Evolución Rota - Capítulo 13
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13: CAPÍTULO 13 13: CAPÍTULO 13 Alejandro, Sofía y las dos colegialas avanzan cuatro calles más, sus pasos resonando en el silencio tenso de la ciudad.
Los disparos resonaban a lo lejos, un eco constante de la batalla contra las ratas que se libraba en todas direcciones.
No podía seguir avanzando; cada calle que cruzaban, al menos tres de esas criaturas mutadas intentaban atacarlos.
Alejandro las mataba sin vacilación, su espada un borrón letal, pero la idea de una oleada masiva lo carcomía.
No importaba cuán fuerte fuera, solo tenía una espada y cuatro vidas que proteger.
Justo cuando la desesperación empezaba a pesar en el aire, Alejandro se detuvo en seco.
Un golpeteo familiar llamó su atención al otro lado de la calle.
Su mirada recorrió las fachadas de las casas hasta que vio una ventana en un segundo piso.
Allí, con una cortina a medio abrir, un anciano se asomaba a escondidas, golpeando el vidrio con la esperanza de ser visto.
El anciano les hizo una señal para que esperaran, y la pareja tardó un momento, pero finalmente, la puerta metálica de su casa se abrió con un chirrido.
A su lado estaba su esposa, una mujer de cabellos plateados, que le ayudó a quitar los obstáculos que bloqueaban la entrada.
Ambos eran una pareja mayor, de casi 60 años, con rostros marcados por la vida pero ojos llenos de preocupación.
El grupo entró apresuradamente a la casa de la pareja, y juntos ayudaron a bloquear la entrada de nuevo.
Por fin, un suspiro de alivio se escapó de las cuatro personas, que se dejaron caer en el pasillo, como si hubieran corrido una maratón.
—Muchachos, ¿está bien?
—preguntó la mujer mayor, su voz dulce y maternal.
—Sí, ustedes nos salvaron la vida, afuera es un caos —respondió Sofía, intentando recuperar el aliento, con el pecho agitado.
—¿Qué hacían afuera?
¿Por qué no evacuaron esta mañana cuando la policía dio la orden?
—preguntó el anciano con una mirada de preocupación, sus cejas canosas fruncidas.
—Nosotros veníamos en un autobús desde Cali hasta Popayán.
La policía estaba custodiando la caravana, pero hubo un accidente y nuestro autobús se estrelló.
Las ratas nos atacaron y nos separamos de los demás pasajeros — explicó Alejandro, omitiendo deliberadamente algunos detalles para no expandir el pánico en los dos ancianos.
Las caras de las tres mujeres, que sabían el verdadero horror de lo ocurrido, se tornaron oscuras al recordar el destino de los otros pasajeros.
— Lo lamento mucho, niños.
Ustedes pasaron por algo horrible, pero no se preocupen, las ratas no han intentado entrar en la casa.
La puerta es metálica, así que estaremos bien — dijo la anciana mientras se acercaba a las dos niñas, María José y Gabriela, y las consolaba con suaves caricias en el cabello.
— Muchas gracias, ustedes realmente nos salvaron la vida.
Por suerte traía esta espada decorativa y pudimos defendernos de las ratas, pero si nos hubiéramos encontrado con más, sería peligroso.
Pero díganme, ¿ustedes por qué no evacuaron con la policía?
—Alejandro justificó de antemano el porqué de su espada, un gesto para evitar levantar sospechas y una conversación incómoda.
—Nosotros no quisimos evacuar.
Creíamos que la policía exageraba cuando decían que una oleada de ratas se estaba acercando a la ciudad, así que nos encerramos.
Por suerte, la policía está patrullando toda la ciudad.
Según anunciaron en la radio antes de que se cortara la energía, el ejército está llegando para apoyar la situación —respondió el anciano, señalando el vacío de la radio sobre la mesa.
—Supongo que alguna rata provocó un daño en las líneas de energía.
Por ahora es mejor que descansen aquí.
Cuando llegue el ejército, estará seguro.
La policía dirá que es seguro salir —complementó la anciana, con un tono tranquilizador.
El grupo pasó a la sala.
La anciana fue a la cocina y comenzó a preparar comida para todos, el aroma reconfortante del hogar llenando el aire.
El abuelo les dijo que les prepararía un par de cuartos para que descansaran y se bañaran, subió al segundo piso y empezó a mover algunas cosas de los cuartos, los ruidos lejanos de su actividad traían una sensación de normalidad.
De repente, el teléfono de Sofía sonó y ella atendió la llamada, su rostro se iluminó con alivio al ver el nombre de su madre.
