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Evolución Rota - Capítulo 48

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48: Capítulo 48 48: Capítulo 48 La madrugada transcurría en silencio.

Era el turno de Alejandro para hacer guardia, y hasta el momento nada fuera de lo común había ocurrido, más allá de un par de curiosos que intentaron acercarse al remolque cubierto por una lona.

Laura, sin necesidad de disparar, los espantó apuntándoles con su fusil desde las sombras.

Alejandro se levantó.

Sentía la urgencia de orinar, así que salió un momento del refugio improvisado y caminó hasta la acera del frente.

La noche era espesa, y apenas iluminada por las fogatas encendidas por el Ejército y un poco de la luz de la luna.

Sabían que el humo y el fuego aún mantenían a raya a la mayoría de criaturas mutadas.

Tal vez, pese a las alteraciones genéticas, conservaban el temor ancestral al fuego.

Justo antes de volver al garaje, una sensación desagradable se apoderó de Alejandro.

Un escalofrío le recorrió la columna mientras su instinto de cazador se activaba.

Algo se aproximaba… algo grande, pero no podía identificarlo.

Cerró los ojos y afinó el oído.

Su percepción mejorada captó una oleada de chillidos agudos que se acercaban desde las montañas.

Nunca había oído nada parecido y el sonido se incrementa dando dolor de cabeza, y sabía que no podía tratarse de algo menor.

Entonces lo vio.

Una sombra enorme descendió desde el cielo y, con una velocidad imposible, decapitó a un soldado apostado en una de las torretas.

El ataque fue tan preciso como brutal.

La criatura desplegó unas alas inmensas, tan grandes como un carro, y se elevó llevando consigo el cuerpo destrozado entre las garras de sus patas.

Alejandro se quedó congelado.

Nunca había visto una criatura así.

Otro soldado presenció el ataque y, aunque también quedó paralizado, reaccionó al ver nuevas figuras surcando la luna.

Abrió fuego, disparando al cielo mientras gritaba: —¡¡Murciélagos!!

El caos estalló.

Las torretas automáticas comenzaron a disparar.

Los soldados gritaban, corriendo en todas direcciones mientras los chillidos se multiplicaban en la oscuridad.

La zona se iluminó con proyectiles trazadores, y en ese instante Alejandro los vio con claridad: murciélagos mutantes.

Eran criaturas delgadas, de piel membranosa y oscura, con alas de cuero reforzado como acero.

Se desplazaban con agilidad, casi sin dejar rastro.

Sus cabezas alargadas, deformes, mostraban hileras de dientes filosos.

Pero lo más perturbador eran sus ojos: de un azul claro que brillaba con malicia, llenos de una inteligencia predadora.

Volaban en enjambres, rápidos e impredecibles.

Sus chillidos agudos causaban vértigo y desorientación.

Al atacar, sus garras desgarraban la carne con facilidad, y sus mordidas inyectaban un veneno que causaba dolor insoportable y parálisis temporal.

Atraídos por el calor y el movimiento, la caravana de civiles se convirtió en un festín.

Los murciélagos descendían como sombras asesinas, atacando con precisión y crueldad.

Alejandro corrió de vuelta al garaje y gritó: —¡Todos dentro del auto, ya!

Las mujeres, que ya estaban despiertas, obedecieron sin dudar.

En segundos, los cinco estaban encerrados dentro de la camioneta blindada que estaba en el garaje..

—¿Qué está pasando?

—preguntó Laura mientras recargaba su fusil con una expresión pálida.

—Murciélagos —respondió Alejandro con voz tensa—.

Una horda completa… no podemos salir, serían demasiado rápidos.

—¡Dios!

¡Odio esas cosas!

—dijo Natalia, visiblemente alterada, con un miedo profundo que dejaba ver un trauma oculto.

—Tranquilas.

Son demasiado grandes para entrar al garaje, y dentro de la camioneta no podrán detectarnos con su ecolocalización.

No hagamos ruido, no encendamos nada —explicó Alejandro con firmeza.

Los chillidos, disparos y gritos se oían con claridad desde dentro.

Ana y Luisa se acurrucaron contra Alejandro, abrazándolo con fuerza.

Él respondió con ternura intentando calmarlas.

Natalia, aunque nerviosa, se acercó también, buscando seguridad en su presencia.

La batalla afuera duró toda la noche.

Solo cuando los murciélagos se saciaron y se alejaron con sus presas, el silencio regresó, tan denso como el olor a sangre que impregnaba el aire.

Al amanecer, Alejandro y Laura salieron del garaje con las armas en mano.

El paisaje era un infierno.

Las carpas improvisadas donde dormían cientos de civiles habían sido masacradas.

Más de mil personas habían desaparecido.

A medida que avanzaban, las escenas se volvían más dantescas y grotescas.

Cadáveres destrozados, sangre por doquier, restos de ropas colgando de ramas y postes.

Encontraron a un soldado escondido bajo un camión militar.

