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Evolución Rota - Capítulo 27

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27: Capítulo 27 27: Capítulo 27 El retumbar de las bombas cesó tras media hora.

No quedó alivio, solo un silencio inquietante que caló los huesos de Alejandro.

Si los explosivos no habían terminado el trabajo, entonces los insectos se habían dispersado o escondido entre los edificios, haciendo inútil la ofensiva aérea.

Sabía lo que eso significaba: combates casa por casa, habitación por habitación.

Una verdadera pesadilla para cualquier escuadrón del ejército.

El estómago se le revolvía.

En la guerra, la seguridad era una ilusión frágil, como un castillo de arena frente a la marea.

La única forma en que Alejandro podía volver a sentirse a salvo… era nivelando.

Solo le faltaban cinco insectos para completar su misión.

Quería matar muchos más.

Mientras más bichos eliminará, más experiencia, más ojos…

y menos miedo.

No podía quedarse encerrado.

Se puso de pie con decisión.

—Voy a salir.

¿Vendrán conmigo?

Mateo lo miró con alarma.

—Señor Alejandro, afuera es muy peligroso.

Aquí estamos más seguros.

¿Por qué quiere irse?

—¡Porque no pienso quedarme aquí para siempre!

—respondió con dureza.

Isabela se levantó despacio, con determinación.

—Yo… quiero seguirte —dijo.

Sabía que Alejandro era la razón por la que seguían vivos.

Si él se iba, su única opción era seguirlo.

Y además, la habitación ya no era segura.

La puerta había sido destruida y los insectos verdes podían irrumpir en cualquier momento.

Sin él, no durarían ni cinco minutos.

Laura, visiblemente afectada, se acercó.

—Alejandro, ¿podrías… llevarme a casa?

Mi hija está sola.

Él la miró en silencio.

Había desesperación en su rostro.

Luego, habló con calma: —No podemos ir ahora.

Afuera está lleno de bichos.

Es demasiado peligroso.

Tendremos que avanzar poco a poco.

—¡Muchas gracias!

No sé cómo agradecerte… — Laura lloró de alivio.

Lo admiraba profundamente.

Sabía que hombres como Alejandro eran una especie extinta.

Por eso, confió en él, incluso sin promesas.

—Es solo un pequeño asunto.

Estoy seguro de que tu hija estará bien —respondió él, agitando la mano con naturalidad.

Isabela pensó en pedirle lo mismo, pero se detuvo.

No tenía una conexión tan cercana como Laura.

Sintió una punzada de celos.

Se culpó por no haber conocido a Alejandro antes.

Con los tres dispuestos a acompañarlo, Alejandro comenzó a prepararse.

Cortó varias patas de los escarabajos verdes y las repartió como armas improvisadas.

Eran increíblemente duras, más resistentes que algunos metales.

Cuando todo estuvo listo, Alejandro se acercó a la puerta, aguzando el oído.

El pasillo parecía despejado.

—Mateo, mueve esas mesas.

El joven obedeció con entusiasmo.

Alejandro revisó con precaución antes de asomarse.

El cuarto piso estaba vacío.

No había bichos a la vista.

—¡Adelante!

Este piso está limpio.

Vamos al siguiente —ordenó.

— Alejandro… ¿puedo ir al lavabo primero?

—Isabela preguntó con timidez, apenada por su falda mojada.

—Vayan rápido si lo necesitan.

Pero cuidado, los insectos pueden entrar por las ventanas — advirtió.

Mateo desistió.

Isabela, con miedo, se obligó a entrar y salir rápido.

Alejandro la observó al salir, se envolvía con un blazer largo.

Le cubría lo justo.

Sus piernas desnudas atrajeron su mirada.

Ella notó su atención y se sintió tímidamente halagada.

Isabela se acercó con tono coqueto.

— Alejandro, ¿qué vamos a hacer en el tercer piso?

Alejandro ocultó su agrado y respondió con seriedad: — Vamos a matar insectos.

No podemos quedarnos aquí para siempre.

Tenemos que volver a casa.

Isabela lo admiró aún más.

Era un verdadero hombre.

En un mundo donde todos huían, él iba hacia el peligro.

“Incluso si me empujara al suelo ahora, haría lo que él dijera”, pensó.

Laura, por su parte, contenía su rabia y celos.

“Mujeriego…

ese día en el bosque lo hizo conmigo sin vergüenza, ni siquiera pidió mi número…

Aunque no puedo culparlo… Yo también engañé a mi esposo esa vez”.

