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Evolución Rota - Capítulo 24

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24: CAPÍTULO 24 24: CAPÍTULO 24 El sol del amanecer despertó a Alejandro.

Se desperezó con lentitud, sintiendo el peso cálido de algo apoyado sobre su brazo.

Giró la cabeza y, entre las sábanas desordenadas, vio un bulto acurrucado: Ana dormía plácidamente a su lado, con la cara oculta bajo el cabello revuelto.

Al principio, Alejandro había dormido con ella para consolarla por la pérdida de sus padres, pero después de dos días le asignó el cuarto que pertenecía a Sofía.

Sin embargo, Ana comenzó a colarse en su cama en mitad de la noche, siempre esperando que él estuviera dormido.

Le pareció un acto inocente.

Seguramente se sentía sola… y, en el fondo, a él tampoco le molestaba.

Le gustaba sentir el calor de alguien a su lado, aunque no lo dijera en voz alta.

Con cuidado, sin despertarla, se deslizó fuera de la cama reemplazando su cuerpo con una almohada y se dirigió a la cocina.

Preparó el desayuno para ambos: un salteado rápido con la carne de rana que había sobrado del día anterior.

Cada vez que la comía, sentía cómo su resistencia a las toxinas aumentaba; esperaba que Ana también obtuviera ese beneficio.

Sirvió los dos platos y los cubrió, dejándolos listos en la mesa para cuando Ana se levantara.

Mientras la dormilona seguía acurrucada, Alejandro decidió aprovechar el tiempo para extraer el aura del ojo de rata mutada que aún conservaba en la nevera.

Temía que se descompusiera si esperaba más tiempo.

Se sentó en la alfombra gris del salón, cruzó las piernas y, sosteniendo el ojo en las manos, cerró los ojos y comenzó a meditar.

Un aura azul claro brotó del ojo como un humo vivo y comenzó a recorrer sus brazos, serpenteando hacia su vientre para dispersarse por todo su cuerpo.

Una sensación intensa de calor lo envolvió, como si su sangre se encendiera.

Cuando el aura se agotó, el ojo se tornó completamente blanco, inerte.

Alejandro abrió los ojos…

y se encontró con Ana de pie frente a él, mirándolo con asombro absoluto.

—¿Qué estabas haciendo?

¿Cómo hiciste eso?

—preguntó con los ojos muy abiertos, llena de curiosidad.

—Bueno… es un secreto —respondió Alejandro con una sonrisa ladeada—.

Pero descubrí cómo extraer la energía de los ojos de animales mutados de rango azul claro.

—¡Eres increíble!

Vi un aura azul saliendo del ojo y entrando en tus manos… fue como magia.

—¿En serio?

Nunca lo había visto.

Siempre tengo que mantener los ojos cerrados para que funcione —dijo él, pensativo.

—Fue asombroso.

Dime… ¿Qué se siente?

¿Qué efecto tiene?

—Resumiendo, me transmite la energía del animal al que pertenecía.

Es parecido a cuando comes carne mutada: tu cuerpo se calienta y tus sentidos mejoran.

—Eso suena genial.

¿Puedo intentarlo?

¿Me enseñarías?

—Mmm…

te puedo enseñar cómo meditar y en qué debes concentrarte.

Pero antes, deberías fortalecer tu cuerpo comiendo más carne de rango azul claro.

Cuando logres que ya no te sangren la nariz ni te dé fiebre, entonces podrás probar esto.

Extraer aura es mucho más intenso que comer carne y puede ser peligroso si tu cuerpo aún es débil.

Ana asintió con seriedad, pero se sentó inmediatamente en la alfombra para imitar su postura de meditación.

Alejandro se rió, se levantó y, con una sonrisa juguetona, la tomó por el vestido y la arrastró hacia la mesa.

—¡No!

Primero vamos a comer —dijo con voz firme pero divertida.

—¡Nooooo!

¡Quiero hacer lo que tú haces!

—chilló Ana mientras se dejaba arrastrar por la alfombra entre risas.

Después de desayunar, Alejandro le enseñó lo básico de la meditación y le asignó algunas tareas sencillas para después de su práctica.

Luego se vistió y salió con su espada.

Aunque tenía la nevera llena de carne y bastante dinero acumulado, no quería conformarse.

No podía permitirse el lujo de volverse débil.

Absorber el ojo de rata no le había otorgado puntos de atributo, y aunque aún tenía carne y ojos de serpiente azul claro, sabía que depender solo de eso era un error.

Necesitaba mantenerse activo.

Tomó un bus hasta el centro y se dirigió al gremio de cazadores.

Tenía que reclamar la armadura de piel de serpiente azul que el gerente le había prometido como parte del pago.

El gremio se había transformado por completo.

Si al principio todo era rudimentario y artesanal, ahora había un toque de profesionalismo e incluso estética en las piezas fabricadas.

Al entrar, el tasador que ya lo conocía lo saludó con respeto y le entregó una caja marcada con su nombre.

Alejandro la abrió y encontró un chaleco que se asemejaba a uno antibalas, pero hecho con las resistentes escamas brillantes de serpiente.

