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Evolución Rota - Capítulo 46

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46: CAPÍTULO 46 46: CAPÍTULO 46 Habían pasado dos días desde que el ejército despejó los cielos de Cali de la amenaza de las avispas mutadas.

Las calles estaban en silencio, cubiertas de escombros, olor a humo y ceniza.

Alejandro salió solo esa mañana para verificar la situación en la ciudad y aprovechar para hacer compras.

Aunque su apartamento estaba bien surtido de víveres, ahora había más bocas que alimentar, y debía asegurarse de que su reserva no disminuyera demasiado rápido.

A medida que caminaba por las calles devastadas, el panorama era desolador.

Edificios derrumbados, soldados transportando cuerpos de avispas y civiles rescatados que deambulaban en estado de shock.

Entre más se adentraba en la ciudad, más evidente se hacía la hambruna colectiva.

Las miradas vacías de las personas en las filas de comida que reparte el ejército eran prueba suficiente de que el verdadero enemigo era el hambre, no solo las criaturas mutadas.

Antes que nada, Alejandro pasó por la casa de Isabela.

Durante toda la invasión siempre se preocupó por ella.

Sus ventanas seguían cubiertas y el lugar parecía intacto.

Subió hasta su apartamento, donde fue recibido con una sonrisa tímida.

Compartieron algunos besos a escondidas, pero ella no lo dejó entrar.

Sus padres estaban en casa, y más allá de eso, temía perder el control si se quedaban a solas demasiado tiempo.

Después de verificar que Isabela estaba bien y dejarle algo de dinero para que comprara comida salió con un suspiro, Alejandro continuó su recorrido, meditando sobre lo que estaba ocurriendo en el resto del mundo.

Aunque los humanos pudieran combatir a las criaturas mutadas con relativa eficacia, la falta de suministros era un problema más complejo.

La sobrepoblación humana, que antes era una ventaja productiva, se volvió un riesgo catastrófico.

En ciudades como las latinoamericanas, aún existían zonas verdes dentro de las ciudades donde cultivar alimentos mutados, lo que permitía amortiguar la crisis.

Pero en otros lugares, la situación era insostenible.

China, por ejemplo, se encontraba al borde del colapso.

Con más de 500 millones de ciudadanos en áreas urbanas densamente pobladas y sin capacidad agrícola interna suficiente, la hambruna había cobrado más de 70 millones de vidas en los últimos tres meses.

Las revueltas civiles estallaban a diario, y el régimen se tambaleaba entre el control autoritario y el caos absoluto.

Las ciudades más afectadas estaban abandonadas o convertidas en zonas militares cerradas.

Japón también enfrentaba una pesadilla.

El país, dependiente casi por completo de las importaciones de alimentos, se vio aislado tras la destrucción de sus rutas marítimas por animales mutados.

Más de mil barcos habían desaparecido en altamar, devorados por gigantescas criaturas abisales.

La inflación alimentaria se disparó: una simple bolsa de arroz valía más que un salario mensual.

Las peleas en supermercados por una botella de agua eran comunes.

La civilización no se desmoronaba por las garras de monstruos, sino por el hambre.

Finalmente, Alejandro llegó a la zona comercial después de caminar por un par de horas.

El ambiente era sombrío.

Algunos puestos improvisados aún vendían verduras a precios desorbitados.

Hizo fila pacientemente, y al llegar su turno solo logró llenar la mitad de su carrito con zanahorias, bananos, cebolla, ajos y leche mutada.

No era lo ideal, pero servirían como acompañamiento para la carne que aún tenía almacenada.

Las carnicerías estaban cerradas.

El gremio de cazadores no podía suministrar carne mientras las personas no regresaran a sus trabajos y reanudarán las rutas de distribución.

Muchas tiendas estaban vacías o clausuradas, pero Alejandro no se rindió.

Entró en cada local abierto, buscando algo útil.

En una de esas tiendas, encontró un panel solar portátil.

Aunque el precio era exagerado, no dudó en comprarlo.

Poder recargar baterías para linternas y otros dispositivos era una ventaja demasiado valiosa.

Explorando más, encontró algo inesperado: ropa infantil.

Luisa, tímida como era, nunca se quejaba por usar la ropa de Ana, pero era evidente que necesitaba algo de su talla.

Alejandro compró todas las prendas disponibles.

También encontró algunas mudas de ropa para Natalia, quien sólo tenía lo que llevaba puesto el día en que la rescató.

Avanzando entre locales cerrados, le llamó la atención una tienda de vehículos con el portón entreabierto.

Había motos usadas y autos seminuevos en venta por precios absurdamente bajos.

Muchos de sus dueños los cambiaban por comida, al no conseguir gasolina.

En el fondo del almacén, Alejandro encontró lo que había estado buscando desde hacía semanas: un remolque cerrado para caballos.

—Oye, disculpa.

¿Cuánto cuesta este remolque?

