Evolución Rota - Capítulo 22
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22: CAPÍTULO 22 22: CAPÍTULO 22 Al día siguiente, Alejandro despertó cerca del mediodía.
Su cuerpo aún estaba pesado, como si cargara el peso del mundo en los hombros.
Los músculos le dolían, y aunque sus heridas físicas se habían curado al subir de nivel, los moretones y la fatiga de la batalla del día anterior todavía le pasaban factura.
Caminó tambaleante hasta el baño, se despojó de la ropa manchada, y dejó que el agua caliente de la ducha resbalara por su piel.
La sentía casi como una caricia lejana, incapaz de borrar el cansancio que se le había incrustado en los huesos.
Después de vestirse, fue directo a la cocina.
Comenzó a preparar algo simple para comer, pero un llanto ahogado al otro lado de la puerta lo congeló.
Un sonido que le heló la sangre.
Lo reconoció de inmediato: era Ana.
Corrió hacia el pasillo.
Frente a su puerta, una mujer vestida con el uniforme del gobierno sostenía una carta y trataba de consolar a la pequeña, que lloraba con todo el corazón.
—¿Qué ocurre?
¿Por qué estás llorando?
—preguntó Alejandro con un nudo en la garganta, temiendo lo peor.
La funcionaria lo miró con una mezcla de profesionalismo y compasión.
—Lo siento mucho… La señora Carolina falleció ayer durante el ataque de las hormigas.
Un grupo de hormigas voladoras irrumpió en la sede del Departamento de Caza.
Ella fue una de las víctimas fatales.
Las palabras rebotaron en su cabeza como un eco que no quería comprender.
Su mente se quedó en blanco.
Solo hace un día había recorrido con caricias todo el cuerpo de Carolina y ahora simplemente no volvería.
Ana se levantó y lo abrazó con fuerza, su llanto desgarrador se hundía en su pecho.
Alejandro la rodeó con los brazos, tratando de consolarla, pero él también estaba paralizado, como si una parte de su alma acabará de romperse.
La funcionaria dejó la carta en sus manos, murmuró otra disculpa y se marchó en silencio.
Ambos se quedaron abrazados en el pasillo durante casi una hora.
Ninguno de los dos dijo palabra.
El llanto de Ana se fue apagando poco a poco, sustituido por respiraciones entrecortadas.
Alejandro solo podía pensar en Carolina, en su sonrisa burlona, en su sarcasmo mal disimulado, en las veces que lo había fastidiado… y en cómo, sin que él se diera cuenta, se le había metido bajo la piel.
Cuando por fin leyó la carta, encontró la dirección del osario donde se colocarían las cenizas de los cuerpos.
Por motivos de emergencia, todos los cadáveres eran incinerados inmediatamente.
No había velorios, no había despedidas.
Solo una frase escueta de condolencia y una copia del descargo de responsabilidad que los funcionarios firmaban.
Ni una compensación, ni una mención de honor.
Solo el costo de la cremación, pagado por el Estado.
El resto, silencio.
Preparó algo de comida para Ana, pero ella apenas probó bocado.
Aún así, se aseguró de que comiera algo antes de salir.
En el camino hacia el osario, Ana no dijo una palabra.
Alejandro le sostenía la mano con firmeza mientras caminaban por calles en ruinas y zonas militarizadas.
El mausoleo era un bloque de concreto gris, sin alma, donde se apilaban urnas con placas genéricas.
Había tantos nombres, tantas cenizas, que fue imposible encontrar la de Carolina.
Ana rompió en llanto de nuevo.
Se arrodilló frente al monumento y rezó algo entre sollozos.
Alejandro miró al cielo plomizo.
Su corazón latía con un vacío frío, y recordó las últimas palabras escritas a mano en la carta de Carolina: “Cariño, tendré que dejar a Ana sola hoy.
Por favor, cuídala por mí.” —Maldita bruja… —susurró, con una lágrima resbalando por su mejilla—.
Te metes en mi corazón y luego me dejas tus responsabilidades con una sonrisa.
Miró a Ana, tan frágil como una rama seca bajo la lluvia.
Cerró los ojos.
—Te prometo que la cuidaré.
No permitiré que nadie más que ame me sea arrebatado.
El regreso fue lento.
Ana se detenía a cada tanto, mirando al suelo, perdida.
Al llegar al apartamento, se quedó mirando su puerta con tristeza.
—Puedes quedarte hoy conmigo, no te preocupes —le dijo Alejandro, tomándola de la mano.
Ana asintió y lo abrazó en silencio.
Él la llevó a su casa.
Esa noche fue larga.
Alejandro preparó té y se sentaron en el sofá.
Ella se quedó abrazada a su brazo, buscando consuelo.
Hablaron hasta tarde.
Alejandro le preguntó por su familia.
Ana le contó que no conocía a sus abuelos; su papá había sido hijo único y su mamá no tenía contacto con su gente en España.
Estaba sola.