Estaba pálido, murmurando oraciones sin sentido, completamente roto.

Alejandro comprendió que irse apenas saliera el sol, como habían planeado, ya no era una opción viable.

Envío a Laura de vuelta al garaje a preparar la camioneta mientras él se adentraba para reconocer la zona.

Caminó entre escombros y muerte hasta que se unió discretamente a un grupo de soldados que discutía la situación.

Escuchó con atención: las bajas habían sido tantas que el batallón que protegía la ciudad ahora se uniría a la caravana para evacuar también.

Eso significaba que la ciudad de Cali, al igual que muchas otras del sur del país, sería abandonada por completo.

Los remanentes huirían hacia la frontera con Ecuador.

Alejandro suspiró, rascándose la cabeza.

El mundo se hundía lentamente en el caos, y él no podía hacer nada más que adaptarse.

Subió a los techos en ruinas para moverse con mayor velocidad.

Desde esa altura, entre casas destruidas y tejados colapsados, notó algo peculiar.

Se desplazó rápidamente y, al llegar, se encontró con el cadáver de un murciélago inmenso, cuatro veces más grande que los demás.

La metralla de una torreta lo había destrozado.

Al inspeccionar, confirmó su sospecha: era una criatura de rango azul oscuro.

Sin embargo, sus ojos estaban estallados, y la carne se descomponía rápidamente.

No había nada que valiera la pena recuperar… o eso pensó, hasta que divisó un segundo lugar.

A unas cuadras, sobre el techo de otra casa semidestruida, encontró un enorme nido.

Las plumas esparcidas estaban empapadas de sangre.

El ave que vivía allí había sido devorada, pero sus plumas, de un rojo intenso y textura fina, seguían intactas.

Al analizarlas, una sonrisa se dibujó en su rostro: también eran de rango azul oscuro, con una suavidad y resistencia excepcionales.

Se quitó la camisa y la llenó hasta el tope.

Apenas podía cargarlas el ave debía ser enorme y la cantidad de plumas eran muchas.

Cuando regresó al garaje, Laura ya tenía todo preparado.

Subió las plumas al vehículo, y Ana y Laura las observaron con entusiasmo tomándolas con felicidad.

Natalia y Luisa estaban confundidas, pero la curiosidad se dibujaba en sus rostros.

Alejandro le pidió a Luisa que se acercara.

La sentó sobre sus piernas, tomó un puñado de plumas y activó su habilidad de Integración material.

Las plumas se convirtieron en una neblina rojiza que envolvió su vestido.

La niña parpadeó sorprendida al notar cómo la tela cambiaba, volviéndose más suave, más cálida… casi mágica.

—¿Qué fue eso?

—preguntó Natalia, boquiabierta.

—Es una habilidad de Alejandro —explicó Ana con orgullo—.

Puede fusionar materiales mutados en objetos comunes.

Ahora la ropa tendrá la fuerza de esas plumas eso quiere decir que su ropa ahora resistirá incluso disparos de balas.

Natalia no supo qué decir.

Había escuchado rumores sobre humanos mutados… pero no imaginó que Alejandro fuera uno de ellos.

—Bien, Natalia.

Ahora es tu turno —le dijo él con voz suave.

Con algo de timidez, Natalia se sentó a su lado.

Alejandro mejoró también su ropa.

La expresión de felicidad en su rostro lo valió todo.

Una a una, las mujeres trajeron sus prendas.

Incluso ropa interior.

Alejandro trabajó en silencio, hasta agotar todas las plumas.

Al mejorar la ropa una pequeña capa brillante aparecía.

los colores los hacían más vivos y al lucirla se sentían hermosas.

Las sonrisas de las mujeres, le hicieron olvidar el desastre más allá del garaje.

Al mediodía, la caravana se reanudó.

Gracias al batallón que se unió tras el ataque nocturno, el convoy era más grande y mejor armado.

El viaje fue tenso.

A lo largo del día, debieron detenerse varias veces para eliminar aves gigantes, sapos mutados y otras amenazas.

El paisaje que bordeaba la carretera ya no era el de antes: donde antes había cultivos de caña de azúcar, ahora crecía una selva grotesca, deformada por la radiación y la mutación.

Al caer la tarde, llegaron finalmente a Armenia.

La ciudad, mucho más pequeña que Cali, se alzaba al pie de la cordillera.

Las montañas que la rodeaban, otrora verdes y fértiles, ahora eran tierra quemada y trincheras.

El Ejército había construido un anillo defensivo alrededor, transformando los campos en una zona militarizada.

Pero el problema era evidente: la sobrepoblación era abrumadora.

No había viviendas para nadie.

Solo carpas y tiendas improvisadas.

Las mujeres se miraron entre sí, inquietas.

No querían acampar en medio de una multitud desesperada, con un remolque lleno de comida a sus espaldas.

La posibilidad de un motín era real y Alejandro lo sabía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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