—Hola, mamá, ¡Oh, no te preocupes, la policía tiene todo bajo control!
Pero el autobús se descompuso y nos estamos quedando en una casa del pueblo…
Sí, estamos bien, la policía tiene todo bajo control, pero no creo que podamos regresar esta noche porque el mecánico no pudo conseguir un repuesto por el problema con las ratas…
Sí, estoy segura…
¡Mamá!, creo que tenemos que pasar la noche en la ciudad y podremos volver mañana…
No creo que la policía te deje recogernos, hay muchos puestos de control, es mejor esperar.
Además, no estoy sola, Alejandro se está quedando conmigo…
Las mejillas de Sofía de repente se tornaron de un rojo intenso.
Se volteó para evitar enfrentar a Alejandro y dijo: —Está bien, se quedará en otra habitación que está muy lejos de mí, sí, mamá, lo tengo, ya no soy una niña, gracias mamá, nos vemos mañana.
—Su voz se había elevado un par de tonos, un claro signo de su nerviosismo.
Sofía trató de calmarse y, para no mirar a Alejandro a la cara, le prestó su teléfono a las niñas y les dijo que llamaran a sus padres para que no se preocuparan.
Alejandro, por su parte, definitivamente sabía a qué se refería la última parte de la llamada telefónica, pero fingió no escuchar, absorto en las noticias sobre las ratas en su propio teléfono, una sonrisa discreta asomando en sus labios.
—Vengan y siéntense —dijo la anciana mientras servía los platos en la mesa.
La comida era sencilla pero abundante: unos plátanos fritos, algo de ensalada, arroz y carne frita.
Todos se sentaron y comieron, ya eran las 4 de la tarde, no habían almorzado y tenían mucha hambre.
—Coman bien, deben tener mucha hambre, no se preocupen que hay suficiente para cenar más tarde — dijo la anciana con una sonrisa de satisfacción, ya que era la primera vez en muchos años que atendía visitas.
Mientras comían, conversaron casualmente.
Alejandro y Sofía se presentaron, y las niñas también.
Apenas fue en ese momento cuando pude aprender sus nombres: María José y Gabriela , dos hermanas que vivían en Tuluá, una ciudad a unas cuantas horas de Cali.
Sus padres se habían separado; vivían solas con su madre e irían de visita a ver a su papá en Popayán, quien ya tenía otra familia.
La conversación fue agradable; la pareja de ancianos era muy amable.
El anciano les comentó cómo el crecimiento de los animales estaba afectando su trabajo.
Él era uno de los encargados de un matadero local de ganado.
Las vacas estaban creciendo anormalmente rápido y, si no las sacrificaban a tiempo, podrían alcanzar casi el doble de su tamaño normal.
Al comienzo la gente tenía miedo, pero al ser un animal domesticado desde hace miles de años, fueron fáciles de manejar porque seguían siendo dóciles con los humanos, a pesar de su tamaño imponente.
—Mientras no las maltrates y las alimentos bien, las vacas se dejan ordeñar como siempre, son muy mansas.
Pero si alguna es maltratada o se asustan, la situación se puede descontrolar.
Al comienzo tuvimos que sacrificar varios porque, por su tamaño, estaban comiendo demasiado rápido y el terreno no daba abasto.
Pero gracias a que son muy grandes, con unas pocas, la producción de leche se mantiene igual que antes.
Igualmente con la carne, algunos tienen miedo de comerla, pero yo me siento más joven desde que comencé a comer esta carne, sabe muy bien —dijo el anciano, sus ojos brillando con picardía, mientras mostraba sus músculos en broma, un gesto de orgullo.
Todos en la mesa se rieron por la última parte que dijo el anciano, pero Alejandro cayó en cuenta de algo crucial: no había pensado en los efectos de comer carne de un animal mutado.
Disimuladamente, mientras todos hablaban y comían, tomó su trozo de carne y, antes de llevárselo a la boca, susurró: — Analizar .
—La información de la carne apareció enfrente de él en una ventana del sistema que nadie más podía ver.
**Material: Carne de vaca mutada sazonada ** **Rareza: Blanco ** **Efecto al Consumir: Recuperación de la fatiga, mejora el sistema inmune del cuerpo ** Alejandro se sorprendió un poco.
La comida hecha de criaturas mutadas realmente tenía ese tipo de efectos.
Los efectos eran sutiles y generalmente indetectables, excepto si utilizaba su poder de identificación.
