Evolución Rota - Capítulo 47
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47: Capítulo 47 47: Capítulo 47 Como en toda crisis, los más ricos fueron los primeros en salir.
Apenas se anunció la evacuación, las familias adineradas de Cali ocuparon los primeros puestos de la caravana, rodeadas por una escolta del ejército y custodiadas por autos de lujo.
Alejandro, con intenciones de observar cómo se estaba organizando la salida, se acercó al campamento de evacuación.
Allí, pudo ver cómo el ejército apilaba cientos de personas en los camiones militares.
La caravana se extendía por kilómetros, y la presencia de vehículos de civiles ricos ralentizaba todo el proceso.
Aprovechando el caos, Alejandro se acercó a un par de oficiales de alto rango y les preguntó sobre el destino de los evacuados.
Le informaron que todos los grupos serían llevados primero a Armenia, y desde allí redistribuidos a Pereira e Ibagué según capacidad y organización.
Cuando por fin la primera caravana salió, el ejército intentó despejar el área, obligando a los curiosos a volver a sus casas.
Pero no contaban con la desesperación.
Al ver que todo el sector norte había quedado vacío, una ola de saqueadores se desató.
Hombres, mujeres y niños se lanzaron a las calles como enjambres.
Derribaban puertas, rompían vidrios, se metían en casas abandonadas sin remordimiento.
Alejandro dudó por un momento.
Pero cuando notó que el ejército no intervenía, comprendió que les estaban permitiendo saquear.
supuso que no les importaba ya que la ciudad sería abandonada, se unió al caos.
Corrió hasta uno de los centros comerciales del norte.
Con su katana mejorada, destruyó una puerta de acero como si fuera papel.
Había tenido que reforzar la vaina de su espada recientemente por miedo a cortarla cuando guardara su espada, sabiendo que su filo ya podía cortar incluso metales densos sin esfuerzo.
El lugar estaba en su mayoría vacío, pero no todo.
Uno por uno, fue entrando a los locales.
Consiguió mochilas grandes y las llenó con ropa de mujer.
No era mucha, pero suficiente para alegrar a las mujeres de su casa.
Ignoró los locales de electrónica y se centró en lo esencial.
En la sección de jardinería encontró un pequeño barril para asar carne.
Lo ató a su mochila y siguió avanzando.
Pasó de largo por mueblerías y papelerías.
La farmacia estaba devastada: ni una sola pastilla, ni un solo frasco.
Solo quedaban algunas vendas y un poco de alcohol.
Lo empacó sin pensarlo.
En uno de los últimos pasillos, entró a un local de cosméticos.
Aunque sabía que el maquillaje había perdido valor en el apocalipsis, decidió llenar otra mochila con lociones, toallas húmedas, productos higiénicos, labiales y otros artículos para mujeres.
Tenía muchas cosas para hombres, pero nada para ellas, y ahora compartía su vida con cuatro.
Cuando terminó de recolectar, escuchó a la multitud invadiendo el centro comercial.
Caminó con calma, viendo a la gente pelear por televisores y celulares sin sentido.
Se alejó del lugar con paso firme.
Aprovechó para entrar a otro centro comercial.
Aquí no encontró mucho salvo algo de ropa interior.
Luego, pasó por la casa de Isabela.
Como siempre, su zona era la más tranquila de la ciudad.
Le regaló algo de maquillaje para mantenerla contenta.
Como sus padres no estaban, aprovecharon para pasar un rato juntos.
Al despedirse, Alejandro le explicó cómo podría dejarle una nota en el gremio de cazadores de Armenia para reencontrarse.
Isabela sabía que él estaba en una relación con Laura y Ana, pero no le importaba.
Quedaron como amantes, esperando un futuro reencuentro.
Al volver a casa, Alejandro fue recibido con alegría.
Las cuatro mujeres lo asaltaron para revisar el botín.
Gritaban de emoción al ver el maquillaje, las lociones y las toallas higiénicas.
Luisa también estaba feliz, encontrando ropa de su talla.
