Evolución Rota - Capítulo 30
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30: Capítulo 30 30: Capítulo 30 Alejandro seguía sentado, contemplando el cadáver del monstruo, mientras el sistema comenzaba a curar lentamente sus heridas.
A lo lejos, uno de los escarabajos que había sido arrollado por la estampida del escarabajo azul oscuro se levantó tambaleante y embistió hacia él, aprovechando que aún tenía la guardia baja.
Una ráfaga de seis disparos resonó de pronto.
El insecto colapsó a pocos metros de Alejandro.
Alejandro se levantó de un salto, todavía aturdido.
Laura e Isabela corrieron hacia él, seguidas de cerca por un pequeño grupo de hombres y mujeres.
Laura, con el fusil que Alejandro había tirado al suelo, bajó el arma tras disparar.
Era una tiradora experta, miembro de la policía, y su puntería había sido impecable aunque se hubiera quejado antes.
Laura se arrojó a sus brazos, llorando.
—¡Alejo!
¿Estás bien?
—preguntó mientras observaba con angustia en busca de heridas en su cuerpo.
—Estoy bien… supongo —respondió con una sonrisa cansada.
Al ver a las cinco personas detrás de ellas, preguntó con tono serio—: ¿Y ellos?
—Fueron los únicos que se quedaron.
El resto huyó mientras peleabas —respondió Laura con una mueca de disgusto.
Uno de los civiles, un joven delgado con pinta de pandillero, dio un paso al frente.
—Queremos que nos lleves a un sitio seguro en la camioneta —dijo sin rodeos.
Alejandro se molesto por la actitud arrogante y respondió — No somos transporte público.
No tengo tiempo para eso —respondió Alejandro con frialdad—.
Busquen al ejército si quieren seguridad.
—¡Maldito mocoso insolente!
¿Cómo puedes ser tan antipático?
—gritó una mujer de mediana edad, claramente indignada pensando que Alejandro estaría herido por el combate y su ropa desgarrada.
—Sí, ¿no deberíamos ser solidarios y quedarnos todos juntos en momentos tan difíciles?
— añadió otro hombre.
Alejandro los miró con calma, sin perder la compostura.
—La “solidaridad” me habría costado la vida.
Y ninguno de ustedes habría sobrevivido si se hubieran quedado a ayudar a sus compañeros.
Lo siento, pero no podemos ayudarlos.
Es mejor que sigamos caminos separados.
Se giró hacia Laura e Isabela.
—Vamos.
Estamos perdiendo la luz del día.
Intentó dar un paso, pero se detuvo en seco.
El joven pandillero había aprovechado la distracción y se colocó sigilosamente detrás de Isabela.
Sacó una daga de su cinturón y la apoyó contra su cuello.
—No te muevas.
Claro, podemos irnos por caminos separados… siempre y cuando nos entreguen el rifle y la camioneta.
Alejandro frunció el ceño, sorprendido.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo?
—¡Cierra la puta boca, malnacido!
¡No me hagas repetirlo!
Danos el rifle o tu novia lo pagará.
Estaba claro que había estado deseando ese rifle desde que lo vio.
En este nuevo mundo, un arma así podía significar supervivencia, poder, libertad.
No había actuado antes por miedo al insecto y a Laura … pero ahora se sentía con ventaja.
Laura, en cambio, no parecía asustada.
Estaba furiosa.
Sus ojos reflejaban ira ante la traición de aquellos a quienes acababan de salvar.
—¡Obedezcan o esta perra va a morir!
—bramó la mujer de mediana edad, envalentonada por el arma y la situación.
El resto del grupo permanecía quieto, tensos, observando la escena con una mezcla de miedo y codicia.
Laura apuntó, dudando si disparar.
Miraba al captor con un odio visceral.
—¡Simplemente corta la charla y dame el rifle!
¿O prefieres que le abra el cuello a esta linda dama?
—exclamó el joven.
Entonces, Alejandro se echó a reír, sacudiendo levemente la cabeza.
—Dale el rifle, Laura —ordenó, guiñandole un ojo mientras observaba cuidadosamente las manos de Laura.
Laura lo miró confundida, captó la idea y obedeció de mala gana.
El hombre tomó el arma, soltó a Isabela y apuntó directamente a Alejandro.
—¿Podemos irnos ya?
—preguntó Laura, sin apartar la mirada del criminal.
—¿Irte?
—repitió el joven con una sonrisa torcida— Es demasiado tarde para eso.
Las dos mujeres vienen conmigo, ¿sabes?
Debe haber sido divertido follarte a estas dos… Pero tranquilo, las cuidaré bien cuando estés muerto.
Isabela se quedó paralizada por el horror.
Laura, en cambio, no se inmutó.
Su mirada estaba fija en el rifle.
Alejandro soltó una risa seca y con voz grave, dijo: —¿De verdad crees que puedes matarme?
El seguro del rifle sigue puesto, imbécil.
—¿Qué?
— el joven bajó la vista confundido, tratando de entender cómo funcionaba el arma y donde estaba el seguro.
En un solo movimiento, Alejandro desenvainó su espada.
Whoosh.
La volvió a enfundar al instante.
El sonido de un líquido cayendo al suelo, seguido por el golpe seco del rifle y luego el cuerpo desplomándose, llenó el aire.
Algo redondo rodó hasta chocar contra una pared: era la cabeza del atacante.