La mirada de Alejandro encendía emociones peligrosas.

Los cuatro descendieron la escalera con cautela.

El pasillo del tercer piso era silencioso…

hasta que oyeron gritos.

Uno, luego otro, seguido de un disparo.

—Hay gente en el tercer piso.

Vamos — ordenó Alejandro, corriendo hacia el origen del ruido.

Una mujer ensangrentada corría en su dirección.

—¡Sandra!

¿Qué pasa?

—preguntó Isabela, llevándose una mano a la boca.

—¡Isabela, corre!

¡Rápido!

¡Bichos verdes!

—gritó la mujer, sin intención de detenerse.

Alejandro la sujetó del brazo.

—¡Suéltame!

¡No me toques!

—gritó histérica, lanzando manotazos.

Molesto, Alejandro la empujó al suelo.

—Isabela, cuídala —ordenó.

Sandra se levantó y quiso huir, pero Isabela la detuvo.

La mujer chillaba sin control.

—¡Están locos!

¡Todos están muertos!

¡Ahora es mi turno!

¡Pakk!

Laura la abofeteó sin piedad.

—¡Cállate!

Sandra quedó atónita, luego rompió en llanto.

—¡Andrea está muerta!

¡El guardia también!

¡Todos!

¡No quiero morir!

—¿Puedes preguntarle cuántos bichos eran?

—pidió Alejandro.

Sandra, al ver que todos sostenían armas hechas de patas verdes, se calmó poco a poco.

Ese hombre parecía el líder.

Imponente, fuerte y seguro.

—Dos… entraron por la ventana.

Los encerré en la Oficina de Gestión Integrada.

—Esperen aquí.

Voy a comprobarlo —dijo Alejandro.

—Señor Alejandro, quiero acompañarte.

Puedo ayudarte —ofreció Mateo.

—No.

Me restrasarias, es mejor si los tres están juntos para defenderse —rechazó Alejandro con firmeza.

Se internó en el pasillo, espada en mano.

Avanzó con cautela.

El hedor metálico le llegó antes que la vista.

Un líquido marrón rojizo se filtraba bajo una puerta.

“Oficina de Gestión Integrada.

Aquí está.” Contuvo el aliento.

Golpeó la puerta con fuerza.

Del interior, un chirrido.

Dos escarabajos estaban comiendo los cadáveres, completamente entregados al festín.

Uno de ellos levantó la cabeza con entusiasmo al oler carne fresca.

El otro continuó masticando vísceras.

Alejandro no les dio oportunidad.

En un parpadeo, se abalanzó sobre el primero y hundió su cuchillo en la cabeza.

El insecto cayó al suelo, convulsionando.

Giró de inmediato hacia el segundo.

Este chilló, pero era tarde.

La cuchilla atravesó su boca, rompió su cerebro y cercenó sus patas delanteras.

El bicho se desplomó, bañado en su propio líquido verdoso.

Asesinaste: 2 Escarabajo Verde Mutante / Rareza: Azul Claro / +400 EXP  Agachado, Alejandro extrajo sus ojos y murmuró: —Tres más…

Luego vio a las víctimas: un hombre y una mujer.

El estómago de ambos había sido abierto.

Los intestinos colgaban como serpientes grises.

La mujer aún respiraba.

Lágrimas rodaban por sus mejillas.

Intentó hablar, pero solo escupió sangre.

Sonrió con tristeza, rogándole con la mirada.

Alejandro entendió.

—Lo siento… —dijo, sabiendo que no podía salvarla.

Ella movió un dedo en el suelo.

Escribía.

Alejandro se acercó y leyó: “matame”.

Asintió.

—Muy bien… La mujer sonrió, cerró los ojos, esperando.

Alejandro apuntó a su corazón.

Dudó.

Había matado monstruos, pero nunca humanos.

El sudor le cubría la frente.

Su mano temblaba.

Entonces, ella comenzó a convulsionar.

Ya no hubo lugar para la duda.

Hundió la espada.

El cuerpo se relajó de inmediato.

Alejandro hizo un gesto de oración y cubrió su rostro con un trozo de tela.

Fue su primera muerte humana.

De no ser por su habilidad de “Fuerza de voluntad”, habría colapsado.

Cerca del cadáver del hombre vio una pistola.

La recogió.

También encontró algunas balas en el cuerpo del guardia.

Extrajo los ojos de los insectos y los guardó todos y salió de la habitación con sus nuevas posesiones.

Listo para enfrentar el resto del infierno.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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