvió inmediatamente hacia una rata que saltó de debajo del autobús, un colmillo sobresalía, babeando.
Sin decir una sola palabra, antes siquiera de incorporarse por completo de la caída, desenvainó su espada con un silbido letal y con un solo tajo preciso, la partió por la mitad.
* Asesinaste: 1 Rata mutante / Rareza: Blanco / + 5 EXP Las tres mujeres sólo pudieron ver un destello cegador seguido por una salpicadura gigante de sangre y vísceras que hizo un surco carmesí en la carrocería blanca del autobús y parte del techo.
Las tres dieron dos pasos hacia atrás antes de gritar, un sonido ahogado por el horror.
Alejandro envainó su espada rápidamente, se incorporó, miró detrás de ellos y vio la cocina.
Tomó el brazo de Sofía, que estaba en shock , y le ordenó a las otras dos seguirlo, su voz firme cortando la niebla del miedo.
La cocina de esa casa estaba al fondo y a un costado tenía una escalera que llevaba al segundo piso.
Rápidamente subieron.
Alejandro arrastró a Sofía casi todo el camino; ella estaba pálida como la nieve, sus piernas flaqueaban, mientras las dos niñas, que no estaban mejores, los seguían dando tropiezos todo el tiempo, sus pequeños cuerpos temblando.
Cuando llegaron al segundo piso, se escucharon gritos pidiendo ayuda y maldiciendo provenientes del autobús; las ratas ya estaban entrando para darse un festín, y los pasajeros luchaban desesperadamente contra las fauces de la bestia, un coro de agonía retumbaba por toda la casa.
El segundo piso tenía varias habitaciones.
Alejandro entró directamente a la que estaba al fondo de la casa.
Cuando las tres mujeres estaban dentro, cerró la puerta y la bloqueó con una cama, un escritorio y un armario que estaba dentro.
La habitación no tenía ventanas ni salidas, solo un baño.
Mientras las dos colegialas abrazaban a Sofía, llorando desconsoladamente, Alejandro estaba de pie en medio de la habitación, respirando lenta y profundamente.
“¡RÁPIDO!
¡PIENSA!
¡Debe existir una forma de salir de esto!
Las ratas no tardarán en seguir nuestro olor.
La puerta de madera no resistirá y, una vez que exista una brecha, van a entrar todas de golpe.
¡PIENSA, MALDITA SEA!” Alejandro abrió los ojos, su mirada fija en la pared de ladrillo.
Se dio cuenta de que aún existía un camino.
Sin dar explicaciones, dio un paso cerca de la pared, concentró todo su impulso y fuerza en un solo golpe y, con su mejor postura de boxeo, dio un golpe seco a la pared.
Un sonido hueco hizo retumbar los oídos de todos.
Las tres mujeres dejaron de llorar y vieron la espalda de Alejandro, su mano ensangrentada.
El golpe fue efectivo; su piel se rasguñó por el impacto, pero la pared estaba agrietada en el sitio donde golpeo.
” ¡VA A FUNCIONAR!
” Sofía volvió a la realidad, saltó mientras le preguntaba: —¿Estás bien?
¿Te lastimaste?
Alejandro negó con la cabeza y respondió: —Estoy bien, no te preocupes.
Les prometo que las protegeré y las llevaré a casa.
Dio un paso atrás para tomar impulso y, antes de que Sofía pudiera preguntarle qué estaba haciendo, él tomó una gran respiración y, como si estuviera golpeando su saco de boxeo, dio un golpe tras otro, cada impacto abriendo una nueva herida en la piel de sus manos.
Pero no le importó en lo más mínimo; la adrenalina lo sedó por completo.
Solo 10 segundos de golpes continuos con todas sus fuerzas bastaron para que las grietas se extendieran y el primer ladrillo cediera y saliera volando hacia el otro lado.
Había luz del sol entrando por ese pequeño agujero, una promesa de escape.
Una vez que se hizo una brecha, Alejandro dio tres pasos atrás, cambió de postura y cargó contra la pared con una patada brutal.
Una hilada de cuatro ladrillos salió volando, desprendiéndose.
Repitió el proceso y más ladrillos cayeron uno tras otro, hasta que ya hubo un agujero suficientemente grande para cruzar.
Al otro lado había un tejado de cemento, con ropa colgando de cuerdas mientras se secaba con la luz del sol y el viento, un contraste surrealista con el horror que acababan de dejar.
Alejandro estaba transpirando, recuperando el aliento mientras miraba hacia el agujero en la pared.
Su rostro, cuello y brazos estaban bañados en sudor, y sus puños, ahora entumecidos y enrojecidos, estaban ensangrentados.
Su imagen de espalda, con su katana atada a la cintura mientras la luz del sol se abría paso delante de él, se grabó como una pintura vívida en las retinas de las tres mujeres que lo miraban en silencio desde atrás, un héroe forjado en la adversidad.
Él se dio media vuelta, mirándolas, y con una sonrisa tranquilizadora, les dijo: —Vámonos.
—Las tres asintieron, sus ojos llenos de una mezcla de alivio y asombro, lo siguieron, cruzando el pequeño agujero en la pared hacia un futuro incierto.
Los disparos se escucharon de fondo, provenían de todas las direcciones; la policía seguía exterminando las ratas sin piedad alguna.
Alejandro y las chicas saltaron de tejado en tejado hasta encontrar una terraza con una puerta abierta.
Los cuatro se alegraron, bajaron la escalera lentamente sin decir ni una palabra; no era necesario pedir que hicieran silencio, el miedo y el nerviosismo los hicieron avanzar sin llamar la atención.
Alejandro iba al frente del grupo mientras entraban por la casa; Todo parecía despejado en el segundo piso, pero cuando llegaron al primero, en la sala, había cuatro ratas gruñendo, royendo los huesos de un pobre anciano que olvidó cerrar la entrada de su terraza.
Las ratas, con sus ojos negros y hambrientos, voltearon a ver al grupo.
Alejandro no dudó ni un segundo.
Saltó, su katana desenvainada en en un segundo eliminó una por una a las cuatro ratas con golpes precisos y letales.
Su habilidad de Manejo de Armas Blancas de 9 puntos le hacía guiar subconscientemente cada golpe de forma certera, pero su falta de experiencia y un poco de pánico hacían que usará demasiada fuerza en cada ataque, cada corte era una explosión de violencia que aumentaba la fatiga en sus músculos.
* Asesinaste: 4 Rata mutante / Rareza: Blanco / + 20 EXP Las mujeres se taparon la boca al ver el cuerpo mutilado.
Las dos colegialas vomitaron, y Sofía se puso verde mientras intentaba mirar a otra parte, las náuseas le revolvieron el estómago.
—Este lugar no es seguro, vámonos— ordenó Alejandro.
Aun si se encerraran en esa casa, el olor a muerte podría atraer más ratas.
Abrió la puerta a la calle, y las tres mujeres lo siguieron sin dudar.
Tenían miedo, pero Alejandro había demostrado una fuerza y determinación dignas de confianza ciega; En este punto, no dudarían en seguirlo sin importar qué.
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