De lo contrario, no sabía cuándo se habría entrado de ellos.
La vaca mutada solo estaba clasificada en Rareza: Blanco , que era el nivel más bajo.
Alejandro se preguntó por el nivel Gris que apareció cuando creó el chaleco con la piel de la serpiente que había encontrado antes, y cuáles serían los efectos de comer un animal con un nivel superior.
“Debo estar más atento con estas cosas”, se prometió a sí mismo.
“Tampoco he analizado los efectos de las verduras, frutas y otras plantas.
Cuando regrese a casa, iré a un supermercado a investigar.
Además, debo buscar carne de varios animales; no solo la piel y los huesos pueden servir como material, también su carne puede traer mejoras si encuentro algo bueno.” Cuando todos terminaron la comida, escucharon a los policías disparando afuera, pasando rápidamente y regresando cada poco a hacer rondas, el sonido de la ley y el orden tratando de contener el caos.
El abuelo les preparó dos cuartos, pero solo tenía dos camas pequeñas donde dormían sus nietos.
Así que al final, las hermanas tomaron un cuarto y Sofía y Alejandro otro.
Normalmente siempre separan a hombres y mujeres, pero ellos no quisieron incomodar más de la cuenta.
Además, en una cama tan pequeña solo podrían dormir dos personas, y si las tres mujeres compartieran una sola cama, sería incómodo.
Ya habían dormido en la misma cama una vez, y los ancianos pensaron que eran pareja, así que al final, antes de que anocheciera, ambos estaban en sus cuartos.
—Alejandro, las hermanas ya se bañaron, voy a bañarme primero, ya regreso —Sofía salió del cuarto, bajó al primer piso y se metió al baño.
Ella no traía ropa de cambio, solo tenía puesta una blusa blanca y una falda negra.
Cuando se quitó la ropa, vio una mancha de orina y unas gotas de sangre en sus bragas.
Se avergonzó de sí misma; la sangre era porque acababa de terminar su periodo, pero el miedo durante el accidente la hizo mojarse las bragas sin darse cuenta.
Todo había sido tan terrorífico y rápido que no se dio cuenta de ello hasta que se desvistió.
Sentía algo de pena por el olor, así que decidió lavar sus bragas mientras se bañaba.
Cuando terminó de ducharse, las exprimió para secarlas, pero tardarían al menos hasta el amanecer para secarse por completo y poder usarlas otra vez.
No tuvo otra opción que ponerse la blusa y la falda sin su ropa interior y regresar inmediatamente a su cuarto con sus bragas mojadas escondidas entre sus manos, su rostro ardiendo de vergüenza.
Mientras Sofía se bañaba, Alejandro limpió la hoja de la espada y su vaina, que aún tenían rastros de sangre de rata.
Cuando estaba en ello, recordó las alertas de experiencia cuando mataba las ratas y comprobó cuánta experiencia había ganado.
“En total maté 17 ratas y solo me dieron 5 puntos de experiencia por cada rata.
Cuando maté a la serpiente me dio 100 puntos.
Aunque ambos animales son de rango Blanco , la dificultad es obvia.
Realmente tendría que matar muchas ratas para alcanzar el siguiente nivel, no es muy eficiente, pero ahora estoy seguro de que existe una forma de farmear experiencia.
Si logro encontrar la forma de matar muchas ratas sin ponerme en peligro, podré subir de nivel.
Actualmente, solo tengo 785 de los 2400 puntos de experiencia que necesito para subir de nivel otra vez.
Cuando complete esta misión, intentaré cazar animales mutantes y también debo verificar si su carne tiene efectos.
Cuando Sofía entró en la habitación, miró a Alejandro con su rostro sonrojado y una mirada tímida, ya que no estaba acostumbrada a no usar su ropa interior.
—¡Te has duchado muy rápido!
—Alejandro dejó suavemente la katana y la devolvió a la vaina.
—He terminado, ya puedes ir a bañarte tú antes de que oscurezca más —respondió Sofía con una voz suave y tímida, mientras con una mano se aseguraba de que su falda no se levantara y con la otra escondía detrás de sí con sus bragas mojadas, el nerviosismo haciéndola tartamudear ligeramente.
La vista del rostro y la voz tímida de Sofía pusieron nervioso a Alejandro.
Por algún motivo, su corazón latía más rápido.
Sin saber por qué, de repente encontró a Sofía más atractiva de lo normal.
—Volveré pronto, ya casi oscurece, no me demoraré —dijo Alejandro, saliendo del cuarto, sintiendo un extraño cambio en el ambiente.
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