Además, había un par de canilleras, protectores de antebrazos y guantes sin dedos con nudillos reforzados con huesos, pensados para golpear con mayor potencia.

Se equipó de inmediato.

El sistema confirmó que esta armadura era tres veces más resistente que la anterior y, además, emitía una aura paralizante que afectaría a criaturas de nivel blanco durante unos segundos.

Un recurso valioso en situaciones críticas.

Salió del gremio y se dirigió a la zona de caza que conocía bien.

Se sentía cómodo allí: terreno familiar, rutas conocidas, y lo más importante, la cercanía con el ejército en caso de emergencia.

Mientras avanzaba, apenas a unas cuadras del gremio, notó que estaba entrando en la zona gubernamental.

Edificios altos, furgones blindados entrando y saliendo…

Todo parecía normal hasta que una sombra cubrió el sol.

Un zumbido sordo recorrió el cielo y un escalofrío le recorrió la espalda.

Alzó la vista.

En lo alto de las nubes, cientos de puntos verdes descendían lentamente como una lluvia infernal.

Misión Nivel E: Cazar 10 escarabajos verdes de rango azul claro.

Tiempo límite: 24 horas.

(Aceptar / Rechazar) —¡Mierda!

¿Diez escarabajos de rango azul?

¿Me estás jodiendo?

— murmuró, tenso.

Sabía que si se quedaba a cielo abierto, estaba muerto.

Corrió hacia uno de los edificios del gobierno con las puertas aún abiertas.

Decenas de personas corrían para entrar.

Se lanzó hacia el interior justo antes de que cerraran las puertas automáticas de cristal.

Dentro, unas veinte personas lo miraron con nerviosismo al verlo llegar con una espada al cinto.

Uno de los trabajadores habló con los guardias y, tras unos segundos tensos, le permitieron entrar.

—¿Alejandro?

¿Qué haces aquí?

—preguntó una joven en vestido negro, incrédula.

Él la reconoció al instante.

—¿Laura?

¿No eras policía en Jamundí?

¿Qué haces aquí?

Era Laura, a quien había conocido durante la búsqueda de Sebastián.

No habían mantenido contacto desde entonces.

—Mi familia se opuso a que siguiera siendo policía.

Y después de lo que pasó… renuncié — respondió, forzando una sonrisa amarga —.

Me asignaron aquí por conexiones familiares, pero este lugar está casi vacío.

Nadie quiere registrarse ya.

Un hombre de mediana edad, barrigón, se acercó con cara de preocupación.

—¿Usted acaba de llegar desde afuera?

¿Sabe qué son esos bichos?

—preguntó.

—Sr.

Alejandro, él es el Gerente Alex —aclaró Laura rápidamente.

—No hay tiempo —interrumpió Alejandro, mirando hacia la puerta.

El zumbido era más intenso.

Puso sus manos sobre el cristal y sintió una vibración peligrosa, como electricidad estática.

Sabía lo que eso significaba.

—La puerta va a ceder.

—¿Cómo dices?

¡Esa es una puerta a prueba de balas!

—se quejó Alex.

No terminó de hablar cuando un insecto verde aterrizó en la calle con un impacto atronador.

El monstruo tenía un cuerpo brillante y dos pares de patas traseras con filos como cuchillas.

Las patas delanteras estaban retraídas como cuchillas plegadas…

aún más peligrosas.

Más insectos comenzaron a aterrizar, cubriendo el suelo como una plaga caída del cielo.

El zumbido se convirtió en rugido.

Las líneas de fractura en la puerta de cristal se multiplicaron como una telaraña hasta que… —¡CRACK!

La puerta estalló.

El caos se desató.

Gritos.

Gente corriendo.

Disparos afuera.

Laura gritó: —¡Alejandro, ayúdame!

—¡Sígueme!

—rugió él.

No se atrevía a arrastrarla, recordaba bien lo que pasó la última vez.

Corrieron.

Tras ellos, cinco personas más, incluido el gerente Alex.

Alejandro preguntó: —¿Hay un cuarto sellado aquí?

—¡No lo sé!

—respondió Laura, angustiada.

—¡En el cuarto piso!

¡Sala de reuniones pequeña!

—gritó una joven.

—¿Por qué no el ascensor?

Tenemos electricidad —protestó Alex.

—¡Muchos intentarán usarlo!

Nos retrasará más —le gritó Alejandro.

Corrieron por las escaleras.

Alex jadeaba y se iba quedando atrás.

Camilo, un joven delgado, se detuvo para ayudarlo.

—¡Bien, Camilo, sabía que podía confiar en ti!

—jadeó Alex.

En el tercer piso, una ventana explotó.

Trozos de vidrio cayeron como cuchillas.

Alex pisó mal y cayó, gritando cuando varios fragmentos se le clavaron en el trasero.

—¡Ay, mis nalgas!

¡Me pincharon todo!

—¿Está bien, jefe?

—preguntó Camilo, conteniendo la risa.

Mientras intentaba ayudarlo, no vieron la figura que ya se deslizaba por la ventana rota… un escarabajo verde gigante que aterrorizaba sin hacer ruido, acercándose…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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