Nadie le prestó atención al barril para asar carne que Alejandro pensaba que era lo más valioso, pero solo se rió al verlas feliz aunque lo ignoraban por completo.
Días después, durante la segunda oleada de evacuación, Alejandro se despidió de Isabela y le dio dinero para que consiguiera un lugar donde quedarse.
Volvió a saquear la zona del centro, pero esta vez solo consiguió cajas y maletas.
La convivencia entre las mujeres era buena.
Natalia era amable y Luisa jugaba con Ana constantemente.
Aunque al principio se sonrojaba al escuchar los encuentros íntimos de Alejandro con Laura y Ana, con el tiempo comprendió que su relación iba más allá de lo físico.
Cuando faltaba un día para la evacuación, la ciudad ya estaba siendo invadida por nuevas criaturas mutadas en las zonas abandonadas.
Aprovechando la oscuridad, Alejandro y su grupo comenzaron a bajar todos sus suministros.
Abrieron el hueco del ascensor y usaron un carrito de compras atado a una cuerda como improvisado elevador.
Bajaron primero las pipas de gas, luego las baterías solares y un panel solar pequeño, bidones de agua, las neveras pequeñas y el equipo esencial.
Natalia, Ana y Luisa recibían las cosas abajo mientras Laura y Alejandro coordinaban la bajada en silencio.
No querían atraer la atención de otros residentes.
poco a poco bajaron toda la ropa, comida, suministros de asea y equipo de supervivencia.
llevaron las ollas y algunos platos y cucharas.
Cuando todo estaba cargado en la camioneta y el remolque, cubrieron todo con una lona gruesa para evitar miradas curiosas.
Sabían que en tiempos de hambruna, una turba podía ser más peligrosa que cualquier criatura.
Ya era medianoche.
El sótano seguía a oscuras.
Alejandro miró al cielo nocturno y dijo: —Escuchen chicas, lo mejor será salir justo antes del amanecer.
No quiero que la luz del vehículo atraiga animales, pero tampoco quiero quedar atrapado en medio de la multitud.
Laura propuso una solución: —¿Y si bajamos los colchones y dormimos aquí hasta las cinco?
Así salimos temprano y estaremos cerca del ejército.
Será más seguro.
Alejandro aceptó y bajaron los colchones para dormir al lado de la camioneta en el sótano.
Poco antes del amanecer, comieron latas de atún y algo de fruta.
Natalia condujo la camioneta, con Ana y Luisa en el interior.
Alejandro y Laura irían en la parte de atrás de la camioneta, custodiando el cargamento.
Salieron antes que muchos, pero la fila ya era extensa.
Los que no tenían vehículo debían dejar sus pertenencias y subir a los camiones.
Cada diez vehículos, una tanqueta armada vigilaba la caravana.
Cuando un grupo protestó por no poder llevar sus maletas, un soldado disparó sin aviso.
El silencio se impuso por la fuerza.
Esperaron hasta el mediodía.
Dentro del vehículo, protegidos por los vidrios blindados, comieron algo.
Luisa y Natalia ya mostraban un aspecto más saludable, gracias a la dieta rica en carne mutada.
Finalmente, la caravana avanzó.
Atravesaron la llanura lentamente.
El ejército había construido muros y quemado todo a los lados del camino.
Aun así, debían detenerse de vez en cuando para eliminar a las criaturas mutadas.
Alejandro miraba los cadáveres de los enormes sapos con deseo de cosechar partes, pero el movimiento no se lo permitía.
Cuando llegaron a la siguiente ciudad, Tulúa, Alejandro quedó impactado.
Una ciudad que antes albergaba a más de 200.000 personas ahora parecía una zona de guerra.
Todo estaba destruido, pero el ejército había despejado una zona segura.
Aparcaron en un apartamento semi destruido con garaje abierto.
Alejandro montó lonas para cubrir la entrada y evitar curiosos.
Dentro, improvisaron un campamento y se turnaron para vigilar mientras los demás descansaban.
El éxodo apenas había comenzado.
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