Peor aún, el dueño del apartamento ya había amenazado con desalojarlas por meses de renta atrasada.
—No tienes que preocuparte —le dijo Alejandro, abrazándola con fuerza—.
Tu mamá me pidió que te cuidara… aunque lo dijo en broma, yo lo tomo como promesa.
Te cuidaré hasta que todo esto termine y puedas reencontrarte con tu familia.
Esa noche durmieron abrazados.
Alejandro no era bueno para consolar a otros, pero sabía demasiado bien lo que significaba quedarse solo en el mundo después de perder a sus padres.
Los siguientes días, Ana y él comieron juntos, hablaron del futuro y compartieron silencios.
Ella entendió que sus opciones eran pocas: un orfanato, o quedarse con él.
Y lo eligió a él.
Le gustaba desde la primera vez que lo vio.
Le parecía un hombre cool, con un aire de héroe cansado de batallar.
Desocuparon el apartamento.
Ana sacó una caja con fotos familiares, una muñeca vieja y un cuaderno de dibujos.
Lo demás lo vendieron.
El casero llegó al tercer día para desalojar, sin saber aún lo que había pasado.
Al enterarse de que la niña había quedado huérfana, no dijo nada más.
Solo suspiró y se marchó.
Las primeras noches dormían juntos.
Alejandro le ofrecía seguridad y calor.
El tercer día, le preparó una habitación.
Era el cuarto donde dormía Sofía.
La cama seguía allí, aunque parte del espacio estaba lleno de comida enlatada y provisiones.
Ana no se quejó.
—Hoy desayunas carne de rana —le dijo Alejandro con una sonrisa—.
Es para que desarrolles inmunidad a las toxinas.
—¿En serio tengo que comer eso?
—frunció el ceño, pero al probarla, abrió los ojos—.
¡No sabe tan mal!
Alejandro pensó que quizás, solo quizás, aún había algo de normalidad que podía devolverle.
Le preguntó por sus estudios.
Ana aún recibía correos con tareas.
Le habían asignado varios libros.
No había exámenes, pero si alguna vez todo volvía a la normalidad, necesitaba estar preparada.
Alejandro decidió llevarla a buscar los libros.
Caminaron de la mano por el centro.
Compraron dulces y helados hechos con frutas mutadas.
Alejandro se sorprendió al ver que uno de los helados aumentaba la estamina.
Se comió tres.
Ana se reía de él como si por un momento pudiera olvidar su dolor.
En la librería, Ana buscó los títulos de la escuela, mientras él revisaba otros sobre enseñanza, supervivencia y psicología infantil.
Sabía que su inteligencia había mejorado, pero no su capacidad para ser tutor.
Pasaron una hora allí.
Salieron con las mochilas llenas.
En lugar de volver al Departamento de Caza, Alejandro visitó el Gremio de Cazadores.
El edificio estaba en reformas, lleno de cazadores vendiendo cuerpos de hormigas mutantes.
Se enteró de que pagaban bien, y que vendían armaduras hechas con exoesqueletos de las hormigas que recién habían invadido la ciudad.
Compró dos: una para él y una para Ana.
La armadura de Ana no le quedaba del todo bien.
Solo podía usar los guantes y canilleras.
Se probó las piezas frente al espejo y puso cara de decepción.
—Parezco un escarabajo aplastado… Alejandro rió por primera vez en días.
—Tranquila.
Lo importante es que estés protegida.
—¿Por qué me la compraste?
—preguntó, con ojos brillantes.
—Porque no pienso perderte como a Carolina.
Ella no dijo nada.
Solo lo abrazó.
Más tarde, mientras guardaban las cosas, Ana vio una espada en el cuarto de Alejandro.
—¿Tienes muchas espadas?
¿Te gusta coleccionarlas?
—Sí… algún día te contaré por qué.
Pero por ahora, quiero que practiques con una.
Quiero que sepas defenderte.
—¡Sí!
Quiero entrenar contigo —dijo con emoción.
Fueron a su habitación.
Probó varias, pero se decidió por una espada corta y liviana, con un diseño iridiscente como aceite sobre agua.
Era la más hermosa, tenía además 2 kunais estilo ninja con el mismo diseño que podía usar para lanzarlos.
Entrenaron en la terraza.
Ana imitaba los movimientos de Alejandro, torpe pero entusiasta.
Se cansaba rápido, pero no se rendía.
Al terminar, bajaron agotados y sudorosos.
Ella cayó dormida después de ducharse.
Pasaron algunos días más.
Alejandro vio que se estaba quedando sin carne.
Decidió salir a cazar.
—Voy a salir.
Quédate aquí y estudia —le dijo, arrodillándose frente a ella.
—¿Volverás, cierto?
—susurró, con miedo.
Él la abrazó.
—Siempre volveré por ti.
Nunca estarás sola.
Y con esa promesa, salió una vez más al mundo salvaje.
Esta vez, por alguien más.
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