Alejandro observó el cuerpo inerte.
No sintió nada.
Había terminado con una amenaza, igual que con un insecto mutado.
Los demás retrocedieron con terror.
Una mujer maquillada hasta el exceso cayó al suelo, vomitando al ver la sangre.
Alejandro los miró con una expresión fría.
Su cuerpo empezó a emanar una densa aura de maná, mezclada con una intención asesina tan intensa que era casi tangible.
—¡LARGO!
¡AHORA!
—rugió con furia.
Nadie se atrevió a replicar.
Salieron corriendo, tan rápido como cuando huían de los escarabajos.
Cuando todo se calmó, Isabela y Laura se arrojaron a los brazos de Alejandro.
A pesar de la violencia del momento, no sentían culpa.
Aquella persona había demostrado ser más vil que los monstruos que cazan por instinto.
—Les dije que las protegería, y lo cumpliré —susurró Alejandro mientras les devolvía el abrazo.
Ambas se emocionaron con sus palabras.
Aquel día había sido un torbellino de emociones, pero Alejandro había sido su ancla, su protector.
Laura sentía algo por él desde que compartieron aquella vez en la selva.
Isabela, soltera, joven, ya había caído por completo.
Ver a un hombre joven, fuerte y apuesto que estaba dispuesto a morir por protegerlas.
—Sé que tenemos prisa, pero ayúdenme a recoger algunas piezas de la armadura del escarabajo —pidió Alejandro con una sonrisa—.
¿Saben cuánto vale este bicho entero?
Mínimo mil millones no puedo dejarlo atrás sin tomar algo.
—¿¡Quéeeee!?
—gritaron ambas al unísono, observando los restos dispersos del monstruo y tragaron saliva, no eran niñas ricas aunque trabajaran en el gobierno.
—Voy por la camioneta — dijo Isabela, corriendo hacia el vehículo.
Laura, ignorando el desastre, comenzó a recoger piezas sueltas del exoesqueleto.
Alejandro fue directo al cadáver.
Encontró un fragmento grande de la coraza aún intacto.
No vio los ojos por ningún lado, pero notó algo inusual: un pedazo de carne blanca expuesto por la explosión.
Normalmente, separar músculo de un insecto pequeño era imposible, por eso la gente pensaría que no tienen.
pero esta vez el tamaño era descomunal y se podía extraer fácilmente si le quitabas la coraza.
sacó unos 40 kilos con su espada.
Cargaron todo al plafón de la camioneta y reanudaron la marcha.
Laura pensaba en su hija.
Aunque el día había sido infernal, estaba decidida a llegar a casa.
Fueron emboscados varias veces en el camino, pero Laura los repelió a tiros desde la camioneta.
Sin bajarse siquiera, eliminaba a los atacantes con precisión quirúrgica.
En menos de media hora llegaron al distrito donde vivía.
Laura estaba inquieta, murmurando sin parar.
La zona era residencial, llena de edificios altos.
Su edificio tenía al menos diez pisos.
Muchas ventanas estaban rotas, salía humo de otras.
Había disparos en la fachada, casquillos por el suelo y cadáveres de insectos por todas partes.
El ejército había combatido aquí.
Subieron al séptimo piso a toda velocidad.
El humo salía de algunas puertas.
Cadáveres humanos e insectos marcaban cada nivel.
Laura estaba pálida y jadeante al llegar.
La puerta de su apartamento había sido derribada.
Tenía múltiples abolladuras.
La cerradura había sido golpeada hasta ceder.
Laura se lanzó hacia dentro, desesperada.
—¡Salomé!
¿Salomé, dónde estás?
Alejandro e Isabela entraron tras ella.
El interior era un caos total.
Todo había sido volcado, y el cuerpo de un escarabajo verde estaba tendido en el suelo.
Las paredes, marcadas por disparos.
Alejandro recogió un casquillo.
—Alguien peleó aquí.
No hay sangre humana… Es probable que tu hija siga viva.
Laura respiró aliviada, pero no la encontró.
Marcó frenéticamente en su teléfono.
Finalmente, hasta alguien contestó.
—¿Carlos?
¿Está Salomé contigo?
—Sí.
Llegué justo a tiempo.
Está a salvo.
Laura cayó de rodillas, aliviada.
—Gracias… ¡Estaba aterrada!
—Es mi hija también.
Esto se ha vuelto muy peligroso.
Creo que lo mejor sería que se quedara conmigo de ahora en adelante.
—¿Qué?
¿Puedes ponerla al teléfono, por favor?
Solo quiero oírla.
—Estoy en misión.
Esta noche podrás hablar con ella.
¿Por qué no te mudas con nosotros?
Mi esposa está de acuerdo.
Se llevarán bien.
—¡¿Qué carajos dices?!
¡No puedo creerlo!
—Laura, escucha.
Esto se está saliendo de control.
Si te mudas, puedo protegerlas.
Estoy hablando en serio… Laura colgó bruscamente y arrojó el teléfono al sofá.
—¿Era tu ex marido?
—preguntó Isabela, sentándose junto a ella.
—Algo así.
No nos hemos divorciado por el trabajo, pero ya estamos separados.
En fin… al menos Salomé está bien.
Él es general del ejército, debe tenerla bien custodiada… Pero mira esto.
¡Mira este desastre!
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