—preguntó Alejandro al único vendedor presente.

—Bueno…

originalmente era para transportar caballos, pero nadie los usa.

Lo dejaron botado.

Si lo quieres, cincuenta millones y es tuyo.

—Te daré cinco millones más si me ayudas a llevarlo a casa.

El vendedor aceptó encantado.

Nadie compraba nada desde hacía semanas, y cualquier cliente dispuesto a pagar era una bendición.

Cargaron el carrito de víveres dentro del remolque, lo conectaron a una vieja camioneta y se dirigieron al edificio de Alejandro.

El vehículo quedó estacionado en el sótano, cubierto de polvo como todo lo demás.

Nadie bajaba allí desde hacía meses.

Alejandro verificó que la camioneta aún tuviera los bidones de gasolina resguardados, y luego subió caminando a su apartamento.

Al abrir la puerta, fue recibido con entusiasmo.

Ana y Laura corrieron a abrazarlo.

Al ver la ropa nueva, los ojos de Luisa brillaron.

Tomó uno de los vestidos con las manos temblorosas y lo apretó contra su pecho.

—¿Es… para mí?

—preguntó con voz apenas audible.

—Sí.

Todo eso es para ti —respondió Alejandro con una sonrisa.

Luisa se lanzó a los brazos de su madre.

Natalia no podía contener las lágrimas.

—Gracias… de verdad, gracias —susurró.

Ana trajo un par de vasos con leche mutada y bananos en rodajas.

Las dos nuevas integrantes de la casa comieron con una felicidad que rompía el corazón.

No era solo comida: era dignidad, esperanza, humanidad.

Mientras Laura cocinaba, se acercó con rostro serio.

—Alejandro, tenemos un problema.

Cortaron el gas otra vez.

Tuve que conectar las pipas del patio.

—Era inevitable.

Afuera tampoco hay electricidad, y el agua sólo llega un par de horas al día así que asegúrate de llenar todos los contenedores de agua cuando llegue.

La situación está deteriorándose muy rápido.

Los cinco se sentaron a comer la cena preparada por Laura y justo en ese momento, los teléfonos celulares vibraron con un mensaje del gobierno.

Alejandro suspiró porque sabía que nunca eran buenas noticias y lo abrió.

Sus cejas se fruncieron mientras leía en voz baja: COMUNICADO URGENTE – GOBIERNO NACIONAL Evacuación programada de la ciudad de Cali Ante la actual situación de emergencia, se ha ordenado la evacuación total de Cali en 3 fases, con destino a las ciudades de Pereira, Armenia e Ibagué.

La evacuación se realizará en caravanas organizadas por el Ejército Nacional, utilizando camiones militares para el traslado seguro de la población.

La ciudad ha sido dividida en tres sectores para facilitar la operación: Sector Norte – Primera fase de evacuación Sector Centro – Segunda fase (5 días después) Sector Sur – Tercera fase (10 días después) Cada caravana regresará cada 5 días para evacuar el siguiente sector.

Siga las instrucciones de los soldados y conserve la calma.

Solo lleve lo estrictamente necesario, si usted cuenta con transporte propio puede unirse a la caravana mientras siga las reglas.

¡Su seguridad es prioridad nacional!

Laura y Ana se acercaron a leer.

Natalia también lo hizo, con Luisa sentada sobre sus piernas.

Aunque la niña apenas tenía diez años, el apocalipsis la había obligado a madurar rápido.

Su rostro se tensó al comprender lo que significaba ese texto.

Alejandro dejó el teléfono sobre la mesa, cerró los ojos y se frotó la frente.

Había esperado que esto ocurriera… pero no tan pronto.

— Estamos en el sector sur — dijo al fin —.

Eso nos da unos 15 o 16 días.

Tiempo suficiente para prepararnos para el viaje.

—¿Y nuestras cosas?

—preguntó Laura, preocupada.

—Sólo llevaremos lo necesario.

Dejaremos los muebles y la nevera grande.

Pero tengo dos colchones inflables y carpas, además podemos llevar las 2 neveras portátiles no consumen mucha energía ni espacio.

Estaremos bien.

A partir de mañana comeremos solo lo perecedero y empacamos la comida y cosas de aseo en cajas.

Un día antes, bajaremos todo al remolque y nos quedaremos en la camioneta para evitar cualquier saqueo.

Natalia intervino con cautela.

—¿A cuál ciudad nos enviarán?

—Seguramente a Ibagué, por orden de cercanía.

No hay muchas opciones.

Las cuatro mujeres asintieron.

Comenzaron a planificar la mudanza, a revisar ropa, víveres, herramientas y las cosas esenciales que llevarían.

Alejandro prometió conseguir cajas para empacar todo y también comenzó a planear cómo sería el viaje basado en los mapas que tenía.

Aunque el cambio fuera abrupto mientras se preparaba con anticipación se sentía más tranquilo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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