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Evolución Rota - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 CAPÍTULO 19
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19: CAPÍTULO 19 19: CAPÍTULO 19 Al día siguiente, Alejandro regresó al vertedero.

Mató una rata sin esfuerzo, pero al revisar la notificación del sistema, descubrió que sólo le otorgaba un punto de experiencia.

Frunció el ceño.

Ya no valía la pena.

Las ratas, eran una fuente constante de mejora, pero habían dejado de ser rentables.

Salió de allí sin pensarlo dos veces.

Se dirigió directamente al Departamento de Caza.

Como cazador habilidoso y ya reconocido, fue recibido con familiaridad.

Una de las secretarías, que solía atenderlo, le entregó un nuevo mapa con zonas de caza actualizadas.

Con una sonrisa cómplice, le dijo: —Ten cuidado.

Las zonas marcadas en rojo son más peligrosas, pero la recompensa también lo es.

Después, fue al gimnasio.

Pero estaba cerrado.

De hecho, era el único que seguía asistiendo últimamente.

No le sorprendió que lo hubieran clausurado.

Algo decepcionado, decidió salir a caminar.

Estaba harto del bus público: siempre sobrecargado, incómodo, y con constantes intentos de robo.

Al recorrer la ciudad, notó que algo había cambiado.

Estaban levantando muros y torres de vigilancia alrededor del perímetro urbano y los ríos.

Las zonas verdes, que antes estaban adornadas con árboles decorativos, ahora eran huertos urbanos.

Los vecinos se habían apropiado de esos espacios y cultivaban alimentos como medida desesperada ante la escasez.

Donde antes había flores, ahora crecían zanahorias gigantes, cebollas robustas, tomates relucientes y plátanos anchos y brillantes.

Niños y ancianos cuidaban los cultivos, ya que las escuelas estaban cerradas por la emergencia.

Colombia, con su clima privilegiado, podía cultivar casi cualquier fruta y verdura durante todo el año.

Ahora, aunque las plantas lucían diferentes, más grandes, más coloridas, a veces con formas extrañas seguían siendo comestibles.

Alejandro las analizó.

Notó que todas restauraban energía y salud al consumirlas.

Ninguna aumentaba la fuerza, pero su valor nutritivo había aumentado significativamente.

Caminó durante una hora, reflexivo, y luego regresó a su apartamento.

El día había sido frustrante, pero aún tenía la carne de rata y los ojos que no había absorbido.

Se quitó la ropa de la calle, sacó uno de los ojos y se sentó a meditar, tal como el sistema le había indicado.

Cruzó las piernas en el suelo de la sala, cerró los ojos y sostuvo el ojo azul con ambas manos a la altura del ombligo.

Respiró profundamente, una y otra vez.

Imaginó un aura rodeando el ojo.

Tras unos minutos, sintió una energía latente, como si una llama suave ardiera en sus palmas.

Visualizó cómo esa energía ascendía por sus brazos, lentamente, hasta su vientre.

Cuando la energía llegó allí, comenzó a diseminarse por su cuerpo.

Sintió una fiebre ligera, pero relajante.

Una zona en su pecho, cerca del corazón, se calentó intensamente.

Pasó una hora entera en esa absorción meditativa hasta que el ojo se volvió blanco.

La energía se había agotado.

Al abrir los ojos, se sintió mareado y con fiebre.

Su nariz comenzó a sangrar, tal como le había sucedido a Ana el día anterior.

Se recostó en el mismo lugar donde ella lo había hecho.

El entorno se volvió ruidoso, luego súbitamente silencioso.

Su visión se distorsionó.

Frío y calor lo envolvían como oleadas.

Cada brisa lo golpeaba como una tormenta.

Sus nervios estaban al límite.

Por un instante, casi perdió la conciencia.

Entonces, escuchó el sonido metálico del sistema: ▷ PERCEPCIÓN SENSORIAL +1 Ahora tenía 10 puntos en Percepción Sensorial.

Era la primera vez que incrementaba esta estadística, y el choque sensorial lo dejó aturdido.

Cerró los ojos para no marearse.

Su piel, que antes había perdido sensibilidad cuando aumentó su resistencia, ahora era hipersensible.

Respiró profundo.

El apartamento estaba en silencio, pero pudo escuchar el goteo de una llave mal cerrada en el baño.

Incluso el zumbido de un mosquito, afuera, le pareció nítido.

De repente, escuchó una puerta cerrarse con fuerza.

Llantos.

Eran Ana y su madre.

Bajaban corriendo por las escaleras.

En medio del llanto, Ana repetía una palabra: —Papá…

papá…

“¿Le habrá pasado algo a su padre?

Ella dijo que también era cazador.

Muchos han muerto en el vertedero por las ratas…

y los que trabajan cerca de las carreteras enfrentan peligros mayores.

Ojalá no sea nada grave.

Esa enana me cae bien.” Abrió los ojos.

Su visión era más aguda: veía el techo como si estuviera más cerca.

Parpadeó, enfocando.

Se levantó del sofá, pero se tambaleó.

Tuvo que caminar en círculos por el apartamento hasta adaptarse.

La incomodidad era peor que cuando subía otros atributos.

Miró el otro ojo mutante que no había absorbido y decidió guardarlo en la nevera.

Aún no se sentía listo para otro salto sensorial.

Tomó su espada y subió al tejado.

Practicó durante horas, intentando ajustar su cuerpo a la nueva percepción.

Al final, se sentó a ver el atardecer.

Podía ver más lejos que antes.

Notaba detalles en las ventanas lejanas, en las grietas, en las luces.

Al caer la noche, descubrió que su vista también se había adaptado a la oscuridad.

Los tejados ya no eran sombras difusas: ahora eran siluetas nítidas.

“Si sigo subiendo esta estadística, tendré visión nocturna perfecta”, pensó.

A la mañana siguiente no vio a Ana.

Quería saber si estaba bien.

Había disfrutado hablar con ella el día que compartieron comida.

Era una niña amable.

Le dolió escucharla llorar.

El cielo estaba despejado.

Alejandro salió a trotar hacia la nueva zona de caza, cerca de los límites urbanos.

El paisaje había cambiado.

Ya no había bosque.

Había una franja de tierra calcinada de cinco kilómetros: un colchón de seguridad para evitar que los animales se acercaran a la ciudad.

Trabajadores del gobierno quemaban arbustos y árboles sin descanso.

A lo lejos, el bosque parecía una jungla impenetrable que oscurecía el cielo.

Cientos de obreros construían barricadas de concreto y una cerca alta con alambre de púas.

Todos los proyectos urbanos habían sido abandonados.

La educación, el deporte, la cultura… todo el presupuesto fue redirigido hacia una sola prioridad: la seguridad.

Después de todo, ¿para qué enviar niños al colegio si una serpiente podía devorarlos de camino a casa?

Había al menos mil muertos por ataques de animales dentro de la ciudad solo en los últimos 20 días.

Mientras caminaba por la tierra quemada, notó el olor a sangre.

Su olfato, ahora más agudo, percibía lo que antes habría ignorado.

Comprendió por qué las criaturas seguían llegando, incluso con patrullas militares y disparos constantes: el aroma a carne fresca las atraía como un imán.

Al alejarse de los otros cazadores, encontró una rana mutante semi enterrada.

Era tan grande como un perro.

Alejandro sabía lo peligrosas que eran: su lengua podía arrancar un brazo en un instante.

Muchos niños habían sido devorados por ranas en todo el mundo.

Durante el día, se enterraban o se sumergían.

Eran depredadores nocturnos.

Se acercó con sigilo, colocándose detrás de ella.

Sabía que atacar de frente era un suicidio.

Sus ojos eran el punto más vulnerable.

Cuando estuvo en posición, se lanzó.

Atravesó su ojo derecho con su espada hasta llegar al cerebro.

La rana saltó violentamente, lo arrojó al suelo y cayó diez metros más adelante.

Dio un paso… y colapsó.

▷ Asesinaste: Rana Mutante ▷ Rareza: Blanca / +20 EXP “Más peligroso que cazar ratas, pero más rentable”, pensó mientras recuperaba su espada.

Analizó el cuerpo: la piel segregaba veneno leve, pero su carne aumentaba la resistencia a toxinas.

Cortó 20 kilos de muslo y la punta de la lengua como muestra para el departamento de caza.

Un grupo de cinco cazadores se acercó, curiosos al ver desde lejos el salto de la rana.

—Oye, qué fuerte eres —dijo uno, con cabello canoso y machete en mano—.

A nosotros nos tomó horas cazar una de esas, y somos cinco.

—La vi de cerca y reaccioné por instinto.

Tuve suerte —respondió Alejandro con humildad.

Conversaron un poco.

Le hablaron del gremio de cazadores creado en Medellín, que habia abierto sucursales por todo el país, más eficiente y mejor pagado que el Departamento de Caza del gobierno.

Le dijeron dónde quedaba y cómo vendían armas fabricadas con cadáveres de animales mutados.

En agradecimiento, Alejandro les dejó el resto del cuerpo de la rana.

—Gracias, hermano.

Con eso comemos hoy —dijo el canoso con una sonrisa agradecida.

Alejandro volvió a casa.

Guardó la carne en la nevera y cocinó un poco.

No sintió un aumento de energía como con la carne de nivel azul claro, pero estaba seguro de que aumentaría su resistencia a venenos con consumo prolongado.

Esa noche no pudo hablar con Ana.

Subió al tejado.

Practicó con su espada.

Luego, bajo las estrellas, abrió su panel de atributos.

Tenía puntos sin asignar.

Colocó uno en Fuerza de Voluntad.

Sintió un escalofrío.

Su mente se despejó, como si una niebla desapareciera, aunque no estaba seguro de sus efectos sabía que era necesario para el combate.

Puso otro en Combate Cuerpo a Cuerpo.

Su cuerpo se calentó.

Musculatura refinada.

Movimientos precisos.

Golpeó el aire con sus puños: sus ataques eran más eficaces y menos exigentes para su cuerpo.

Su capacidad de combate ya estaba a la par con los mejores artistas marciales del mundo.

Los dos puntos restantes los asignó a Manejo de Armas Blancas.

▷ Habilidad “Manejo de Armas Blancas” ha alcanzado su límite base.

Ahora se transforma en la Destreza: Esgrima.

Su cuerpo cambió.

La musculatura antes voluminosa se compactó.

Ya no parecía un levantador de pesas, sino un espadachín letal: definido, ágil, preciso.

Alejandro dio un paso, tomó su espada, y la agitó.

Ahora, cada golpe venía acompañado de una claridad mental inquebrantable.

Podía ver, sentir, intuir… el corte perfecto.

Cada movimiento de su espada dejaba un rastro de luz como imagen residual.

cualquiera que lo viera blandir su espada se quedaría impresionado por la fluidez de sus movimientos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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